La fábrica de hombres de cristal

Escuchaba comentarios sobre el cumpleaños de Trump (del cual no pienso hablar, no os preocupéis) y eso me hizo reflexionar sobre una determinada construcción de la masculinidad contemporánea que, lejos de ofrecer seguridad, libertad o madurez emocional a los hombres, los empuja hacia una caricatura de sí mismos.

Existe una paradoja fascinante en nuestro tiempo. Nunca antes hubo tantos discursos sobre la fortaleza masculina, nunca se fue a las urnas con ese ideal en la mente y, sin embargo, nunca pareció tan evidente la fragilidad de muchos de esos modelos que se presentan como ejemplos de virilidad. Cuanto más se proclama la fuerza, más se adivina el miedo. Cuanto más se exhiben los músculos, los tatuajes, las armas, los coches, el dinero o la agresividad verbal, más aparece la sospecha de que todo ello no es una demostración de seguridad, sino un mecanismo de defensa.

Vivimos una época extraña en la que muchos hombres son educados para sentirse permanentemente amenazados. Amenazados por las mujeres, por los cambios sociales, por la diversidad, por la cultura, por la educación emocional e incluso por la mera existencia de formas distintas de entender la masculinidad. Como resultado, se ha construido una industria gigantesca dedicada a venderles una identidad prefabricada basada en el resentimiento.

El fenómeno tiene algo de tragicómico. Una legión de gurús de internet promete devolver a los hombres una supuesta esencia perdida. Les enseñan a caminar de determinada manera, a vestir de determinada manera, a hablar con determinada dureza, a desconfiar de sus emociones, a medir su valor en función de su éxito económico o sexual. Todo aparece envuelto en un lenguaje de superación personal, pero el producto final se parece menos a la libertad y más a una prisión decorada con luces de neón.

Los espejos de los gimnasios les devuelven la imagen del reverso tenebroso de este mundo: una trampa de individualismo, narcisismo, misoginia, testosterona, anabolizantes, sacrificios inútiles y cuerpos inalcanzables. Un mundo en el que sólo cabe el resentimiento, la frustración y el estilo “high-end streetwear” (ropa urbana de alta gama): un conjunto de Brunello Cucinelli en beige y azul marino, un traje casual de corte impecable de Zegna con camisa de lino, unos mocasines Summer Walk de Loro Piana. Un mundo ridículo y artificial de masculinidades frágiles y heridas.

Vivimos en un mundo y una forma de entender y vivir “lo masculino”, que se revuelve ante una realidad que está cambiando y que busca refugio en el pasado. De ahí su apuesta por el belicismo, el militarismo, el racismo y la homofobia.

La promesa es sencilla: si haces esto, serás un auténtico hombre.

Sin embargo, nadie parece capaz de explicar qué significa exactamente ser un auténtico hombre.

Lo curioso es que muchos de esos modelos de masculinidad que hoy se venden como revolucionarios son, en realidad, extraordinariamente antiguos. Son ecos de un pasado idealizado que nunca existió tal como se cuenta. Una mezcla de guerreros espartanos, emperadores romanos, vikingos imaginarios, tatuajes tribales, cuerpos musculados, ejecutivos agresivos de los años ochenta y héroes de acción de películas norteamericanas. Una colección de fantasías históricas cuidadosamente seleccionadas para alimentar una identidad basada en la competición permanente.

El resultado es casi una parodia.

Hombres que hablan constantemente de independencia mientras dependen obsesivamente de la aprobación de otros hombres.

Hombres que proclaman su libertad mientras viven sometidos a códigos de conducta rígidos y absurdos.

Hombres que aseguran despreciar las emociones mientras organizan su vida alrededor del miedo, la ira y la humillación.

Hombres que hablan de fuerza mientras se derrumban ante la menor crítica.

La masculinidad frágil, la de cristal, no es la de quien llora. Es la de quien no puede soportar ver llorar a otro.

No es la de quien duda. Es la de quien necesita aparentar certezas absolutas para ocultar sus inseguridades.

No es la de quien muestra sensibilidad. Es la de quien considera una amenaza cualquier muestra de sensibilidad.

Quizás por eso resulta tan fácil manipular a quienes han sido educados en este modelo. Cuando una identidad se construye sobre el miedo a parecer débil, basta insinuar una amenaza para movilizarla. De repente aparecen enemigos por todas partes: inmigrantes, feministas, homosexuales, intelectuales, artistas, periodistas, profesores, ecologistas o cualquiera que cuestione el relato dominante.

La historia demuestra que las inseguridades colectivas son una materia prima extraordinaria para fabricar movimientos autoritarios. Los dictadores rara vez prometen serenidad. Prometen grandeza. Prometen restaurar un pasado glorioso. Prometen devolver el orgullo perdido. Prometen recuperar una supuesta edad de oro que, examinada con detenimiento, suele parecerse sospechosamente a una leyenda, sino a una mentira.

Por eso este fenómeno resulta tan peligroso. Porque convierte frustraciones personales en proyectos políticos. La soledad se transforma en odio. La inseguridad en agresividad. La incertidumbre en fanatismo. Y la nostalgia en combustible ideológico.

Pero quizás lo más triste sea que esta visión empobrece profundamente la vida de los propios hombres. Les roba amistades sinceras. Les dificulta pedir ayuda. Les enseña a esconder el dolor. Les convence de que la vulnerabilidad es una vergüenza. Les impide construir relaciones afectivas basadas en la confianza y no en la dominación.

