Los billetes de la máquina del tiempo

En la gran mansión suena la campana que avisa de la llegada de un nuevo huésped. El anciano, pero todavía servicial mayordomo, acude a abrir la vetusta y pesada puerta que da acceso a nuestro caserón. Al abrirla, se encuentra con un extraño personaje.

.- Buenas noches, amable caballero —responde con un estremecimiento y ligero castañear de dientes—. Me he perdido y estoy helado de frío. ¿Podría cobijarme durante la noche en vuestra amable y cálida residencia?

.- ¡Por supuesto! —Dice el anciano, mostrando un gesto de satisfacción—. Pasad y consideraos, desde este mismo momento, nuestro huésped. Os están esperando en el Salón.

.- ¿Cómo? ¿A mí?

.- ¡Efectivamente! —Responde el mayordomo y, sin más preámbulos, lo acompaña hasta la inmensa sala.

Nada más entrar, se nota la calidez de una enorme chimenea. Delante de ella hay un grupo de personajes, sentados en mullidos sillones, almohadones y hasta en el suelo, que lo saludan y le dan la bienvenida. Extensas mesas muestran una gran variedad de viandas y suculentos néctares, fríos y calientes.

.- Como puede usted ver —añade el mayordomo—, puede usted quitarse el frío, el hambre y la sed. Si necesita algo más, sólo tiene que pedirlo. Pero…

.- ¡Vaya! Ya llegamos al “pero” de siempre… Seguro que tengo que pagar algo. ¿Verdad?

.- ¡Efectivamente! —responde el anciano.

.- ¿Y me va a salir muy caro? No llevo gran cosa en los bolsillos.

.- Será sencillo y barato. Acomódese junto a sus compañeros y cuéntenos un Cuento.

.- ¡Interesante desembolso! Me alegra poder retribuiros vuestra hospitalidad con un cuento referido a este hermoso pueblo en el que nos encontramos. ¡Acomodaros!

El verano de 2789 había llegado a Zarautz con un sol tan pulido y preciso que parecía calibrado por un ingeniero suizo. Nada se movía sin la supervisión del “Reloj Municipal de Mareas”, aquel prodigio de ingeniería urbana que regulaba desde la altura de las olas hasta el horario en que debían salir las tostadas de pan de algas en los bares.

En esa sociedad hiper-sincronizada, el dinero ya hacía años que había desaparecido, sustituido por los créditos temporales: unidades de vida intercambiables. Un helado de vainilla sintética especialidad de “Avanti” costaba 30 segundos, un paseo guiado por la playa 2 minutos, una cena en el restaurante flotante de la bahía 4 horas y media. Cada compra te quitaba minutos… o días, dependiendo de lo que te quisieras permitir.

Abene y Odei, dos adolescentes de 15 y 16 años, respectivamente, llevaban desde niños calculando el valor de cada decisión en la pequeña pantalla luminosa incrustada en su muñeca. Pero aquel verano, la vida les regaló algo que ningún reloj podía medir.

Todo empezó en el taller de relojes de Aitor, el tío de Odei. Un lugar tan anacrónico que parecía caído de un agujero temporal. En 2789 nadie llevaba relojes: cada uno tenía sus ciclos vitales controlados por la “Red Cronológica Universal”. Pero Aitor insistía en decir que: “Un reloj con agujas es un recordatorio de que el tiempo también puede tocarse”. La frase parecía profunda, o absurda, según el día.

El taller no olía como las casas modernas desinfectadas por drones: allí había olor a aceite mecánico, madera vieja y un toque a mar que se colaba por las ventanas. Relojes de péndulo, relojes de bolsillo, relojes de campana, todos marcaban horas que ya no existían. Algunos se adelantaban años, otros iban retrasados siglos.

Abene volvió a mirar a su amigo:

.- Tu tío está como una regadera —susurró—. Pero me cae bien.

.- Lo sé —respondió Odei—. Dice que las cosas que ya no sirven, son las que más historias guardan.

