Aventuras de una niña

Nací en un pequeño departamento de la calle Estados Unidos 696, de la ciudad de Buenos Aires.

Cuando mis padres se casaron, mi tío Quique les cedió el alquiler del sitio, porque él se estaba por casar y se mudaba a uno más espacioso.

Segundo piso, sin ascensor. El hall de entrada se separaba del comedor/sala/dormitorio de los niños con un gran cortinado que podía aislar el ambiente principal o servir de escenario para las obras de teatro que luego escribiría, y su correspondiente representación ante los admirados y divertidos vecinos.

A la izquierda del hall, estaba la cocina y el minúsculo lavadero que daba al patio interior.

A la derecha del hall, el baño y el dormitorio de mis padres que tenía, además de la cama grande y un enorme placard donde entraba la ropa y las posesiones de toda la familia, una ventana hacia el otro patio interior.

Si, todo era interior, pero tenía mucha luz y desde la cama de mis padres, en días o noches de tormenta, podíamos descubrir la fuerza de los elementos de la naturaleza, estremeciéndonos con los rayos y truenos que hacían temblar la casa.

En el salón/comedor entraba todo como por milagro. Junto a la ventana, la mesa plegable con sus sillas, los dos sillones que luego servirían para ver la televisión, el aparador donde se guardaba la vajilla y las copas, en un rincón la chimenea que no funcionaba, pero quedaba bonita y se constituyó en el lugar de la pecera, único elemento mascotil que nos podíamos permitir.

Y por supuesto, el enorme espejo colgado de la pared y el diván Gicovate que servía de asiento para la familia e invitados, lugar de juego y camas para los niños de la casa, ya que se sacaba la de abajo y se subía formando una pareja de camas.

La casa tenía pocos departamentos, sólo cinco por planta y eran dos plantas.

Así que, para los niños, todo se convertía en nuestra casa y los vecinos formaban parte de la familia. Entrábamos y salíamos de todos los departamentos y disfrutábamos de lo que cada uno nos convidaba o nos regalaba en nuestro universo particular.

Los niños éramos un poco hijos de todos.

En la planta baja, con una enorme puerta verde que nunca se cerraba, unas elegantes escaleras de mármol llevaban al cuartito de la basura, donde se quemaba la basura de todo el edificio, y a las escaleras que subían a los dos pisos y al tercero, donde vivía el encargado Don Benito y su mujer Matilde y donde había un enorme lavadero a cielo abierto, con separaciones, una por departamento, que tenían una pileta y alambres para colgar la ropa y secarla al sol.

Toda una comodidad, porque siendo tan pequeños los departamentos, poder secar la ropa al sol en la terraza, era un lujo.

Una de mis travesuras consistía en subirme a las paredes de separación de los lavaderos y hacer equilibrios como en un circo.

La más peligrosa era la pared del fondo, ya que daba al patio de la escuela Nacional Pueyrredón, a la que se entraba por la calle Chacabuco, que estaba al otro lado y, por supuesto, la altura era bastante grande.

Hasta que un día Don Benito recibió la visita del rector de la escuela que venía a avisarle de la locura de unos críos que, día tras día desafiaban el vértigo y los gritos de los alumnos y profesores que desde el patio, intentaban que los niños abandonaran su aventura.

Todo terminó con gritos desaforados del encargado horrorizado, un castigo por parte de los padres y el cierre con llave de la puerta de entrada a los lavaderos.

¡Qué poco sentido de la aventura equilibrística!

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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