La hora señalada

Juan Carlos siempre había confiado en la lógica. Desde pequeño, mientras otros niños jugaban a ser vaqueros, él ordenaba su colección de cubos de Rubik y los armaba por el orden que él mismo establecía. Con treinta y tres años, su mundo estaba escrupulosamente organizado: un trabajo interesante como analista de ciberseguridad en el Ministerio de Investigación, un amplio piso en el barrio viejo de San Telmo que era mitad museo, mitad santuario, y una vida social con reuniones virtuales que rara vez se extendían más de cuarenta y cinco minutos.

Su apartamento era una reliquia rehabilitada entre grandes moles verticales y autosendas elevadas y transparentes de alta velocidad. El edificio era uno de los pocos que aún mantenía la fachada original del siglo XXI, y dentro, los muebles de herencia familiar. Los discos longplay, los libros físicos, se mezclaban con interfaces de proyección y asistentes de entorno.

Un hombre metódico, racional, de hablar escaso pero pensamiento profuso. En casa usaba pijamas de rayas verdes, amarillas y ocres, regalo de una expareja a la que aún recordaba con ternura. Tenía una barba oscura siempre recortada al milímetro, como su agenda. Nadie lo conocía del todo. Sus amigos del trabajo lo veían como alguien confiable, pero algo lejano. En la oficina, su habilidad para detectar fallos en sistemas de vigilancia, lo hacía indispensable. Fuera de ella, sus silencios se convertían en barreras infranqueables.

En el año 2035, Buenos Aires había evolucionado. Las avenidas se elevaban en múltiples niveles. Las plantas y flores crecían en balcones programables inteligentes y la Avenida de Mayo era un túnel de neón que entraba y salía de la tierra como un gusano. En la calle había drones que ofrecían té o café para descongestionar las mentes, taxis sin conductor que se cruzaban por rutas invisibles, y pantallas que saludaban a cada transeúnte por su nombre. Pero también había soledad. Una enorme soledad educada, de gente que sonreía con los ojos y vivía tras las cortinas.

Todo normal, sin conflictos, aunque… hacía semanas que algo había cambiado. Cada noche, sin excepción, Juan Carlos se despertaba a las 3:14. No era insomnio. Era un ruido, el mismo ruido siempre: un golpe sordo, breve pero seco, como una puerta cerrándose lentamente contra el marco.

Al principio lo atribuyó a una falla estructural, luego a una variación de la circulación eléctrica. Revisó planos del edificio, registros de mantenimiento, incluso el comportamiento sonoro de los sistemas inteligentes. Nada. El ruido seguía apareciendo. Exactamente en el mismo segundo.

Se despertaba con el corazón angustiado y la frente húmeda. Llevaba semanas intentando explicarlo, racionalizarlo, convertirlo en una ecuación o una falla de software. Pero todo era demasiado preciso. Siempre a la misma hora. Siempre ese mismo ruido. Siempre igual.

Decidió instalar una cámara. Una de vigilancia térmica con sensor de movimiento y grabación automática. La configuró con la precisión quirúrgica de quien no cree en lo sobrenatural y esperó. 

Esperó con la mirada clavada en la pantalla, contando los segundos que no acababan de pasar. Esta vez se quedó levantado. El ruido llegó puntual. En el minuto 3:14:47, algo pasó. Juan Carlos contuvo el aliento, sintió cómo se le revolvía el estómago. Volvió para atrás. Subió el volumen. Reprodujo las imágenes.

Sin forzar la cerradura, con un ruido casi imperceptible, él mismo cruzaba el umbral de la puerta. No otro. Él. Su doble exacto. La misma barba, el mismo pijama, las mismas pantuflas. Sostenía una carta. Una hoja doblada que estaba dirigida a su nombre. Pero sus ojos eran distintos. Como si ya supiera todo. Aún no sabía qué decía la carta. Aún no la había escrito. Pero no era miedo lo que sentía, o tal vez sí, tal vez el miedo no era por el futuro. Era porque por primera vez, no podía controlarlo todo.

Y entonces se preguntó: «¿Cuántas veces más ya he venido a avisarme? ¿Y de qué? Retrocedió la grabación. La vio decenas de veces. Intentó negarla, pensar en un error de grabado, en una falla de la cámara. Pero ahí estaba. Con una carta aún no escrita.

Durante días, con una excusa tonta de desinfección del piso, se fue a dormir a casa de unos amigos. Evitó mirar el video. Pensó en la posibilidad de una alucinación inducida por el estrés, en reproducir el experimento con testigos. Pero algo en el rostro de aquel “otro yo” le cerraba el pecho como un puño.

Juan Carlos comenzó a tener sueños. Vagos, casi sin forma. En ellos caminaba por una ciudad devastada, vacía de gente pero llena de luces encendidas. Siempre terminaban con él dejando una carta en un buzón. Siempre despertaba con la idea de que estaba llegando tarde a algo que él mismo había empezado.

Decidió volver a casa, se sentó frente al escritorio. Abrió una hoja. Escribió su nombre en la parte superior. Se levantaríaun segundo antes. Pensó que la pregunta no era ¿por qué vienes a verme? La pregunta era ¿qué intentas evitar?”

El reloj marcaba las 3:13.

La puerta seguía intacta.

Todo en orden.

Demasiado en orden.

Volvió la vista al papel.

Una palabra estaba terminando de formarse, escrita con su propia letra… aunque él no recordaba haberla escrito.

¡CORRE!

Y justo entonces, el ruido.

Esta vez no venía de la puerta. Venía de dentro.


Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

8 comentarios sobre “La hora señalada

    1. Hola Ana
      Gracias por tu comentario. Me alegro que te haya gustado. Me he propuesto desafiarme a escribir de forma concisa. Y puntualmente participo de este reto que me gusta mucho, pero hay veces que los sentimientos que despierta el cuento, no entran en 5 líneas, así que caigo en la tentación. Y me alegro de haberlo hecho en este caso. Un abrazo.
      Marlen

  1. A mí me costaría mucho poner un límite. Siempre digo que empiezo con una inquietud y de forma intuitiva y no sé cómo, ni cuándo acabo. Puedes hacer el reto y seguir los relatos más largos. Es también una combinación curiosa, ver ambos. Saludos

  2. Has reflejado con tal viveza los detalles de una ciudad del futuro que yo mismo me he sentido dentro de la historia. Túneles de neón, estructuras flotantes, vías invisibles de circulación…
    Me quedo especialmente con esta frase: “Una enorme soledad educada, de gente que sonreía con los ojos y vivía tras las cortinas”.
    Y hay una realidad diferente, la que vive Juan Carlos con su aislamiento del mundo, sus obsesiones tecnológicas y perfeccionistas y las imágenes sobre una copia de sí mismo. Esto va unido a su sueño donde deposita la carta misteriosa en un buzón. El mensaje escrito por su doble (o por sí mismo, quién sabe) es inquietante ¿Por qué tendrá que correr?
    Un abrazo.

    1. Hola Marcos
      Me alegro que te hayas podido meter en el relato, a mí también me gustó entrar en ese mundo del futuro. Aunque, por otro lado, ya sabes lo que pienso de esa sociedad futura.
      En cuanto a Juan Carlos, como tú bien dices, nos quedan preguntas que contestar. Y será el lector el que tenga que hacerlo. ¿Te gustan los finales abiertos o prefieres que te lo den todo resuelto?
      Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo
      Marlen

        1. Hola Marcos
          A mí también me encantan los finales abiertos. Como lector, poder elegir el final más divertido, o el más desconcertante, el más terrorífico o el más nostálgico… Es un placer añadido a un buen relato. Por eso, muchas veces, me gusta incluirlo en mis cuentos. ¡Me alegro que a ti también te gusten! Un abrazo.

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