Ese día, Aitor les pidió mover unas cajas al fondo del trastero. Allí, bajo una sábana cubierta de polvo, encontraron algo enorme y pesado, con la forma de una bestia dormida.

.- ¿Qué es esto? —preguntó Abene.

Odei tiró de la tela. Bajo ella, apareció una imprenta antigua, de las que usaban tinta, rodillos y palancas. Estaba casi intacta. Al lado, apilados, había cientos de billetes de papel, de los que la gente usó hasta el siglo XXI: euros, dólares, pesos, rublos, francos, una selva de colores y rostros históricos.

.- ¿De dónde ha salido todo esto? —susurró Odei, como si un fantasma del pasado fuese a responderle.

Abene, sin pensarlo dos veces, metió la mano en un fajo que decía “EUROS — 2025”.

.- Mira, ¡qué bonito! —dijo—. Aquí pone “100”. ¿Cuánto valía esto?

.- Nada —respondió una voz a sus espaldas.

Aitor había aparecido sin hacer ruido.

.- Cada billete era una promesa —continuó—. De poder, de deseo, de futuro. La gente daba su vida por ellos, aunque no lo supiera. Algunos morían para conseguirlos, otros morían por perderlos. Y, sin embargo, no valían nada.

.- Pero… ¿por qué tienes una imprenta de billetes? —preguntó Odei.

Aitor se agachó, acarició una de las planchas de impresión y sonrió con un brillo extraño en la mirada.

.- Porque esta no es una imprenta cualquiera —dijo—. Esta imprime historia. Y la historia, cuando se toca… se mueve.

Abene y Odei no entendieron nada, pero a la vez, lo entendieron todo.

Los problemas empezaron cuando decidieron usar un billete. Fue Abene, ¡cómo no! la que quiso comprobar si podían comprar un helado en el Avanti 5.0, el puesto más famoso de la villa, ahora totalmente automatizado.

Se acercó al cajero dron, puso un billete de 20 euros sobre la bandeja y declaró:

.- Pago con este billete. Es de coleccionista.

El dron se quedó pensando. Literalmente. Emitió un pitido, escaneó el billete, lo remiró, lo pasó por un láser azul. Finalmente dijo:

.- Transacción aceptada. Este objeto es raro. Valor estimado: 2 horas de crédito temporal.

Abene abrió los ojos como platos.

.- ¡Te dan dos horas por un helado! —gritó Odei— ¡Eso es una barbaridad!

.- ¡Épico! —respondió Abene, chupando el chocolate sintético como si fuera oro líquido.

Pero al día siguiente, algo en Zarautz había cambiado.

Para empezar, las olas habían retrocedido misteriosamente 50 metros. La playa era el doble de grande. Los surfistas parecían niños confundidos, caminando en busca de un mar que se había echado una siesta.

Los informativos locales hablaban de “una perturbación cronológica menor”.

Odei sintió un escalofrío.

.- ¿Y si fue por el billete?

Abene rió… hasta que llegaron al taller y encontraron a Aitor con cara grave.

.- ¿Qué hicisteis? —preguntó—. ¿Pagasteis algo… con un billete impreso?

.- Bueno… —Abene tragó saliva—. Sólo un helado.

Aitor se llevó las manos a la cabeza.

.- Cada billete que imprimáis o uséis introduce en el presente la lógica de su época. Si era un tiempo de expansión… la realidad se expande. Si era un tiempo de crisis… encoge. Si era un tiempo de guerra… bueno, mejor no experimentarlo.

Abene y Odei se quedaron mudos.

.- ¿Y qué pasa después? —preguntó Odei.

.- Nada vuelve exactamente a su lugar —respondió Aitor—. Cambiamos las dimensiones del tiempo sin darnos cuenta de todo lo que implica. Y lo hacemos por un capricho. Por codicia. Por la ilusión de recuperar algo que ya no es nuestro.

Las cosas empeoraron cuando Abene, en un ataque de irresponsable inconsciencia, decidió usar un billete de 5 dólares de 1950 para comprar una pulsera luminosa en el mercado de verano.

