La clase de historia que no olvidarán

El profesor Azpiroz llevaba ya veinte minutos hablando de la fundación de Roma, y sus alumnos de 12 años estaban en pleno proceso de descomposición neuronal. Algunos murmuraban, otros se reían por lo bajo, y uno incluso había empezado a desmontar su bolígrafo con la precisión de un neurocirujano aburrido.

.- Y así, Rómulo fundó Roma en el 753 a. C.… —continuó el profesor, ignorando el desinterés generalizado.

Hasta que, de repente, la voz de Peter, el bromista oficial de la clase, retumbó en el aula:

.- ¿Y su hermano, Remo? ¿Era un gilipollas o qué?

Silencio. Un segundo de tensión, miradas entre los jóvenes. Y luego, carcajadas generalizadas.

El profesor Azpiroz dejó el libro sobre la mesa y se cruzó de brazos. En ese instante, sus alumnos sintieron que algo grande iba a pasar.

.- Peter —dijo con una sonrisa ladina—, acabas de dar pie a la mejor lección de historia que esta clase haya escuchado jamás. Señores y señoras, presten atención, porque hoy hablaremos… de los gilipollas.

El aula explotó en vítores y aplausos. Por fin algo interesante.

.- ¿Qué es un gilipollas? —preguntó el profesor, apoyándose en la mesa—. Fácil. En el diccionario de la RAE lo define como Gilipollas: Persona que cree saberlo todo, pero cuya mayor hazaña intelectual es discutir en internet sobre temas que no entiende. Se reconoce por su habilidad para interrumpir conversaciones, dar opiniones no solicitadas y mirarte por encima del hombro sin razón aparente. Evoluciona con la edad, pasando de “listillo de colegio” a “cuñado profesional” y, en su fase final, “señor del bar que lo arregla todo con dos frases”. No hay vacuna conocida, pero el sarcasmo y la distancia ayudan a reducir el contagio.

.- ¿En serio pone eso? —preguntó Euge, sorprendida.

.- No, es broma chicos. ¡Cómo va a decir eso! Tenéis que saber que un gilipollas es una persona que empieza normal, como todos nosotros, pero que, en algún momento, decide que el mundo gira a su alrededor. Es como un romano con delirio de grandeza, pero sin imperio que lo respalde. 

.- ¿Y cómo se convierte alguien en gilipollas? —preguntó Sachi, que ya estaba completamente enganchada a la clase.

.- Buena pregunta. Normalmente empieza en la infancia —explicó Azpiroz—. A los seis años, el futuro gilipollas ya es un niño que nunca comparte sus galletas y que llora si pierde al Parchís. A los doce, es el que interrumpe en clase con comentarios graciosillos…

Peter levantó la mano de inmediato.

.- No te preocupes, Peter, todavía estás a tiempo de salvarte. Sigamos. A los dieciséis, el gilipollas evoluciona. Aprende a hacer comentarios condescendientes y a usar frases como “tú no entiendes nada” o “yo sé más que tú”. A los veinte, ya es un experto en postureo y puede pasarse horas hablando de sí mismo sin respirar. Y a los treinta…

.- ¿Qué pasa a los treinta? —preguntó Juan Carlos, al borde del asiento.

.- A los treinta, el gilipollas ya ha alcanzado su fase adulta —prosiguió el profesor—. Es capaz de discutir en Twiter durante horas, sin importar el tema. Sabe de todo, opina de todo y, lo peor, es que está convencido de tener siempre razón. Y si llega a los cincuenta sin haberse curado…

.- ¿Qué pasa? —preguntaron todos a coro.

.- Pues que se convierte en un gilipollas nivel “Emperador” —dijo Azpiroz con gravedad—. Con frases legendarias como “en mis tiempos esto no pasaba” y “los jóvenes de hoy no saben nada de la vida”, «esta juventud lo quiere todo fácil» o «eso en mis tiempos se solucionaba con un par de tortas».

Las carcajadas inundaron el aula.

.- ¡Vaya! me parece que ya las habéis escuchado antes. 

.- ¿Y cuál ha sido el mayor gilipollas que ha conocido, profe? —preguntó Guille, entre risas.

El profesor Azpiroz se quedó pensativo.

.- Pues una vez tuve un jefe que se paseaba con gafas de sol en la oficina… a las nueve de la mañana. Cuando le preguntamos por qué, dijo que era porque “las luces fluorescentes dañaban su aura”. Si eso no es nivel Emperador, se le acerca mucho.

Los alumnos lloraban de risa.

.- Profe, y si nos encontramos con un gilipollas… ¿cómo hay que reaccionar? —preguntó Peter.

Azpiroz sonrió.

.- Primero, identificarlo. Si alguien habla sólo de sí mismo, si interrumpe siempre y nunca escucha, ¡cuidado! Segundo, no entrar en su juego. Nunca se gana una discusión con un gilipollas, porque ellos creen que son los emperadores del universo. Y tercero, si no hay otra opción… —bajó la voz en plan conspirador— huir. Salvarse antes de que contaminen tu cerebro.

Los alumnos rompieron en aplausos.

Desde ese día, nadie en la clase olvidó esa lección. Rómulo y Remo siguieron siendo importantes, sí. Pero la verdadera lección que se llevó esa generación fue otra: el conocimiento es poder, el humor es imprescindible y sobre todo, jamás, jamás, convertirse en un gilipollas.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “La clase de historia que no olvidarán

  1. Hola Chechi.
    ¡Qué alegría ver por aquí un comentario tuyo! Seguro que en tu ambiente habrás visto más de uno de estos especímenes, aunque mejor no ponerles nombre. Claro que también habrás conocido más de un emperador al estilo Profesor Azpiroz. 🤣😂 Son los que dejan huella en sus alumnos, los que les hacen reír pero también aprender mucho, los que tienen pasta de «profesor o profesora».
    Gracias por acercarte a mi rinconcito y dejar un comentario. Un beso grandote.
    Marlen

  2. Tu escritocon tiene frases memorables:
    «(…) y alguno había empezado a desmontar su bolígrafo con la precisión de un neurocirujano aburrido».
    Dejar en el aire la pregunta “¿Qué es un gilipollas?” inicia ya de por sí un cambio jocoso que abre un hueco en la historia para algo grande, si. La definición es magistral. Pasar de listillo de colegio a cuñado universal… vamos, más cercano a la realidad imposible. O bien, “Señor del bar que lo arregla todo con dos frases”. Que no haya vacuna conocida es descacharrante, aunque “el sarcasmo y la distancia ayudan a reducir el contagio”. Es como un romano con delirio de grandeza pero sin imperio que lo respalde”, jajaja. Bueno, puede ser que el gili de turno disponga de una red de seguidores incondicionales en internet, esos que están siempre dispuestos a corear al gilipollas digitalmente. Ese es su imperio.
    El momento en que preguntan todos a coro al borde de sus asientos es una escena impagable. El profesor debería recibir un premio a la mordacidad y la audacia.
    Discrepo en lo de que no se les puede ganar nunca porque se consideran emperadores del universo. Me parece que con conocimiento suficiente de lo que hablas puedes ridiculizarles.
    A un conocido le sucedió una vez con uno. El gili dijo delante de un nutrido grupo de amigos que había sido admitido por una asociación internacional de personas de alto cociente intelectual porque había superado unos tests por internet. Da la (inmensa, por otra parte) casualidad de que pocos días antes mi amigo había entrado en esa web habiendo recibido ese mismo mensaje. Pero lo que el emperador no contó y el otro si, fue que le salió un aviso sobre que debía pagar 35 euros por ser miembro, como cuota trimestral o algo así. El gili no supo qué añadir y quedó atrapado en esa parte del cuento, sin saber cómo continuar. No quiso contar que se trataba de una simple página de engañabobos.
    El conocimiento es poder ¡claro que si!
    Felicidades por tan buen relato.
    Me gustaría verte por mi blog con alguno de tus valiosos comentarios.
    Saludos!

    1. Hola Marcos.
      Me alegra mucho que te haya gustado el cuento. Muchas gracias por tu comentario.
      Me divirtió mucho ponerme en la piel del profesor y hablar con los chicos como hablo con mis sobrinos, utilizando la risa y el sarcasmo para hacerles reflexionar y entender lo que me propongo enseñarles. Es mucho más fácil y se logra más cómodamente lo que quieres. Otra cosa es que luego, te hagan caso o no. Pero les das la oportunidad. Aunque, tienes razón, cuando a un gilipollas se le cruza una red de seguidores incondicionales en internet, esos que están siempre dispuestos a corearlo digitalmente, es difícil que te hagan caso a tí. Sobre todo si tiene TikTok o alguna forma de llegar masivamente a los cerebros inocentes. Peeero… la esperanza es lo último que se pierde.
      Y tienes razón también en que, a veces, con conocimiento suficiente de lo que hablas, puedes ridiculizar a los gilipollas y ganarles la partida. Pero es que, si ya los conoces, te da pereza entrar en el juego y los dejas por imposible. El conocimiento es poder ¡¡¡por supuesto!!!
      Nos seguimos viendo por los blogs. Un abrazo fuerte.
      Marlen

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