Acabo de leer la siguiente frase: “Sólo se trata de sobrellevar con orgullo y dignidad aquello que no podemos cambiar.” Esta es la reflexión que escribe en febrero de 1941 una mujer judía internada en el campo de concentración francés de Gurs, con su pequeño hijo enfermo a su lado y su marido a punto de morir a kilómetros de distancia.
Y me produce una mezcla muy fuerte de admiración, pudor y descolocación. Porque esa frase, dicha en esas circunstancias, no suena a consuelo barato. No es una frase de autoayuda, ni de taza, ni de resiliencia formulada desde la comodidad. Es una frase que nace cuando casi todo lo humano estaba siendo aniquilado. Y precisamente por eso tiene un peso tremendo.
Lo primero que pienso es que la frase no dice: “todo pasa por algo”, “hay que ser positivos” o “el sufrimiento nos hace mejores”.
Dice algo mucho más sobrio y más terrible: hay cosas que no podemos cambiar, pero incluso en ese instante, todavía queda un último espacio de libertad: cómo las vivimos.
Cuando casi todo te ha sido arrebatado, tu dignidad puede convertirse en el último territorio que puede ser invadido, pero no necesariamente conquistado.
No porque la dignidad “resuelva” nada. No porque haga menos cruel lo que ocurre. Sino porque impide que el horror tenga la última palabra sobre quién eres.
Pero también me produce incomodidad, y creo que es una incomodidad aceptable.
Hay una tentación en los tiempos actuales de convertir frases así en una especie de mandato universal: “Si ella pudo, tú también deberías.” Y eso sería injusto.
Porque una frase así, en boca de esa mujer, no debería servir para exigir heroísmo a nadie. No debería convertirse en una moral de la resistencia obligatoria. No todo el mundo puede sobrellevar con orgullo y dignidad lo insoportable. A veces uno sólo puede romperse, o sobrevivir mal, o arrastrarse. Y eso también es humano.
Por eso la frase me conmueve más si la leo no como una regla, sino como un acto de afirmación íntima. Algo así como si dijera: “No puedo impedir esto. Pero aún no han decidido del todo quién soy.” Y eso es impresionante.
¿Es una forma de pensar de otra época? Sí… y no.
En parte, sí. Hay algo en esa frase que suena a una sensibilidad muy propia de la generación de mis abuelos: una ética del aguante, una noción muy fuerte de entereza, una relación más familiar con la idea de destino, pérdida, deber, sufrimiento, menos énfasis en “expresar el dolor” y más en “mantenerse en pie”.
Muchas personas de aquella época —no todas, evidentemente— estaban más formadas en sentimientos de dignidad, deber, sacrificio, honor, compostura, resistencia silenciosa.
Hoy, en cambio, en el mundo occidental, solemos pensar más en términos de: trauma, salud mental, autocuidado, poner límites, el derecho a no poder.
Y ese cambio no implica necesariamente una decadencia. De algún modo es un avance en el cuidado psicológico. En realidad, la frase toca algo que no pertenece a una época, sino a la condición humana: ¿Cómo reaccionamos cuando la realidad nos supera por completo?
Eso sigue siendo actual. Hoy también hay personas —en guerras, hospitales, duelos, migraciones forzadas, cárceles, cuidados interminables, enfermedades degenerativas— que viven exactamente ese dilema: no pueden cambiar lo esencial de lo que les ocurre, pero sí intentan decidir cómo vivirlo. Eso no ha cambiado.
Lo que sí creo que ha cambiado mucho es que antes el valor supremo era “soportar”. Había una admiración muy clara por quien callaba, resistía, no se derrumbaba en público, seguía adelante.
Y ahora le damos mucha importancia al “reconocer”. Hoy solemos valorar más a quien nombra su herida, reconoce que no puede, pide ayuda, no dramatiza el sufrimiento.
Y, sinceramente, creo que las dos cosas son valiosas.
El problema aparece cuando una invalida a la otra: si sólo glorificamos la dignidad estoica, podemos volvernos crueles con los vulnerables, pero si sólo glorificamos la expresión del dolor, podemos perder de vista la dignidad de la entereza.
Tal vez la sabiduría esté en mantener ambas cosas. Hay que cuidar el dolor, no negarlo. Y para mí tiene mucha importancia la forma de sobrellevar lo inevitable.
Volviendo a la frase que originó estas reflexiones, yo no la entiendo como una resignación pasiva, sino que la leo como una forma de resistencia moral.
No dice: “Aceptemos lo que venga porque nada importa”. Dice claramente: “Incluso si no puedo cambiar los hechos, todavía puedo impedir que me arrebaten del todo mi forma de estar en el mundo.” Eso es muy distinto de la resignación. Eso es una forma de rebeldía positiva, de autoafirmación.
Y para quien está leyendo estas divagaciones, ten en cuenta que cuando una frase así viene de una víctima del horror, hay que leerla con muchísimo respeto. No conviene extraer de ahí una filosofía general del tipo: “el sufrimiento ennoblece” o “lo importante es la actitud”.
Lo primero que esa frase exige es memoria histórica y vergüenza moral: que haya seres humanos puestos en la situación de tener que escribir algo así ya es una acusación contra el mundo.
Resumiendo mis elucubraciones, diría que es una frase que no pertenece a una época pasada sino a una experiencia humana en condiciones extremas. Que lo que sí ha cambiado es el lenguaje con el que interpretamos ese tipo de vivencias. Antes se hablaba más de dignidad, temple, orgullo. Hoy hablamos más de trauma, cuidado, vulnerabilidad. Y quizás necesitamos ambos lenguajes para tener una visión completa del ser humano, para no volvernos ni duros ni superficiales.
Linda e imprressionante foto essa! E todas as tuas colocações sobre a frase que indica suportar o que não pode ser mudado é forte demais… As coisas mudaram,mas há que fazer prevalecer um pouco mais de humanidade em tudo nessa vida!
Lindo post! abraços, ótima semana, chica
Hola Chica. Me alegra que te haya gustado la imagen, fue hecha con IA, dándole un prompt con la descripción.
Las cosas han cambiado, pero sólo hasta cierto punto. Se están cometiendo atrocidades en nuestro moderno mundo que asombrarían a mis abuelos. Y la humanidad y la empatía no tienen la importancia que debería dársele. Pero por eso escribimos nuestros blogs y protestamos contra lo que no nos gusta o no nos parece justo. ¡Ojalá estas palabras que lanzamos en las redes, sirvieran para cambiar a alguien!
Gracias por tu comentario. Un abrazo de Marlen