Y yo desconocía las reglas

La mañana había comenzado con un error, como casi todas en mi vida.

Me había inscrito en lo que pensé era un concurso gastronómico regional: “El Gran Torneo del Sabor”. Llevaba semanas practicando mi mejor receta, una tortilla de patatas tan esponjosa que hasta los vecinos del tercer piso bajaban a olisquear cuando la preparaba.

El problema es que, al llegar, me di cuenta de que el evento no era exactamente lo que yo creía. Había carteles con letras japonesas, tambores de guerra, un tatami en lugar de mesas, y jueces vestidos con kimonos negros. Yo, con mi sartén bajo el brazo, parecía haberme colado en la boda equivocada.

Pero como siempre me digo: “Cuando ya has llegado tarde, lo mejor es llegar con estilo”. Así que sonreí, desplegué mi mantel de cuadros rojos y serví la tortilla sobre un plato blanco. El aroma llenó la sala.

El primer juez, un hombre calvo con bigote imponente, tomó un bocado. Cerró los ojos. Después hizo una voltereta hacia atrás, rompió una tabla con el pie y gritó:

.- ¡Excelente equilibrio entre huevo y patata!

El segundo juez, una mujer de mirada acerada, partió un ladrillo con la frente después de probarla y exclamó:

.- ¡Crujiente, pero tierno! ¡Un golpe maestro!

Yo sonreía, creyendo que todo era una especie de ritual culinario, hasta que el tercer juez, con voz grave, me preguntó:

.- ¿Dónde escondes el veneno?

Las risas del público retumbaron como un coro de hienas. Pensé que era broma. Pero entonces los jueces se pusieron de pie y se colocaron en posición de combate.

.- Eh, perdón —tartamudeé—yo sólo traje huevos, cebolla y patatas…

Un gong sonó. Las luces bajaron. Una voz anunció desde lo alto:

.- ¡Comienza el Duelo del Sabor Mortal!

Las gradas estallaron en vítores. La gente agitaba pancartas con símbolos extraños, y algunos espectadores lanzaban cuchillos al aire como confeti. El olor de la tortilla se mezclaba ahora con sudor, incienso y miedo.

Yo me quedé quieto, con mi sartén como único escudo. Los jueces dieron un salto sincronizado, aterrizando a mi alrededor. Uno blandía palillos de bambú como si fueran dagas. Otro sacó de su manga una cuchara de hierro que brillaba como espada. El tercero simplemente me observaba, con una sonrisa que daba más miedo que todas las armas juntas.

.- Estooo… ¿nadie quiere ketchup? —pregunté.

Un murmullo heló la sala. Ketchup era un sabor que no les gustaba, al parecer.

Los jueces cargaron al unísono. Yo corrí como pollo sin cabeza. La sartén se me resbaló y voló por los aires, rebotando en una lámpara y cayendo sobre el gong, que resonó con un ¡BOOOONG! tan fuerte que hasta el techo vibró.

El público aplaudió de pie.

.- ¡Dominio del caos! —gritó alguien.

.- ¡Nueva técnica secreta! —añadió otro.

Yo jadeaba, incapaz de entender nada. Los jueces, en cambio, me miraban con un respeto inquietante, haciéndome reverencias.

.- Tu estilo es extraño —dijo el del bigote—.

.- Tus armas son… improvisadas —añadió la mujer.

.- Pero tu espíritu… es peligroso —concluyó el tercero.

Yo intenté replicar, pero un gong más pequeño sonó y de repente un nuevo contrincante entró en escena. Era un anciano con barba blanca hasta la cintura, vestido de chef samurái. Llevaba en la mano un cuchillo tan largo que parecía una katana.

.- He esperado cuarenta años este momento —dijo solemne—.

.- ¿Qué momento? —pregunté aterrado.

.- El de enfrentarme al “Cocinero del Caos”.

El público enloqueció.

Yo casi me desmayo.

El anciano avanzó hacia mí. Yo, desesperado, agarré el único recurso que tenía: un trozo de tortilla. Se lo lancé como si fuera una estrella ninja.

Rebotó en su frente.

Cayó al suelo.

Silencio.

El anciano abrió un ojo. Sonrió.

.- ¡Deliciosa!

El estadio estalló en aplausos. Yo seguía sin entender.

De pronto, las paredes del lugar empezaron a moverse. El tatami se transformó en tablero gigante, las gradas se elevaron como torres, y las luces colgantes se convirtieron en lunas brillantes que orbitaban. Era como estar dentro de un videojuego.

