En un mundo donde los gobiernos discuten la evidencia de las imágenes, donde un video puede ser falso y, sin embargo, más convincente que la verdad, y donde una consigna repetida mil veces adquiere la solidez de un hecho, cabe preguntarse: ¿con qué herramientas contamos para comprender la actualidad política? La razón, por supuesto, es una de ellas. Podemos verificar datos, refutar mentiras, desenmascarar falacias. Pero desde hace décadas sabemos que la verdad no siempre triunfa por acumulación de pruebas. La convicción, a menudo, se mueve por los cauces del mito, del relato, de la emoción.
El periodismo de verificación ha sido indispensable frente a la proliferación de “hechos alternativos”. Sin embargo, la mera confrontación entre dato y mentira ha demostrado ser insuficiente para frenar la fascinación por líderes que moldean la realidad a su antojo. Tal vez necesitemos otro registro para comprender y narrar el presente: el de las artes. Y dentro de ellas, uno especialmente fértil para tiempos de confusión: el realismo mágico.
Hablamos de él en https://trujaman.net/2023/06/18/una-nueva-optica-para-interpretar-este-nuevo-mundo/
Gabriel García Márquez fue el gran artífice de un universo literario donde lo extraordinario se integraba en lo cotidiano sin provocar asombro. En “Cien años de soledad”, una peste del insomnio borra la memoria colectiva y obliga a etiquetar los objetos para no olvidar su nombre; una mujer asciende al cielo en cuerpo y alma; una abuela puede vivir doscientos años; un loro puede empezar a hablar; un chaparrón puede caer durante años, convirtiéndose en un diluvio. Nadie se sorprende. Nada de ello rompe el tejido de la realidad: lo revela. «Cien años de soledad» (1967), una obra maestra del género, donde abundan estos eventos, es uno de los mejores libros de historia que jamás hayamos leído.
El realismo mágico no niega los hechos; los amplifica hasta que su verdad profunda se hace visible. La frontera entre lo real y lo fantástico se vuelve porosa, no para disolver la verdad, sino para alcanzarla por otros medios. En ese sentido, el realismo mágico podría ofrecernos una herramienta poderosa para entender el mundo contemporáneo, donde la política parece haber adoptado rasgos de fábula grotesca.
¿Qué ocurre cuando un presidente afirma que la multitud más grande de la historia asistió a su investidura, pese a las imágenes que muestran lo contrario? ¿Qué sucede cuando se sugiere comprar un territorio extranjero como si se tratara de un inmueble? ¿Cómo describir un escenario en el que la realidad es sometida a una negociación permanente? Tal vez no baste con decir que es falso. Tal vez haya que narrarlo como lo que parece: una escena digna de una novela donde el poder ha perdido contacto con la tierra firme.
En “El otoño del patriarca”, García Márquez construye la figura de un dictador caribeño eterno, síntesis de múltiples tiranos latinoamericanos. No tiene nombre, porque es todos y ninguno. Vive rodeado de vacas en un palacio en ruinas, arrastra su hernia como un símbolo de decrepitud y vende el mar a los estadounidenses para saldar deudas. Es omnipotente y ridículo a la vez. Su poder es absoluto, pero su soledad también.
Los críticos sugieren que, al igual que el patriarca, Donald Trump busca la validación constante y la lealtad absoluta, pero termina en una soledad del poder, donde sólo confía en su círculo más íntimo, como el patriarca confiaba ciegamente sólo en su madre: Bendición Alvarado.
Ambos encarnan la figura del líder que se presenta como el único capaz de «arreglar» el sistema, despreciando las instituciones democráticas tradicionales.
El patriarca es un mito viviente. Manipula el tiempo, altera los hechos, decreta que algo es verdad y, por tanto, lo es. Su relación con la realidad no es racional sino performativa: lo que él dice crea una nueva realidad en lugar de describirla, lo que él dice ocurre, y si no ocurre, se reescribe hasta que parezca haber ocurrido. Nadie se atreve a contradecirlo. El miedo substituye al diálogo.
La comparación con Donald Trump no pretende equiparar contextos históricos ni sistemas políticos, sino señalar resonancias simbólicas. Trump, como personaje político, ha sido descripto con frecuencia como alguien que construye una narrativa paralela a los hechos verificables. La expresión “hechos alternativos”, popularizada durante su presidencia, parecería salida de un capítulo de García Márquez. La propuesta de comprar Groenlandia evocó la escena en que el patriarca vende el mar Caribe por partes a los estadounidenses, quienes se lo llevan en piezas para rearmarlo en Arizona. El estilo hiperbólico, la estética dorada, la teatralidad constante, configuran un personaje que parece vivir en una exageración permanente.
Pero más allá de los gestos anecdóticos, hay una dimensión más profunda: la relación con la verdad. En el universo del patriarca, la verdad es maleable porque el poder es absoluto. En el contexto estadounidense, el sistema institucional limita ese poder. Sin embargo, la batalla simbólica por la definición de la realidad se libra en el terreno mediático y emocional. La polarización convierte cada hecho en interpretación y cada interpretación en identidad.
Uno de los temas centrales de “El otoño del patriarca” es la soledad. El dictador está rodeado de aduladores, pero no escucha la verdad. La lealtad que exige es total, la discrepancia es inadmisible. En ese aislamiento, pierde la noción de sí mismo. Llega a utilizar un doble para substituirlo, como si su identidad se hubiera vuelto intercambiable con su mito.
En la era digital, la soledad adopta nuevas formas. Las redes sociales crean cámaras de eco donde el líder habla directamente a sus seguidores, sin mediación institucional. La retroalimentación constante refuerza la narrativa propia y deslegitima cualquier voz crítica. El resultado no es un aislamiento físico, sino una burbuja simbólica.
Desde la perspectiva del realismo mágico, podríamos decir que el líder contemporáneo habita un palacio virtual lleno de espejos que le devuelven siempre la misma imagen. Cada tuit es un decreto, cada aplauso digital es una confirmación de omnipotencia. Pero como en la novela de García Márquez, esa omnipotencia es frágil. Depende de la fe colectiva en el relato.
Oponerse a la distorsión de la realidad únicamente con datos puede resultar insuficiente porque el conflicto no es sólo informativo, sino imaginario. El patriarca no se sostiene por la coherencia de sus argumentos, sino por la potencia de su mito. Del mismo modo, ciertos liderazgos contemporáneos movilizan afectos, miedos y deseos que trascienden la racionalidad.
El realismo mágico nos ofrece una vía paradójica: no renunciar a la verdad, sino buscarla a través de una narrativa capaz de competir con el mito del poder. Contar el presente como una fábula lúcida donde la exageración revele lo que el discurso literal no alcanza a mostrar. Mostrar al emperador no sólo desnudo, sino convencido de vestir el traje más espléndido jamás tejido.
Imaginemos describir la política actual como una ciudad donde las estatuas hablan y repiten consignas, donde los relojes retroceden cuando se mencionan ciertos hechos, donde los mapas se redibujan con rotulador dorado. Esa exageración no sería evasión, sino crítica. Sería una forma de señalar la deformación sin caer en la aridez del tecnicismo.
La literatura latinoamericana ha explorado durante décadas las patologías del poder: el caudillismo, el culto a la personalidad, la manipulación de la verdad. “El otoño del patriarca” no es sólo una novela sobre un dictador caribeño, es una disección del poder desquiciado. Su vigencia radica en que el arquetipo que describe no pertenece a un país ni a una época, sino a una tentación permanente de la política: la de convertir el gobierno en teatro y la realidad en decorado.

Leer a Gabriel García Márquez funciona hoy como una advertencia literaria sobre cómo el poder absoluto puede deformar la percepción de la realidad de un líder, convirtiéndolo en un mito viviente aislado. Es reconocer que la frontera entre democracia y farsa puede volverse difusa si el relato dominante substituye al debate racional.
Pero también es descubrir que el arte puede desenmascarar lo que el análisis frío no logra conmover.
No se trata de abandonar la razón ni de equiparar ficción y realidad. Se trata de comprender que la verdad política no es sólo un inventario de datos, sino una disputa por el sentido. El realismo mágico nos enseña que lo fantástico puede revelar lo real con mayor precisión que el verdadero realismo.
Frente a la locura de un mundo donde las imágenes se niegan y las palabras se inflan hasta estallar, quizás la respuesta no sea únicamente la corrección minuciosa, sino la creación de relatos capaces de emocionar y esclarecer al mismo tiempo. Contra la locura del poder que se cree eterno, la imaginación crítica. Contra el mito autoritario, otro mito que lo desmonte.
Tal vez, al narrar nuestro presente como lo haría García Márquez, logremos algo más que describirlo: logremos comprenderlo. Y al comprenderlo, abrir un espacio donde la verdad no sea sólo un dato comprobable, sino una experiencia compartida. Porque si el patriarca muere solo en su palacio invadido por vacas, es porque su mito, finalmente, no puede sostenerse sin la complicidad del miedo.
El desafío de nuestro tiempo es no convertirnos en criados resignados de ese palacio. Y para ello, quizás necesitemos, además de estadísticas y verificaciones, la audacia de una imaginación que, como el realismo mágico, se atreva a mirar la locura de frente y transformarla en conciencia.
Aspirar a la verdad más allá de los hechos.
Interesante artículo, aunque difícil eso de aspirar a la verdad más allá de los hechos, puesto que como bien vio Nietzsche -y en cierta forma Hume anteriormente- no hay hechos, sino interpretaciones subjetivas de esos supuestos hechos. Por eso proliferan las falacias, construidas para engañar…
Hola Ana
Tienes razón: «No hay hechos, sino interpretaciones subjetivas de esos supuestos hechos.» Pero si somos honestos y coherentes con nuestras ideas, siempre podemos aspirar a la verdad. Otra cosa es que podamos equivocarnos, pero puedo asumir eso si lo afronto con honestidad.
Gracias por tu comentario. Un saludo de Marlen
Hola, Marlen. Esta entrada es maravillosa. No solo rescatas un estilo y un movimiento literario, lo dotas de un significado ineludible. A veces pensamos el realismo mágico como un recurso en el abundan cosas ridículas y graciosas. Es mucho más, como bien lo has comentado.
Excelente!
Hola Mirna
Estos días, con todo lo que está pasando, me acordaba tanto de este fantástico movimiento literario, que tenía que escribir acerca de ¡cómo la literatura puede llegar a predecir la realidad!
Me alegro que te haya gustado. Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte de Marlen
Hola muy interesante entrada, me llevo anotado el libro, saludos
Hola Cecy
Me alegro que te haya resultado interesante la entrada. ¡El libro te va a encantar!
Gracias por tu comentario. Saludos.