A la mañana siguiente, el pueblo amaneció con estética retro: coches enormes y ruidosos ocupaban las calles, las pantallas holográficas parpadeaban en blanco y negro y, lo más escalofriante, los altavoces públicos emitían jazz sin parar. Una señora juró haber visto a un tipo vestido como Elvis cruzando el malecón.

.- Esto se nos está yendo de las manos —dijo Odei.

Abene miró la pulsera con una mezcla de culpa y fascinación.

.- Pero… ¡brilla en seis colores! —alegó.

Aitor, entre risas nerviosas, murmuró:

.- Los adolescentes de todas las épocas sois iguales. Rompéis el tiempo como si fuese una botella de vino y, cuando os salpica, decís que era sin querer.

El desenlace no llegó. O no del todo.

Aitor les dio una orden clara:

.- Traedme todos los billetes que usasteis. Todos. Vamos a intentar estabilizar las líneas temporales… si aún se puede.

Los chicos obedecieron. Pero cuando volvieron al taller, algo había cambiado: la imprenta estaba encendida, las ruedas girando solas, la tinta moviéndose como si respirara.

.- ¿La dejaste así? —preguntó Abene.

.- No —susurró Odei.

Aitor entró y se quedó pálido.

.- Creo que la imprenta… nos quiere decir algo.

En ese instante, un billete recién impreso cayó sobre la bandeja. Abene lo recogió. No era dinero antiguo. Tampoco moderno.

Era un billete del año 3100.

.- ¿Y esto qué significa? —preguntó Odei.

Aitor respiró hondo. Miró el billete como si fuese una carta enviada desde el futuro.

.- Significa que no somos los únicos jugando con el tiempo.

Los tres se quedaron inmóviles mientras, desde el fondo del taller, la imprenta seguía imprimiendo.

Uno.

Otro.

Otro.

Abene tragó saliva.

.- ¿Qué hacemos ahora?

Aitor sonrió, resignado.

.- Lo mismo que siempre, Abene. Asumir que cada acción importa, aunque no sepamos todavía cómo. No existe crédito temporal suficiente para corregirlo todo.

Odei añadió, con un hilo de humor nervioso:

.- Y rezar para que en el futuro tengan helados mejores que los nuestros.

La imprenta siguió escupiendo billetes misteriosos mientras, fuera, el mar avanzaba y retrocedía como si aún estuviera decidiendo en qué época quería quedarse.

El final, como siempre en los asuntos del tiempo, aún no lo conozco. Así que no puedo contaros qué fue lo que sucedió después. Aunque, pensándolo un poco, creo que tampoco me apetece saberlo. ¿Y a vosotros?


En el blog “VadeReto” de Jose Ant. Sánchez, existe este reto literario que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un tema cada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
Este VadeReto se va a convertir en un… CUENTO DE CUENTOS
El relato tendrá que comenzar con el texto (o una versión muy similar) del prólogo que os he contado. Cada una/o de vosotras/os se convertirá en el personaje que llega a la Mansión, porque este será el narrador de la historia. Podéis elegir entre una persona humana, un animal, una criatura feérica: un gnomo, un duende, un hada… Lo que más os guste.
Como pago por el hospedaje tenéis que contar un Cuento. Podéis interaccionar con los demás personajes o limitaros a ejercer de CuentaCuentos. Al final de la historia podéis simplemente añadir una reverencia, agradeciendo los aplausos, o incluir las reacciones de vuestros oyentes. Como añadido voluntario, cada vez que comentéis uno de los relatos, en cada blog, tendréis que hacerlo como uno de los personajes que lo escuchaba en el Salón, junto a la chimenea.
¡No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

