Es el 14 de diciembre de 1911. La expedición del explorador noruego Roald Amundsen acaba de llegar al polo Sur y se convierten en los primeros hombres que pisan ese punto geográfico. Este es un relato ficticio escrito por Àlex Sala y recreado a partir de relatos y fuentes históricas.
14 de diciembre, polo Sur. Nunca antes nadie había tenido tanto éxito en un lugar tan diametralmente opuesto a la meta de su vida como yo ahora. Hace tres años, el explorador Robert Peary me arrebató el sueño que tenía desde niño, ser el primero en llegar al polo Norte, y heme aquí, en el polo Sur. Una vez hechos todos los cálculos y mediciones con nuestros aparatos puedo afirmar que nos encontramos (con un mínimo margen de error) en el último rincón de la Tierra que quedaba por hollar al ser humano.

Ha sido un día largo e intenso y ahora toca disfrutar de un merecido descanso en la tienda que hemos montado sobre la planicie que hemos bautizado con el nombre del rey de Noruega, Haakon VII, la misma llanura blanca sin fin que atravesamos desde hace días, desolada y cubierta de nieve, a 3.000 metros de altitud. Aún así me parece el paisaje más extraordinario que he visto en mi vida. Encontrar aquí una panorámica distinta –la bandera británica de la expedición liderada por Robert Falcon Scott que compite con nosotros en esta carrera sobre el hielo y la nieve por llegar los primeros al polo– sí hubiera representado una verdadera decepción.

Cuando nos hemos levantado esta mañana, a 89°45’ de latitud sur, sabíamos que hoy era el día. Helmer Hanssen, Sverre Hassel, Oscar Wisting, Olav Bjaaland y yo mismo hemos apurado nuestro desayuno incluso más rápido que de costumbre. Los cinco estábamos ansiosos por ir al encuentro con nuestro destino.
El día era espléndido, pero a las 10 de la mañana se ha levantado una ligera brisa que lo ha cubierto todo de nubes que dificultaban la visión. Pero tal vez sea mejor eso que el sol resplandeciente que se refleja en el manto blanco perpétuo de la meseta antártica, impide distinguir apenas los accidentes del terreno y provoca la ceguera de las nieves.
Avanzamos mecánicamente, con algunos tramos en los que los esquís apenas se deslizaban sobre una nieve que parece haber caído muy lentamente, con vientos muy ligeros o completamente en calma y que no es nada sólida bajo nuestros pies.
A mediodía estábamos a 89°53’ de latitud sur. Faltaban apenas ocho kilómetros para llegar a nuestro objetivo y Hansen, que encabezaba la expedición, me ha cedido su lugar y el honor de ser el primero en pisar el polo.
Nuestro avance se ha desarrollado más que en ningún otro momento de este viaje entre la ilusión y el nerviosismo, escudriñando lo poco que las nubes nos dejaban ver en busca de señales del paso de los ingleses por aquí. Yo sabía que por las fechas en las que estamos es materialmente imposible que Scott y sus hombres se nos hubieran adelantado, pero la inquietud de ver ondear su bandera tan cerca de nuestro objetivo ha turbado mis pensamientos durante todo el viaje.
Pero por mucho que nos esforzáramos, lo único que veíamos era una llanura blanca sin fin que se extiende ante nosotros. Incluso los incansables perros que nos han llevado hasta aquí han dejado de sentir curiosidad por explorar el entorno, conscientes que no iban a encontrar nada diferente al anodino paisaje por el que se han movido estos últimos días.
A las tres de la tarde, los guías de los trineos han gritado “¡Alto!”. Según sus medidores habíamos completado los 1.400 que separan nuestra base en la Antártida, la Framhein, en la barrera de hielo de Ross, del polo Sur. Un momento de verdadera emoción reflejado en los mutuos apretones de manos y felicitaciones que hemos intercambiado.

