Y lo dicen en voz alta, sin rubor, sin mirar alrededor, mientras suben un vídeo a TikTok explicando que los libros ocupan espacio y no sirven para nada. Total, ¿para qué leer si ahora hay resúmenes en YouTube, hilos de Twitter y series “basadas en hechos reales” que te lo explican todo en diez minutos?
La frase, atribuida recientemente a una influencer —aunque bien podría haber salido de cualquier tertulia de sobremesa o de la boca de un candidato presidencial—, se ha convertido en el nuevo manifiesto del siglo XXI: no hace falta leer para opinar. Leer, hoy, no da likes. Y así nos va.
Hubo un tiempo en que los líderes del mundo presumían de bibliotecas. Los emperadores encargaban epopeyas, los reyes coleccionaban retratos y los presidentes citaban filósofos.
Hoy, Donald Trump enseña orgulloso sus estanterías llenas de gorras MAGA “Make America Great Again”. Cero libros. Es el triunfo del souvenir intelectual: sustituir las ideas por merchandising. Donde antes había un tomo de Sócrates, ahora hay una taza con el propio rostro. Y cuidado, que no sólo ocurre en la Casa Blanca: basta mirar algunos despachos o perfiles de redes sociales. Abundan los libros de autoayuda sin abrir, las biografías de famosos sin leer y los ensayos políticos usados como soporte para la planta del salón.

No es que leer canse, es que no te hace auto-propaganda. Nadie se hace un selfie leyendo La Odisea. En cambio, un vídeo sudando en el gimnasio o un “unboxing” de una caja misteriosa consigue millones de visualizaciones.
El problema no es que la gente no lea. El problema es que no se le da valor a leer. Antes, un libro abierto era una señal de curiosidad, hoy, parece casi un acto de rebeldía. Vivimos rodeados de pantallas que nos susurran “scroll, scroll, scroll”, mientras el libro, paciente, nos ofrece algo mucho más peligroso: tiempo para pensar. Y eso asusta.
El lector de hoy es una especie rara, un ser en peligro de extinción. Sobrevive en transporte público, camuflado entre móviles, sosteniendo un libro como quien sostiene un amuleto. Es posible que lo miren raro, como si llevara una máquina de escribir al metro.
Pero no está solo. De hecho, cada lector, aunque lea en silencio, forma parte de una cadena milenaria que une a los que alguna vez se emocionaron con las palabras.
Leer no te hace mejor persona, pero te da herramientas para entender por qué los demás lo son o no.
Te enseña a dudar, a sospechar, a imaginar. Y eso, precisamente eso, es lo que a muchos no les conviene.
Es curioso, en este mundo que cada vez lee menos, cuanto menos leemos, más opinamos. Se cierran librerías, pero se abren canales de “opinadores profesionales” en todas las plataformas. Nos declaramos “saturados de información”, pero tragamos sin filtro lo primero que aparece en el feed.
Y lo mejor: se celebran los discursos simplistas como si fueran genialidades.
Mientras tanto, los algoritmos deciden qué debemos pensar. Y nosotros… obedecemos. Leer no da poder inmediato, pero deja una huella invisible: te vacuna contra la manipulación.
En un mundo que prefiere la emoción instantánea a la reflexión lenta, leer se convierte en un acto de resistencia, un acto subversivo. Leer te saca del flujo del ruido, del bombardeo de imágenes, del consumo vacío.
Por eso es más fácil decir que leer está sobrevalorado. Es una manera elegante de justificar que no tenemos tiempo, o que no tenemos ganas, o que —en el fondo— nos da miedo lo que un libro pueda decirnos.
Porque un buen libro no sólo te entretiene, también te confronta. Te pone un espejo delante. Y a veces, no nos gusta lo que vemos.

Alguien dirá que leer no paga las facturas, y tendrá razón. Pero sin lectura no habría democracia, ni ciencia, ni canciones con letra, ni siquiera guiones de TikTok que sirvan para reírse de quienes leen.
Y si bien hay quien utiliza la lectura como una forma de jerarquía social, convirtiéndose en una forma de demostrar superioridad intelectual, cuando en realidad no debería ser el único criterio de valor de una persona, leer estimula el cerebro, ejercita la imaginación y mejora la comprensión y la capacidad de concentración, permitiendo la expansión de horizontes, accediendo a detalles y perspectivas que a menudo no se encuentran en otros medios, abriendo la mente a nuevas ideas y conocimientos.Así que, si de verdad leer está sobrevalorado, ojalá sigamos sobrevalorando durante siglos ese pequeño gesto de pasar una página, de mirar el mundo con otros ojos. Porque, entre tú y yo, debes saber que un pasaporte nos permite visitar cualquier país, pero un libro nos puede llevar a cualquier sitio, incluso a los que no existen.