22 comentarios sobre “Los billetes de la máquina del tiempo

  1. Hola, Marlen.
    Esa imprenta es fantástica, pero también tus cuentos me hacen retroceder en el tiempo. A la nostalgia de una historia antes de dormir, a la ilusa creencia de que la fantasía podría ser real, al esperanzador sueño de un mundo con final feliz…
    En definitiva, me sacan al niño interior que se resiste a rendirse ante las canas, los achaques y los dolores.
    Como siempre, añades a la fantasía una muy buena crítica: al poder del dinero, al desprecio por lo antiguo, al engaño de la posesión del tiempo. Somos esclavos en un mundo dónde mandan el reloj y el consumismo, y nuestros niños viven ajenos a unos valores que también podrían estar «escondidos» en el trastero de Aitor.
    Un precioso y reflexivo cuento que entra en la Ciencia Ficción, sin salir de la fantasía de ese Zarauts al que siempre nos invitas y que seguro que es tan bonito como en tus historias.
    ¿El final? Tal vez era un tema para el reto pasado. Mirándolo con ojo crítico, en la realidad de nuestra actualidad, retrocedemos en el tiempo sin necesidad de imprenta, billetes o niños traviesos. Lo mismo le ganamos al cuento.
    Muchas gracias por aportarlo al VadeReto.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      Sí, los viajes en el tiempo son uno de mis temas preferidos, y cuando se hacen descubriendo el trastero de una vieja librería, mejor que mejor. Ese, el tema de los relojes y las charlas intergeneracionales con niños y/o adolescentes son los que mejor me cuentan mis galtxagorris. Pero esta vez no era cuestión de descubrir un libro, sino otro invento que puede ser usado para bien o para crear un problema muy loco en ese mundo tan organizado.
      ¿Nostalgia de un cuento antes de dormir? Tal vez. Cuando era jovencita solía inventar cuentos y se los contaba a mis primos en la estancia donde pasábamos las vacaciones.
      Como siempre, las reflexiones suelen entrar sin pedir permiso. Y sí, tienes razón, los valores, los clásicos y muchas veces olvidados eternos valores, tal vez están escondidos en algún trastero como el de Aitor. Por eso no se encuentran en estos días. Podríamos hacer una yincana para que los niños los descubrieran. ¡Seguro que entran en el juego!
      Muchísimas gracias por tu comentario. Te mando un abrazo fuerte.

  2. Empiezas como una fábula clásica (la mansión, el mayordomo, el precio de un cuento) y de repente ¡pum!, te metes en un futuro vasco hipercontrolado donde pagas con minutos de vida y el mayor acto de rebeldía es usar un billete de papel de toda la vida. Los personajes me encantan: Abene es la típica amiga loca que la caga con estilo, Odei el que intenta poner orden y Aitor el tío sabio-pero-cansado que ya sabe que los chavales van a romper el tiempo porque siempre lo hacen. Y la idea de que cada billete viejo trae consigo la “lógica” de su época (expansión, crisis, guerra, estética retro) es brutal, sencilla y acongojante a la vez. El remate con la imprenta que se enciende sola y empieza a imprimir billetes del año 3100… Te deja con la piel de gallina y una sonrisa nerviosa, pensando “claro, el futuro también está jugando con nosotros”. De esos cuentos que te hacen reír y después te quedas mirando el techo pensando “¿y si de verdad cada vez que gasto algo estoy cargándome otra línea temporal?”.
    Un abrazo, Marlen.

    1. Hola Marcos,
      como siempre, logras analizar cada punto del cuento a la perfección. El comienzo estaba dado por Jose para iniciar el relato que es pago del albergue. El cuento en sí es el aporte al reto. Me encanta la idea de meterme en un futuro vasco hipercontrolado donde se paga con minutos de vida y no con el sucio dinero. Y como bien dices, el mayor acto de rebeldía es usar un billete de papel de los de toda la vida. Retratas muy bien a los personajes como me los he imaginado y la idea de que empiezan a aparecer billetes del futuro rompe esa continuación del relato. ¿Y ahora qué?
      Muchas gracias por tu trabajo de análisis. Un abrazo fuerte de Marlen

  3. Hola Marlen, me ha gustado mucho tu propuesta, con esa imprenta especial y esos billetes que meten desorden. Me ha hecho pensar que en estos momentos estamos experimentando algo parecido: variables, incertidumbres, una decisión «x» que tendrá consecuencias en el futuro, otra decisión «y» que la revierte. Lo sé, esto ha pasado siempre, pero me da la sensación de que hoy las decisiones se han acelerado como en ese pueblo donde los chicos, sin querer, han jugado con el tiempo. Me gusta el nivel de detalle sin llegar a ser fastidioso, es difícil de lograr eso. El relato se lee agradable y picados por la curiosidad queremos ver en qué para todo. Y bueno otra vez nos dejas atisbando posibles derroteros para el final. Eso también me gusta. Abrazo fuerte.

