El 13 de febrero de 2138, Europa y América Latina despertaron sin ejércitos. Yo lo recuerdo bien, porque ese día sentí el escalofrío de estar presenciando la historia. Sentí también el temor de saber que lo que empieza con flores puede terminar con cenizas.
No hubo disparos ni bombas el 13 de febrero de 2138. Pero el silencio de los cañones fue tan ensordecedor como cualquier explosión.
Las banderas se izaron igual que siempre, las sirenas de las fábricas sonaron puntuales, los niños fueron a la escuela con sus mochilas cargadas de cuadernos y frutas. Pero las armas estaban guardadas, los cuarteles vacíos, y los soldados vestidos de civil caminaban por las plazas como hombres y mujeres comunes. Fue un día de júbilo, de discursos emocionados, de lágrimas en los ojos de quienes jamás habían creído posible escuchar las palabras: “Ya no habrá guerras.”
Lo que nadie sospechaba entonces era lo que vendría después. Porque toda utopía tiene grietas, y los que aplaudieron con más fuerza fueron también los primeros en temblar cuando la euforia se apagó.
La decisión había sido anunciada con un despliegue sin precedentes. Presidentes, cancilleres y ministros de Europa y América Latina firmaron, en cadena mundial, el “Tratado de Montevideo”, proclamando que la humanidad había aprendido por fin de sus errores. Los discursos hablaron de victoria, de redención, de un nuevo amanecer para la humanidad. En adelante, el dinero de las armas se invertiría en hospitales, escuelas, viviendas y energías limpias.
Las portadas de los periódicos no hablaron de otra cosa. “El fin de la guerra es posible.” Los jóvenes se abrazaban en las calles. Las universidades organizaron vigilias y festivales. “Nous avons réalisé ce qui semblait imposible” (Conseguimos lo que parecía imposible), decían los estudiantes franceses.
Y sin embargo, en la penumbra de muchas casas, había quienes apagaban la televisión con el ceño fruncido. Las calles, las casas, los hospitales y las fábricas recibían la noticia con sentimientos más complejos: júbilo, sí, pero también dudas, miedos y un extraño vacío. Porque toda utopía empieza con un grito de esperanza, pero lo que importa es lo que ocurre cuando se apaga el eco.
Karl Jüngling, hamburgués de cabello cano, que había combatido en la “II Guerra de Gaza”, murmuró frente a la pantalla: .- El mundo no cambia con firmas. La violencia se esconde en los hombres, no en las armas.
En un café de Ciudad de México, Margarita Ramírez, una joven periodista anotaba en su libreta: “La historia nos ha enseñado que siempre hay quien espera a que los demás bajen la guardia.”
El general retirado Pedro Peña, en Madrid, se preguntaba qué sería de sus soldados ahora, muchachos que habían jurado proteger a la patria y se encontraban, de un día para otro, sin oficio ni rumbo.
Los políticos hablaron de esperanza.
Los empresarios de nuevas oportunidades.
Los obispos de un milagro de Dios.
Los filósofos, de una ocasión única para refundar la ética en las sociedades.
Pero los ciudadanos de a pie… los ciudadanos dudaban.
Algunos se preguntaban si no era una trampa de los poderosos para mantenerlos tranquilos mientras seguían acumulando riquezas. Otros celebraban con sinceridad: “Al fin nuestros hijos no serán carne de cañón”. Y los más desconfiados recordaban viejas traiciones: tratados de paz que nunca se cumplieron, promesas que se diluyeron con el paso de los años.
El Sargento Luis Andrade, de 32 años, había nacido en Bogotá. Ese día dobló su uniforme por última vez. Lo dejó sobre la cama, planchado y pulcro, con la insignia bien visible. Había soñado con llevar esas estrellas desde que era niño, cuando su padre le mostraba las formaciones de soldados en las ceremonias militares: “Ahí están los hombres que protegen la patria”.
Ahora, la patria le había dicho que ya no lo necesitaba. Con el uniforme en las manos, Luis se preguntó:
.- ¿Qué soy ahora? ¿Un desempleado con entrenamiento para matar?
Intentó consolarse con las palabras de su presidente: “Los soldados serán los primeros en ser reubicados, porque nadie conoce mejor la disciplina ni la entrega.” Pero en el barrio, ya escuchaba las risas de algunos vecinos: “¿Y ahora qué, Andrade? ¿A manejar un taxi?” Esa noche, con una cerveza caliente, comprendió que el peligro no era la guerra. El peligro era no tener un lugar en un mundo que había decidido dejarlo atrás.
