El ungüento mágico: Vicks Vaporub

Era una noche a finales del siglo XIX, en Carolina del Norte. Un niño, desde su cama, miró a su papá con ojos llorosos y le dijo: “Papá… me duele el pecho”. Tosía sin parar. Ningún jarabe funcionaba. Nada aliviaba su dolor.

Ese padre atormentado era Lunsford Richardson, no un médico ni un farmacéutico, sino un profesor de latín. Aunque su verdadera pasión estaba lejos de las aulas: en los frascos, en los ingredientes, en el aroma del mentol. En la química. Y esa noche fue sólo un papá desesperado.

Se encerró en su pequeño laboratorio y mezcló todo lo que se le ocurrió oportuno: alcanfor, mentol, eucalipto.

Su hijo Smith sufría un severo ataque de crup. Nada lo aliviaba… salvo los vapores. Buscaba aire. Buscaba paz. Lo que encontró fue un ungüento espeso que, al frotarlo en el pecho, le devolvía un poco del aliento y el descanso.

Lunsford mezcló ingredientes mentolados de origen japonés hasta dar con la fórmula perfecta. Y ahí nació el milagro casero que conquistaría los inviernos del mundo.

Nativo del condado de Johnston nacido en 1854, Richardson amaba la química y esperaba estudiarla en el Davidson College. El programa de química de la universidad en ese momento no era tan sólido como esperaba, por lo que estudió latín en su lugar, graduándose con honores en tres años. Regresó al condado de Johnston y enseñó en la escuela, pero no pasó mucho tiempo antes de que el amor del joven por la química le entristeciera por no poder dedicarse a ello.

Lunsford Richardson

Cansado de la enseñanza, dejó su trabajo en 1880, y se mudó con la familia a Greensboro, la ciudad natal de su esposa para trabajar con su cuñado médico, el Dr. Vick. Era común en aquellos días, que los médicos dispensaran medicamentos ellos mismos, pero Vick estaba tan ocupado atendiendo pacientes, que se asoció con Richardson, permitiéndole manejar las tareas de la farmacia por él. Richardson no tardó en experimentar por su cuenta, confió en su conocimiento del latín para lograr aprender los compuestos químicos necesarios para preparar remedios en la farmacia de su cuñado y luego en una pequeña farmacia que compró en el centro.

Entre fórmulas y vapores, Richardson patentó unos 21 medicamentos. La amplia variedad de píldoras, líquidos, ungüentos y otros brebajes medicinales variados incluían algunos como: Vick’s Chill Tonic, Vick’s Turtle Oil Liniment, Vick’s Little Liver Pills, Vick´s Little Laxative Pills, Vick’s Tar Heel Sarsaparrilla, Vick’s Yellow Pine Tar Cough Syrup y Vick’s Grippe Knockers. La necesidad era la clave de su reputación.

Estos productos se vendieron con diversos grados de éxito, pero uno cambiaría la historia para siempre: un ungüento de olor fuerte que combina mentol, alcanfor, aceite de eucalipto y varios otros aceites, mezclados en una base de vaselina, que causa una sensación calmante para el pecho, inhibidor de la tos y que permite despejar la cabeza. Cuando la pomada se frota en el pecho del paciente, su calor corporal vaporiza el mentol, liberando una ola de vapores calmantes y el paciente comienza a respirar más fácilmente.

Inventor creativo y hombre de negocios inteligente, nunca se hizo tan famoso como esos vapores empaquetados en el familiar frasco azul. Según la historia de la compañía, inicialmente apodó su nuevo y prometedor producto “Richardson’s Croup and Pneumonia Cure Salve”. Al darse cuenta de que este nombre no encajaba cuando estaba impreso en un pequeño frasco de medicina, Richardson cambió el nombre para honrar a su cuñado, el Dr. Joshua Vick.

Vicks Vaporub y su inventor

Al principio, nadie le creyó. Tocaba puertas, recibía burlas. El “Vick´s Croup and Pneumonia Cure Salve” se vendía como un remedio familiar. Pronto cambió de nombre, lo empezó a distribuir en el frasco azul… y se volvió leyenda.

Mientras tanto, Richardson intensificó sus esfuerzos de marketing proporcionando productos gratuitos a los farmacéuticos que realizaban grandes pedidos y publicando cupones para muestras gratuitas en los periódicos. También se anunció en vallas publicitarias y envió correos promocionales a los apartados de correos, dirigidos a Boxholder en lugar del nombre del individuo, lo que le valió la distinción de ser el padre del correo basura.

