El Congourbano argentino

Este es un relato irónico y sarcástico, inspirado en una reflexión que me contó el otro día un amigo porteño, pero sin legitimar ese desprecio que sienten algunos porteños por sus conciudadanos. Al contrario, exponiéndolo, ridiculizándolo y devolviéndolo en forma de espejo.
El vocabulario argentino no deja de ofrecernos innovaciones terminológicas que nos hablan del gran drama que recorre su historia como nación: la enorme dificultad que tiene una parte de la población para aceptar como conciudadanos a la otra.
Al menos desde fines del siglo XIX, las clases sociales acomodadas “y no tanto” asociaron sistemáticamente a las clases populares a lo negro, como modo de proyectar sobre ellas los prejuicios habituales que padecían los indígenas y los afrodescendientes. Ya a los seguidores de Yrigoyen los llamaban “negritos”. Más recordado es el “cabecitas negras” que se introdujo para rechazar a los de Perón, más tarde simplificado por “los negros”, sin más, para que no queden dudas. En nuestro país, el desprecio clasista por el mundo popular se combina con un intenso racismo y ambos con las identidades políticas.
El relato está construido desde la observación de ese fenómeno tan miserable: el del pequeño aristócrata de alquiler que se cree a un trámite de ser de Miami, mientras insulta a sus propios vecinos desde un monoambiente con humedad y fibra óptica pagada en doce cuotas.
Haciendo hincapié en ese reciclaje del racismo, o más bien al del clasismo, de la discriminación o trato diferenciado hacia personas basado en su posición socioeconómica, nivel de ingresos o nivel educativo, asumiendo una superioridad de la clase alta o media sobre la baja: pasando de “cabecitas negras” a “Congourbano” y en esa fantasía delirante de una Argentina “verdadera” que existiría si se pudiera borrar a media población del espacio común.

En el edificio de la calle Aráoz, entre una veterinaria boutique, una dietética orgánica y un local que vende velas aromáticas con nombres en inglés para personas que jamás han salido de Caballito, vivía Mariano Estévez, que a sus treinta y cuatro años había logrado lo que él consideraba una forma superior de ciudadanía: odiar al país con un entusiasmo delirante. No era poco.

Hay gente que odia de manera perezosa, sin método, como quien deja platos en la pileta, ya los lavará. Mariano, en cambio, odiaba con disciplina. Tenía horarios, temas, vocabulario, hashtags, capturas de pantalla, un teclado mecánico retroiluminado y una silla gamer en la que pasaba tantas horas que ya parecía un mueble incorporado a su sistema óseo.

Mariano no se consideraba racista. Eso le habría parecido una grosería. Él se consideraba “realista”.

Era la palabra favorita de esa especie humana que abunda en ciertos barrios, ciertas sobremesas y, sobre todo, ciertas redes sociales: el hombre argentino de clase media aspiracional que mide su blancura con filtros, su superioridad con capturas de estadísticas dudosas y su cercanía espiritual a Estados Unidos por la cantidad de veces que pronuncia la palabra woke sin entenderla del todo.

Mariano era, si se lo miraba con cariño antropológico, un monumento viviente a la fantasía.

Rubio oscuro —es decir, castaño con vocación internacional—, barba recortada con precisión de tutorial, musculatura de gimnasio de franquicia, perfume importado pagado en cuotas, remera negra ajustada con una bandera de Gadsden1 que jamás habría sabido explicar, y una obsesión conmovedora por todo lo norteamericano salvo el trabajo, la infraestructura, la lectura, los salarios, la salud pública y la capacidad de hacer fila sin colarse.

Tenía una taza que decía Don’t tread on me, aunque la usaba mientras le llegaban notificaciones del banco por atraso en el resumen.

Su vida era una obra maestra de la contradicción, pero él la llamaba identidad.

Todas las mañanas se preparaba un café en cápsulas, abría Twitter —porque para él siempre sería Twitter, aunque el dueño lo rebautizara como si fuera un perro de guerra— y comenzaba su liturgia.

Primero: una queja contra los impuestos. Después: una queja contra “los planeros”2. Luego: una referencia despectiva al “Congourbano”3. A media mañana: un comentario sobre cómo “en este país inviable nunca vamos a ser una nación seria”.