El médico Ramiro Galarreta, había pasado 30 de sus 58 años en hospitales públicos de Lima, viendo morir a pacientes por falta de recursos, por equipos rotos, por no tener camas suficientes. El día del tratado, Ramiro sonrió con incredulidad:
.- Ahora, al fin, los millones de la defensa se gastarán en salvar vidas.
Y al principio fue así: nuevas salas de terapia intensiva, más médicos contratados, medicamentos gratuitos para enfermedades crónicas. Ramiro vivió meses de auténtica euforia: salvar vidas sin pedir a los familiares que compraran hasta las gasas, era un sueño cumplido.
Pero pronto apareció un problema inesperado: con más acceso a salud, la gente empezó a vivir más y exigir más. Las salas se llenaron como nunca, los recursos, aunque mayores, no alcanzaban. Y las diferencias sociales no desaparecieron: los ricos seguían pagando clínicas privadas, los pobres seguían esperando horas en pasillos atestados.
Un día, exhausto, Ramiro se preguntó: .- ¿De qué sirve un mundo sin ejércitos si seguimos siendo incapaces de cuidarnos entre nosotros?
Francisco Ibarreche Salcedo había nacido en Bilbao, y muy joven había dejado su tierra “para hacer las américas”. En Buenos Aires se casó, tuvo una hija, enviudó y a los 63 años, empezaba a pensar en la jubilación, aunque no le gustaba la idea. Siempre había afirmado que él no se jubilaría nunca.
Dueño de una planta siderúrgica que durante décadas fabricó piezas para tanques, aviones y submarinos, el día del tratado, perdió a sus principales clientes. Al principio, se desesperó. La quiebra parecía inevitable.
Pero un asesor lo convenció:
.- Ahora hay dinero para hospitales y escuelas. Adapte su fábrica a lo que se necesita.
En menos de un año, Francisco producía acero inoxidable para equipos médicos, instrumental quirúrgico y mobiliario hospitalario, materiales para la construcción de edificios escolares, laboratorios y talleres y partes de turbinas para energías limpias. Ganaba incluso más que antes.
Pero había algo que lo atormentaba: en la bolsa de Nueva York, mientras sus acciones crecían, las de empresas armamentísticas estadounidenses se disparaban aún más. Porque allí, en Estados Unidos, en China, en Rusia, los ejércitos seguían intactos.
Ibarreche lo comentó con su Jefe de Fábrica:
.- Nosotros dejamos de fabricar cañones, pero ellos siguen armándose. Si mañana deciden invadir, ¿qué nos defenderá? ¿Un bisturí?
La maestra María Antonia Ibarreche, tenía 32 años, había nacido en Buenos Aires y era hija de Francisco Ibarreche Salcedo. En su clase, los niños hicieron dibujos de palomas blancas y hospitales llenos de doctores sonrientes. Ella misma lloró cuando escuchó la noticia. ¡Tantos años reclamando más inversión en educación, y por fin los fondos militares serían transferidos a las escuelas!
Y fue cierto. A las pocas semanas, su colegio recibió materiales nuevos, tablets para cada alumno y un programa de intercambio con colegios latinoamericanos. María Antonia sintió que el futuro se abría. Pero pronto, la realidad se enturbió. Las migraciones aumentaron, miles de familias de África, de Asia, de Oriente Medio buscaban refugio en el continente que ahora parecía seguro y generoso.
María Antonia vio cómo en el barrio los discursos de odio crecían, cómo algunos padres empezaban a protestar:
.- Nuestros hijos no pueden aprender si las aulas están llenas de extranjeros.
La maestra intentó explicar a sus alumnos que compartir no resta, que el mundo debía aprender a convivir. Pero en el mercado escuchaba a la gente decir que la falta de ejércitos era una invitación a que otros aprovecharan sus fronteras abiertas.
.- La paz es hermosa, sí, pero ¿a qué precio? —le susurró una colega.
La reunión familiar se había alargado más de lo previsto. El despacho estaba en penumbra, con la lámpara encendida lanzando un resplandor ámbar sobre la mesa de roble. Afuera, Buenos Aires suspiraba con su rumor de autos y voces, como si toda la ciudad contuviera el aliento.
Entre el aroma del café recién hecho y el rumor lejano del tráfico porteño, Francisco Ibarreche Salcedo encendió un habano y lo sostuvo entre los dedos con la calma de quien ha aprendido a vivir en medio de las batallas comerciales y políticas. El humo ascendía lento, dibujando figuras efímeras que parecían querer quedarse. Miró a su hija, sentada frente a él, que lo observaba con una mezcla de ternura y reproche y reconoció en su gesto sereno la misma determinación que había tenido su madre cuando era joven.