Una voz resonó en mi cabeza, distinta a todas:

.- Has activado el “Gran Torneo”. Cada plato, cada bocado, cada gesto será un movimiento. Aquí se juega con la vida, no con cubiertos.

Miré mi tortilla, medio comida, medio destruida. Los jueces me rodeaban de nuevo. El público rugía pidiendo más.

Y entonces lo comprendí.

No estaba en un concurso de cocina.

No estaba en un festival.

Estaba en un campo de batalla disfrazado de banquete.

La lucha había comenzado y yo desconocía las reglas.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

12 comentarios sobre “Y yo desconocía las reglas

  1. Tu relato es una combinación genial de humor absurdo, caos surrealista y una narrativa tan vibrante que te arrastra como si estuvieras en el tatami junto al protagonista. Desde el comienzo, con la confusión de inscribirse en un supuesto concurso gastronómico que resulta ser un «Duelo del Sabor Mortal», el texto sorprende y brilla con luz propia. La imagen del protagonista con su sartén bajo el brazo, enfrentándose a un escenario con tambores de guerra, jueces en kimonos y un tatami en lugar de mesas, es tan visual que parece sacada de una comedia de acción con toques de anime.
    Me encanta la frase: «¿Nadie quiere ketchup?». Captura la desesperación del protagonista y su total desconexión con las reglas del juego. A continuación, viene el surrealismo que recuerda a los videojuegos o las películas de fantasía épica.
    Te felicito

    1. Hola Marcos
      ¡Exactamente! Me apetecía un relato muy loco y extravagante y me inventé un personaje «despistadillo» a quien suelen pasarle cosas graciosas y hasta… peligrosas. Las confusiones forman parte de su vida y ya está acostumbrado. Aunque esta vez le fue difícil entender lo que le estaba pasando. Reconozco que me he divertido mucho metiéndolo en este disparate. ¡Ya tenía ganas de reír!
      ¿No te ha pasado nunca que no sabes qué decir en una situación incómoda y te nace una frase absurda? Pues eso es lo que le pasó a mi buen amigo con el ketchup. ¡Surrealismo puro!
      Muchas gracias por tus palabras. Un abrazo fuerte.
      Marlen

    1. Hola Manuel
      Pues yo no te sugeriría que lo llevaras a ningún concurso gastronómico, por las dudas. Y si lo haces, que te den por escrito las reglas del concurso, no vaya a ser que acabes como nuestro amigo protagonista, que quién sabe el futuro que le espera! 😂🤣
      Me alegro que te haya gustado. Un abrazo.
      Marlen

  2. Hola, Marlen.
    A lo mejor parece que has escrito un relato de fantasía, pero teniendo en cuenta como evoluciona la tele y los programitas de realidad «sospechosa», no me extrañaría que se hiciera realidad. «El Nuevo Master-Chofff», dónde solo uno sale vivo. 😂😂😂
    Un relato divertido que nos avisa de en qué se puede convertir la cocina. «Con lo feliz que yo soy haciéndome un tortillón sin bullas ni jaleos».
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      Sí, eso es lo que yo creía, que era un relato de fantasía, loco y extravagante. ¡Surrealismo puro! Pero ayer estaba en casa, dolorida y molesta por el dentista, me puse a ver la tele por distraer a la mente y me encontré con MasterChef en su versión más patética. El que fue presentador de «Cine de barrio» José Manuel Parada estaba siendo zarandeado por un personaje al que llaman «Torito» y se supone que es showman. Podría decir que me resultó patético, algo penoso, lamentable, ridículo, que me provocó una profunda vergüenza ajena. Tú dices que mi relato nos avisa de en qué se puede convertir la cocina. Y yo te aclaro: No hables en futuro, ya se convirtió en un espanto degradante. ¡Pensar que antes no veíamos Telecinco por lo penoso que era!
      Te aclaro que mi relato no era sarcástico, simplemente quería divertirme con ese personaje «despistadillo» a quien suelen pasarle cosas graciosas y me reí mucho al imaginar la escena. Por cierto, vendo televisor, poco uso. Si conoces a alguien…
      Un abrazo grandote.

  3. Por eso dije lo de master-choff. Ese programa forma parte de mi botiquín en el caso de necesidad de lavado de estómago. Dos minutos y al inodoro. Lo de patético se queda corto. A parte de la moral de alguno de sus presentadores.
    Yo no vendo la tele porque mi mujé me obliga al exilio marciano, pero lo cambiaba «del tirón» por un cuadro surrealista. 😉
    Mejor refugiarse en un libro, amiga.
    Abrazoooo

Deja un comentario

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo