Compañeros de juegos de la niña aventurera

Os contaba en la anterior entrada alguna aventura de mi niñez. Pero, ¿quiénes eran mis compañeros de juegos y aventuras?

Mi mejor amigo, con el que tramábamos todas las barrabasadas, era Juancho, el vecino de al lado de mi casa. Tenía un hermano bastante menor. Su madre Guillermina era muy elegante, su padre Juan Carlos, era abogado y un encanto de persona.

En la entrada de casa, con mi amigo Juancho

La antítesis de Juancho era Peter, que vivía en el 1er. piso y con el que manteníamos una relación de amor/odio, creo que motivada por la lucha de poder dentro de la pandilla.

También en el 1er. piso vivía Osvaldito, a quien no hacíamos mucho caso, salvo cuando jugábamos al fútbol en la calle, delante de casa, contra la barra de Estados Unidos 800.

Es que en aquellos tiempos se podía jugar en la calle. Sólo había que tener la precaución de, al grito de “¡Coche!” cuando se acercaba alguno por Estados Unidos, subir a la vereda.

Sobre Chacabuco circulaban tranvías, así que lo peor era cuando la pelota se iba para la esquina, pero nos turnábamos para afrontar el peligro.

Los festejos del que ganaba eran fantásticos, con cantitos a grito pelado, llamando a los vecinos y con el goleador en andas. Del local de peluquería de abajo solía salir Nelson, con su guardapolvo blanco y su mucha pluma, para alentarnos y reírse a carcajadas.

En el 2do. piso vivía también una familia de japoneses con dos niñas: Sachiko y Any, que eran muy pequeñas para jugar con nosotros.

Y también eran de la partida los nietos de Don Benito y Matilde: Carlitos y Roberto, que siempre querían quedarse en casa de los abuelos porque se divertían mucho con nosotros.

La otra gran diversión con los chicos eran los cumpleaños. En algunas casas los cumpleaños se festejaban con sándwiches, refrescos y torta.

Pero en mi casa, mi madre siempre se esmeró para que nosotros fuéramos los privilegiados que teníamos los mejores cumpleaños.

Además de invitar a abuelos, tíos y primos, ella se encargaba de hacer toda la comida (hasta mucho tiempo después no me di cuenta que era su forma de no gastar mucho y poder organizar los cumpleaños), sandwichitos en chips, empanaditas y la torta con un motivo infantil y receta del libro de Doña Petrona C. de Gandulfo.

También sacaba los muebles de su dormitorio y los llevaba a un cuartito minúsculo que había al lado del departamento del portero, dejando la habitación para que jugáramos los niños, mientras los grandes se amontonaban en el salón/comedor.

Así que con espacio y sin grandes controles de los padres, los juegos para nosotros, se convertían en algo muy divertido.

Recuerdo un cumpleaños mío en el que Peter terminó atado a una silla, vestido de vaquero, y todos los demás, vestidos de indios, bailando alrededor, comiendo y cantando. Lo siguiente que recuerdo es el llanto del grandulón, el castigo que truncó el cumpleaños y el no poder jugar con los regalos por unos cuantos días.

En noviembre de 1957 hice la primera comunión, con el enfado de mi padre y de mi tío Paco y la aprobación de la escuela.

No sólo mi traje, sino la decoración de la mesa y paredes, la comida, los souvenirs, las estampitas, todo lo hizo mi madre con toda su ilusión. Resultó una fiesta inolvidable, de la que aún dan fe las fotos y alguna estampita pintada a mano que se esconde en el misal que guardo de recuerdo.

Tiempo después llegó la familia Andrade al departamento del 1er. piso donde había muerto el dueño.

Los tres hijos: Lianita, Anto (Antonio) y Richard se hicieron nuestros compañeros inseparables y durante muchos años, hasta que se mudaron a Brasil, compartimos aventuras y confidencias.

La abuela de los Andrade era Lucía Montalvo, que había sido una artista y guardaba en un armario de la casa los trajes y sombreros de muchas actuaciones.

Así que ese material, que pedíamos prestado subrepticiamente, nos servía para disfrazarnos, y no sólo en carnaval. En cualquier momento en que se nos acababan las diversiones, asaltábamos el armario y montábamos el circo.

Y como no nos alcanzaban las horas del día para estar juntas, Lianita y yo, que teníamos la misma edad, habíamos montado un teléfono de hilo con el que nos comunicábamos de noche, que es cuando te acuerdas de todo lo que no le has contado a tu amiga en todas las horas que estuvisteis compartiendo.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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