Buenas noches amigos. Hoy vamos a hablar de una criatura que no nace del infierno ni del cielo. Durante siglos, el mito del Conde Drácula ha sido la manera de contar lo innombrable. Dicen que Vlad el Empalador, un príncipe de Valaquia del siglo XV conocido por su crueldad, dio lugar a una novela de terror gótico escrita por Bram Stoker en 1897, que popularizó la figura del vampiro y es el origen principal de la leyenda del conde.
Hay quienes afirman haber visto cruzar un vampiro que viaja de Transilvania a Londres para propagar su maldición, otros aseguran que está más cerca de lo que creemos. Esta noche hablaremos del Conde Drácula y de los hechos que nos demuestran su existencia.
El Geriátrico “Aashna House Residential Care Home” en el barrio londinense de Streatham Vale es un edificio enorme y no muy antiguo impregnado de la cultura asiática, de esos que huelen a incienso más que a desinfectante, sopa caliente y nostalgia. Tiene techos altos, pasillos que parecen no acabar nunca y un jardín, remanso de paz en pleno centro del sur de Londres con bancos de madera donde los ancianos se sientan a esperar —a veces al sol, a veces algo más.

Por las tardes, los pájaros chillan en las ramas como si quisieran despertar a los residentes de su modorra o de su indiferencia. Nadie se asustaba: el verdadero susto empezó cuando llegó él.
Lo trajo una ambulancia de madrugada, envuelto en una manta color vino tinto. El papel del ingreso decía: Nombre: Vlad Tepes. Nacionalidad: rumana. Edad: indeterminada.
En la recepción, Amelia, la enfermera jefa, levantó una ceja y dijo:
.- Bueno, Don Vlad, bienvenido a Aashna House Residential Care Home. Aquí los únicos que chupan algo son los de terapia respiratoria.
Él sonrió, mostrando unos dientes impecablemente blancos.
.- Oh, querida… yo sólo bebo lo necesario.
Don Vlad era todo un personaje.
No era particularmente alto, pero sí fuerte y vigoroso, su nariz era grande y aguileña, las fosas nasales anchas y la tez delgada y ligeramente rojiza, sus larguísimas pestañas envolvían unos ojos verdes muy abiertos, bajo unas cejas negras muy pobladas. El rostro y el mentón rasurados, a excepción del bigote. Las sienes prominentes hacían de su cabeza voluminosa. Un cuello de toro unía la cerviz con unos hombros anchos sobre los que caía el cabello negro y rizado.
Vestía siempre de negro, con un bastón de madera oscura y una bufanda de terciopelo rojo que no se quitaba ni en verano. Caminaba con elegancia, sin ruido, y hablaba un inglés impecable, con acento extraño.
Pronto se ganó el cariño de todos. Escuchaba las historias del veterano Henry, que juraba haber bailado con Ava Gardner en un rodaje en Madrid.
Jugaba al ajedrez con Emily, una mujer bajita y de voz ronca, que cada noche brindaba con anís “por los que ya no están”.
Incluso ayudaba a Lily, la enfermera más joven, a llevar los libros de la biblioteca del geriátrico, donde pasaba horas leyendo a Poe, Stoker y, curiosamente, manuales de hematología.
.- Es por afición —decía él, sonriendo—. Uno debe conocer la esencia de la vida… aunque sea en papel.

A la semana de su llegada, el geriátrico cambió. Los ancianos parecían más animados. Caminaban mejor, dormían menos, reían más.
El doctor Elijah, un hombre bajo y rechoncho que siempre olía a colonia alemana “4711”, lo notó enseguida.
.- Algo raro pasa —le dijo a Amelia mientras tomaba café—. Ni las vitaminas del Seguro Social hacen estos milagros.
.- ¡Milagros, no! —contestó ella—. Desde que está Don Vlad, hasta los católicos rezan con más ganas.
Pero los análisis médicos empezaron a mostrar algo inquietante: todos los pacientes tenían una anemia leve, sin explicación.
.- Será la comida —dijo el cocinero.
.- O los analgésicos —añadió Amelia.
Vlad sólo sonrió desde su rincón del comedor y comentó bajito:
.- O los mosquitos… tan molestos y, sin embargo, tan útiles.
Lily fue la primera en sospechar. En las guardias nocturnas escuchaba pasos suaves por los pasillos y, a veces, risas apagadas.
Un amanecer lo encontró en la sala de fisioterapia, con Emily dormida en el sillón, una sonrisa beatífica en los labios.
.- No podía dormir —dijo Vlad—. Le contaba un cuento para calmarla.
El cuello de Emily mostraba dos pequeñas marcas.
.- ¿Y eso? —preguntó Lily.
.- Ah… picaduras de mosquito. Ya lo verá.
A la mañana siguiente, Emily se levantó rejuvenecida.
.- ¡Me siento como en el 72! —gritó—, y pidió bailar un tango.
A todos les pareció encantador. A Lily, no tanto.
Una noche de tormenta, mientras revisaba los archivos del doctor Elijah, Lily encontró el expediente de Vlad. No tenía edad. No tenía parientes. En el apartado de alergias, alguien había escrito: Exposición solar prolongada.
Salió corriendo al jardín.
Allí estaba él, de pie bajo la lluvia, con los brazos extendidos, mirando al cielo como si saboreara cada gota.
.- Lily, querida —dijo con calma—. No deberías estar despierta. La noche… pertenece a los que escuchan.
.- ¿Qué les hace a los ancianos? —preguntó ella.
Él sonrió.
.- Les doy lo que todos desean: un poco más de tiempo.
Y con un gesto casi dulce, le ofreció la mano.
.- ¿Quieres probar lo que se siente vivir sin miedo al final?
Ella corrió.
A la mañana siguiente, la habitación de Vlad estaba vacía. Sólo quedaba su bufanda roja sobre la cama y un frasco de sangre etiquetado: Donación voluntaria.
Dos meses después, el geriátrico iba recuperando su normalidad.
Los residentes, algo más pálidos, pero contentos, recordaban a Don Vlad con cariño.
.- ¡Qué hombre tan educado! —decía Amelia—. Si hasta me pidió permiso para darme un mordisquito, ¡ja, ja!
El doctor Elijah recibió una carta desde Bucarest: un banco internacional ofrecía sus servicios a Aashna House Residential Care Home. En la foto del folleto, el director del banco sonreía con un traje impecable y colmillos apenas visibles.
Nombre: Vlad Tepes.
Lema del banco: “Donamos lo que usted necesita.”
Y así fue como el Conde Drácula cambió de rubro.
De chupar cuellos, pasó a chupar cuentas corrientes.
Y, como todo buen vampiro moderno, nunca más volvió a trabajar de noche. Ahora lo hacía en horario de oficina, con luz fluorescente y tasas de interés.