A la tarde: una fantasía migratoria sobre Miami.

A la noche: una foto del Obelisco con un texto sobre “rescatar a la Argentina de la barbarie”.

A veces variaba el repertorio con un “Argensimia”4, un “Peronia”5, un “marronaje”6, alguna palabra inventada que sonaba a insulto y que hace a la nación entera culpable de los males que los racistas o clasistas imaginan que les afecta a todos. 

El uso de estos términos está insistentemente asociado a fantasías de exterminio. Hay que matar a los negros/marrones/cabecitas negras. Hay que fumigar el Congourbano. Matarlos a todos. Hay que aniquilar a Peronia/Argensimia para rescatar a la Argentina verdadera. Difícil construir una vida democrática desde esas visiones.

El objetivo era siempre el mismo: nombrar a la mitad del país como si fuera una plaga geográfica, una desviación cromática, un error del mapa que impide florecer a la patria correcta: la tradición larguísima de racializar a los sectores populares y de imaginar ciertos territorios —el Conurbano, el interior, la periferia— como una anomalía a corregir o eliminar.

Mariano no leía textos así. Prefería memes.

La mañana del sábado en que empezó esta historia, el sol caía sobre Buenos Aires con esa luz levemente sucia de invierno tardío, cuando todo parece lavado con agua gris. Desde el balcón mínimo de su departamento, Mariano miró hacia abajo y vio pasar al encargado del edificio, don Ramón, paraguayo, cincuenta y largos, bigote impecable, espalda curva, manos enormes, la clase de hombre al que Mariano saludaba con una cordialidad de patrón republicano.

.- Buen día, Ramón —dijo.

.- Buen día, Mariano.

—¿Todo tranquilo?

.- Todo bien, gracias a Dios.

Mariano asintió con una sonrisa de folleto bancario.

Cinco minutos después, ya sentado frente a la pantalla, escribió: “El problema de este país es que está lleno de gente que vive de los que sí laburamos. Hay que fumigar el Congourbano.”

Le puso un emoji de vómito. Doce likes en treinta segundos. Dos respuestas celebratorias.

Una cuenta con bandera argentina y nombre en inglés le escribió: Based!7  Mariano sintió ese pequeño calor interno, ese premio químico de los mediocres cuando otro mediocre los aplaude. Hay pocas drogas más baratas.

Su madre, Estela, llegó a las once para llevarle unas milanesas “porque seguro no estás comiendo bien”. Las madres argentinas tienen una relación con la alimentación de sus hijos adultos que merecería una cátedra aparte.

Estela vivía en Ramos Mejía. Lo cual, para Mariano, era una incomodidad ideológica. No porque Ramos Mejía le pareciera particularmente peligrosa, sino porque estaba del lado incorrecto de esa frontera mental que él había dibujado con tanta pasión en redes. El Conurbano, en su imaginación, era una mezcla entre Mogadiscio, Mordor y una fila eterna en la ANSES8. Un territorio del que, sin embargo, provenían la mitad de sus parientes, tres de sus exnovias, el mecánico de confianza, la señora que le cosía los pantalones y el mejor asado que había comido en su vida.

Pero la ideología, cuando es floja, se alimenta precisamente de esos detalles que uno decide ignorar.

Estela entró con una bolsa térmica, un budín envuelto en papel aluminio y esa mirada capaz de detectar desorden a través de las paredes.

.- ¿Otra vez con eso? —dijo, mirando la pantalla.

.- ¿Con qué?

.- Con el teléfono, Mariano. Te vas a volver loco.

.- Estoy informándome.

.- Sí, claro. Y yo soy Beyoncé.

Estela era una mujer menuda, de pelo teñido demasiado oscuro, uñas impecables y una inteligencia doméstica de esas que no salen en LinkedIn pero sostienen continentes. Había nacido en Morón, se había criado en Haedo y todavía conservaba una forma de hablar en la que cabían la ternura, la ironía y el insulto en una misma frase.

Vio en la pantalla una publicación donde Mariano se quejaba de “los negros que arruinan el país”.

Se quedó quieta. Lo miró.

.- ¿Y vos qué sos? —preguntó.

.- ¿Cómo qué soy?

.- Y… a ver, fenómeno. ¿Qué sos? Porque te veo muy ofendido con “los negros”, pero tu abuelo llegó de Santiago del Estero con una mano atrás y otra adelante, tu abuela vendía empanadas en Once, tu padre se crió en Ciudadela, yo nací en el oeste, y si te mandan a Nebraska durás dos días antes de que te digan “latino” y te manden a limpiar una parrilla.

Mariano se rió con superioridad.

.- Mamá, no entendés el punto.

.- Ah, perdón. El punto. ¡Qué miedo me da cuando alguien dice “el punto”!

Dejó las milanesas sobre la mesa.

.- ¿Sabés cuál es el punto? Que ustedes se creen europeos con WiFi. Eso es el punto.

Mariano hizo un gesto de fastidio.

.- No es un tema de raza. Es cultural.

.- Sí, sí. Siempre que dicen eso, justo casualmente los “incultos” tienen la piel más oscura, viven del otro lado de la General Paz y votan mal.

Estela no levantó la voz. No hacía falta. Había desarrollado a lo largo de décadas el arte de desarmar estupideces sin despeinarse.

Mariano cambió de tema, como hacen siempre quienes pierden, pero todavía tienen conexión a internet.

.- Voy a ir a comer a lo de Fede.

.- ¿El de San Isidro?

.- Sí.

.- Ah, bueno. Andá con la aristocracia.

.- Mamá…

.- Llevate el budín.

El asado de Fede era, para Mariano, una especie de cumbre geopolítica. Se reunían seis hombres de edades similares, todos convencidos de ser víctimas heroicas del país equivocado. Hablaban de “la batalla cultural” mientras comían vacío comprado por Mercado Pago y tomaban gin tonic en vasos con hielo importado del freezer común.

Federico vivía en una casa linda, con jardín, parrilla techada y una pileta que no usaba nadie desde marzo. Su perro se llamaba Milton. Eso ya debería haber sido una señal.

Estaban allí el propio Fede, un corredor inmobiliario que había leído dos páginas de Hayek y las había convertido en personalidad; Tomi, programador que trabajaba para una empresa de Austin y hablaba de “LatAm” como si él no viviera en Vicente López; Nico, obsesionado con armas que no tenía; y Julián, que una vez pasó tres días en Orlando y desde entonces decía “groceries” en vez de supermercado.

En el centro de la mesa había chorizo, provoleta, ensalada y una conversación que olía a carne y resentimiento.

.- ¿Vieron el video del otro día? —dijo Fede—. Un tren lleno de marrones.

.- Este país no tiene solución —contestó Tomi.

.- Hay que dinamitar todo —añadió Nico.

.- Tal cual. Hay que fumigar el Congourbano —dijo Mariano, y se sintió agudo.

Todos rieron con ese tipo de risa masculina que no celebra el ingenio sino la pertenencia.

Ahí estaba el verdadero placer: no la frase, sino el club.

Pertenecer a un grupo de personas que se dicen “los que ven la verdad” mientras repiten, con lenguaje actualizado, prejuicios de bisabuelo oligárquico.

Uno de ellos mostró en el teléfono una foto de una familia en la playa de Mar del Plata.

.- Mirá esto. Así quieren ser potencia.

La imagen mostraba a dos padres, tres chicos, una sombrilla descolorida, una heladerita, mate, toallas. La escena más ordinaria y entrañable del mundo. Pero para ellos era prueba evidentísima de decadencia nacional.

.- Te juro que a veces me da vergüenza ser argentino —dijo Julián, masticando morcilla.

Y ahí se produjo ese momento tan argentino, tan sublime, en el que alguien pronuncia “me da vergüenza ser argentino” mientras se lleva a la boca un bocado de entraña, bajo una parra, discutiendo de fútbol, inflación y política con la soltura de quien jamás ha sido otra cosa que comentarista televisivo.

No hay odio más teatral que el del que reniega de sí mismo sin dejar de pedir postre.

Más tarde, ya de noche, Mariano volvió en auto. Cruzó avenidas, semáforos, estaciones de servicio, barrios, plazas, puestos de choripán, carteles, motos, colectivos, kioscos abiertos a las dos de la mañana.

La ciudad era una extensión infinita de vidas mezcladas, cuerpos mezclados, historias mezcladas. El territorio argentino es un espacio de proyección de esa fantasía clasista-racista que “colorea” barrios, periferias y personas, como si ciertos cuerpos fueran una anomalía y no la textura misma del país .

Pero Mariano no veía eso. Veía obstáculos.

En un semáforo, un vendedor ambulante se acercó con pañuelos descartables.

.- No, gracias.

Más adelante, un grupo de chicos cruzó riéndose con una pelota bajo el brazo.

En la esquina de una estación, una mujer boliviana vendía flores.

Un motoquero lo encerró un poco y Mariano puteó como si hubiera sido víctima de una invasión bárbara.

Llegó a su edificio, estacionó mal, subió, se sirvió whisky barato en vaso ancho y abrió de nuevo el teléfono. La pantalla le devolvió el mundo que él prefería: simplificado, furioso, binario.

Escribió: “Nunca vamos a salir adelante mientras tengamos que convivir con la cultura villera y el marronaje.” Ciento treinta y dos likes. Uno de ellos, de una cuenta llamada PatriotArg77, decía: “Nos creemos latinos por culpa de ellos. Sin esa gente seríamos primer mundo.”

Mariano sonrió. Le gustaba esa frase. Tenía algo de himno.

Sin darse cuenta, copió parte y la tuiteó con una foto de la bandera argentina.

A la mañana siguiente, le escribió una chica con la que salía de vez en cuando. Se llamaba Camila. Vivía en Lanús. Era inteligente, divertida, bellísima y, según la lógica de Mariano, una excepción. Como todas las personas reales que contradicen una teoría miserable.

.- ¿Estás libre? —preguntó ella.

—Podría estar.

.- Mi sobrina cumple años. Estoy yendo a lo de mi hermana en Avellaneda. Venite después.

Mariano dudó. Avellaneda. Eso, para su cerebro ideológico, era como decirle a un explorador victoriano que fuera a adentrarse en la selva con mocasines.

Pero Camila valía el esfuerzo. Tomó el auto. Cruzó. La General Paz, para cierta gente, no es una avenida, es una frontera moral. Un río imaginario que separa a los ciudadanos de los sospechosos, a la gente de bien del zoológico estadístico, a Manhattan de Wakanda. La atraviesan todos los días sin morirse, pero narran la experiencia como si hubieran cruzado el Congo en canoa.

Mariano entró en Avellaneda con la misma tensión con la que otros entran a un quirófano. Y, sin embargo, ahí estaba el escándalo: nada de lo que esperaba sucedió.

No lo asaltaron en la primera esquina. No vio hordas. No encontró humo ni lanzas ni una banda sonora de tambores coloniales. Vio negocios abiertos. Vio una panadería. Vio una farmacia. Vio una señora barriendo la vereda. Vio chicos con camisetas de Racing. Vio un viejo regando plantas. Vio gente.

Es decir: el objeto más insoportable para la ideología cuando se presenta sin disfraz.

Llegó a la casa de la hermana de Camila, una casa baja con patio, luces de colores colgadas, una mesa larga, olor a carne al horno, ensalada rusa, gaseosas, música, primos, tías, un parlante medio saturado y un inflable alquilado donde seis criaturas se arrojaban unas contra otras con una felicidad que debería ser declarada patrimonio.

La sobrina cumplía siete años. Tenía una corona de cartón. Había piñata. Había perros. Había una abuela con ruleros. Había un tío que arreglaba un enchufe mientras discutía de política.

Había una tía que preguntó tres veces seguidas si Mariano “era el novio”. Había vida. Vida concreta, desordenada, mestiza, ruidosa, olorosa, amorosa. La clase de vida que no entra en los tuits.

Camila salió a recibirlo.

.- ¡Viniste!

.- Obvio.

.- Milagro. Pensé que te ibas a perder cruzando la selva.

Mariano sonrió, incómodo.

.- Muy graciosa.

Ella lo besó.

.- No pongas cara de Discovery Channel. Entrá.

En el patio, la familia lo absorbió de inmediato. Le sirvieron cerveza. Le dieron empanadas. Un nene le tiró espuma. Una señora le preguntó si era “el rubio del que habla Cami”. Un primo de quince años le ganó dos veces seguidas al metegol.

La abuela lo miró y dijo:

.- Este chico parece actor de publicidad de shampoo.

Todos se rieron. Mariano también. Y ahí empezó a ocurrir algo peligrosísimo: se relajó. Peor todavía: la pasó bien.

Comió de más. Rió de verdad. Escuchó historias. Le mostraron fotos viejas.

Vio a la madre de Camila sacar una fuente del horno con esa eficacia que sólo tienen las mujeres que han alimentado familias enteras sin convertirlo en contenido.

En un momento, el padre de Camila, camionero jubilado, le preguntó:

.- ¿Vos sos el que escribe esas cosas en internet?

Mariano sintió un pinchazo en la nuca.

.- ¿Qué cosas?

.- Esas boludeces de que el Conurbano es África y todo eso.

Silencio. Camila cerró los ojos un segundo. La abuela de los ruleros levantó las cejas. La tía dejó el cuchillo de cortar torta.

El padre siguió:

.- Porque si es así, avisame y te llevo ahora mismo a Ezeiza. Pero con una condición: cuando llegues a Miami y te digan latino, no te me pongas a llorar.

La carcajada fue general. No cruel. Peor: cariñosa. Ese tipo de humillación doméstica que no destruye, pero ordena.

Risas de gente que no te expulsa, pero te deja claro que acabás de entrar con los zapatos embarrados en el living de la realidad.

Mariano intentó decir algo sobre “el problema cultural”, pero ya nadie le seguía el juego. Un primo le dijo: “Dale, Terminator del teclado, agarrá la cerveza”. La abuela agregó: “Si querés ser yanqui, empezá por lavar los platos sin quejarte”.

Otra ronda de risas.

El padre de Camila lo miró con una calma que daba más miedo que un insulto.

.- Mirá, pibe. A vos te vendieron una fantasía. Te hicieron creer que si sacás a los pobres, a los morochos, a los peronistas, a los que viven del otro lado de la avenida, mágicamente vas a ser otra cosa. Pero allá afuera, para el gringo, vos también sos de acá. Vos también sos sudaca. Vos también sos latino. Aunque te compres una remera con un águila calva y hables de meritocracia con acento de Palermo.

La frase cayó limpia. Exacta. Era, en el fondo, que en el orden racial global, incluso esos blancos argentinos que fantasean con parecerse a los estadounidenses seguirán siendo tratados como “latinos”, “sudacas”, cuerpos de un territorio mestizo que no pueden blanquear del todo con hashtags ni odio.

Mariano no supo qué responder. A veces el ridículo es pedagógico.

Esa noche volvió a su departamento más callado de lo habitual. No transformado —sería pedir demasiado—, pero sí levemente averiado. Como un electrodoméstico soberbio al que alguien le dio un golpecito justo en el lugar correcto.

Abrió Twitter. Leyó sus propios tuits. Los vio de pronto como se ven las cosas después de una reunión familiar donde uno quedó expuesto: no heroicos, no valientes, no “realistas”. Pequeños. Tristes. Repetitivos.

Como si detrás de cada insulto no hubiera lucidez sino miedo. Miedo a no pertenecer. Miedo a no ser suficientemente blanco, suficientemente exitoso, suficientemente otra cosa. Miedo a aceptar que el país no es un error del que él está excluido, sino una mezcla de la que forma parte hasta la médula.

Se sirvió agua. Se sentó. Escribió un tuit nuevo. Lo borró. Escribió otro. Lo volvió a borrar. Finalmente publicó una foto del budín que le había dejado su madre. Sin texto. Cuarenta y siete likes.

Una respuesta de Estela: “Comete eso y dejate de joder.”

Mariano, por primera vez en meses, soltó una risa solo.

No se volvió mejor de inmediato. Eso también sería fantasía.

Al día siguiente, todavía sintió el impulso de indignarse contra un video de gente bailando cumbia en una estación. Todavía pensó “este país es inviable” cuando vio una fila. Todavía le salió, por reflejo, un comentario sobre “la decadencia”. Pero algo se había roto. O, mejor dicho, algo se había aflojado.

La cuerda ridícula que lo mantenía colgado de una identidad prestada.

