Mi superhéroe no vuela

¿Cuáles son los héroes que prefieren los chicos de hoy? ¿Han cambiado de verdad a lo largo de los años o sólo les cambiamos un poquito el disfraz, el logo y los efectos especiales?

La pregunta me ronda a veces cuando veo a los niños de ahora, tan pequeños y ya tan expertos en universos paralelos. Unos corren por la casa con el escudo del Capitán América, otros lanzan telarañas invisibles desde el sofá, algunos se creen invencibles porque han visto tres temporadas seguidas de alguna saga de Marvel, y otros, con una seriedad conmovedora, se identifican con héroes japoneses de ojos imposibles, flequillos desafiantes y poderes que exigen gritar el nombre del ataque antes de usarlo.

Supongo que en cada época los niños han necesitado lo mismo: alguien a quien admirar, alguien que parezca capaz de arreglar el caos, alguien que salte donde uno todavía tropieza, alguien en quien confiar.

Mis heroínas en la vida, sin embargo, no llevan capa.

Mis heroínas son mi abuela y mi madre, que supieron utilizar el coraje para enfrentar todo lo que les tocó vivir, y que, de una forma casi milagrosa, resucitaron una y otra vez para seguir regalando momentos felices a quienes tuvieron a su lado. No resucitaron como en los cómics, con música épica, rayos de colores ni una secuencia de créditos. Resucitaron como resucitan las mujeres de verdad: levantándose a la mañana siguiente, haciendo el café con leche, arreglándose un poco el pelo y siguiendo adelante como si el mundo no acabara de intentar aplastarlas.

Y mis héroes reales son los hombres de mi familia: mi abuelo, mi padre, mi marido, mi tío Paco, mi hermano. Hombres que entendieron perfectamente el sentido de la palabra “empatía” y supieron ejercerla sin alharacas, sin estruendos, sin discursos, sin esa insoportable necesidad moderna de anunciar cada gesto decente como si fuera una hazaña inédita.

No fueron noticia por hacer el bien, precisamente porque hacer el bien debería ser moneda corriente.

En el caso de mi padre, además, destaco una virtud que ahora se nombra mucho, pero que pocas veces se comprende del todo: la “resiliencia”. Cualquier ser humano normal habría desfallecido de angustia ante ciertas situaciones que le tocó vivir. Y sin embargo, él supo luchar interiormente para mantenerse a flote, inventando —porque a veces no queda otra que inventar— la forma de seguir con dignidad.

A veces pienso que la verdadera épica humana no está en levantar un coche con una mano, ni en detener meteoritos, ni en lanzar rayos por los ojos. Está en pagar las cuentas con el corazón roto.

En acompañar a otro cuando uno apenas puede consigo mismo. En no volverse cruel después del dolor.

Dicho todo esto, y entrando ya sin vergüenza al territorio de las confesiones, debo admitir que mi héroe de cómic preferido sigue siendo Batman.

Sí, Batman.

No Superman, que parece haber sido fabricado por una compañía de electrodomésticos de alta gama. No Thor, que lleva un martillo que parece un problema de logística. No Doctor Strange, que resuelve demasiadas cosas con gestos teatrales de manos y cara de haber dormido poco. Y tampoco esos héroes japoneses que tardan quince capítulos en cargar energía y otros veinte en explicar su trauma infantil.

Batman.

Porque es un ser humano.

Porque no tiene superpoderes biológicos ni sobrenaturales.

Porque no puede volar, no tiene supervelocidad, no emite rayos, no invoca portales, no posee un martillo encantado, ni un anillo mágico de telequinesis que materialice objetos de la nada.

Batman hace exactamente lo que cree que debe hacer.

Tiene un coeficiente intelectual alto, es deductivo, rapidísimo, conoce todas las artes marciales del planeta —incluidas, sospecho, varias completamente inútiles para la vida cotidiana—, y además dispone de una capacidad económica que sería de gran ayuda para cualquiera de nosotros. Porque, digámoslo de una vez: con el presupuesto de Batman, hasta yo podría convertirme en una amenaza razonable para el crimen.

Pero si le pega una bala o le clavan un cuchillo… adiós, Batman.

Y ahí está su grandeza.

Si bien es cierto que entrena su mente y su cuerpo hasta los límites humanos, su fuerza no radica en una mutación, ni en una picadura, ni en un accidente radiactivo, ni en una herencia extraterrestre. Su fuerza radica en su intelecto, en su disciplina feroz, en su entrenamiento físico llevado al extremo, en su curiosidad inagotable por la tecnología avanzada y, sobre todo, en una voluntad casi inhumana de no rendirse.

