Nada desaparece para siempre

El viento corría libre sobre la llanura, como si no conociera fronteras ni dueño. Era el año 1800 en el sur de la Patagonia, y el mundo de los tehuelches se extendía amplio y desnudo bajo un cielo interminable plagado de estrellas. La tierra era un océano de pastos duros y bajos, salpicado de matas grises y amarillas que crujían bajo los cascos de los caballos. A lo lejos, las mesetas se levantaban como murallas antiguas, y más allá, hacia el oeste, la cordillera dibujaba un borde azul oscuro contra el horizonte.

Las tolderías estaban levantadas cerca de un río de aguas frías y claras, el Río de los Leones (actualmente Río Chubut). Los toldos, hechos con cueros de guanaco cosidos y tensados sobre armazones de madera, resistían el viento con una dignidad flexible. Desde lejos parecían pequeñas montañas vivas, respirando humo por la abertura superior. Dentro, el aire estaba impregnado del olor de las pieles curtidas, del humo dulce del fuego y de la carne asándose lentamente.

El pueblo se había desplazado hacia esa zona siguiendo las manadas de guanacos. La vida era movimiento. Nada era permanente excepto el cielo y la memoria. Los hombres, altos, de hombros anchos y pies grandes, llevaban mantos de piel pintados con diseños geométricos en rojo y negro. Las mujeres, diestras en el trabajo del cuero, decoraban las capas con paciencia infinita. Sus manos conocían cada textura, cada tensión del hilo hecho con tendones.

Los niños corrían entre los caballos, riendo con el viento en la cara. Desde la llegada del caballo —animal poderoso y casi sagrado— la vida había cambiado. Les daba velocidad, alcance y una nueva forma de sentir la llanura. El caballo no era sólo transporte: era compañero, riqueza y autoridad.

El día comenzaba con el sol encendiendo la escarcha. Se escuchaban voces bajas, el relincho de los animales, el chisporroteo del fuego reavivado. Los cazadores partían en grupo, lanzas en mano y boleadoras colgando listas para volar. El guanaco era más que alimento: era vestido, abrigo, refugio. Cada parte del animal tenía destino y respeto. Nada se desperdiciaba. Matar era un acto necesario, pero nunca trivial.

La naturaleza no era un escenario vacío, estaba habitada por fuerzas invisibles. El cielo, la tierra, el viento y los animales tenían espíritu. El mundo estaba tejido por energías que podían ser favorables o peligrosas. Los ancianos hablaban de Kóoch, el gran creador del mundo en algunas tradiciones tehuelches, y de espíritus errantes que habitaban los cerros y los lagos. El trueno no era un simple ruido: era una voz. El viento, un mensajero.

Esa tarde, algo diferente se respiraba en el aire. Una inquietud leve, como si el paisaje mismo contuviera el aliento.

Un toldo tehuelche-Dibujo del libro Viaje a la Patagonia austral emprendido bajo los auspicios del Gobierno Nacional 1876-1877 del Perito Moreno

Un anciano había observado la luna en noches anteriores. Sabía que algo ocurriría. No podía nombrarlo con palabras exactas, pero lo presentía en la forma en que el disco blanco ascendía cada noche, más redondo y luminoso.

Cuando el sol cayó, el frío descendió rápido. El cielo se volvió de un azul profundo, casi negro. Las estrellas estallaron en miles, nítidas como puntas de hueso pulido. La luna llena comenzó a elevarse, majestuosa y clara, iluminando la llanura con una luz plateada que dibujaba sombras largas y fantasmales.

Las familias se reunieron cerca del fuego. Algunos murmuraban. Otros miraban en silencio.

De pronto, una sombra comenzó a morder el borde brillante de la luna.

Primero fue apenas perceptible. Un pequeño oscurecimiento en uno de sus extremos. Pero lentamente, como si un espíritu gigantesco la estuviera cubriendo con un manto invisible, la claridad fue disminuyendo.

Un murmullo recorrió la toldería.

Los niños se acercaron a sus madres. Algunos hombres se pusieron de pie. La luna, que tantas veces había guiado los viajes nocturnos y protegido los sueños, estaba siendo devorada por algún monstruo invisible.

El cacique Biguá levantó los brazos y comenzó a cantar. Su voz era grave y rítmica, una vibración profunda que parecía salir de la tierra misma. Otros lo acompañaron golpeando suavemente los cueros tensados. No era un canto de celebración. Era un canto de protección.

