Mi derecho a morir con dignidad

Me llamo Martina, tengo veinte años, y desde hace dos vivo en una silla de ruedas que no elegí. Cuando abro los ojos por la mañana, lo primero que veo es el techo blanco de la habitación del hospital donde estoy internada. Ya no hay otro horizonte. Antes era el cielo. El del balcón del séptimo piso, el que se abría cada noche cuando me asomaba con los auriculares puestos y la cabeza llena de ruido.

Yo no quería morirme. Quería que me dejara de doler, quería poder dejar atrás lo que me estaba pasando. Quería respirar. Y ¡Ay! Todavía respiro.

El resto fue un segundo, un mal cálculo entre la desesperación y la gravedad. El golpe me dejó viva, sí, pero sin piernas. O, mejor dicho, con piernas muertas. Las siento a veces, como fantasmas que me visitan sólo para recordarme lo que perdí.

Al principio, las enfermeras, los médicos hablaban en diminutivos. “Hay que tener paciencia, Martinita. Con rehabilitación vas a mejorar. Ya vas a ver”

Yo los miraba sin creerles. Mi madre, en cambio, les creía con todo el cuerpo. Ella se aferró a cada palabra como si fueran salvavidas en un mar invisible. Papá no decía nada. Se le notaba la rabia sin tener necesidad de expresarla. Se quedaba quieto en la silla del hospital, con los brazos cruzados, y una expresión que nunca había visto en él: una mezcla de furia, desesperación, culpa, miedo y ternura rota.

Mis abuelos venían cada tarde. Mi abuela traía caramelos de limón y miel, de esos que me gustan y me acariciaba el pelo. Mi abuelo contaba anécdotas que ya me sabía, como si el tiempo pudiera curar por repetición. Yo los dejaba hablar. Era su forma de seguir creyendo que yo seguía aquí, completa.

Pero no lo estoy.

Hay una parte de mí que se apagó esa noche. No fue la voluntad, ni la alegría: fue la libertad. No poder moverme no es sólo estar inmóvil: es vivir prisionera de un cuerpo que ya no me obedece.

Y todos a mi alrededor intentan convencerme de que esto también es vida. No saben, no entienden lo que se siente depender de manos ajenas para cada gesto. No saben lo que es dormir con miedo a despertar y no poder pedir ayuda.

No saben lo que es ver la compasión en los ojos de tu madre cuando te da de comer, o la culpa de tu padre cuando te cambia de posición en la cama.

No saben lo que es soportar una hija que te hace daño.

Yo pienso mucho. Tal vez demasiado. Antes leía novelas, estudiaba Letras, soñaba con escribir. Ahora leo el mundo desde el borde de la ventana, donde sólo puedo mirar cómo el viento mueve las ramas del árbol que alcanza mi vista.

He tenido tiempo de pensar qué significa estar viva. Para mí, la vida es poder elegir. Y yo quiero elegir cuándo parar.

Cuando se lo dije a mamá, lloró como si la hubiera matado otra vez.

.- No puedes decidir eso, Martina —me dijo—. Te equivocaste una vez, pero ahora estás viva.

.- No, mamá. Estoy detenida en el tiempo. No es lo mismo.

Papá no lloró. Me miró largo rato, con una tristeza tan honda que tuve que apartar la vista.

.- ¿Y nosotros qué, hija? —preguntó.

Y no supe qué responderle.

Porque sí, también pienso en ellos. En cómo los dejaría, en el hueco que quedaría en la casa, en la silla vacía frente al televisor. Pienso en mi abuela que reza todas las noches por “mi milagro”. En mi abuelo que me mira como si yo fuera su infancia perdida. Y en mis padres, que me aman tanto que no pueden entender que mi amor por ellos no me alcanza para vivir así.

No pido compasión.

No busco que nadie me salve.

Sólo quiero que me escuchen.

Que entiendan que mi deseo de morir no nace del desprecio por la vida, sino del respeto más profundo hacia lo que fue mi vida.

No quiero ser un cuerpo mantenido por la voluntad ajena. Quiero poder despedirme con la misma conciencia con la que estoy hablando ahora.

Hay quienes dicen que rendirse es de cobardes. Yo digo que sostener el dolor sin sentido también lo es.

Y hay quienes, con buena intención, me dicen que hay belleza en todo, incluso en esto. Yo los miro y sonrío. Porque sé que lo dicen desde el privilegio de poder moverse, correr, abrazar. Yo también creía eso… antes.

A veces sueño que camino otra vez. Que bajo al río con mis padres, como cuando era chica, y que el agua me cubre hasta las rodillas. En el sueño, mamá ríe, y papá me levanta en brazos. Todo es liviano, como si el peso del cuerpo y de la culpa se disolvieran juntos.

Entonces despierto.

El cuarto sigue igual, la luz entra por la ventana, y el mundo continúa sin mí, aunque yo siga aquí.

No tengo miedo de morir.

Tengo miedo de que nadie entienda por qué quiero hacerlo.

Si algún día leen esto, por favor, quiero que sepan que los amé.

Que no me rindo por falta de amor, sino por respeto a lo que soy, a lo que fui.

Porque mi cuerpo se quedó atrás, pero mi voz no.

Y mi voz —aunque no pueda mover ni un dedo— todavía puede elegir.

Todavía puede decir adiós.



La eutanasia es legal en España desde el 25 de junio de 2021, cuando entró en vigor la “Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia”. Esta ley despenaliza la ayuda para morir en casos de sufrimiento intolerable por una enfermedad grave e incurable, con limitaciones físicas o psíquicas graves, crónicas e invalidantes, que cause un padecimiento físico o psíquico constante e insoportable, siempre que la persona cumpla los requisitos establecidos.

Los solicitantes deben ser mayores de edad y poder expresar su voluntad de forma libre, voluntaria y consciente. La solicitud debe ser personal, voluntaria y ser reiterada, presentándose ante el médico responsable, después de un proceso con varios informes médicos y comisiones que supervisan cada caso.

La ley permite la eutanasia, pero también ofrece mecanismos de protección. La solicitud puede ser rechazada en casi todas las fases del proceso, pero estos rechazos están regulados y el paciente puede recurrir la decisión. La eutanasia se realiza con el acompañamiento de los familiares y allegados.

A junio de 2023, más de 1.000 personas habían solicitado la eutanasia y se habían realizado más de 370. Pero el debate persiste, ¿qué pasa cuando hay desacuerdos entre el paciente y los familiares, cuando entra la religión de por medio, cuando el sufrimiento no es físico sino mental?

Lo cierto es que entramos en terreno resbaladizo legalmente hablando. La ley no excluye explícitamente los casos de salud mental para recibir la eutanasia, pero la realidad es que hay procesos que nos invitan a reflexionar sobre los límites del sufrimiento humano, la capacidad de decisión en situaciones extremas y el papel del entorno familiar y social. Y los procedimientos se complican.

¿Y qué pasa en los países cercanos? 

En Francia, el Parlamento podría legalizar condicionalmente una “ayuda activa a la muerte”, de hecho una forma de suicidio asistido. Se esperaba que el texto de la ley se examinara en mayo del 2025 en la Asamblea Nacional, donde los plazos sobre este tema se habían aplazado en varias ocasiones, en particular debido a la disolución en 2024.

En mayo, el Parlamento aprobó una ley en primera lectura que legaliza la eutanasia para pacientes con enfermedades incurables y sufrimientos insoportables. El proyecto de ley, que también refuerza los cuidados paliativos, ahora debe ser debatido y votado en el Senado. Se espera su aprobación en otoño, antes de volver a la Asamblea para una segunda lectura a principios de 2026.

Entretanto, en Bélgica, un país pionero donde la práctica está regulada por la ley desde 2002, el año pasado se registraron casi 4.000 eutanasias. Los franceses siguen representando a una gran mayoría de los extranjeros que van a solicitar la eutanasia en Bélgica, 9 de cada 10 casos de no residentes que han recurrido a esta decisión.

Para ponernos de acuerdo finalmente, ¿cómo deberíamos nombrar a este proceso?

Eutanasia es el término más conocido y tradicional. Proviene del griego y significa literalmente “buena muerte”. En general se usa cuando un médico administra directamente un fármaco letal, a petición del paciente y está legalizada en algunos países (como Países Bajos, Bélgica, España, Canadá, Colombia…). Es un término claro y directo, todo el mundo entiende de qué se habla. Pero tiene una carga moral y puede despertar juicios o resistencia, porque históricamente se asocia a debates éticos complejos.

Suicidio asistido se usa cuando el médico proporciona los medios (una medicación) para que el paciente se la administre por sí mismo. Se considera un tipo de “ayuda médica a morir”, pero con una diferencia clave: la acción final es del paciente. Es más descriptivo y técnico, pero la palabra suicidio tiene connotaciones de desesperación o patología y puede sonar poco compasiva cuando se trata de decisiones racionales por sufrimiento irreversible.

Ayuda médica para morir / Muerte asistida / Derecho a morir dignamente son las expresiones más neutras, humanas y respetuosas. Ponen el énfasis en la autonomía, el alivio del sufrimiento y el acompañamiento médico, no en el acto de “quitarse la vida”. Y evitan el estigma, facilitan el diálogo empático, usan un lenguaje cuidadoso, centrado en la persona y su bienestar, aunque puede sonar más difuso si se busca precisión legal o médica.

