Los payasos de la tele

Y ahora vosotros pensaréis que me refiero a Gaby, Fofó y Miliki, los archiconocidos payasos que divirtieron a generaciones de niños, que comenzaron sus actuaciones en España en el año 1939 en el Circo Price, emigraron a América en 1946, instalándose en Cuba, y que en 1970 llegaron a Argentina, alcanzando un éxito clamoroso en la televisión.

Pero no, en este caso, me refiero a esos personajes cuya profesión no tiene nada que ver con el mundo de la risa y la tarta en la cara. Y que, por la necesidad de seguir trabajando o porque en nuestros días todo se ha desvirtuado y lo que no sale en un reality, no existe, hacen de payasos inspirándonos tristeza y vergüenza ajena, por lo menos a mi.

No es que ahora no existan payasos, que te pueden gustar o no. Es que actores y actrices, deportistas, cantantes y un largo etcétera, tal vez tentados por los únicos programas televisivos que se producen, entran en el mundo de hacernos divertir y olvidar la realidad. ¿Y dónde están los personajes públicos serios, los que nos hacen reflexionar o recordar las cosas importantes de la vida? En los horarios intempestivos de la madrugada o en las series de las plataformas como Netflix, a las que acudimos en busca de algo potable, como al agua en un desierto.

Quien no tiene poder adquisitivo para pagarse el acceso a esos reductos, se ve lastimosamente condenado a las televisiones abiertas y a sus realitys, que es en lo que se ha convertido el prime time de todas ellas.

Tampoco estoy hablando de un programa como “Gran Hermano”, que se caracteriza por otorgarle competencias a un nuevo espectador que lo quiere ver y saber todo. En este show televisivo, la instalación de decenas de cámaras y micrófonos, junto con la presencia de un presentador que interroga continuamente a los concursantes, le permite al espectador no perderse detalle, volviéndose una figura omnipresente y omnividente. Presente en todos los escenarios y presenciando todas las acciones a la vez, captadas las 24 horas del día en una oferta constante de intimidad al desnudo, que subyuga al voyeur, un espectador con capacidad ilusoria de contar con todos los puntos de vista.

Hablo de programas con supuesto contenido periodístico o concursos donde se demuestra la capacidad de actuación en diferentes ámbitos.

Un actor como Antonio Resines, expresidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, con más de 60 películas, más de 30 incursiones en la televisión y el teatro y un Goya en su haber, pega con un martillo en unos pulsadores eligiendo si son buenas o malas las ensaladas con algas, mientras saltan los trozos de plástico por el aire y el público se descojona en “El Hormiguero”.

La soprano lírica Ainhoa Arteta, con su impresionante repertorio operístico y zarzuelístico a cuestas, solloza acongojada mientras intenta cocinar en Masterchef. 

En “Tu cara me suena” o “Mira quién baila”, los VIP de diferentes perfiles, para enganchar a un mayor público, se prestan a ser la comidilla de la audiencia.

La escritora Lucía Etxebarria confiesa que realizó un “ridículo espantoso” durante la grabación de “Ven a cenar conmigo”: “Me resulta imposible cocinar con una cámara pegada a la cara y con una persona dándote instrucciones a todas horas. Me puse de los mismos nervios, me enfadé con el productor, y acabé tirándolo todo y haciendo un estropicio infame”.

Una crítica al concurso “El Desafío” revela lo buscado en los programas: “Ni siquiera existe un perfil cómico para desengrasar, relativizar lo artificial y dotar de imprevisibilidad a la situación. Algo básico.” En una palabra: falta más morisqueta que nos permita la burla, que no la diversión.

A Silvia Abril, con sus tartazos en “Tu cara me suena” se le alaba: “Es lo que tiene llevar el instinto del show incorporado, Silvia Abril no teme ningún pringue. Todo sea por entregar al público esa pasión por el espectáculo sin complejos ni remilgos.”

¿Un espectáculo sin complejos ni remilgos? ¿Eso es realmente lo que queremos ver y lo que queremos que vean nuestros niños?

Atrocidades de pobre gente para regocijo intelectual de analfabetos culturales, embrutecidos por la otra cara de la estupidez, la machacona apuesta por el infantilismo.

La información bien expuesta y además independiente y fiable, es una anomalía.

Pululan tertulias, programas cutres en donde la producción propia se reduce al género de la tertulia del zurriagazo, con la misma orientación y sin cuidar lo mínimo exigible para que tengan cierta credibilidad, es decir contar con voces discrepantes. Gritar sustituye a razonar. Interrumpir a dialogar. Simplificar a argumentar.

La muy anunciada diversidad, pluralidad, canales para el contraste y la reflexión, es hoy una tomadura de pelo convertida en el despropósito de la peor televisión imaginable. ¡Abajo la información! ¡Viva el espectáculo! ¡Tonto el que no se ría!

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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