El Jefe que creía saberlo todo (Spoiler:Y no era cierto)

En lo más profundo de la Amazonia brasileña, habitaba Baita un anciano Piripkura, conocido por exhibir su elaborada pintura corporal y por ser el más sabio de toda la región. Baita era miembro de la tribu Piripkura, una comunidad aislada y respetada por sus profundos conocimientos sobre la naturaleza, el alma humana y los secretos del universo. Su piel estaba marcada por cicatrices ceremoniales que contaban historias de coraje y sabiduría, y su voz, ronca por los años, transmitía el peso de innumerables lecciones de vida.

Baita, de la tribu Piripkura

En los alrededores, se escuchaban historias de la sabiduría de Baita, y líderes de otras tribus viajaban caminando kilómetros para escuchar sus enseñanzas. Uno de esos líderes era Ajani, un joven y ambicioso jefe de la tribu Humaitá, que intentaba evitar el contacto de su gente con los extranjeros dedicados a la tala ilegal, buscadores de oro y traficantes de droga, el tipo de amenazas que ya habían exterminado a tribus enteras en el pasado.

Viviendo muy cerca de la frontera entre Brasil y Perú, los Humaitá mostraban una forma muy elaborada de cortarse el pelo, teniendo algunos, un look muy punk.

Ajani, jefe de la tribu Humaita

Ajani decidió poner a prueba al anciano Baita, pues estaba seguro de haber aprendido de sus antecesores todo lo que un buen jefe de tribu debía conocer. Sabía de todo: de la vida, de la naturaleza, de la gente, tanto de sus súbditos como de los extranjeros. Comprendía cómo aprovechar todo lo que la selva les ofrecía: pescaban, cazaban, recolectaban frutas y miel, y dormían en tapiris, refugios hechos de fibras vegetales.

Conocía la selva, testigo de muchas generaciones de gestión experta por parte de ellos, sus protectores indígenas. Pero creía que, si lograba comprender los secretos de la sabiduría de Baita, podría gobernar con éxito seguro y ser recordado por generaciones y generaciones.

Jóvenes de la tribu Piripkura

Así que, un atardecer en que el cielo estaba teñido de tonos naranjas y morados, Ajani navegó entre las raíces de los árboles, cruzando arroyos y cortando ramas para abrirse camino, admirando las lianas y la selva cada vez más densa, se acercó a la aldea de los Piripkura y encontró a Baita sentado a la orilla de un río en la linde del territorio indígena Piripkura bajo un kapok, un árbol gigante hogar de multitud de aves que son atraídas por el olor que emiten sus flores rosadas, y rodeado de jóvenes de su tribu que escuchaban atentos sus enseñanzas.

Tras saludar con el respeto adecuado —inclinándose y colocando una mano en el pecho—, Ajani hizo su pregunta:

.- He oído que eres el hombre más sabio de estas tierras, Baita. Dime, ¿qué es lo único que puede asustar a un hombre sabio?

Baita, con una sonrisa suave que denotaba la paciencia acumulada por los años, miró al joven jefe y lo invitó a sentarse. Luego, levantando la mirada hacia el kapok, comenzó su respuesta:

.- Ajani, la única cosa que puede asustar a un hombre sabio es la sombra de su propia ignorancia. Porque aunque uno conozca las estrellas, los árboles y plantas, los ríos y los animales, aunque haya oído las historias de los ancestros y escuchado los susurros de los espíritus, siempre queda un rincón oscuro dentro de cada uno, un rincón donde la ignorancia puede esconderse. Y es esa oscuridad la que nos puede llevar a tomar decisiones con arrogancia.

Ajani frunció el ceño, confundido, y replicó:

.- Pero, si alguien es sabio, ¿cómo puede tener ignorancia?

Baita rió suavemente y, señalando el suelo, tomó un puñado de tierra.

.- Sabiduría no significa saberlo todo, joven Ajani. Significa saber que siempre hay algo más que desconocemos, algo que podemos aprender. La ignorancia es como esta tierra: creemos que la pisamos y conocemos su textura, pero nunca sabremos todos los secretos que guarda debajo. El hombre sabio es aquel que vive en humildad, entendiendo que siempre hay algo nuevo por descubrir, y que nunca es dueño de todo el saber.

Ajani quedó en silencio, reflexionando sobre las palabras del anciano. Luego, en un gesto de respeto, tomó un puñado de tierra y la guardó en un pequeño bolso de cuero que llevaba al cuello, un símbolo de que honraría esa lección en su vida.

En las tribus amazónicas se respetaban las costumbres y los saberes tradicionales.

En la cultura de los Piripkura, se creía que el kapok era un árbol sagrado que conectaba a los vivos con sus ancestros. Durante las noches de luna llena, los miembros más viejos de la tribu se reunían alrededor de ese árbol lleno de flores rosadas para contar historias y preservar la memoria de los antepasados. Usaban sofisticadas pinturas corporales y cicatrices ceremoniales para marcar momentos importantes en la vida, como la transición de niño a adulto o la aceptación de una gran lección de vida.

Kapok, árbol gigante del Amazonas

El hecho de guardar tierra, como hizo Ajani, era un símbolo de aprendizaje y respeto, una costumbre que reflejaba su disposición a recordar lo aprendido.

Desde ese día, Ajani se comprometió a llevar consigo, además de su indispensable arco y flechas, la humildad que Baita le enseñó, y sus descendientes continuaron relatando esta historia, como un recordatorio de que la verdadera sabiduría no es un fin, sino un camino, un largo y sinuoso camino de aprendizaje.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

7 comentarios sobre “El Jefe que creía saberlo todo (Spoiler:Y no era cierto)

  1. La sabiduría no se puede medir o pesar. Es como esos que dentro de su cápsula de ignorancia, pretenden medir la cultura por lo que pesa un libro. Yo lo he vivido hace bien poco. Es aquello de «¡Vaya, pues sí que pesa este libraco! Debe ser bueno, además, por el precio que tiene…».

