El viaje alcanza su máxima expresión en soledad

Las redes sociales han hecho creer arrogantemente al ser humano que, a la hora de viajar, el esfuerzo es superfluo ya que todo rincón de la tierra parece estar ya archiconocido y lo único que hace falta es seguir al guía de turno. Sin embargo, hay muchas partes de este maravilloso planeta tan ignotas como atractivas. Yo he tenido el privilegio de vivir en una época en la que algunas regiones te ofrecen la misma sensación de algo excepcional, que la que debieron experimentar los primeros descubridores.

A menudo suelo leer la lista de los 10… lugares imperdibles o playas paradisíacas o pueblos de ensueño. Pero no lo hago para inspirarme en cuál será mi próximo destino, sino más bien todo lo contrario, para descartarlos de cualquier intención de conocerlos. En cuanto un lugar se gana la fama de excepcional, es invadido y pierde todo su encanto. El riesgo es tanto un desafío como una invitación. Vender aventura parece ser el gancho de la industria turística y los viajes se han convertido en trofeos.

Paul Theroux en su libro “El viejo Expreso de la Patagonia”, decía y no podría estar más de acuerdo con él: “El viaje alcanza su máxima expresión en soledad: para ver, examinar y valorar, tienes que estar solo y a tu aire. Otras personas pueden confundirte: solaparán tus impresiones peregrinas con las tuyas; si son una buena compañía obstruirán la vista y si son aburridas corromperán el silencio con banalidades, haciendo trizas tu concentración con frases del tipo: ¡Oh, mira, está lloviendo! y ¡Cuántos árboles tienen aquí! Es complicado ver con claridad o pensar atinadamente en compañía de otras personas. La lucidez que proporciona la soledad es un requisito indispensable para capturar esa estampa que, aunque banal, en privado se revela especial y digna de interés. “

Lo que busco al viajar sola, es adentrarme donde la gente no acostumbra a ver extranjeros, o donde los turistas no acostumbran a mirar a los lugareños, más que para la foto pintoresca, donde la gente es hospitalaria y no te ve como un modo fácil de sacar dinero. Para lograrlo, aunque no es nada fácil, intento llamar lo menos posible la atención, mimetizarme con la vestimenta, nada de cámaras caras a la vista, caramelos para ganarme a los niños que luego atraerán a los mayores. Ser anónimo y viajar por un sitio interesante causa embriaguez. Aunque no todo es positivo en este modo de encarar el viaje. Un domingo ver alrededor tuyo el bullicio de familias enteras participando del gozo de compartir el momento, te hace extrañar a quienes no tienes a tu lado. Mi refugio, muchas veces, confieso que ha sido el banco de una iglesia concurrida y mi comida, una fruta o un sándwich en una plaza, cosas que predisponen a ser compartidas con niños o viejos curiosos.

Viajar sola, a pesar de las innumerables recomendaciones en contra, me ha permitido aprender mucho sobre el mundo y sus seres, pero sobre todo, aprender mucho sobre mí misma. El viaje no tiene mucho que ver con lo exótico, sino más bien con una aventura interior, con un cambio mental. Cuando vuelvo, siempre siento que soy otra persona. Ya se sabe, el viaje es fatídico para los prejuicios, el fanatismo y la estrechez de miras. Es una cura de humildad porque te das cuenta del diminuto lugar que ocupas en el mundo. Es una excelente medicina y creo que tendría que estar prescripto a todo joven que se está formando y desarrollando.

El viaje implica vivir entre extraños, con sus olores característicos y sus perfumes acres, comer su comida, escuchar sus dramas y tolerar sus opiniones, a menudo sin una lengua común. ¿Cómo entenderse entonces? Aún no sé cómo, pero he llegado a tener conversaciones con una mujer india sentadas en el suelo de tierra de su precaria casa/habitación y enterarme de la profesión de su marido, de sus padres e hijos, de la receta de lo que iban a comer y de que estaba alegre porque su hijo mayor se iba a casar pronto. Los gestos, las palabras dichas con sentimiento, las ganas de compartir vivencias, son mucho más importantes que los idiomas. Porque, aunque los idiomas me han sacado de más de un apuro, siempre encuentras a quien sólo conoce su dialecto o tú eres incapaz de aprender tantos idiomas como tenemos en nuestra moderna babel.

La rutas turísticas convienen a los regímenes políticos duros. El turista llega, ve los monumentos y cuando lo ha visto todo, se marcha. El viajero se queda atrás, recorre más calles que museos, formula preguntas incómodas, inocula en la gente la inquietud y la desazón.

