El mismo colchón

Era justo el instante en que los hombres a tu alrededor, guardan silencio.

Ya no quedaba nada de las charlas y las risas de unos minutos atrás.

A lo sumo, unos últimos movimientos para distender los músculos, o unas pequeñas arrancadas a correr, pero muy cortas, para volver en seguida al punto de la calle elegido con antelación.

Desde mi sitio veía a Juanito que se persignaba y miraba hacia el cielo.

¿Se estaría encomendando al santo o a su madre, recientemente fallecida?

Unos metros más adelante, Antonio daba saltitos y miraba el suelo, en un esfuerzo por concentrar toda su energía en el momento que estábamos a punto de vivir.

A Paco no le veía.

El solía ponerse más atrás, en la curva de Estafeta, solo.

Decía que le gustaba ver venir el morlaco y acoplarse a él en ese instante en que normalmente resbalan al golpear contra el vallado y luego aminoran la marcha.

Además esa posición le permitía, de alguna forma, elegir el toro que iba a correr.

Cada uno de los corredores habituales teníamos nuestro sitio y nuestros hábitos: una buena ducha después de una noche tranquila, sin farras y sin bebida para estar despejados y con todo el instinto alerta.

Vestir la ropa preparada con cariño la noche anterior, pantalón y camisa blanca, faja roja en la cintura y pañuelico al cuello.

Y comprar el periódico de camino a la Parte Vieja, no porque fuera a leerlo en el camino, sino porque sirve para llamar la atención del toro si lo ves distraído.

Con ese simple gesto se han salvado muchas más vidas de las que se cree.

El toro, al ver el periódico que le pones delante y que se mueve, se distrae con él, se olvida de cornear al mozo que ya tenía en la mira y arranca otra vez hacia delante.

El momento ya estaba cerca.

Se sentía el olor a miedo.

Nadie me entendía cuando les decía esto, nadie salvo mis amigos que también lo sentían cada vez.

La gente ya empezaba a correr.

Los toros se acercaban.

Velocidad de vértigo.

Yo elegía el momento justo y me lanzaba a correr, tratando de ubicarme delante de uno de los morlacos.

Un Pedro Domecq castaño, hermoso y con buen trapío.

Corría entre empujones y resbalones, saltando a veces sobre corredores caídos, abriéndome paso con los codos y sintiendo el resuello de la bestia justo en la nuca.

No empezaba a escuchar los gritos y el bullicio hasta que me hacía a un lado, dejando que la carrera siguiera sin mi.

Era recién en ese instante, como si hubieran encendido los altavoces de la feria, en que me daba cuenta que no estaba solo, sino metido en una maravillosa fiesta de color, olor, alegría y juerga.

Estaba soñando con los encierros de San Fermín, y en el sueño revivía las emociones encontradas de miedo y coraje que me asaltaban cuando, siendo mozo, me aventuraba a correr delante de los toros, en mi Pamplona natal.

Lejanos tiempos, ya casi perdidos en algún resquicio de la memoria.

Hoy, ya anciano y en mi California soleada, muy lejos queda la ciudad que me vio nacer, mis amigos de juventud y mis locuras.

Pienso en levantarme y tomar un vaso de leche, antes de volver a intentar dormir.

Pero mi esposa, a mi lado, se revuelve inquieta en la cama.

Ella también debe estar soñando y por sus movimientos, su respiración agitada y sus murmullos, debe tener una pesadilla.

Dudo un instante, luego nos cuesta tanto volver a dormir.

Pero la toco suavemente para sacarla de su ensoñación y se despierta asustada y nerviosa.

Me cuenta que vivía una experiencia horrible.

Estaba en un balcón de una casa muy vieja y muy pequeña, asomada viendo un montón de gente que, de pronto, empezaban a correr como locos porque detrás venían unos toros enormes que iban dando cornadas a todo el que se ponía delante.

Pero lo peor de todo no era el miedo que le producían los animales, ni el miedo a que alguno despanzurrara a cualquiera de los que corrían.

Lo peor de todo, era que yo estaba en la calle con los demás, y yo también corría como ellos.

Y aunque en un principio me veía y veía que yo estaba bien, luego al ponerme a correr, ella me perdía de vista y se preguntaba angustiada si alguno de los toros me habría corneado y estaría herido en la calle, en medio de esa muchedumbre, pero solo, lejos de ella.

Abrazo con amor a mi mujer.

Tantos años de convivencia, han terminado contagiándonos muchas cosas.

Mi abuela diría: “Dos que duermen en el mismo colchón, acaban de la misma condición”.

Este cuento pertenece al libro ” Cuentos entre las hojas”

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

7 comentarios sobre “El mismo colchón

  1. Gracias por tu comentario. Me alegro que te haya gustado. He ido tantas veces a San Fermín, una fiesta que me encanta, que no me cuesta meterme en la mente de los corredores. ¡Qué bien que haya podido transmitírtelo! Un abrazo y buen domingo también para tí.

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  2. Hola buenos días. Ante todo, gracias por tu comentario y muchas gracias por tu felicitación. No soy madre biológica, tampoco soy madrastra, pero soy la feliz protagonista de una historia de amor que, además de regalarme un marido maravilloso, me regaló un hermoso hijo del corazón. Así que gracias por acordarte de mí en este día. Espero que tú también hayas podido vivir un hermoso domingo con las mujeres de tu familia. Un abrazo Daniel.

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