    1. Hola Ana
      Pues sí, a partir del cuento tú entraste a pensar en nuestra vida cotidiana con los vaivenes y las consecuencias que nos desconciertan. Pues te diré que yo comencé todo este embrollo con las criptomonedas y las implicaciones de todo tipo que están teniendo en los mercados de todo el mundo. ¡No estábamos muy alejadas!
      Abene y Odei jugaron con el tiempo sin siquiera imaginarlo, sin querer. Los magos de las finanzas juegan con el dinero y el futuro de la gente conociendo las consecuencias y aún así… ¡El poder del dinero! como dice Jose.
      Muchas gracias por tus palabras. A mí también me gusta jugar con las múltiples posibilidades de un final. Me produce como un vórtice de sorpresas y curiosas angustias. 😂🤣😂 Un abrazo fuerte.

    1. Hola Manuel
      Es cierto, pero es que, si de jóvenes nos tomáramos ese tiempo de calibrar las consecuencias de actuar sin meditar, no aprenderíamos nada. Se aprende actuando, cometiendo errores. Y luego de la reflexión, sacando conclusiones y lecciones. Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.

  4. Me deliciei ao ler e voeei na tua imaginação nesse texto!
    Gostei de imaginar esse grande e poderoso Relogio das Marés eque tudo regulava…. Imaginei pagar por sorvetes, lanches alguns segundos do tempo…

    Adorei e podemos muito bem refletir sobre tudo que obsoleto ficou e tudo que chegou para inovar e no entanto, tantas vezes complica a vida de alguns,rs…
    abraços, tudo de bom,chica

    1. Me alegra mucho que te haya gustado el cuento. El increíble y poderoso Reloj de Mareas que lo regulaba todo me inspiró sensaciones extrañas: por un lado, no tener que esforzarse por ganar dinero para poder pagar todo lo que, en muchas ocasiones, no necesitamos. Supongo que si se paga con tiempo de vida, nos cuidaríamos más. Por otro lado, yo también me imaginé teniendo acceso y pagando cosas ricas por unos segundos de tiempo…
      Es una buena reflexión pensar en todo lo que se ha vuelto obsoleto y todas las innovaciones que, sin embargo, a menudo complican la vida.
      Un abrazo, lo mejor para ti también.

  5. Hola Marlen.
    Una historia muy bonita, interesante y original. Parece que más que viajar los protagonistas por el tiempo, es el tiempo el que se da una vuelta por Zarautz. También hay cosas que nunca cambiaran y que son pasado, presente y futuro como la locura de los adolescentes. Y al final una especie de vorágine entre pasado y futuro que como acabas diciendo mejor no saberlo.
    En cuanto a la pregunta, me gustaría saber las líneas generales del futuro del mundo, pero no lo concreto. Tampoco me gustaría saber mi futuro, prefiero labrármelo cada día.
    Un saludo.

    1. Hola Luferura
      Me alegra que te haya gustado el cuento sobre los billetes de la máquina del tiempo. Aunque creo que tienes razón, no son los protagonistas quienes han viajado por el tiempo, sino que el tiempo ha querido darnos una idea de lo que podría ser nuestro futuro y se ha dado una vuelta por Zarautz.
      Creo que la locura de los adolescentes es más inconsciencia ya que no miden consecuencias, que locura. Y sí, eso no cambiará.
      En cuanto a la pregunta, a mí tampoco me apetece saber cuál es el futuro que me espera, prefiero descubrirlo asumiendo aciertos y errores.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo.