Porque quizás el problema nunca fue el Conurbano. Ni los “marrones”. Ni “Peronia”. Ni “Argensimia”. Ni ninguna de esas palabritas inventadas por hombres demasiado conectados y muy poco pensados.

Quizás el problema era otro. La necesidad enfermiza de odiar el país real para sentirse cerca de un país imaginario. La comodidad de insultar a los de abajo para no mirar hacia adentro. La fantasía del blanqueamiento eterno: si desaparecieran ellos, yo sería por fin otra cosa.

Pero no. No lo sería. Seguiría siendo argentino. Con sus abuelos mezclados. Con sus contradicciones. Con su lengua desbordada. Con su historia rota. Con su familia en Ramos Mejía. Con su budín materno. Con su acento imposible. Con su obsesión por compararse con Estados Unidos como si fuera un ex tóxico y un horizonte moral al mismo tiempo.

Seguiría siendo, para cualquier aduana del mundo, exactamente eso que tanto despreciaba cuando lo veía en otros: un latino. Un sudaca. Un hombre del sur.

Y quizás la única manera decente de empezar a curarse era asumirlo sin asco. Con menos fantasía de exterminio y más capacidad de mirar alrededor. Con menos “fumigar” y más escuchar. Con menos odio serializado y más vergüenza útil.

Porque, al final, la Argentina verdadera no estaba del otro lado del espejo ni detrás de una frontera moral inventada. No estaba en Miami. No estaba en una cuenta anónima con bandera y águila. No estaba en el sueño húmedo de los que creen que el país sería Suecia si desaparecieran los pobres.

La Argentina verdadera estaba exactamente donde siempre había estado: en el patio con luces de colores, en la abuela que corta torta, en el primo que te gasta, en el camionero jubilado que te acomoda la ideología con una frase, en la madre que te deja milanesas y te recuerda de dónde venís, en el vecino paraguayo que te saluda, en el olor a asado, en la cumbia, en el tránsito, en el desorden, en el mestizaje, en la incomodidad de aceptar que no somos una postal europea venida a menos, sino otra cosa.

Algo más mezclado. Más contradictorio. Más marrón. Más real.

Y, por eso mismo, mucho más difícil de odiar sin terminar odiándose uno también.


1.Gadsden: La bandera de Gadsden es un símbolo histórico estadounidense, con fondo amarillo, una serpiente de cascabel y la frase "Don't Tread on Me" ("No me pises"), diseñada en 1775 por Christopher Gadsden durante la Revolución Americana. Representa la libertad individual, la resistencia contra la opresión y el principio de no agresión. Históricamente fue un símbolo de la independencia, pero hoy se asocia fuertemente con el libertarismo, el movimiento Tea Party, el conservadurismo y la defensa del derecho a la posesión de armas.

2.Los planeros: Este es un término coloquial y peyorativo en Argentina para referirse a beneficiarios de planes sociales, a menudo estigmatizados como personas que no quieren trabajar. Mientras sectores políticos critican la dependencia de la ayuda estatal, informes destacan que muchos beneficiarios realizan tareas comunitarias, productivas o de reciclaje. Se trata de millones de trabajadores fuera del sistema formal que dependen del apoyo estatal para complementar ingresos familiares, en medio de altos índices de pobreza.

3.Congourbano: Palabra que toma el “Conurbano” (el Gran Buenos Aires) y lo africaniza, lo desplaza, lo vuelve selva mental, lo saca de la Argentina y lo deposita en el archivo colonial de las metáforas fáciles. Basta con oír la palabra: transpira racismo.

4.Argensimia: Canal de YouTube popular en Argentina dedicado a resumir la actualidad del país con un enfoque humorístico, irónico. Aunque el término se ha empezado a utilizar como sinónimo de un país “bananero”, de muy baja calificación.

5.Peronia: es un término peyorativo y satírico utilizado en Argentina para referirse al país cuando fue gobernado por el peronismo. Implica una visión crítica que asocia la gestión peronista con el populismo, el déficit fiscal y una supuesta degradación cultural o económica.

6.Marronaje: Para aludir a las clases populares, las más desfavorecidas. Lo que desde hace años se llamaban los “cabecitas negras”.