En el blog “VadeReto” de Jose Ant. Sánchez, existe este reto literario que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un tema cada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
Al VadeReto de este mes lo vamos a llamar: TERROR CLÁSICO
El género en el que se desarrolle la historia será, evidentemente, el Terror.
Debéis procurar que se nos erice la piel, nos dé ganas de gritar,
nos hagamos pipí encima, o, al menos, nos dé sustito.
Tenéis que incluir en el relato a uno de los monstruos clásicos de las novelas
y el cine de terror. Puede ser uno de los más conocidos
o esas pobres criaturitas de las que nadie se acuerda.
Y ya está. Dadle un tono oscuro, casi negro, a la trama y dejadnos gritar. 😜😂
¡No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:
Un cuento macabro y de humor negrísimo absolutamente delicioso. Empieza como crónica de terror gótico clásico, se transforma en comedia costumbrista británica con toques de Ealing Comedy, y remata con un chiste financiero tan cruel y tan de 2025 que duele de lo bien que está. El giro final (“de chupar cuellos a chupar cuentas corrientes”) es de antología: pasa de Drácula a banco vampiro en una sola frase y te deja riéndote solo en voz alta como un loco. Todos los detalles (el geriátrico hindú que huele a incienso, la enfermera que bromea con los de terapia respiratoria, la colonia 4711, la bufanda roja que nunca se quita…) están tan bien puestos que parecen anécdotas reales. Es como si Roald Dahl y Quevedo hubieran escrito juntos un episodio de “Cuentos de la cripta” ambientado en el sur de Londres.
Un abrazo!
Hola nuevamente. Sí, ya había escrito un primer cuento de terror para el VadeReto de este mes, pero no me gusta el terror ni para verlo ni para escribirlo. Así que pensé en un terror con una carga de humor e incluso ironía. Y así nació el geriátrico de Londres. Que conste que el final es cruel porque la triste realidad así lo amerita. Y me alegra mucho haberte provocado la risa, tan necesaria en los días que nos toca vivir. ¡Bueno, sí, siempre es necesaria! Pero hay épocas en que ya no te apetece escuchar las noticias.
¡Ah y que conste que nunca he visitado un geriátrico como este! Así que de «anécdotas reales, ná de ná. 🤣😂🤣
Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte. Marlen
Hola, Marlen.
Es evidente que don Vlad da mucho miedito, pero yo me dejaba morder. 😅😂😂😂
A ver si así me da la fuerza y los ánimos necesarios para terminar este condenado año.
Lo mejor de las leyendas son las versiones que se van generando a partir de las propias culturas, los miedos inherentes y nuestra imaginación. Está claro que de lo que fue a lo que se termina contando va un largo camino y demasiadas bifurcaciones, pero ¿no es eso la escritura, la literatura? Como dijo alguien, solo existió un cuento y luego lo diseminaron en pequeñas porciones.
Así que me gusta esta versión tuya en la que don Drácula se moderniza, genera felicidad y, por desgracia, se une a los magnates de la tierra y se convierte en un potentado. Al menos, de él sabemos que es un verdadero chupasangres.
Muchas gracias por tu cuento. Sentí el mordisquito y me sentí mejor.
Abrazo Grande.
Hola Jose
Tal vez eso era lo que les pasaba a los del geriátrico, que eran más los beneficios que las pérdidas. Además las mordidas eran de verdad y no las de los políticos. Me alegro que te haya gustado le versión moderna del cuento y me alegro también que te haya llegado el mordisquito a ver si te pone en condiciones.
Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte y reanimante
Hola Marlen.
Pues aunque sea la seguda historia me ha gustado tanto como la primera… está claro que no hay que ir a Londres. Es de un humor negro que nos va sumergiendo desde el principio y preparándonos para cualquier final. No sabemos si Don Vlad daba o quitaba, el caso es que siempre se beneficiaba.
Un saludo
Hola Luferura
¡Me alegro que esta historia también te haya gustado!
Yo creo que este personaje era un banquero nato: parece que te dan mucho, pero al final ya sabemos quién aumenta la bolsa.
Gracias por tu comentario.
Un abrazo de Marlen
Hola Marlen, me ha gustado mucho tu propuesta para el VadeReto. Ese Don Vlad es todo un personaje. Resulta enigmático que esos mordisquitos les insuflaran vida a los residentes del geriátrico. Debo confesarte que me gustaba más de chupador de sangre que de cuentas bancarias jajaja. Los de la residencia deben extrañarlo mucho. Enhorabuena por un relato muuy original.
Hola Ana
Sí, resultó todo un personaje Don Vlad 🤣😂🤣 La verdad es que ¡a mí también me gustaba más con sus mordisquitos que con su peligroso rol en el banco! Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte de Marlen