El concepto de viaje sirve a menudo, como metáfora de la vida. Por eso al intentar visualizar una vida sin viajes, mi mente se niega a aceptarlo y se inventa pequeñas escapadas a otros territorios, aunque estén a sólo unos pocos minutos de casa. Hans Christian Andersen explicaba: “La nostalgia del hogar es un sentimiento del que muchos saben y se quejan. Yo, por el contrario, sufro de un dolor menos conocido y su nombre es “nostalgia del afuera”. Cuando la nieve se derrite, las cigüeñas llegan y los primeros barcos de vapor zarpan, me asalta la punzante comezón de partir.” A menudo siento nostalgia por sitios donde nunca he estado. ¿O si?

La perspectiva del mundo sólo cambia cuando uno se desplaza. Recuerda cuando saliste en coche por última vez a la carretera, sólo cuando giras en una curva, cuando subes o bajas una colina, eres capaz de ver todo lo que era invisible un segundo antes. Por eso me encantan los paisajes vascos que, con tantos montes, precipicios, vueltas y revueltas, me sorprenden permanentemente y no puedo dejar de mirar y sonreír.

Se nos considera a los viajeros, gente atrevida y callamos nuestro secreto: el viaje es uno de los mejores modos de pasar perezosamente el tiempo. Más que un mero vagabundear, se trata de una elaborada evasión que nos permite llamar la atención sobre nosotros, mientras fisgoneamos en la intimidad de otras personas cual vulgares voyeurs. Aunque a veces haya que esfumarse rápido, nuestro entrometimiento constituye un verdadero placer para nosotros.

La habitación anónima de un hotel en una ciudad extraña, mueve a la confesión. Sea lo que sea la escritura viajera, no es lo mismo que escribir una novela. Desde muy joven he viajado por muchos países y regiones, pero el primer viaje importante y sola, lo realicé a la apasionante India. Mi viaje a La India, con sus olores, su ruido, su polvo, sus vivos colores, la sordidez de sus calles, me mostró una cierta realidad del subcontinente que fascina a algunos viajeros y decepciona a muchos otros. La India me atrajo, me atrapó, me conmovió y si aún no hubiera logrado destruirme a fuerza de imágenes impactantes, me transformó hasta hacerme irreconocible. De La India no se vuelve ileso. Y fue allí donde descubrí la necesidad de transmitir mis impresiones.

Cuando me puse a tomar notas con la intención de volcar mi experiencia en un libro, no pretendía formar parte de los escritores de esos maravillosos libros que despertaron siempre mi imaginación y mis ansias de viajar. Sólo quería recorrer el mundo con la mirada que asimila todo y los pies que junto al instinto, te llevan adonde puedes observar a gente común y charlar de su vida diaria, sus ilusiones, sus recuerdos y esperanzas. Y al volver, contar lo visto y sentido. Paul Theroux decía que “La intención del cuentacuentos es mantener el brillo en los ojos del público con un relato fascinante.” Ninguna promesa me entusiasma más.

Curiosamente, creo que una de las razones ocultas que me hacen elegir un lugar para viajar, es la de encontrar un recuerdo perfecto.

Es interesante lo que ocurre con los viajes importantes en mi memoria, los sigo viajando una y mil veces más, hasta que se cubren de otros matices que no logré apreciar en su día, permaneciendo inalterables sólo el origen y el destino, fácilmente ubicables en el mapa. Pero basta cualquier detalle para que se active el mecanismo del recuerdo.

Supongo que ahí está la verdadera diferencia entre un turista y un viajero. Mientras el turista suele retornar a su casa al cabo de semanas o meses, el viajero, que no pertenece a ningún sitio en concreto, se desplaza lentamente a lo largo de los años, de una parte a otra de la tierra. Los turistas no saben dónde han estado, los viajeros no saben adónde van.