7.Based!: Una forma de elogiar a alguien por decir lo que piensa sin miedo al "qué dirán" o a la cancelación, sin importar si los demás están de acuerdo o no.

8.ANSES: Significa “Administración Nacional de la Seguridad Social”. Es el ente de la administración pública que gestiona las prestaciones de seguridad social: jubilaciones, pensiones, políticas de protección social, asignaciones familiares, subsidios por desempleo.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “El Congourbano argentino

  1. ¡Qué maravilla, amiga mía!
    Aplaudo con las manos, los pies y hasta las orejas (si pudiera).
    Es seguro que hablas de tu Argentina del alma y del corazón; pero yo he visto también mi españita engañada, mi Andalucía confundida y a tantos que se creen pertenecer a la secta del Vomitox.
    Me he reído, pero también me han dado ganas de llorar, porque esta realidad duele más que la fantasía. Sí, tú, en tu tremendo optimismo, nos regalas un final esperanzador, con posibilidad de regeneración, raciocinio, convencimiento y ligero abrir de ojos a tanto engaño y, sobre todo, propagación del odio. Como siempre, yo tengo muchas dudas.
    Eso sí, las familias que se mantienen unidas y con los pies bien asentados en la realidad son un bote salvavidas más grande que los del Titanic. Y las Madres… ¡Ay, las madres! Maravillosa bendición que debería durar eternamente.
    Felicidades, Marlen. Cuando unes cabeza, mano y corazón, (casi siempre 😉 ) nos regalas relatos que rompen el alma y (ojalá) abren y depuran la mente.
    Gracias por este regalo que me ha sentado como una muy buena comida.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose, no sabes cómo me he reído imaginando a Estela, la mamá de Mariano, poniéndole los puntos en donde más duele y después en el asado de la familia de Camila, esa típica familia que acoge con cariño al «noviecito de la nena», pero con una frase le baja los humos y lo ubica en la realidad. Sí, me reí y le vi la cara que ponía el pibe, después de la lección. Peeeero, también debo reconocer que la entrada es el producto de la bronca incontenible cuando me enteré de las últimas andanzas de los pelotudos habituales que, se creen super cancheros y son flor de nabos. ¡¡¡La rep… tísima madre que los remilpa…!!!
      Creo que desde que nací, mientras viví en Buenos Aires, me peleé con individuos e individuas estilo Mariano, soñadores de un status que nunca tuvieron ni tendrán, con ínfulas de grandes magnates y de estar por encima de la clase trabajadora normal, con sueños de grandes empresarios y debiendo hasta al almacenero de la esquina del barrio.
      Estudié, creo haberlo dicho en algún comentario de otra entrada, en uno de los mejores, sino el mejor, colegio para niñas de la ciudad. Con un nivel escolar muy alto, buenos profesores, muy buena biblioteca, gimnasia, posibilidad de hacer la carrera de traductora e intérprete de francés con el aval de la Sorbonne de Paris. Pero con un inconveniente. Era frecuentado por las niñas pijas de la bella Buenos Aires. Y yo, hija de tornero mecánico y de modista, emigrantes republicanos de la vieja España que habían perdido la guerra y habían escapado de Europa, no encajaba demasiado en el ambiente. Pero me sirvió para aprender sentido del humor, ironía, doble intención, y hasta algo de boxeo… Así que estoy acostumbrada a lidiar con especímenes tipo Mariano. Aunque los tiempos que corren han agudizado los caracteres y según los amigos: «Esto está cada vez peor.»
      De ahí mi bronca, mi rabia y, como últimamente me pasa, la necesidad de gritar con palabras.
      Y me decanto por un final esperanzador porque esta etapa de la historia, apuntalada por el amigo del norte, no creo que dure mucho. El amigo ya está consiguiendo todo lo que quería y lo probable es que deje el tendido de perjudicados y se vaya a respirar otros vientos. Por suerte (o por desgracia, nunca se sabe) Argentina es un país muy rico que tiene para usar y regalar. Y después de un nuevo terremoto, volverá a resurgir con sus familias de todo tipo, con sus madres y abuelas arreglatutti, con su clase media venida a menos y creída en más.
      Gracias a ti, como siempre, por tus comentarios. Un abrazo fuerte Jose.

Deja un comentario

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo