Mi nombre es Guillermina y soy una paloma. Pero no cualquier paloma ¡ojo! Soy la paloma de Jaqinaka, el pequeño pueblo apartado del mundo donde las casas son bajas, los tejados de tejas rojas crujen con el viento, la gente vive atrapada en su propia rutina, los viejos espían detrás de las cortinas, los niños corren como si estuvieran poseídos por el espíritu del caos y donde todo el mundo sabe todo de todos… o eso creen.
Las calles son empedradas y tan estrechas que en algunas tienes que andar de lado, los faroles iluminan con luz amarilla en las noches de invierno, y en el centro, la plaza con su fuente muy antigua que ya no escupe agua sino rumores, porque allí se sientan las chismosas del pueblo a analizar cada movimiento de los vecinos con la precisión de un cirujano.
Yo, que lo observo todo desde lo alto del campanario, sé que la gente ve sólo lo que quiere ver. Y, claro, la verdad siempre tiene plumas diferentes según desde dónde se mire.
Aquí viven personajes de todo tipo. Está don Julián Bollo Rico, el panadero, un hombre redondo como sus panes y más dulce que el azúcar glas que le cae siempre sobre el delantal. También está Martina, la niña con trenzas siempre despeinadas que ha trepado a más árboles que monos en la selva.
También está don Armando Guerra Segura. ¡Ah, don Armando! Un hombre de cara arrugada y alma de limón. Se queja del ruido, del calor, del frío, de las aves (especialmente de mí), de los niños y de la existencia en general. Si la felicidad fuera un delito, él sería el fiscal.
Y luego está ella: la vieja Dorotea. ¡A mí me encanta! Me gustan las personas sencillas, las que sonríen desde dentro y ríen con todo el cuerpo, las que no se quejan de cualquier tontería, las que no se creen mejor que nadie, las que son buenas y ayudan sin pedir nada a cambio.
Así que hablemos de mi amiga Dorotea Flores del Campo, esa que hizo una casita pequeña de madera a nuestro tamaño para que nosotras podamos protegernos de los vientos fuertes, con un comedero en el que infaltablemente pone unas semillas que cuando las comes, te parece que es Navidad y todo brilla y la vida es bonita.
Los de Jaqinaka la llaman la bruja del pueblo. Dicen que si la miras fijo, te roba el alma. Que si pasas por su casa de noche, susurra con los fantasmas. Que cuando la leche se agria es porque ella ha movido la nariz como una hechicera.
Caminan por el otro lado de la calle cuando la ven, murmuran a sus espaldas y la culpan de cada cosa extraña que sucede en el pueblo. Que si los gatos desaparecen, que si los cultivos se marchitan, que si la leche se agria de un día para otro.
¡Pobres ignorantes!
Porque si alguien sabe la verdad, esa soy yo. Dorotea no es una bruja. Es una justiciera.
Por ejemplo, cuando desaparecen las gallinas de doña Dolores Fuertes, casada con don Juanito Barriga todos culpan a Dorotea. “¡Las habrá convertido en sapos!”, exclaman. Pero la realidad es que el ladrón es don Matías Bragueta Suelta, el carnicero, que se mete al gallinero de madrugada a robar huevos como si fuera un zorro con delantal. ¿Y qué hace Dorotea? Suelta a las gallinas por el pueblo para que la gente vea que no hay ningún hechizo, sino un ladrón de poca monta.
Tampoco saben que el pozo de la plaza no se secó por una maldición. Esa también es una historia. “¡Se ha secado por culpa de la bruja!” gritaban las vecinas. Pero no, señoras y señores, lo bloqueó don Armando. ¿Por qué? Porque los niños jugaban cerca y le molestaban con sus risas. Así que una noche, Dorotea, con su espalda encorvada y sus manos arrugadas pero firmes, quitó una a una las piedras. Ella estuvo en cama varios días, pero un chorrito de agua apareció en el fondo.
Y los gatos… ¡Ay, los gatos! No los hace desaparecer Dorotea, los rescata. Porque Tomás Yaverás, el hijo del herrero, tiene más maldad en el cuerpo que una novela de villanos. Yo lo he visto persiguiéndolos, lanzándoles piedras, tirándoles de la cola. Así que Dorotea los recoge y los esconde en su casa, donde les da leche calentita y un rincón seguro. A mí me lo ha contado un viejo gato pelirrojo que a veces se sienta bajo el campanario a tomar el sol.
La gente es ciega. Sólo ven lo que quieren ver. Así que decidí hacer algo. Si Dorotea era la justiciera humana, yo sería la justiciera alada.
Todo comenzó un soleado mediodía cuando ataqué al infame don Matías.
Me posé con elegancia sobre su calva brillante como un huevo cocido y, con precisión quirúrgica, le solté un picotazo. Saltó como si le hubieran puesto brasas en los pantalones.
.- ¡Malditas palomas! —gritó. Todos se rieron, pero mientras se frotaba la calva, se le cayó del bolsillo una moneda gorda. La misma moneda que le había robado a la viuda Ramírez al darle los vueltos. Él no se dio cuenta, pero Kalimocho, el perro de los Ramírez, aprovechó para llevársela a casa y soltarla en la cocina.
Después, volé hasta la fuente de la plaza, donde don Armando estaba sentado en su banco favorito con cara de “Todo me molesta”. Y fue ahí cuando llegó mi obra maestra.
Con una puntería que envidiaría un francotirador, solté una venganza blanca y pringosa sobre su chaqueta marrón. Se levantó furioso, tropezó con un adoquín y, al caer, derribó la piedra grande que cubría el pozo casi seco.
La gente corrió a ver qué había pasado, descubriendo la verdad.
.- ¡Agua! ¡El pozo tiene agua! —gritaba la gente, mientras Dorotea se partía de risa tras las cortinas.
Me faltaba Tomás ¡claro!, el niño cruel. ¡No se iba a ir de rositas! Lo vi acercarse a un gato negro con intención de tirarle una piedra. Bajé en picada y le arranqué la gorra de la cabeza con mi pico. Él, furioso, corrió tras de mí hasta la casa de Dorotea.
Allí, entre cestas de mimbre y mantas viejas, dormían decenas de gatos. Gatos que él había maltratado. Sus ojos brillaban con confianza.
Cuando Tomás los vio a todos ronroneando, seguros y felices, algo cambió en su cara. El niño comprendió. Soltó la piedra, recogió su gorra y se marchó en silencio. Nunca más volvió a lastimar a un animal. Los chicos, a veces, aprenden rápido las lecciones. Los mayores, no tan rápido.
Con el tiempo, la gente de Jaqinaka dejó de llamar bruja a Dorotea. Le empezaron a llevar pan y manzanas, a pedirle consejos y a saludarla con una sonrisa. El carnicero dejó de robar huevos, don Armando se quejó un poco menos y Tomás… bueno, Tomás adoptó a dos gatos. Sí, a dos, porque los dos le resultaban tan graciosos que no podía decidirse por uno de ellos.
¿Y yo? Sigo aquí, en lo alto del campanario, lista para la próxima injusticia.
Porque en Jaqinaka, aunque la gente no lo sepa… la justicia tiene alas.