Os traigo algunas fotos de mi solitario viaje por La Habana revolucionaria, la Habana soñada desde mi juventud latinoamericana. Son rostros de gente que me abrió su corazón y me contó historias y vidas normales. De arriba abajo y de izquierda a derecha, os presento a:
1 Encuentro a Mercedes buscando la propina por la foto del turista y me cuenta la historia de la Plaza Vieja, donde las casas empiezan a verse refaccionadas y limpias y donde llama la atención el barroco palacio del Conde de San Juan de Jaruco, que es un ejemplo más de la bella arquitectura colonial cubana, con su piedra contrastando con el azul cielo de puertas y ventanas (el mismo que gusta tanto en Túnez) y sus ventanas de medio punto con cristales de colores. Una de sus inquilinas, Mercedes de Santa Cruz y Montalvo, fue gloria de las letras cubanas bajo el seudónimo de Condesa de Merlín, antiesclavista y bella mujer que admiraron los salones de Paris cuando se casó con un noble francés.
2 Me siento en un banco del Parque Central, al lado de un hombre mayor con aspecto de pobreza digna. En seguida se entabla la conversación: Argentina, el Che, situación latinoamericana actual, Chávez y su ayuda a Cuba. Eduardo ha salido hace unos días del hospital. Ahora, me muestra la bolsita de los medicamentos, viene de la farmacia. Charlamos sobre medicinas y médicos, la salud en Cuba.
3 Dayesi (que significa “si” en 3 idiomas, afirma con orgullo), ama la música cubana y la clásica. Está convencida que nunca se irá de La Habana porque es su lugar en la tierra. Por momentos, el ritmo es frenético, luego se hace melódico y dulzón. El volumen también es frenético. La música es como la luz, lo inunda todo. El sonido se mete en las tripas. Son guajiras, sones, mambos, boleros. En el barcito de Obispo y Compostela, disfruto de la Piña Colada, de la buena música, del airecito que entra por las ventanas y de la conversación con Dayesi.
4a7 Me siento en un banco de la Catedral con Tomasa, Yuneisy (el “Yu” inicial evoca el pronombre en inglés), Odalys y Rosita Me interesa saber si ellas que son mulatas o negras, sufren discriminación por el color de su piel. Lo que me explican, me sorprende. “Yo no soy racista” me aclara Tomasa, agregando “si mi hija me trajera un novio negrito, le diría que busque un hombre más clarito.” Me habla de una prima que tiene un “vientre limpio”. “Los hijos le salieron muy adelantados, con ojos claros y pelo bueno (lacio)”. “Eso que se dice que no importa el color de la piel es una rutina”, agrega Rosita, mulata de grandes ojos, “dale poder a un negro y verás lo que es complejo de inferioridad.” “La religión es el único terreno donde el negro es más fuerte. Las religiones negras son más sanas y más cultas que las blancas, porque son menos comerciales. Allí se ven más milagros.” Dicha en este recinto, la frase suena cuanto menos, insólita.
8 Camilo y su simpático nieto José Luis, al que le encantan mis caramelos, esperan pacientes en la Estación Central de Trenes. En las taquillas hay dos grandes carteles. Me acerco a leer lo que dicen. En cada uno hay una lista de cosas, uno contiene los Derechos del Viajero y el otro los Deberes del Viajero. La educación está omnipresente.
9 Edelmiro me contó la historia de la farmacia Taquechel en Obispo 155, pero no quiso salir en la foto. Dice que no le gusta verse en fotos ni espejos. Y no lo entiendo, porque a sus 72 años, es bastante guapo. Aquí se venden medicinas y remedios artesanales, sustentados en la tradición y el saber oculto de los viejos curanderos.
10 Caridad, una negra vestida de impoluto blanco hasta el pañuelo de la cabeza, ha plantado una mesita en la Plaza de la Catedral, frente a la sede del Plan Maestro de Revitalización del Centro Histórico y lee las líneas de la mano de los turistas.
11 Ernesto (que además lleva tatuado en su brazo la imagen de Ernesto "Che" Guevara), con su camiseta que pregona España y su verborragia donde se mezcla la política, el Che, la Argentina, Cuba con su revolución, la poesía, Neruda, Violeta Parra, García Lorca… Y el amor a los libros que vende en la Plaza de Armas de La Habana.
12 Yanet, colorida y socarrona, con su risa estentórea y su habano permanentemente en la boca, me cuenta de la industria tabacalera en la isla y del placer de fumar un buen habano tomando un ron cubano.
13 Olnavi (por Old Navy) me explicó de dónde traen cada una de las frutas y verduras que venden en su puesto del Mercado Municipal y hasta me dio la receta del “Fufú”, una guarnición africana que se prepara hirviendo trozos de plátanos, se los aplasta con un tenedor, se los rocía con un chorro de aceite y se le agrega cortezas de cerdo crujientes y acompaña muchos platos cubanos.
14 Fidel, a pesar de su gesto hosco, resultó un conversador muy agradable y apasionado. Me mostró este lugar que en su tiempo fue un pequeño mercado y ahora vende a la calle unos riquísimos sándwiches en pan de leche.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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