Juicio a un rebelde

Maldita la hora en la que el emperador Tiberio me nombró prefecto de Judea. No hay día en que los irritantes habitantes de esta provincia dejéis de importunarme con vuestros litigios y protestas. Ahora parece que el Gran Sanedrín de Jerusalén, la asamblea de rabinos que trata de los asuntos de vuestra religión, la ha tomado contigo, uno de los centenares de alborotadores que pululan por la ciudad diciendo ser el salvador que, según vuestros antiguos profetas, aparecerá para liberar al pueblo hebreo.  

Poco me importarían las supersticiones de vuestro insolente pueblo de paganos de no ser porque tus fieles  seguidores podrían poner en peligro no solo la jerarquía judía, sino también el propio dominio romano de Judea. ¡Ay, Jesús de Nazaret, qué debo hacer contigo!

Créeme si te digo que Judea es un lugar poco agradable. ¡Ay! Si conocieras la agradable región al sur de la península itálica de la que soy originario. La Campania felix, el campo fértil, de clima templado por las brisas del mar Tirreno cuyas praderas rebosan cultivos de cereales y vides.  

Allí labré una carrera militar de hombre duro, severo, inflexible hasta el extremo, que me han traído hasta los confines orientales del Imperio, una región árida, llena de polvo y arena del desierto, en constante alerta por la proximidad de los partos, enemigos ancestrales de Roma. Ellos no hubieran tenido con vosotros las contemplaciones que los emperadores Augusto y Tiberio, que os han dejado libertad para organizar los asuntos judíos y han tolerado vuestras excentricidades religiosas y vuestras fiestas.

¿Y cuál es vuestra respuesta a esta magnanimidad? Constantes protestas y peticiones irrealizables, señalando que tal o cual disposición romana ofende o contraviene vuestros preceptos religiosos. Créeme cuando te aseguro que los judíos sois un pueblo levantisco que no paráis de incordiarme con vuestras demandas.  

Mi opinión personal es que esta política de apaciguamiento es un error que socava la autoridad de Roma sobre el derecho a gobernar como nos plazca una región sometida por nuestras legiones.

Nada más tomar posesión de mi cargo, hace casi una década, ya tuve mi primer encontronazo contra la obcecación religiosa hebrea. Entonces entré en Jerusalén portando los estandartes romanos coronados por la imagen del emperador. Sabía que era una provocación a vuestra religión, que considera idolatría la representación humana. Pero era mi forma de demostrar al pueblo judío que la autoridad del emperador debe estar por encima de cualquier otra creencia y forma de gobierno anterior que tuvierais. 

El enojo de los rabinos y el pueblo al ver las insignias colgadas de los balcones del antiguo palacio de Herodes con la efigie de Tiberio como divinidad en la tierra, fue colosal.

Hice caso omiso a las airadas quejas para sacar los estandartes de vuestra ciudad santa hasta que las protestas fueron tan generalizadas que, temiendo una revuelta, reculé, pero no de buena gana, te lo aseguro.  

Pero tiempo después, logré tomar mi revancha, al construir el acueducto que abastece de agua a Jerusalén. Aquella ocasión demostró, a mi parecer, vuestra terquedad y obstinación. Al conocer mi decisión, miles de jerosolimitanos vinieron a protestar ante mi residencia por usar fondos incautados del tesoro de vuestro Templo. Gente que prefería morir de sed antes que usar el dinero del templo en otros menesteres que no fueran su mantenimiento. ¡Qué necedad! 

Esta vez me negué a echarme atrás y ordené a mis cohortes infiltrarse de incógnito entre la multitud, iniciando una matanza a machetazos y golpes de porra que acabó rápidamente con las protestas.

Y ahora tú, Jesús de Nazaret. Hace cinco días entraste en Jerusalén aclamado por tus seguidores y subvertiste la autoridad religiosa vigente expulsando a los mercaderes del templo. El poder de Roma se asienta aquí en gran parte sobre el apoyo de vuestros líderes religiosos. Si los desafías a ellos, desafías al emperador, y eso no puedo permitirlo. 

Porque no solo eres un agitador religioso, también podrías convertirte en un peligroso cabecilla rebelde. No serías el primero. Antes que tú, un antiguo esclavo, Simón de Perea, incendió el palacio real de Jericó y lo saqueó después de proclamarse rey. O Atronges, el pastor que, apoyado por sus hermanos y un grupo de seguidores, levantó Judea contra nosotros, los romanos.  

¿Acaso tus prédicas no han llamado a dejar de pagar el tributo al césar? ¿Acaso no te has proclamado monarca de un reino nuevo que ha de llegar a Israel? ¿Pretendes expulsar a Roma de aquí, entonces?

Todavía peor, predicas la pobreza e incitas a liberar a los esclavos y a los oprimidos, subvirtiendo así el orden establecido no sólo en Judea, sino en todo el Mediterráneo, en el que el dominio de Roma se asienta sobre el derecho de conquista de los bienes y impuestos que los romanos obtenemos de los territorios vencidos.

Simón y Atronges conocieron el mismo destino, aplastados por el poder de nuestros dioses y nuestras armas. Igual que ellos dos, igual que tu maestro Juan, al que apodaban el Bautista, a quien Herodes ordenó rebanar la cabeza.  

Vuestros discursos de liberación de los amos terrenales para consagrarse a un monarca divino constituyen un atentado contra el Estado romano mismo. Por lo tanto, Jesús de Nazaret, hijo de José y de María, conocerás el destino reservado a los rebeldes: la muerte en la cruz.


Este contenido se publicó en la Newsletter semanal de National Geographic. Fue escrito por Àlex Sala, periodista especializado en Arte e Historia del Arte. 

Poncio Pilato se encuentra en la Torre Antonina de Jerusalén, sede de la guarnición romana en la ciudad, adosada al templo, para juzgar a Jesús de Nazaret. Su relato, en primera persona me pareció original y muy adecuado para reflexionar en estos días de Semana Santa, sobre lo que “festejamos”.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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