Buenas noches, que descanses

Aquí te dejo tu arrullo narrativo para esta noche, suave, lento, cálido, para leer sin prisa, dejando que las palabras se vuelvan mantita, lámpara encendida y respiración tranquila.
No hace falta conflicto.
No hace falta drama.
Sólo presencia, calma y detalle.
Léelo despacio, en voz baja y disponte a entrar en tu universo de fantasía.

Hay un cuaderno que no acepta palabras durante el día.
No es caprichoso.
Es sabio.
Durante las horas luminosas, permanece cerrado, inmóvil, como si durmiera. Sus tapas guardan silencio. Las hojas no se dejan tocar. La tinta se niega a fluir. No importa cuánto lo intentes: de día, ese cuaderno es sólo un objeto más.
Pero cuando la noche llega despacio, sin ruido, cuando el mundo baja el volumen y las casas empiezan a respirar más lento, entonces algo cambia.
Apenas se oye un susurro, casi imperceptible.
El cuaderno despierta.
No reclama grandes historias ni frases brillantes. Sólo pide presencia. Un escritorio tranquilo. Una luz suave. Un cuerpo que se sienta sin prisa. Una mente que no quiera demostrar nada.
Y entonces, como si alguien hubiera abierto una pequeña compuerta invisible, las palabras empiezan a aparecer.
No son palabras exigentes. No traen peso. No piden sentido perfecto. Llegan tibias, desordenadas, a veces un poco absurdas. Y eso está bien. Porque las palabras nocturnas no sirven para explicar el mundo, sino para acompañarlo mientras descansa.
La habitación está en penumbra. Afuera, la ciudad duerme a medias. Algún coche pasa por una calle lejana. Un perro suspira en sueños. El reloj avanza con una lentitud amable.
Y tú escribes.
No para recordar.
No para comprender.
Sólo para dejar que lo vivido se acomode dentro.
Las frases salen como pequeñas burbujas:
Hoy el día fue largo.
Hoy me cansé.
Hoy me reí sin detenerme a pensarlo.
Hoy no pasó nada, y eso fue suficiente.
El cuaderno escucha. Siempre escucha.
A veces recoge pensamientos sueltos.
A veces recoge imágenes:
Una taza caliente entre las manos frías.
Un rayo de sol atravesando la cortina.
Un olor a pan recién hecho.
Un mensaje inesperado.
Un silencio cómodo.
Todo cabe. Nada sobra.
Hay noches en las que el cuaderno recibe sueños antes de que sucedan. Ideas imposibles. Escenas sin lógica. Personajes que aparecen sólo para saludar. Lugares que no existen, pero parecen familiares porque en ellos has vivido.
Esas son sus páginas favoritas.
Porque el cuaderno sabe algo importante: los sueños no empiezan cuando cerramos los ojos, sino cuando bajamos la guardia.
Y escribir así, sin objetivo, sin correcciones, sin juicios, es una forma secreta de rendirse suavemente al descanso.
Las palabras se vuelven lentas.
Las frases se acortan.
La respiración se acomoda.
La mano escribe sola, como si ya conociera el camino hacia la calma.
Y poco a poco, casi sin notarlo, la mente empieza a aflojar los nudos del día.
Las preocupaciones se vuelven más pequeñas.
Las urgencias pierden importancia.
El cuerpo se deja caer dentro de sí mismo.
El cuaderno recibe la última frase, siempre sencilla: Ahora descanso.
Entonces, con una delicadeza infinita, se cierra.
No de golpe.
No con ruido.
Se cierra como se cierran los párpados.
La noche lo envuelve.
La habitación queda en calma.
Y tú te deslizas lentamente hacia ese otro mundo donde todo puede ser ligero, absurdo, amable.
Donde los gatos vuelan.
Donde los relojes se derriten de risa.
Donde los árboles cuentan chistes.
Donde nadie tiene que llegar a ningún sitio.
Y mientras te alejas, el cuaderno queda ahí, guardando tu quietud, esperando la próxima noche, cuando vuelvas a necesitar palabras que no pesen.
Porque hay historias que no se cuentan para ser leídas.
Hay historias que se escriben sólo para poder dormir en paz.
Que descanses.
Que tus sueños sean suaves, un poco extraños y muy amables.
Y que mañana el mundo te espere con la misma calma con la que ahora se despide.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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