    Tu historia consigue que me vea sentado junto al rosado Kapok, escuchando a Baita y Ajani junto a los demás miembros de la tribu. Me gustaría tener mi propio Kapok, para refugiarme en momentos de reflexión y recogimiento interior, para inspirarme y escribir historias que vengan a mi memoria, a ser posible tan bonitas como esta que nos has contado. La belleza baña tus palabras y consigues que me traslade allá, a la selva amazónica o la que sea, atraído por la maestría con que elaboras tus historias. Esta en concreto refleja un detallado conocimiento por tu parte de las tribus indígenas de aquella zona y hace que me pregunte si es que has llegado a convivir con ellos en alguna ocasión.

    Me reconfortan tus relatos, Marlen. Son el reflejo de una persona que ama la escritura y que sabe transmitir esa pasión.

    Saludos cordiales.

    1. Hola Marcos
      Causaría mucha gracia la anécdota que cuentas sobre los libros, si no fuera tan triste y retratara tan bien lo que vamos perdiendo por el mal aprendizaje de las nuevas tecnologías. Y que conste que soy una apasionada de las tecnologías. Pero tengo muy claro que todas estas herramientas deben estar accesibles después de haber comprendido para qué y por qué, sin miedos ni prejuicios, sin acceso indiscriminado, jugando, pero jugando a aprender.
      Te diré que a mí también me encantaría tener un Kapok que dejara deslizar sus flores sobre mis reflexiones. Cuando era niña y adolescente me había apropiado de un álamo plateado que yo afirmaba era mi amigo, y con él compartía mis penas y alegrías. No tenía flores rosas, pero sabía escuchar muy bien.
      Si he conseguido que te traslades al Amazonas y que hayas escuchado a Baita y Ajani, me doy por muy satisfecha. Y te agradezco que me lo contaras porque me hace mucho bien saberlo.
      A tu pregunta, te diré que he estado en una zona del Amazonas hace muuucho tiempo, pero no conocí a miembros de estas tribus. La sociedad moderna está acabando con ellos y por eso, en este momento, su sabiduría les lleva a no dejarse ver y a escapar del hombre blanco. La última noticia es de hace unos años y sólo quedaban tres Piripkura.
      Muchas gracias por tu comentario, Marcos. Sí, amo la escritura porque amo los libros y me gusta contar cuentos desde chica. Un abrazo grande.
      Marlen

  2. ¡Qué preciosidad de relato, Marlen!

    Como las buenas fábulas, cada palabra se multiplica para contar decenas de mensajes. La sabiduría de los ancianos contra la arrogancia (e inocencia) de los jóvenes. Algo que se está perdiendo a marchas más forzadas que las lágrimas de Roy Batty bajo la lluvia. En todas estas tribus, los ancianos atesoraban sabiduría gracias a su edad y experiencia y eran una inmensa fortuna inmaterial para el resto de la tribu. ¿Hoy en día? Ya lo hemos hablado.

    La respuesta del anciano me ha recordado aquella frase, no recuerdo el autor, que dice: «Cuánto más aprendemos, más conscientes somos de nuestra ignorancia y lo que nos queda por aprender».

    También contagia este relato tristeza, porque estas tribus que veneran, cuidan y viven con y en la naturaleza, serán exterminadas por la modernidad y los intereses de la civilización. En lugar de aprender de ellos, como siempre, los quitamos del medio, porque estorban a la explotación del planeta, para convertirlo en dinero.

    Ojalá cada uno lleváramos un saquito de tierra de la Pachamama y con ello adquiriéramos más conciencia de su importancia y necesidad.

    Muchas gracias, amiga, por estos cuentos.

    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      ¡Exactamente! la sabiduría y paciencia de los ancianos tratando de hacer entender a los inocentes y, a veces, arrogantes jóvenes. Todos hemos tenido esa edad en la que pensábamos que ya lo sabíamos todo. Pero es que, en aquella lejana época, nuestra reacción ante la lección era la de la reflexión (siento el pareado) y sacar conclusiones. Y me da la impresión de que, en esta época, fruto tal vez del mimo exacerbado a los niños, cuando crecen se mantienen en sus trece y no entienden razones, ni siquiera entienden para qué siguen molestando los viejos. ¡Sí, ya sé, no todos! Aún hay algunos que han asimilado la cuota de educación y respeto pero… una gran mayoría no guarda el puñado de tierra en el saquito.
      Estas tribus del Amazonas están bastante alejadas de la civilización y aunque hay suficientes intereses de por medio para que ese aislamiento no dure mucho, aún veneran, cuidan y viven con y en la naturaleza, pero además aún veneran, y cuidan a sus ancianos.Y me alegro que esta pequeña lección, una de las más importantes que intentaba transmitir, haya quedado clara en el cuento.
      Muchísimas gracias a ti, por acercarte a mis cuentos y por comentarlos con tanta comprensión. Valoro muchísimo tu actitud. No es la primera vez que te lo digo, pero nunca está de más.
      Un abrazo grandote.

    1. Perdona Marcos, pero después de escribir mi respuesta a tu comentario, WordPress no la envió. Así que tuve que cambiar a Chrome y volver a escribir desde cero. Últimamente me suele pasar esto y me da mucha rabia. Pero es lo que hay.

      Entretanto entró el comentario de JascNet y a él sí le pude contestar. Supongo que no tendrás problema con mi respuesta. De lo contrario, me avisas.

      Un abrazo.

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