Evidentemente es imposible determinar que ese sea el polo Sur exacto, pero según los meticulosos cálculos que ha llevado a cabo todas estas semanas Helmer Hansen estamos tan cerca de él que nadie podrá poner en duda que hemos pisado los 90°. El lugar en el que los cuatro puntos cardinales se convierten en uno solo: el norte.
Allí hemos llevado a cabo la ceremonia más solemne de cuantas hemos realizado, el izado de la bandera de Noruega, un acto que, en justa recompensa, han realizado junto a mí los hombres que me han acompañado durante esta travesía poniendo en peligro sus vidas. Así, cinco ajadas y heladas manos han clavado el mástil que sujeta la bandera que desde hoy ondea orgullosa, mecida por el viento antártico.
Como las regiones polares no son dadas a las largas ceremonias, apenas nos hemos permitido unos minutos de recuerdo de las penurias pasadas durante este viaje y de orgullo patriótico observando la suave e hipnótica ondulación de la bandera noruega de brillantes colores rojo y azul que contrastaban con el fondo blanco antártico. Enseguida hemos montado la tienda en la que ahora nos refugiamos, donde hemos celebrado nuestro triunfo y en la que Wisting está grabando las palabras “Polo Sur” y la fecha de hoy sobre todos nuestros objetos para tener un recuerdo de este día inolvidable.

Ahora sólo queda echar una cabezada y esperar a la media noche para realizar una última medición del sol que nos permita determinar nuestra posición con más exactitud. El sol luce radiante, es un espectáculo indescriptible y desconcertante vivir en este día perpetuo en el que el sol brilla prácticamente en la misma posición las 24 horas del día. Mañana haremos un círculo alrededor de nuestra posición para dejar claro a los británicos que el polo Sur ha sido conquistado por Noruega.
Nuestra bandera es la que ondea sobre el eje de la tierra y no la del Imperio británico. ¿Dónde deben estar ahora Scott y sus hombres? ¿Llegarán mientras nosotros estemos todavía aquí? ¿Nos cruzaremos a nuestro regreso? Espero que cuando ellos lleguen hasta aquí, el desengaño de ver nuestro campamento no les impida valorar su gesta como una hazaña y les deseo un regreso lo más plácido posible. Dentro de nuestra tienda dejaré una carta dirigida al rey Haakon VII para que Scott se la haga llegar en caso de que nosotros, Dios no lo quiera, no pudiéramos regresar. Debemos disfrutar cada momento en las inhóspitas tierras polares a las que hemos consagrado nuestras vidas, porque uno nunca sabe cuándo puede sorprenderle la muerte en ellas.
El miércoles 17 de enero, Robert Falcon Scott dejó escrito en su diario la terrible frustración que sintieron al alcanzar la meta tras tantas penurias y descubrir que los noruegos se les habían adelantado por cerca de un mes: “¡Dios santo! Es un lugar espantoso, y más para nosotros que hemos sufrido horrores para llegar hasta aquí sin obtener la recompensa de ser los primeros”. No podía imaginar en ese momento que lo peor estaba por llegar. Él y sus hombres morirían poco tiempo después, atrapados en el desierto helado. Por paradójico que parezca, ninguno de los dos logró alcanzar su sueño. Roald Amundsen no dejó que el éxito le emborrachara y escribió con una lucidez asombrosa: “Seguramente nunca un hombre se ha enfrentado, como me pasaba a mí, al hecho de haber alcanzado algo diametralmente opuesto a aquello con lo que había soñado. Las regiones del polo Norte -sí, el mismísimo polo Norte- me habían atraído desde mi juventud, y heme aquí, en el Polo Sur ¿Cabe imaginar mayor despropósito?”.

Interesante recordatorio de esta magnífica gesta. Un abrazo!
Hola Lady_p
Gracias por comentarlo. Un abrazo.
Marlen
Muy interesante, histórico y veraz tu relato de hoy.
Hola Volfredo.
Gracias por tu comentario. Un saludo.
Marlen