En la memoria del hombre, ningún invento y ningún trabajo, ya sea dirigido a la imaginación o al entendimiento, produjo jamás un efecto positivo inmediato. Una manía universal por el instrumento se apoderó de todas las clases sociales, desde las más bajas hasta las más altas, desde las más ignorantes hasta las más sabias.
No, no es una crítica al impacto creado por las redes sociales en la sociedad. Esta crítica que podría dirigirse a las plataformas de redes sociales o a una nueva tecnología como los teléfonos inteligentes, en realidad tiene más de un siglo.
Forma parte de un extenso reportaje publicado en “The Philosophical Magazine and Journal” e iba dirigido a un nuevo artilugio que se había puesto de moda en el siglo XIX: el caleidoscopio, un tubo con espejos y fragmentos de colores en su interior que, al girarlo, crea patrones simétricos y cambiantes.
La gente usaba tanto tiempo aquel juguete que, incluso, lo hacía mientras caminaba por la calle, sin prestar atención a los obstáculos que salieran al paso, tal y como ahora ocurre con el smartphone. Uno de sus críticos más acérrimos fue el poeta romántico inglés Percy Shelley, quien sostuvo en una carta a un amigo: “Tu caleidoscopio se ha extendido como la peste en Livorno. Creo que toda la ciudad se ha entregado al caleidoscopismo”.
Desde Sócrates, criticando la escritura por preferir la oralidad, hasta Jonathan Swift, temiendo que la imprenta devaluara la calidad de los textos, cada nueva tecnología ha sido recibida con una mezcla de desprecio y escepticismo. Lo mismo ocurrió con la bicicleta, condenada por las iglesias por desconectar a las personas de sus comunidades y ser vista como un símbolo de emancipación femenina.
Con la llegada del telégrafo y, más tarde, el teléfono, se repitió el patrón: hubo quienes lo criticaron por socavar la vida social y fomentar conversaciones banales, creyendo que reduciría la necesidad de reunirse en persona.
El escritor de ciencia ficción Douglas Adams resumió satíricamente cómo los avances tecnológicos nos impactan según nuestra edad: lo que ya existe al nacer, es normal. Lo inventado antes de los 30 es emocionante y puede definir nuestra vida. Y lo creado después de los 30 años parece una amenaza al orden natural, hasta que, tras una década, se vuelve parte de la normalidad.
Es probable que los mensajes alarmistas y los temores que acompañaron a los grandes avances del pasado estén resurgiendo ahora con las redes sociales. Sin embargo, esto no implica que estas carezcan de aspectos negativos, sino que, quizás, estamos debatiendo cuestiones que aún no cuentan con una base científica sólida. Un ejemplo de ello es la afirmación de que las redes sociales están socavando la salud mental de sus usuarios.
Según la OMS, se estima que aproximadamente el 13% de los adolescentes de entre 10 y 19 años sufren algún tipo de trastorno mental y que no dejan de aumentar, siendo la depresión una de las principales causas de enfermedad y discapacidad entre este grupo de edad. ¿Las redes sociales son realmente el villano detrás de este aumento de tales trastornos?
Si bien la narrativa popular insiste en que estas plataformas son nocivas para el bienestar mental de los adolescentes, un extenso análisis de estudios actuales desafía esta creencia ampliamente difundida.
Frente a las alarmas sociales y advertencias de algunas organizaciones profesionales, los estudios sostienen que estos resultados revelan una tendencia a la exageración y al pánico moral en torno a las nuevas tecnologías.
No es el tiempo en las redes lo que podría estar afectando a los jóvenes, sino más bien ciertos comportamientos y el contenido al que están expuestos.
La revista médica británica “The Lancet” reveló que no existe un vínculo significativo entre el uso de las redes sociales y los problemas de salud mental en los jóvenes. Existen factores más profundos, como la pobreza y la desigualdad, que tienen un impacto mucho mayor.
Es necesario hacer un llamamiento para abordar las causas subyacentes de estas afecciones en lugar de culpar exclusivamente a la tecnología o limitar su acceso a los niños.
Al contrario, deberíamos aprender a aprovechar su potencial de forma constructiva. De hecho, para algunos jóvenes las redes sociales pueden ser beneficiosas, dado que facilitan las conexiones de quienes están aislados, proporcionan redes de apoyo en línea y ofrecen terapias.
Por supuesto, las redes sociales no son inocuas.
Se las asocia con la expansión de la desinformación, pues permiten que las noticias falsas se propaguen más rápido que las verdaderas, pueden reducir la capacidad de atención y afectar la memoria a corto plazo, así como incrementar el aislamiento social entre los usuarios.
Pero esto está relacionado con un uso inmoderado de las redes sociales.