  6. Buenas noches, anfitriones y compañeros de velada junto a la chimenea. Soy Gronel, el gnomo de las bibliotecas subterráneas, y acabo de llegar desde el blog «Trujamán», donde he tenido el placer y el vértigo de escuchar la historia sobre los billetes del futuro.
    Quiero contaros que la historia que acabo de oír no trata sobre el tiempo que pasa, sino sobre el tiempo que vuelve, se arruga y se nos escapa de las manos como un billete al viento. En Zarautz del año 2789, donde los minutos son moneda y los helados cuestan segundos, dos adolescentes encontraron una imprenta antigua. No era una máquina para imprimir dinero, oh no, era algo mucho más profundo: una máquina para imprimir realidad. Cada billete usado, cada euro de 2025 o dólar de 1950, no compraba un objeto, sino que inyectaba en el presente la lógica, la estética y el alma de su época. Un billete podía hacer retroceder el mar 50 metros o llenar las calles de jazz y coches enormes. ¿Os imagináis? Pagar un helado y, sin querer, cambiar las dimensiones del mundo. El narrador nos advirtió con elegancia y un punto de melancolía: cada acción importa, aunque no sepamos aún cómo. Y que, a veces, el futuro nos envía sus propios billetes —como ese del año 3100 que cayó de la imprenta— para recordarnos que no jugamos solos con el tiempo. Su relato es un hermoso y perturbador recordatorio de que lo que tocamos del pasado nunca nos deja intactos, y que la nostalgia, manejada con ligereza, puede remodelar el mundo que nos rodea. Ha sido un honor escuchar este cuento, que guardaré en mis estantes subterráneos bajo la sección de «Advertencias Encantadas».

    Con un respetuoso saludo desde este rincón del salón,
    Gronel, el gnomo de la tinta soñada.
    Felices fiestas desde Venezuela te deseo

    1. Hola Raquel
      Dile a Gronel, el gnomo de las bibliotecas subterráneas, que le agradezco su paseo por el blog y su comentario. Que me alegro que le haya gustado y que lo guarde con mimo en los estantes subterráneos bajo la sección de «Advertencias Encantadas».
      A ti también te deseo que pases unas lindas fiestas ¡Felicidades desde Euskal Herria!

  7. ¡Hola Marlen! Maravillosa historia. La empiezas de una manera más cotidiana y tradicional y de repente nos trasladas a una especie de futuro distópico en la que el dinero ha desaparecido y las cosas se pagan con tiempo. Me ha recordado a la película de In time, en la quelas personas dejan de envejecer a los 25 años y, a partir de ese momento, mueren de un ataque cardíaco a menos que ganen tiempo de vida. Es un relato que da para mucho más y con el que podrías construir todo un universo. Me ha gustado mucho esa ambientación entre retro y de ciencia ficción. También la inclusión de esa imprenta que fabrica billetes de otras épocas. Y el giro final en el que descubren que alguien también esta alterando el tiempo desde el futuro es muy interesante.

    Un saludo y felices fiestas.

    1. Hola Rocío,
      no he visto la película «In time». La buscaré aunque no sé si me gustará ver cómo las personas dejan de envejecer a los 25 años y, a partir de ese momento, mueren de un ataque cardíaco a menos que ganen tiempo de vida.
      Sí, este cuento podría alargarse y dar juego a ampliarlo, incluso con el hilo del futuro, que apenas lo insinué. ¡Ya veremos!
      Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo y ¡Muy Felices Fiestas!

  8. Sin duda un relato magnifico y ha sido un placer leerte, has abordado el reto de manera genial, en este ambiente distopico donde el tiempo es la moneda de cambio, me recordo el libro de Momo de Michael Ende, saludos

    1. Hola Cecy
      Me alegro mucho que te haya gustado el cuento. De Michael Ende he leído «La historia interminable» pero no he leído el libro «Momo». Y aunque ya no soy tan pequeña, pienso comprármelo, porque me parece un autor maravilloso.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo y ¡Feliz año!

Deja un comentario

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo