La deliciosa costumbre de saborear la música

¿Qué te parecería disfrutar de la música en un bar donde nadie habla y mantienen una actitud reverencial hacia el perfecto sonido de los equipos de sonido de máxima calidad que reproducen vinilos que tú mismo puedes elegir?

Sí, lo sé es muy difícil imaginar algo así en Shibuya, el barrio famoso por su pasado como “barrio rojo”, el del ocio nocturno de Tokio, entre discotecas y hoteles por horas, donde la música se escapa por las ventanas abiertas de los edificios, donde los bares son muy ruidosos, donde los restaurantes de ramen y las salas de conciertos se anuncian con llamativos letreros de neón y puedes sacarte una foto en el Shibuya Crossing, el cruce peatonal situado frente a la salida Hachiko de la estación, el más transitado y fotografiado del mundo (hasta 2500 personas por cruce). Y sin embargo…

Un rótulo eléctrico parpadea con un lema en rosa: “Music from the B.Y.G”, haciendo alusión al sello discográfico “B.Y.G Records” fundado en París en 1967 por Fernand Boruso, Jean-Luc Young y Jean Georgakarakos (de cuyas iniciales proviene el nombre), famoso por capturar el espíritu revolucionario del free jazz y el rock progresivo de finales de los 60.

Tras cruzar la puerta, entras en un clásico bar de rock and roll. Jóvenes veinteañeros con chaquetas de cuero con tachuelas y peinados rockabilly cuidadosamente esculpidos, se agrupan alrededor de mesas de madera. Columnas de humo escapan de cigarrillos a medio consumir desde ceniceros plateados. Retratos en blanco y negro de Elvis Presley y Bob Dylan observan desde las paredes, entre estanterías que rebosan de fundas de vinilos, gastadas por el uso.

Más allá de algún susurro, nadie habla, los clientes señalan con el dedo el pedido en el menú. Muchos mantienen los ojos cerrados y dirigen toda su atención hacia la pared del fondo, ocupada por completo por altavoces de alta gama que reproducen a “The Rolling Stones” con una nitidez impecable. La ausencia de conversación y la atención casi reverencial dedicada a la música, confieren al lugar una atmósfera serena y extremadamente respetuosa, pese a la energía del rock and roll.

Estamos en un listening bar, un fenómeno japonés en el que la música grabada se convierte en la auténtica protagonista, y no en un simple sonido de fondo. Se encuentran por todo Japón, pero están especialmente concentrados en el barrio de Shibuya, donde funcionan como auténticos santuarios de calma en medio del caos urbano. 

En los últimos años han abierto locales listening bars en Londres, Nueva York y otras ciudades occidentales, pero lo único que comparten con sus homólogos japoneses es el uso de altavoces de alta gama y la obsesión por la calidad del sonido. Los listening bars japoneses se diferencian por la reverencia con la que los clientes tratan la música, permaneciendo sentados en silencio casi absoluto sin necesidad de que nadie se lo pida.

Le pregunto a la camarera en un susurro, si aquí está permitido hablar. Ella parece ligeramente desconcertada.

.- Bueno, sí… pero entonces la gente no escuchará bien la música. -responde.

De este modo, gracias a que la cultura japonesa prioriza la armonía social, no es necesario pedir a nadie que respete el silencio necesario para disfrutar al máximo de la música.

Podemos elegir discos de las estanterías donde miles de vinilos están a la espera de ser escuchados y solicitar que se reproduzcan. Y podemos comer algo, aunque en la mayoría de los listening bar no hay esta posibilidad. En algunos hay actuaciones en directo.

El “B.Y.G” es un santuario para melómanos, pero desde luego no es el único. A pocas manzanas, bajamos a un sótano oscuro, sede del “Pres Jazz Bar”. Iluminado tenuemente por lámparas, con una barra de madera pulida y taburetes de cuero, el ambiente resulta muy agradable.

En una de las paredes destacan enormes murales de las leyendas del jazz “Billie Holiday” y “Lester Pres Young”, que da nombre al local. En la pared del fondo, una imagen común a todos los listening bars de Tokio: estanterías repletas de miles de vinilos y CD. Desde unos altavoces situados en un rincón en penumbra, surge con calidez el sonido de “John Coltrane”.  La poca luz crea un ambiente íntimo.

Este es un “jazz kissa”. Los “jazz kissa” (kissa: cafetería) y los “ongaku kissa (cafeterías de música) surgieron a finales de la década de 1920 (uno de los primeros fue el café “Black Bird” en 1929), para permitir que estudiantes e intelectuales escucharan discos importados que eran demasiado caros para comprar individualmente. Alcanzaron su mayor popularidad entre los años 1950 y 1970. Y aunque su número disminuyó con la llegada del audio doméstico, todavía existen cientos en Japón y han inspirado la creación de los listening bars, la reinterpretación moderna occidental, popularizada internacionalmente en el siglo XX.

Muchos de estos locales históricos siguen activos o han reabierto sus puertas como el “Dug”, uno de los más emblemáticos y antiguos o el “Jazz Olympus!”, que ha sido recientemente actualizado por el hijo del fundador.

La camarera nos entrega a cada uno una toalla caliente para las manos, toma nota de nuestro pedido de whiskies japoneses y comienza a tallar los cubitos de hielo en pequeñas formas. Es el tipo de atención al detalle que impregna la vida cotidiana en Japón, y también la cultura de los Jazz kissa y los listening bars, con sus colecciones de vinilos meticulosamente seleccionadas.

Los jazz kissa tradicionales suelen ser mucho más estrictos con el silencio, casi como bibliotecas.

“Lion Café”, entrada
“Lion Café” los altavoces

Nos hemos deleitado escuchando rock and roll, jazz. Y no podía faltar… 
¡Por supuesto, la música clásica se une a nuestro show!
El “Lion Café” inaugurado en 1926, es el local donde nació el fenómeno de los listening bars y está dedicado en exclusiva a la música clásica.
Un callejón tranquilo en medio del bullicio de Tokio, nos lleva ante un edificio de piedra de aire medieval, que recuerda a una iglesia europea.
Al entrar, la atmósfera casi eclesiástica se ve reforzada por un silencio absoluto y por filas de asientos dispuestos como bancos, orientados hacia un altar central. Pero no lo preside una cruz, sino un conjunto de enormes altavoces de madera desde donde fluye música de cuerda, envolvente y de una calidad exquisita.
Al salir hablamos con Naoya Yamadera, el hombre mayor que es la cuarta generación al frente del “Lion Café”, un cargo que heredó de su padre, y asegura que su principal motivación es ejercer de custodio del lugar.
.- La idea es preservar lugares como este, proteger su atmósfera especial -dice, y luego esboza una sonrisa cómplice.


Y yo me quedo recordando los conciertos de órgano gratuitos que solíamos escuchar en la iglesia de Santo Domingo en la esquina de la Avenida Belgrano con la calle Defensa, en Buenos Aires.
¡Preservar los lugares y preservar la deliciosa costumbre de saborear la música en silencio y en todo su maravilloso esplendor!

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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