Cacique Mulato, hijo del cacique Biguá, cacique de los tehuelches

Creían que durante esos momentos el equilibrio del mundo era frágil. Que fuerzas oscuras podían estar intentando dañar a la luna, la guardiana de los ciclos, de las mujeres, de los nacimientos. La luna regulaba la vida. Su desaparición temporal era motivo de temor, pero también de acción.

Algunos arrojaron puñados de polvo hacia el cielo. Otros pronunciaron palabras antiguas para espantar al espíritu que la cubría. El viento soplaba con más fuerza, como si quisiera participar en el ritual.

Cuando la luna quedó completamente roja, un silencio pesado cayó sobre todos.

Ya no era blanca ni plateada: ardía en un rojo oscuro, como brasa contenida. La llanura adquirió un tono extraño, casi sobrenatural. Las sombras se desdibujaron. Los caballos se movían inquietos.

Una niña preguntó en voz baja si la luna estaba herida.

Su madre la abrazó fuerte.

En los rostros se mezclaban miedo y asombro. Pero también había algo más: una conciencia profunda de estar presenciando un acto poderoso del mundo. No lo entendían en términos astronómicos, pero lo sentían como parte de un gran tejido vivo.

El cacique continuó cantando. Explicó que así como el día se convierte en noche, la luna también atraviesa pruebas. Nada desaparece para siempre. Todo cambia y regresa, siempre regresa.

Poco a poco, como si las palabras obraran un efecto mágico, la sombra comenzó a retirarse.

Un filo blanco brillante reapareció en el borde. Luego más luz. El rojo se desvaneció lentamente hasta volver al plateado familiar.

Un suspiro colectivo recorrió el campamento.

Algunos rieron, nerviosos. Otros lloraron en silencio. La luna había vencido. El orden del mundo seguía intacto.

Esa noche durmieron más juntos que de costumbre. El fuego se mantuvo encendido hasta el amanecer. Las historias dieron vueltas como chispas: relatos de eclipses pasados, de espíritus derrotados, de la fuerza de la comunidad.

Sobre ellos, la luna volvió a brillar plena, indiferente y eterna.Y el viento siguió su camino por la llanura infinita, llevando consigo el eco de los cantos y el latido profundo de un pueblo que vivía en diálogo constante con la tierra y el cielo.


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En el blog “VadeReto” de Jose Ant. Sánchez existe este reto literario que me encanta.
Es una invitación a escribir, sólo un tema cada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
El personaje principal o el punto de inflexión de la trama del relato
 tendrá que ser un Eclipe Lunar.
La historia puede ocurrir durante el eclipse o, también, antes o después.
Pero tendrá que ser mencionado en el relato.
El efecto de este eclipse podrá tener las consecuencias que más os guste: terror, magia, romanticismo, melancolía, transformación, intriga, renovación, (des)equilibrio, revelación…
Según lo anterior, podéis usar el género literario que más se adapte a ello.
Y por último, y no menos importante, dado el tipo de fenómeno tendrá que ocurrir de noche.
¡No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

9 comentarios sobre “Nada desaparece para siempre

  1. ¡Precioso, Marlen!
    Ver un eclipse en aquellos tiempos de la historia, cuando no había forma de explicar un fenómeno tan impresionante e inhabitual, tuvo que ser impactante.
    Aunque siempre soy muy crítico con la religión, no dejo de comprender que la espiritualidad tuvo que ser imprescindible para no volverse loco y pensar que el mundo se acababa. Los chamanes podrían contagiar tranquilidad y algo de comprensión ante la dimensión del acontecimiento.
    En tu relato se puede palpar este sentimiento y podemos experimentar, de alguna forma, lo mismo que los miembros de esa tribu. Más allá del terror ocasionado, se siente la belleza del momento, la misticidad, la complicidad del grupo, la confianza en los líderes.
    Hoy en día se ha perdido todo esto, pero creo que la espiritualidad, el respeto y la admiración por la naturaleza, siguen teniendo sitio y sentido. De hecho, como comentabas en el Acervo, para los que todavía sentimos como niños, un eclipse conlleva toda la emoción que una fantasía nos puede dar.
    Felicidades por la maravillosa narración y gracias por hacernos sentir y participar de la tribu.
    Y, por supuesto, gracias por compartirlo para el VadeReto.
    Abrazo Grande y tribal.

    1. Hola Jose
      No sé por qué cada vez que veo un eclipse (y no son muchas las veces, porque la mayoría de las veces que me preparo, las nubes me chafan el intento), pienso exactamente en lo que tú dices: «Ver un eclipse en aquellos tiempos de la historia, cuando no había forma de explicar un fenómeno tan impresionante e inhabitual, tuvo que ser impactante.» Recuerdo cuando era niña (un poco más que ahora) y me enteraba que se iba a producir uno, preparaba una noche en la azotea de la casa de mis abuelos, con comida y bebida para festejar el evento, los binoculares que le pedía prestados a mi tío, las notas que me había preparado de hora de comienzo, eclipse pleno y terminación, mantas para dormir cuando acabara y la emoción a flor de piel rogando en silencio que a nadie se le ocurriera romper el hechizo con la explicación científica.
      ¡Exacto! yo prefería no recordar la razón del fenómeno y quedarme con la belleza mágica del momento, disfrutarlo con la boca abierta. No para sentir el miedo, por supuesto. Sino para sentir la admiración por la maravillosa naturaleza, la belleza en estado puro.
      El de este año lo vimos con mi hermano y mis sobrinos en Navarra, cielo despejado, expectativas al máximo. Seguí todo el protocolo y le dije a mi sobrino que no quería escuchar la explicación, que ya me la sabía y que no se le ocurriera contarla. ¡Grave error! No se lo dije a mi hermano y tuve que oír no sólo la explicación de mi hermanito sino las risas estentóreas de mis sobrinos, amén de las preguntas del porqué???
      Como comprenderás, «la espiritualidad, el respeto y la admiración por la naturaleza», no fueron apreciados. De hecho, el próximo 12 de agosto pienso buscar la forma de agenciarme de unos auriculares para ponérmelos apagados, tapar toda explicación inapropiada y como todos los que todavía sentimos como niños, disfrutar sabiamente de un eclipse (de sol en este caso), que «conlleva toda la emoción que una fantasía nos puede dar».
      Gracias a ti, una vez más, por nuestro VadeReto y por sentirnos parte de la tribu. Un abrazo fuerte.

  2. Oi,Marlen!
    Parabéns por escrever tão bem e trazer uma leitura tão agradável, com detalhes tantos que nos colocam diretamente na situação vivida no teu conto!
    Simplesmente maravilhosa a sensação de aos pouco ver a lua sendo «mordida» por uma sombra e, de repenrte tudo avermelhar! Adorei!

    beijos, tudo de bom, chica e uma linda nova semana!

    1. Hola Chica
      Muchas gracias por tu comentario. Me alegra que te haya gustado el cuento.
      A mí también me gusta la imagen en mi mente de la luna siendo «mordida» por una sombra y, de repente, ¡todo se vuelve rojo!
      Me identifico mucho con la sensación de horror y admiración al mismo tiempo, al contemplar este fenómeno sin tener la explicación científica de lo que ocurre.
      Que disfrutes tú también de una hermosa semana. Un abrazo fuerte de Marlen.

  3. Hola Marlen, qué bonita historia y qué bien narrada. Nos has presentado este momento de una forma poética, tierna y bella. La ingenuidad de los habitantes primigenios de la patagonia no era ignorancia, ellos se llevaban bien con la naturaleza, la entendían a niveles que hoy no podemos ni siquiera asomarnos, tan desconectados estamos ya de ella. Además tu relato tiene un mensaje hermoso. Un gran trabajo, te felicito.

    1. Hola Ana. Me alegra que te haya gustado la forma de traer al presente a civilizaciones que menospreciamos y de las que deberíamos aprender por ejemplo, la forma en que apreciaban y respetaban la naturaleza. Sí, vivimos muy desconectados, inmersos en ciudades cada vez más grandes, con más polución y menos contacto con el vecino. Pero soy optimista, cada cierta cantidad de años hay un movimiento de grupos humanos que se rebelan contra esta forma de vida y espero que la locura de odio, violencia y guerras acabe pronto en otra era de ese tipo. Sólo deseo que no se deba a un cataclismo provocado por el hombre.
      Muchas gracias por tus palabras. Un abrazo grandote.

  4. Hola Marlen
    Un cuento muy bonito. Si a nosotros, que estamos enseñados, nos sorprenden los fenómenos. Cómo se lo tomarían estos indígenas que están enseñados de otra forma. Sobre todo si la luna es una referencia, el impacto que tendría su desaparición les originaría una crisis. Las inquietudes son intrínsecas El cuento me parece un magnífico ejercicio de imaginación sobre todo lo anteriormente dicho.
    Un saludo.

    1. Hola Luferura, tienes razón, a pesar de conocer la explicación científica, nos sigue maravillando la magia de un eclipse. ¿Te imaginas la impresión de estos pueblos originarios. Sería como ver a un niño pequeño reaccionando con sorpresa o miedo.
      Me alegro que lo tomes como un ejercicio de imaginación. Gracias por tu comentario. Un saludo.

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