Mientras tanto, la realidad sigue avanzando en otra dirección. Cada vez más hombres descubren que la fortaleza tiene poco que ver con la dureza. Que el coraje no consiste en imponerse a otros, sino en conocerse a uno mismo. Que la madurez no se mide por la capacidad de intimidar, sino por la capacidad de cuidar.

Porque levantar pesas puede requerir fuerza. Pero criar a un hijo requiere mucha más.

Ganar una pelea puede exigir valentía. Pero reconocer un error exige todavía más.

Mandar sobre otros puede resultar sencillo. Escuchar, comprender y acompañar es infinitamente más difícil.

Tal vez por eso los modelos más ruidosos de masculinidad producen tanto espectáculo y tan poca admiración duradera. Son fuegos artificiales identitarios. Mucho estruendo, mucho humo y poca sustancia.

La verdadera fortaleza rara vez necesita anunciarse. No lleva uniforme. No posa ante el espejo. No grita. No amenaza. No necesita demostrar constantemente que existe. Simplemente está ahí.

Y precisamente por eso resulta mucho más poderosa que todas las caricaturas musculadas, enfadadas y heridas que intentan sustituirla.

Porque una masculinidad segura de sí misma no necesita enemigos. Una masculinidad madura no necesita sentirse superior. Y un hombre verdaderamente fuerte no necesita pasar la vida convenciendo a los demás de que lo es.

El problema de nuestra época no es que los hombres estén perdiendo su masculinidad. El problema es que demasiados hombres están confundiendo la masculinidad con una representación teatral de la misma. Una representación tan artificial que provoca risa cuando se observa desde lejos, pero tan influyente que conviene tomársela muy en serio. 

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “La fábrica de hombres de cristal

  1. Hola, Marlen. Como siempre, una reflexión muy actual y necesaria. Das en el clavo al decir que hay cosas respecto a este tema que dan risa, pero, más bien deberíamos preocuparnos.

    Hay que cuestionarnos qué pasó durante la educación de tanto hombre que hoy busca lo que llaman «una mujer de alto valor» cuando ellos mismos están lejos de comportarse honorablemente. ¿Qué ejemplos vieron, o no vieron? ¿Y si no tuvieron buenos referentes, por qué fue? Ahí está la clave para evitar que esto siga en las nuevas generaciones. Es algo complejo.

    Y sí, es preocupante porque estos sentimientos contra las mujeres son los que luego derivan en crímenes de odio. Y bueno, en cosas no tan fatalistas, definitivamente, ellos mismos siguen sin encontrar el equilibrio y la plenitud en su rol masculino, como bien dices en tu entrada. Tampoco ayuda los ejemplos nefastos que vemos en políticos, artistas, etc.

    Una muy buena reflexión, Marlen. Abrazo fuerte.

    1. Hola Ana. Sí, es como si cada vez me costara más entender a mis semejantes. Y creo que el problema no reside en que no los entendemos, sino en que, lamentablemente, no se entienden ellos mismos. Se dejan seducir por personas que han creado un negocio sacando provecho de sus miedos, cuando en realidad lo único que tendrían que hacer es acercarse a una buena amiga y charlar un buen rato sobre todo lo que les angustia. Tranquilos, sin escuchar tanto ruido, sin hacer caso a quienes se aprovechan de sus inseguridades, sin escuchar tantos odios, violencias y deseos de manipular a los que se han vuelto inseguros.
      Estoy convencida que una buena charla con alguien a quien le importen, les aclararía muchos temas y les abriría los ojos a la realidad, que ni es tan complicada, ni es tan difícil de vivir, disfrutar y ayudar a que la disfruten los que quieres.
      Pero los extremistas saben lo que hacen y lo que dicen, saben asustar con el «coco», saben meter el dedo en la llaga de la inseguridad y de sus rabias.
      Yo también me pregunto qué pasó durante la educación de estos hombres de cristal. Me siento una privilegiada por haber tenido en mi familia y en mi entorno, tanto mi hermano como yo, unos referentes femeninos y masculinos en esos seres que la lucharon y mucho. Porque la realidad que a ellos les tocó vivir no fue nada fácil y sin embargo, nos educaron en unas reglas morales que aún nos siguen guiando. ¿Qué les pasó a ellos, con quién se desilusionaron?, ¿qué espejo miraron?, ¿qué resentimientos albergan y contra quién? ¿a quién escucharon y por quiénes fueron convencidos?
      ¡Claro que es preocupante! Porque cuando ves la reacción de uno de los jefes internacionales que decide por millones de seres humanos y le ves actuar como el matoncito del recreo, con sus pataletas, sus rabietas, sus odios, premios y castigos, con esa fragilidad con la que se derrumba su «supuesta virilidad»… Cuando en los hemiciclos de tantos países ves a los «aforados» de turno jugar al «Y tú más!» sin asumir culpas ni equivocaciones… Y lo peor de todo, cuando ves la sumisión del resto de los hombres aparentemente muy machos, te preguntas ¿qué nos queda por delante?
      Gracias, como siempre, por tus palabras. Hace bien saber que hay alguien o «alguienes» (vale el palabro) que escuchan tus gritos y los comparten. Un abrazo fuertote.

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