Sin embargo, quizás lo más curioso no sea la tecnología en sí, sino nuestra extraordinaria capacidad para imaginar catástrofes cada vez que aparece un aparato nuevo. El ser humano lleva siglos anunciando el fin de la civilización con una puntualidad admirable. Cambian los objetos, pero el guion permanece.
Si uno pudiera reunir en una misma sala a un ateniense que temía que la escritura arruinara la memoria, a un sacerdote victoriano escandalizado por la bicicleta y a un tertuliano actual alarmado por la inteligencia artificial, probablemente descubriría que todos hablan el mismo idioma: el del miedo a que el mundo cambie demasiado deprisa.
Cuando apareció el fonógrafo, algunos expertos aseguraron que escuchar música grabada destruiría la práctica musical y volvería perezosa a la población. El cine fue acusado de provocar trastornos nerviosos. La radio iba a convertir a las familias en seres pasivos e incapaces de conversar. La televisión prometía una generación de zombis sedentarios y, cuando llegaron los videojuegos, hubo quien vio en ellos la antesala del colapso moral de Occidente. La historia demuestra que poseemos una imaginación prodigiosa para anticipar desgracias y una capacidad mucho más limitada para predecir beneficios.
Quizás porque las tecnologías nuevas son como esos invitados extravagantes que aparecen en una cena familiar. Al principio todos los observan con desconfianza, se comentan sus rarezas y alguno augura que aquello acabará mal. Años después, nadie recuerda cómo era la casa antes de que llegaran.
Incluso las profesiones han vivido estos sobresaltos. A principios del siglo XX algunos médicos temían que el automóvil produjera una epidemia de “locura de la velocidad”. Hubo quienes aseguraron que el ascensor acabaría atrofiando las piernas y quienes consideraban peligroso que las mujeres utilizaran máquinas de coser porque el movimiento repetitivo podía alterar su equilibrio emocional. Y cuando aparecieron las calculadoras de bolsillo se anunció que las nuevas generaciones serían incapaces de realizar una simple suma. Afortunadamente, todavía somos capaces de calcular cuánto cuesta un café, aunque muchos necesitemos la ayuda del móvil para recordar dónde hemos dejado las llaves.
Porque el problema nunca ha sido realmente la tecnología. El fuego podía cocinar los alimentos o incendiar un bosque, el cuchillo podía preparar la cena o iniciar una pelea, la imprenta permitió difundir tanto las obras de Cervantes como los panfletos más disparatados. Ninguna herramienta llega al mundo con una brújula moral incorporada. Somos nosotros quienes decidimos para qué la utilizamos.
Y, en ocasiones, los temores esconden algo más profundo: la nostalgia. Nos gusta imaginar que la época en la que crecimos era más auténtica, más tranquila y más humana. Pero basta con revisar las quejas de nuestros abuelos y bisabuelos para descubrir que ellos también pensaban que el mundo se estaba echando a perder. La diferencia es que hoy leemos sus lamentos con una sonrisa y una cierta ternura, sin sospechar que dentro de 50 años alguien hará exactamente lo mismo con nuestras preocupaciones actuales.
Esto no significa abrazar cualquier innovación con entusiasmo ciego. La inteligencia artificial, los algoritmos, la manipulación de la información o la pérdida de privacidad plantean cuestiones importantes que merecen ser discutidas con serenidad. El optimismo ingenuo es tan poco útil como el pesimismo apocalíptico. Entre quienes ven en cada avance la llegada del paraíso y quienes anuncian el hundimiento de la humanidad, existe un territorio más sensato: el de la curiosidad crítica.
Tal vez la verdadera constante histórica no sean las máquinas, sino nosotros. El ser humano es una criatura extraordinariamente adaptable y, al mismo tiempo, extraordinariamente desconfiada. Primero nos asustamos, después protestamos, más tarde nos acostumbramos y, finalmente, acabamos preguntándonos cómo demonios habíamos podido vivir sin aquello.
Todas las tecnologías comportan riesgos, pero también beneficios. La cuestión estriba en no inclinarnos hacia un lado de la balanza, sin tener en cuenta el otro.
Seguramente dentro de unas décadas nuestros nietos se reirán al leer los debates actuales sobre la inteligencia artificial, igual que hoy sonreímos al recordar a los ciudadanos del siglo XIX que caminaban absortos contemplando un caleidoscopio y chocaban con las farolas. Y entonces, mientras ellos nos explican pacientemente las maravillas de alguna tecnología incomprensible para nosotros, repetiremos la frase eterna que acompaña a todas las generaciones desde tiempos inmemoriales: Sí, sí… pero antes las cosas eran diferentes”.
Y tendrán razón. Lo eran. Como siempre. Porque, para desesperación de los nostálgicos y alegría de los curiosos, ya lo dijo Don Hilarión en la famosa zarzuela “La Verbena de la Paloma”: «Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, es una brutalidad, es una bestialidad, una bestialidad».