En 1918, con la gripe española arrasando el mundo, matando a cientos de miles de estadounidenses, su fórmula se volvió esperanza. Las botellas no daban abasto, el ungüento que nació del dolor… comenzó a sanar a miles. Mientras el mundo enfermaba, “Vicks Croup and Pneumonia Salve” se convirtió en un aliado indispensable.

Según la cronología histórica de la compañía, las ventas del medicamento se dispararon de 900.000 dólares a 2,9 millones de dólares en un solo año debido a la pandemia. Así comenzó a usarse lo que luego el mundo conocería como «Vicks Vaporub«.

A medida que la gripe se extendía por todo el país, Richardson enfermó de neumonía en 1919 y murió. Su hijo, Smith se hizo cargo de la empresa. Sí, ese Smith que de niño tuvo un ataque de crup y generó en su padre la idea del famoso ungüento. Vicks continuó creciendo, comprando otras empresas hasta que Procter & Gamble lo compró en la década de 1980. A lo largo de los años, Vicks continuó añadiendo nuevos productos a su arsenal de remedios para el resfriado: pastillas para la tos, gotas para la nariz, inhaladores, jarabe para la tos, spray nasal, Fórmula 44, NyQuil.

Es un verdadero ejemplo de lo que es la perseverancia y la valentía para afrontar un lamentable momento, creando una gran diferencia. Lunsford merece todos los reconocimientos por tantas vidas que se salvaron y que hasta hoy se siguen salvando gracias a su medicina. Un verdadero héroe que no necesitaba capa ni espada para luchar contra lo más difícil.

Vick´s Vaporub

Hoy, ese olor que muchos asocian con el cuidado de mamá… es también el recuerdo del amor de un padre que se negó a rendirse. Lunsford Richardson murió de neumonía. Murió por lo mismo que ayudó a aliviar en millones de personas. Pero su legado sigue vivo, en cada frasco que se abre cuando el invierno llega.

Un frasco. Un olor. Un alivio. Detrás de todo ello… un hombre que sólo quería sanar.

Y, sin embargo, un nombre que la mayoría de nosotros desconocemos. No está de más recordarlo.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “El ungüento mágico: Vicks Vaporub

  1. Es el relato crudo de un padre que, en mitad de la noche y con su hijo ahogándose en la cama de al lado, se convierte en alquimista por amor. El Vicks no nació en un laboratorio corporativo ni con focus groups: nació entre lágrimas, tos y desesperación pura. Me encanta el contraste: él estudió latín porque no había química decente en su universidad, enseñó declinaciones mientras soñaba con matraces… y al final salvó millones de pechos congestionados con un potingue que olió a gloria en todo el planeta. Y encima le puso el apellido del cuñado porque su propio nombre no cabía en el frasco. Humildad ante todo.
    El remate trágico-irónico (muere de neumonía un año después de que su invento se vuelva salvavidas global en la gripe española) le da un sabor a cuento dickensiano: el héroe anónimo que vence al dragón y luego el dragón se lo come a él. En resumen: un himno hermoso al amor paterno que se disfraza de producto de farmacia. Cada vez que alguien abre ese frasco azul y huele a “mamá me cuidaba”, en realidad está oliendo la noche en que Lunsford Richardson dejó de ser profesor de latín para convertirse en ángel de la guardia de los resfriados del mundo.

    Abrazo!

    1. Hola Marcos
      «Alquimista por amor» ¡Me gustó tu descripción! Hay veces que las cosas se alían de una forma misteriosa y la vida se sale con la suya, haciéndonos entender la importancia de los humanos en este universo maravilloso.Y hay veces que es el propio humano quien no lo comprende y arruina buenas posibilidades.
      Lunsford Richardson tuvo una lucidez prodigiosa, no sólo probando y probando hasta que dio con medicamentos apropiados para salvar, o al menos mitigar dolores y enfermedades. También tuvo humildad, como tú bien dices, fue inteligente, trabajador, intuitivo, esforzado porque no se dio por vencido, buen samaritano por pensar permanentemente en las necesidades de sus contemporáneos. Un héroe anónimo al que deberíamos, por lo menos, tener la deferencia de recordar. Y me alegro de haber podido hacerlo y llamar la atención de personas que, como tú, lo descubren y aprecian.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.
      Marlen

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