Hola, Marlen.
Excelente reflexión para un tema tan importante, aunque demasiados quieran minimizarlo.
Como supondrás, yo soy de los insolentes que se enorgullecen de leer mucho y a diario, a veces, demasiado. Siempre tengo cinco, seis o más libros entre manos. Algunas noches leo de todos un poco, otras solo los que me «hablen» y me pidan perderme entre sus páginas.
Sí, soy el pesado de la familia que siempre recomienda/regala/compra y hasta presta libros. (Esto último cada vez menos. Si el libro es demasiado importante para mí, prefiero comprar un ejemplar y regalarlo que quedarme sin él, porque es lo que suele pasar).
Comparto todo lo que dices en tu artículo, pero también creo que es un tema de vagancia, flojera, impaciencia, pérdida de tiempo e ir favor de la corriente de los gilifluencers. He escuchado a muchos decir que no tienen tiempo para leer, que se tarda demasiado en una historia que te podrían resumir en segundos de un «short» y otras memeces.
También están los «maravillosos» ejemplos que pones sobre personajillos famosos y destacados en medios, redes sociales, gobiernos… Sin comentarios.
Por suerte, conozco a niños y jóvenes que me reconocen que disfrutan con un libro, aunque sea en digital. Todavía no está todo perdido. Mientras haya un CuentaCuentos dispuesto a abrir sus mentes. Mientras haya historias que les hagan imaginar fantasías, aventuras y diversión. Mientras haya pesados como nosotros que no nos cansemos de recomendar lecturas… Mientras haya esperanzas.
Abrazo Grande, amiga Lectora y CuentaCuentos.
Hola Jose
¡Ya llego, ya llego, no me alcanza el tiempo!
Aquí estoy leyendo comentarios y asintiendo a lo que dices. Supongo bien porque un poco ya nos vamos conociendo. Yo estoy pasando una época en la que estoy escribiendo más de lo que leo. No sé por qué tengo necesidad de reflexionar y rememorar y entre una cosa y la otra, me dan las 11 o las 12 de la noche y acabo agotada.
En estos días, la pila de los que esperan turno me reprochan mi poca dedicación. Tendría que bajar un poco el ritmo de escritura, pero es que cuando no aparece Mademoiselle Inspiración, nos quejamos, así que cuando me visita, no puedo dejar que se vaya sin prestarle atención.
Coincidimos en que yo también soy la pesada que siempre recomienda/regala/compra y NO presta libros. ¡Ya no! Lo compro nuevamente y lo regalo, en todo caso. Pero me molesta ir a buscarlo y: ¡Ah es cierto, lo presté! 😱😱 Así que ya no presto. Me sale más caro pero estoy más tranquila.
Yo también creo que es un tema de flojera y «acostumbramiento». Independientemente de los «gilifluencers», la gente (de todas las edades, no sólo los jóvenes) se han acostumbrado a usar más el dedo que el cerebro y pasan páginas sin mirar siquiera lo que se les está escapando. El otro día descubrí a una señora que, en el tren, me miraba con cara de asombro infinito porque yo leía y volvía atrás para releer partes que me interesaba confirmar. Eso también se ha perdido. Eso y la maldita y maravillosa costumbre de subrayar lo que me impresiona o me divierte o… Ya sé, ya sé esa no la compartimos, pero no veas la de cosas que me entero de mí misma, leyendo lo subrayado y acotado.
En cuanto a los ejemplos, ¿no te estarás refiriendo a Mr.Truth, no? De acuerdo, no comentemos, que aún no he hecho la digestión.
Que conozcas a niños y jóvenes que te reconocen que disfrutan con un libro, no me extraña en absoluto. ¿Cuántas veces te han visto leyendo? ¿Cuántas veces les has leído y les has regalado algún libro? La lectura es como la gripe, «muy contagiosa». Y mientras siga habiendo, como bien dices, un CuentaCuentos dispuesto a abrir sus mentes o pesados como nosotros que mantenemos la esperanza en pie, habrá niños que te pidan «¿Me prestas el cómic Cuatro poetas en guerra, que quería volver a leer sobre García Lorca?».
Un abrazo Grandote, Amigo Lector y CuentaCuentos.