.- No entiendo tu entusiasmo, María Antonia —dijo al fin, con voz grave—. Los chicos dibujan palomas en tus aulas, sí, pero el mundo sigue siendo un lugar donde la violencia llama a la puerta. Y cuando lo haga, ¿con qué vamos a defenderlos?
María Antonia bajó la mirada hacia su taza de café, apoyó el codo en la mesa y lo miró con la misma firmeza que usaba frente a sus alumnos más rebeldes. Durante un instante pareció buscar en el reflejo oscuro una respuesta. Luego lo miró de frente, con los ojos serenos y una dulzura que desarmaba cualquier argumento.
.- Papá, los niños ya no crecen con la idea de que deben “defenderse” con un arma. Crecen con la certeza de que pueden estudiar, que tendrán un hospital cerca, que no van a morir de hambre en una villa de emergencia, con la certeza de que alguien se ocupa de ellos. Eso es defensa, la verdadera.
El empresario apagó el habano con un gesto seco, como si quisiera borrar el peso de décadas dedicadas a la industria armamentística.
.- Protección, hija, es estar preparado cuando llaman a tu puerta con violencia. He pasado la vida fabricando armas, María Antonia, y sé lo que significa que los otros las sigan teniendo mientras tú te quedas desarmado.
Ella sonrió levemente, con esa mezcla de cansancio y esperanza que sólo tienen los maestros después de un día largo.
.- Y yo he enseñado toda la mía, papá. Sé lo que significa cuando un niño levanta la mano para preguntar, no para pegar. Tú ves la violencia como inevitable. Yo la veo como una herida que, si dejamos de infectarla, puede empezar a cerrar.
Un silencio denso se instaló en la habitación. Parecía que hasta las sombras de los libros en las estanterías escuchaban el debate. Afuera, el murmullo de la ciudad parecía inclinarse de un lado y del otro, como si Buenos Aires misma dudara entre la prudencia del viejo empresario y la fe obstinada de la maestra.
Francisco suspiró, su voz quebrándose un poco bajo la armadura de empresario curtido.
.- Ojalá tengas razón, hija… porque si no la tienes, serán tus alumnos los que paguen el precio.
María Antonia extendió la mano y rozó la de su padre, con ternura. Su sonrisa era frágil, pero en sus ojos brillaba la obstinación de quien cree en un futuro distinto.
.- Y si la tengo, papá… serán ellos quienes, por fin, vivan libres del miedo que a ti te tocó fabricar.
Yo lo supe en ese mismo instante: aquel cruce de miradas y palabras no era un simple desacuerdo familiar, sino el reflejo de una duda que atravesaba a naciones enteras. Entre la memoria de un mundo armado y la esperanza de un mundo nuevo, padre e hija representaban los dos latidos de la humanidad: el miedo a repetir la historia y el deseo obstinado de cambiarla. El futuro, como siempre, quedaba suspendido en ese espacio incierto, tan frágil como un gesto de ternura y tan feroz como una amenaza velada.
El 13 de febrero de 2138 no fue el fin de las guerras, sino el comienzo de un nuevo dilema. Los ejércitos desaparecieron en Europa y América Latina, pero no en el resto del mundo. Los políticos hablaron de ejemplo moral, de liderazgo ético.
La gente común, sin embargo, vivía otra realidad: soldados perdidos en la rutina civil, aulas desbordadas, hospitales que no daban abasto, fábricas que cambiaban de producto como un camaleón, migrantes en busca de refugio, vecinos desconfiados.
El mundo miraba a los desarmados con una mezcla de admiración y apetito. Porque la gran pregunta seguía sin respuesta:
¿Es posible un mundo sin ejércitos, o la violencia encontrará siempre una forma de imponerse?
El “Tratado de Montevideo” había marcado un antes y un después. Pero como toda crónica anunciada, la historia aún no había escrito su final.
El miedo genera conductas que nos llevan a las guerras y la razón profunda es nuestra negativa a aceptar que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos , siempre creemos que los de la otra » tribu » vienen a arrebatarnos algo no pensamos que también pueden venir a completarnos.
Hola Manuel
¡Esa es una excelente reflexión! ¡En cuántas guerras se han enfrascado los seres humanos, aduciendo motivos que sólo ocultaban el miedo! La gran desdicha para todos es que, pasan y pasan los años y no aprendemos. No hay más que ver el panorama en el que estamos envueltos hoy en día. ¿Alguna vez entenderemos el sentido de ser completados por el semejante?
Muchas gracias por acercarte y dejar tus palabras. Un abrazo fuerte.
Marlen