Lo cierto es que, lo llamemos como lo llamemos, todos deberíamos tener el derecho a morir con dignidad, una opción de fin de vida regida por la legislación estatal de algunos países, que permite a ciertas personas solicitar y recibir voluntaria y legalmente un medicamento recetado de su médico para acelerar su muerte de manera pacífica, humana y digna.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

6 comentarios sobre “Mi derecho a morir con dignidad”

  1. Es un tema muy duro y controvertido, pero yo estoy de acuerdo contigo. Quien decide suicidarse no quiere dejar de vivir, quiere dejar de sufrir, y por eso pienso que las campañas y ayudas a la prevención del suicido son fundamentales. Y que la atención a la salud mental debe mejorar muchísimo. Pero, por desgracia, hay casos como el de tu historia, en los que el sufrimiento físico y mental no tiene solución.
    Tú siempre metiendo el dedo en la llaga, Marlen.
    Un abrazo

    1. Hola Uxue
      Totalmente de acuerdo: las campañas y ayudas a la prevención del suicido son fundamentales y la atención a la salud mental debe mejorar muchísimo. De hecho, mi intención al escribir el relato, fue dejar abierto a la interpretación del lector: el caso de Martina puede entenderse como una enfermedad o un tema de salud mental. En cualquiera de los dos casos, su reflexión me parece lógica. Para mí, lo más importante es reconocer que todos deberíamos tener el derecho a morir con dignidad.
      Sí, tienes razón, suelo meter el dedo en la llaga. Es que por algo elegí el nombre de mi blog, lo aclaro en la primer pantalla: «Un trujamán no sólo es una persona que permite la comunicación entre personas de diferentes lenguas, es también quien interpreta y reformula el sentir de dichas personas para lograr la comunicación.» Eso es exactamente lo que intento: hacer oír la voz de personas que nos cuentan lo que los demás no entienden o no aceptan. E intentar la comunicación.
      Si lo logro, si consigo que personas como tú reflexionen y expresen su sentir, siento que lo he conseguido. Muchas gracias por acercarte y comentar. Mila esker! Besarkada haundi bat.

  2. Hola, Marlen.
    Como dice la amiga Luna, siempre dando en la diana de los temas controvertidos, para provocar el debate y la reflexión. ¡Qué pena no poder hacerlo en persona, todos reunidos alrededor de una buena mesa (ya sabes bebía y comía, como tiene que ser)!
    Yo también estoy de acuerdo con el texto. Es verdad que la eutanasia y el suicidio deben venir acompañados de una buena educación, información y comprensión. Pero el derecho a la muerte debería ser una de las leyes fundamentales de cualquier sociedad.
    Cuando hablo o leo sobre esto, siempre me viene a la mente los relatos que he leído sobre las tribus indígenas y como sus ancianos deciden cuándo y cómo irse. Unos simplemente se separan de la tribu. Algunos se van a las montañas. Incluso leí alguno en el que el jefe anciano se ofrecía para alimentar a las bestias y abonar los bosques. A veces, la religión o la espiritualidad sabe entender.
    Muchas gracias por acercarnos a un tema tan importante mediante un cuento duro, pero real. Es necesario.
    Abrazo Grande.

    1. Sí, tengo la mala (o quiero creer que buena) costumbre de meter el dedo en la llaga e investigar qué, quién, por qué, cuándo. Tratar de entender, de reflexionar, de confrontar opiniones… siempre ha sido uno de mis pasatiempos. Y ahora que tengo quien me escucha, os lleno los oídos de palabras y palabras. ¡Qué suerte tuve de descubrir que no era tan complicado escribir un blog! En algún lugar leí que “Los mensajes en las botellas ahora se llaman blogs personales.” ¡Qué cierto!
      ¡Cómo me gustaría poder sentarnos a comer, beber, charlar, charlar, charlar! Tal vez algún día.
      Sí, lo sé, este de la eutanasia es un tema muy duro y complicado. Pero estoy tan convencida que el derecho a una muerte digna es uno de los derechos elementales que todos deberíamos tener, que no creo que cambie de parecer nunca. ¿Quién puede autonombrarse dueño de mi vida para impedirme que acabe con ella? Y el caso del suicidio, lo tengo lamentablemente muy cerca. Aún no he podido escribir sobre él, algún día… Lo que descubrí es que, a pesar de resultar un dolor inmenso, ni siquiera en ese momento cambiamos de parecer. Si somos libres para elegir nuestra forma de vivir la vida, también lo somos para elegir nuestra muerte.
      Muchas gracias por tus palabras. Besarkada haundi bat laguna.

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