No me gustan los finales

Nunca me ha gustado llegar al final de un libro que me ha atrapado. Siempre noto un hormigueo en la punta de los dedos. Deseo seguir pasando unas páginas que no existen. Me pregunto qué pasará después, como será la vida de los protagonistas ahora que no puedo espiarlos. Me parece injusto que me permitan ser testigo sólo de un pequeño fragmento de sus vidas.

En las películas me quedo sin moverme hasta que terminan de pasar las líneas de créditos y los habitantes de las butacas cercanas me miran sin entender. Y miento sobre el porqué. Es que, a veces, meten una última secuencia al final de todo. Y es cierto, pero no es cierto. A veces lo hacen. Pero esa no es mi razón. Necesito despedirme menos bruscamente de esos seres que ya se han metido dentro. Y, cuando la estoy viendo en casa, rebobino para volver a ver la última escena. ¡Ojalá pudiera hacerlo en la vida real!

No me gustan los finales. ¿Nunca te lo había contado? Pues no, no me gustan nada, cuando algo me gusta mucho mucho. Tal vez esto tiene que ver con mi reacción ante los finales en la vida, tal vez es mi revancha, es poner el límite entre vida real y ficción. Porque en mi existencia aprendí que nada dura eternamente y que es esencial tenerlo siempre presente.

En nuestra educación occidental no se nos enseña a despedirse, a decir adiós. Pero hay que aprender a detectar cuando ha llegado un final. Es absurdo, hasta dañino, alargar algo más allá de lo natural, aferrarse a lo que ya ha acabado y no dar oportunidad a algo nuevo. Porque despedirse no entraña no dar la bienvenida a algo nuevo.

Es fundamental saber cerrar y abrir etapas. No hacerlo, conlleva una tortura inútil. Pocas cosas admiro de los norteamericanos, pero una de ellas es su rapidez y valentía en aceptar y asimilar los errores y las pérdidas en los negocios. No se empeñan y se anclan en el error empresarial, cuando este se ha hecho patente. Cierran carpeta y a otra cosa, mariposa.

Mi comportamiento al respecto suele ser bastante expeditivo.

No soy de las/los que se abruman con la idea de no saber si cada vez es la última vez. Porque casi nunca sabemos cuándo es la última vez de nada. Hay un texto de Freud en el que cuenta que sale a caminar por la campiña en pleno verano, con un poeta. Y dice que el poeta admiraba la hermosura de la naturaleza, pero sin regocijarse con ella. Porque le preocupaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a desaparecer, que en el invierno moriría, como toda belleza humana y todo lo hermoso y lo noble que los hombres crearon o podrían crear. Todo eso, que de lo contrario habría amado y admirado, le parecía carente de valor por la transitoriedad a la que estaba condenado.

De la caducidad de lo perfecto o simplemente bello, surgen dos reacciones. Por un lado, el pesimismo del poeta y su hastío del mundo. Por el otro, la negación: no puede ser que esto se termine y se diluya en la nada.

Pero hay una tercera reacción: rescatar el valor de la transitoriedad. La restricción en la posibilidad del goce de algo, lo torna más apreciable. Es incomprensible que la idea de la transitoriedad de lo bello pudiera empañar nuestro regocijo. No hay belleza ni goce, sino en la medida en que no son ni absolutos ni eternos. No hay belleza ni goce, sino en la medida en que están bajo la coraza de la transitoriedad. No hay placer ni felicidad sin un final.

Se me ocurre que en los libros y en las películas, los finales son rotundos. Pero en la vida real, los finales suelen ser imperceptibles o confusos. Uno se da cuenta después, de que algo ha terminado. En la realidad, el final no se produce en el momento en que el director grita “Corten”. Se produce antes o después. En algunos casos, el final estaba previsto desde el comienzo. Pero casi siempre, es sorpresivo porque una cosa es dar por terminado algo y otra, muy distinta, es que realmente se haya acabado.

Un final es corte, ausencia, a veces perdón y olvido. A veces el final implica la posibilidad de perder algo que antes se creía especialmente valioso. Y a veces, implica la pérdida del valor que algo tenía.

En la ficción, al escribir tenemos la ilusión de lograr un final sorprendente, que parece llegar cuando nadie lo espera para cortar el recorrido lógico de la narración, pero que sin embargo ya existe, invisible, en el corazón de la historia que se cuenta.

En nuestra época, los relatos o novelas de “Happy ending” no tienen muy buena fama. Es el género que da por finalizada una narración, eternizando la felicidad. Y estamos en esa época pre-navideña en la que nos atiborran los fines de semana televisivos con “esas películas”.

Como escribir es una buena forma de reflexionar, ahora me replanteo lo que acabo de escribir en esta entrada. Digo que no me gusta llegar al final de un libro. Y es cierto, es exactamente lo que siento. Pero también es cierto que me gusta, después de acabar un libro, una película, una serie, en todo texto que valga la pena, iniciar nuevos itinerarios mentales, esta vez propios, producto de esta imaginación que se desboca ante la primera oportunidad. Mis finales, porque no hay sólo uno.

¿Sabes qué? Olvida lo que acabas de leer.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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