Los demás héroes de cómic, en general, no trabajaron para conseguir sus poderes y Batman tuvo que esforzarse para llegar adonde está. ¿Es menos “súper” porque se esforzó? No. Simplemente no es sobrenatural, y por eso sentimos que cualquiera, en teoría, podría llegar a ese nivel.

En teoría claro porque, seamos honestos, la mayoría de nosotros no logra mantener una rutina de gimnasia durante más de ocho días seguidos y nos duele la espalda sólo por mirar un mueble que hay que mover.

Pero la idea permanece. Porque los humanos, los simples humanos, pueden hacer hazañas que parecen imposibles.

No como las de los cómics, claro. Más silenciosas. Más feas. Más difíciles.

Me gustaría ser Batman en algunos momentos, no lo niego. Y les daría su merecido a ciertas personas. Por ejemplo, las colgaría de los pies desde lo alto de un edificio, no tanto por crueldad como por pedagogía, para ofrecerles una excelente oportunidad de reflexión. Un pequeño seminario intensivo sobre consecuencias, gravedad y arrepentimiento.

Aunque, bien pensado, quizás no haría falta tanto.

A veces bastaría con sentarlos en una cocina familiar a escuchar durante dos horas seguidas a mi madre, a mi abuela o a mi tío Paco. Eso sí que impresiona villanos. Thanos no habría durado media merienda.

Sin embargo, cuanto más observo a los chicos de hoy, más sospecho que los héroes no han cambiado tanto. Les cambió el envoltorio, eso sí. Antes había capas negras, máscaras y coches imposibles.

Ahora hay multiversos, armaduras inteligentes, adolescentes arácnidos con ansiedad, dioses nórdicos con abdominales de laboratorio, hechiceros interdimensionales, titanes violetas, mutantes con peinados de riesgo y muchachos japoneses que aprenden, lloran, fracasan, se levantan, vuelven a caer, hacen amigos, se transforman y gritan el nombre de sus ataques como si invocar la esperanza requiriera dicción perfecta.

Pero en el fondo, todos cuentan la misma historia: la historia de alguien que recibe una herida y decide no convertirla en veneno, la historia de alguien que tiene miedo y actúa igual, la historia de alguien que, pudiendo mirar hacia otro lado, se queda y ayuda.

Quizás por eso los chicos siguen adorando a Spider-Man, a Iron Man, a Batman, a los Avengers, a héroes japoneses que entrenan hasta el desmayo o a personajes imposibles que protegen ciudades, planetas o universos enteros.

Porque todos, a su manera, les prometen lo mismo: que la fragilidad no impide la valentía, que el dolor no cancela la ternura, que incluso los raros, los torpes, los heridos, los huérfanos, los furiosos, los tímidos, los nerds y los que no encajan, pueden ser imprescindibles.

Y yo, que ya no soy una chica, sino una señora razonablemente civilizada con impulsos oscuros ocasionales, seguía convencida de que mi héroe ideal era Batman… hasta que ocurrió algo que me obligó a revisar mi teoría.

Fue una tarde cualquiera. Yo estaba en el salón, absorta en mis pensamientos filosóficos sobre la decadencia moral del mundo y la superioridad estratégica del Caballero Oscuro, cuando escuché un estrépito en la cocina. Un estrépito importante. No un vaso. No una taza. Un estrépito de categoría épica.

Corrí hacia allí preparada para encontrar un desastre doméstico de proporciones mitológicas: fuego, inundación, cortocircuito, tal vez una invasión de orcos.

Y me encontré con mi sobrino. Tendría unos siete años. Llevaba una toalla atada al cuello a modo de capa, una cacerola en la cabeza a modo de casco, un colador en un brazo a modo de escudo, y una expresión de feroz determinación. Frente a él, en el suelo, estaba el gato de la vecina, inmóvil, ofendido y con una pata atrapada entre las barras de una silla volcada.

.- ¡No te acerques! —me gritó, extendiendo la mano como si yo fuera una amenaza cósmica—. ¡Ya casi lo salvo!

.- ¿Y tú quién eres? —pregunté, entre el espanto y la risa.

Me miró con una mezcla de paciencia y lástima, como si yo fuera una anciana completamente desconectada del universo narrativo contemporáneo.

.- ¡Soy mitad Batman, mitad Spider-Man, mitad Gohan1! —declaró.

No quise corregirle la aritmética porque, francamente, el momento no lo permitía.

Con una solemnidad conmovedora, se agachó, habló suavemente con el gato, le acarició la cabeza, soltó con cuidado la silla, lo liberó sin hacerle daño y luego lo sostuvo un instante entre sus brazos como si acabara de rescatar a toda la humanidad.

El gato huyó sin agradecer nada, como hacen los gatos y algunos humanos.

Yo me quedé mirándolo: despeinado, valiente, tiernísimo, radiante de felicidad.

Con la cacerola torcida, la toalla arrastrando y una rodilla raspada.

.- ¿Ves? —me dijo, jadeando un poco—. Los héroes no pelean siempre. A veces rescatan.

Y ahí entendí. No eran Batman. No eran los Avengers2. No eran los héroes japoneses de ataques imposibles. No eran las series de Marvel ni las viejas historietas.

Ése era el superhéroe de hoy. Un niño que ha visto de todo en las pantallas, sí. Pero que, al final, se pone una cacerola en la cabeza, se inventa una identidad absurda y usa todo ese arsenal de fantasía para hacer lo único que importa: ayudar a un ser vivo más pequeño y más débil que él.

Mi sobrino se acomodó la cacerola, se enderezó la toalla-capa, me miró con aire grave y dijo:

.- Tiita, si alguien te molesta, lo resolvemos. Pero primero le damos una oportunidad de cambiar. Como hacen los buenos.

Y debo confesar que, en ese instante, sentí una punzada de emoción absolutamente incompatible con mi reputación.

Porque comprendí que los superhéroes de hoy siguen siendo los de siempre. Sólo que ahora, además de una capa, pueden llevar auriculares, hablar de multiversos, citar a Marvel, admirar a Batman, llorar con una serie japonesa, merendar galletitas de chocolate con una leche y rescatar gatos con una cacerola en la cabeza.

Y si me preguntan hoy cuáles son los héroes que prefieren los chicos, ya tengo la respuesta.

Prefieren a todos: a Batman, Spider-Man, Iron Man, los Vengadores, esos chicos y chicas japoneses que se caen veinte veces antes de aprender a levantarse, a los que tienen poderes, a los que no, a los que vuelan, a los que piensan, a los que se transforman, a los que resisten.

Pero, por suerte, todavía siguen reconociendo al mejor de todos cuando lo ven. Aunque lleve una cacerola por casco, aunque su capa sea una toalla, aunque su primer rescate sea un gato malhumorado.

Porque a veces el verdadero origen de un superhéroe no está en un planeta destruido, ni en una picadura radiactiva, ni en una profecía japonesa llena de relámpagos. A veces empieza en una cocina.

Y yo, desde entonces, cada vez que veo a mi sobrino aparecer por el salón con su capa improvisada y sus gritos de batalla sacados de una mezcla imposible entre Marvel, Gotham y anime, ya no pienso en Batman. Pienso que el mundo, después de todo, todavía tiene salvación.


1.- Gohan es el superhéroe protector de la tierra en el universo de Dragon Ball que, por supuesto, suelo ver “con entusiasmo” con mis sobrinos que me explican cada pequeño gesto de Gohan y de Piccolo.

2.- La Hexalogía de “Avengers” es una serie de películas producidas por Marvel Studios y ambientadas en su universo cinematográfico. En ellas, se reúnen sus principales héroes para combatir una gran amenaza.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Mi superhéroe no vuela

  1. Hola, Marlen.
    Interesante, divertido y, por supuesto, reflexivo.
    Discrepo en algunas cosas, claro, no podemos coincidir al 100%, pero me sigue sorprendiendo la de cosas que tenemos en común.
    ¿De verdad tu superhéroe favorito es Batman? ¿De verdad, de verdad de la güena? 😉
    Cuando alguien con poca edad, pero con creída superioridad mental, se enteró de que el mío también era Batman, me soltó con alto grado de convencimiento: «Claaaaroooo, porque es multimillonario». Yo, que suelo ser cauto más allá de la paciencia, solo me reí, le dejé espacio para la victoria y le espeté lo mismo que has dicho tú: «No, hijo, noooo. Es él único que me gusta y convence porque no tiene superpoderes; se las tiene que ver y desear con lo que tiene a su alcance o puede construir (claro, para eso necesita dinero). Además, no tiene el pecho de lata».
    Es curioso porque de niño no leía cómics del otro lado del charco. Prácticamente solo conocía a Superman y alguno más, pero de oídas. ¿Sabes quiénes eran mis héroes infantiles? Jejeje. Mortadelo y Obélix. No Filemón, el inteligente y siempre dispuesto; no Astérix, el ingenioso y lleno de poción mágica. Eran la inocencia del siempre disfrazado larguirucho con gafas, como yo; y el cándido gordo, como yo, con pantalón a rayas. Los que daban más risa que miedo. Será por eso que nunca quise ser un enmascarado o justiciero. Me gustaba más hacer y ver reír a los demás.
    Y, ¿en qué discrepo contigo?, dirás. Pues en ese radiante, precioso y ojalá contagioso optimismo que siempre nos regalas. Creo que tu sobrino es una personita maravillosa, con unos fundamentos preciosos y una forma de pensar y actuar digna de admiración. Algo tendrán que ver los adultos que le rodean. Pero, me temo, que puede ser una gran excepción. Hoy en día, los niños quieren seguir imitando a furboleros que ganen millones pegándole a un balón, cantantes que amasen fortunas y liguen aunque canten menos que un grillo pisao, a influencer de falso rostro y menos cerebro, y, lo peor, a grandísimos delincuentes que dirigen partidos, empresas e, incluso, gobiernan países. He escuchado cada barbaridad que… Pero bueno, dejándome contagiar por tu visión blanca y luminosa, lo mismo me muevo poco y es mi entorno el que está contaminado.
    Teniendo en cuenta lo pasado ayer domingo por aquí abajo, la hermosura de tu tierra y tu gente, y cómo me lo cuentas… ¿¡A qué me mudo pal norte!? 😜😂🤗
    Muchísimas gracias, amiga, por regalarnos estas historias tan divertidas y esperanzadoras. Son un precioso y preciado regalo.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose. De verdad, de verdad de la güena, que ¡¡teníamos que coincidir en nuestro superhéroe!! Está muy claro que, a kilómetros de distancia, nuestras influencias fueron muy muy parecidas, ¡¡¡y así salimos!!! Hasta coincidimos en la apreciación de Batman y la diferencia con el resto de superhéroes!!!
      Hay una cosa en la que no coincidimos, creo: mi familia (padres, abuelos, cumpleaños, Navidades…) me compraba los libros de la Colección Robin Hood (todavía andan por la casa de mis padres de BsAs), la mejor colección de libros de literatura juvenil de la Argentina (240 libros noooo, no los tengo todos), tapa dura con ilustraciones de tapa fantásticas y sobrecubierta. ¡Una maravilla! Pero no me compraban ni un tebeo. Así que yo me las arreglaba para leerlos. Mi abuelo tenía una casita en las afueras adonde íbamos a pasar los fines de semana y al lado había un almacén al que la gente del barrio llevaba las hojas de papel ya leído (periódicos, revistas, tebeos) para envolver los alimentos (nada de bolsas de plástico, eran caras). Y la hija de la dueña que era mi amiga, me guardaba los Batman porque sabía que me gustaban, los Mafalda y El eternauta cuando empezaron. Mortadelo y Filemón no los conocíamos. Asterix y Obelix los leía en la biblioteca de la escuela, en francés (qué nivel!).
      La discrepancia que resaltas no es tan grande, a veces la vida da más palos a unos que a otros, a veces uno se pone la coraza para tratar de enfrentar lo que duele, a veces uno intenta poner alguna piedrita en el platillo de la balanza queriendo influenciar su entorno, sobre todo el entorno juvenil y el de los amigos.
      Y sí, tienes razón en que tengo unas personitas cerca, con quienes intentamos hablar jugando y jugar hablando y por suerte o por influencias, están creciendo muy sanos. No son excepciones. Estoy convencida que si les dedicamos nuestro tiempo y esfuerzo, el resultado es evidente. Aunque no todos los padres se toman ese tiempo, ellos son los primeros en encender el móvil o la tablet.
      En cuanto a lo que pasó en el hermoso sur, era predecible y muy lamentable. Creo que la corrupción y la falta de conciencia de los medios está haciendo mucho daño a la política, a la justicia y al país. Tal vez, por aquí le damos menos importancia a los que dicen que dijo el que sólo dijo que no iba a decir nada aunque… Y mucho me temo que el desprestigio de los que están arriba está creando un desapego del oficio de gobernar que crea seres furiosos, al mismo tiempo que apáticos, indiferentes, desvinculados de la realidad.
      No sé si mi visión es tan blanca y luminosa, sí sé que intento que el pesimismo no me alcance y que en los peores momentos, recuerdo lo privilegiados que somos, en todo sentido, y doy las gracias a quienes nos precedieron por todo lo que hicieron para que nosotros podamos disfrutar de tanto (y no me refiero sólo a lo material).
      Gracias a ti por tus palabras, esas sí que son un preciado regalo. ¡Ah, si te decides a mudarte, avísame con tiempo que os hacemos un hueco 🤣😂🤣. Un abrazo grandote Amigo.

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