Lamentablemente, hemos alcanzado ya ese peldaño en el que la ignorancia posee prestigio.
En algún momento, no saber algo te producía vergüenza, así que te las ingeniabas para hacer creer a los demás que sí lo sabías. Se trataba de una habilidad casi de genio, si bien la palabra genio hoy, gracias a los usos sarcásticos, puede significar que simplemente eres tonto. Era como si no te conformases con ser tú mismo, querías ser o parecer algo mejor. Pero surgió la moda de la autenticidad, de mostrarse tal cual es uno, aunque sea un imbécil, y cambiaron las tornas. De pronto, puedes presumir o alegrarte de no saber muchas cosas.
Cierto es que no saber, o decir que no sabes, te ahorra bastantes líos. A quién puede extrañar que gente listísima, que está al corriente no sólo de las novedades, sino de todo, estos días responda sin miramientos: “No me consta”, “No lo sé”, “Lo desconozco»”, cuando la interroga la fiscalía por delitos que se cometieron en su entorno.
Decir “No lo sé” se ha vuelto una respuesta propia de tipos que saben. Recuerdo el libro “El astillero”, de Juan Carlos Onetti, cuando escribía a propósito de uno de sus personajes que “Sabía pocas cosas, y rechazaba muequeando a las que lo rondaban queriendo ser sabidas”.
El ser humano, desde sus orígenes, busca siempre aquello que le ofrezca una ventaja. Es una especie de instinto.
A veces la ignorancia es eso: una ventaja, un privilegio.
El otro día, en una reunión familiar, la hija pequeña de mi prima, que tiene 6 años, estaba jugando sola en la habitación de los niños y, desde el salón, le oí decir: “No sé” sin venir a cuento. Me levanté, la fui a ver y le pregunté “No sé, ¿qué?”. Me miró y dijo “Es que pensé que me habían dicho algo”, ejecutando sin querer una obra maestra de la ignorancia: el “No sé” por si acaso.
Y aquello, que en una niña es casi un gesto de inocencia preventiva, en los adultos se ha convertido en una estrategia digna de manual. Porque uno aprende pronto que saber demasiado es peligroso. Saber te compromete. Saber te obliga. Saber te convierte en sospechoso de tener opinión, y tener opinión, hoy en día, es casi un deporte de riesgo.
Recuerdo a un compañero de trabajo, un hombre que llevaba veinte años en la empresa y que sabía absolutamente todo de todos: cómo funcionaban los sistemas, qué clientes eran problemáticos, qué decisiones eran un desastre antes de tomarlas. Un día, en una reunión tensa, alguien le preguntó directamente:
.- ¿Esto lo sabías tú?
Y él, que lo sabía, ¡claro que lo sabía!, miró al techo como si buscara inspiración en las lámparas fluorescentes y respondió:
.- No sabría decirte…
Aquello fue una revelación. No era ignorancia. Era supervivencia.
Desde entonces empecé a fijarme. En cenas, en reuniones, en conversaciones triviales. El “no sé” aparecía como un comodín elegante, una especie de chaleco salvavidas verbal.
.- ¿Tú qué opinas de esto?
.- No sé…
.- ¿Sabías que…?
.- No sé…
.- ¿Te parece bien?
.- No sé…
Y lo curioso es que el “no sé” no significa lo mismo en todos los casos. Hay un “no sé” humilde, que reconoce límites. Hay un “no sé” evasivo, que esquiva responsabilidades. Y luego está el “no sé” sofisticado, ese que se pronuncia con media sonrisa y que, en realidad, quiere decir: “Sé más de lo que tú te crees, pero no tengo ninguna intención de involucrarme”.
Incluso en el ámbito doméstico, el fenómeno tiene su gracia. Preguntas en casa:
.- ¿Quién ha dejado esto aquí?
Silencio.
.- ¿Nadie lo sabe?
Y entonces, como una coreografía perfectamente ensayada, surgen tres “no sé” casi simultáneos, como si alguien hubiera dado la señal. Uno llega a sospechar que hay un entrenamiento secreto, una academia clandestina donde se perfecciona el arte de la ignorancia compartida.
Pero lo más fascinante es que este “no sé” contemporáneo no es torpeza. Es cálculo. Es inteligencia en modo “ahorro de energía”. Es como apagar las luces de una casa cuando pasa un inspector por la calle.
A veces pienso que hemos sofisticado tanto el lenguaje que ya no necesitamos mentir: nos basta con no saber estratégicamente.
Y entonces vuelvo a la niña. A su “no sé” espontáneo, limpio, sin intención de manipular nada. Un “no sé” casi poético, dicho al aire por si el mundo le estaba pidiendo algo.
Hace unos días, en otra reunión —esta vez de adultos, con sus copas, sus opiniones firmes y sus certezas de sobremesa— alguien lanzó una pregunta incómoda. De esas que hacen que el aire se espese un poco.
Hubo un silencio.
Yo miré alrededor.
Y, sin saber muy bien por qué, antes de que nadie abriera la boca, dije:
.- No sé.
Todos asintieron, aliviados.
Y en ese instante comprendí que no sólo había aprendido la lección.
Había aprobado con matrícula de honor.
Lo que no sé… es cuándo exactamente dejé de tener seis años.