Australia sufrió el 15 de diciembre de 2025 un atentado cuando dos atacantes, padre e hijo, dispararon a una multitud que celebraba el inicio de la festividad judía de Hanukkah en la playa de Bondi Beach, en Sídney matando al menos a 15 personas e hiriendo a 40.
Los atacantes actuaron solos y no formaban parte de una célula extremista, aunque, según las autoridades, estaban motivados por una ideología extremista y buscaban atacar a la comunidad judía de Sídney.
Líderes de la comunidad judía en Australia, Israel y otras partes del mundo lamentaron lo ocurrido y pidieron al gobierno australiano medidas urgentes para contrarrestar el antisemitismo.
Un atentado más, una violencia más a las que ya nos tienen acostumbrados las noticias de nuestra era, ejecutada en nombre de un Dios. Me diréis que posiblemente era una venganza por la guerra israelí en Gaza. Más de lo mismo.
¡Qué visión tan distinta deben de tener los terroristas de una religión que se supone es la misma ahora que la que predicaban Jesús y Mahoma!
Los predicadores de las iglesias, las mezquitas y los supuestos sabios en teología, cuando hablaban de su Dios y de su religión, hablaban de hacer el bien, de amar y ser justos con el prójimo, de atender al enfermo y al necesitado.
Yo, que soy atea, me siento cercana a esa humanidad que nos transmitieron y que nada tiene que ver con la necesidad de sembrar el terror para defender un ser que, según nos dijeron, tiene todas las virtudes y, por lo tanto, no parece que necesite defensa alguna. Y menos una defensa hecha con el derramamiento de sangre de otros seres humanos.
No entenderé nunca a los terroristas, lo sean en nombre de Jesús, de Alá o de cualquier Dios o idea, pero siempre me ha parecido que si alguien necesita asesinar por lo que cree o piensa, tal vez no esté tan seguro ni de su propia fe ni de sus propias ideas.
Si necesita que todo el mundo sea como él y practique la misma religión, es porque en el fondo no puede tolerar la diferencia y la siente como una amenaza. Y eso será porque en sí mismo residen los interrogantes, las dudas que quiere eliminar, matando a los que se lo recuerdan.
Si matar a un ser humano es un acto cruel, hacerlo en nombre de un Dios, cuya existencia ni siquiera está demostrada, me parece una de las peores atrocidades que se pueden cometer.
La imagen que acompaña este texto es una ilustración de Igor Morski.