Carta a mi querido extraño

Querido extraño, ese día el mundo era aburrido, tedioso, gris. Era aburrido a nuestro alrededor en ese vagón de metro, era aburrido allí en el cielo de París y lo era en las noticias de nuestros teléfonos.

Yo también estaba aburrida porque, algunos días, se presentan así. Estabas sentado frente a mí y, cuando levanté la vista, vi tu elegancia, tu buen gusto, tu encanto.

¡Ah, no era ni la de un dandy ni la de esos famosos “fashion victims”, esos que siguen tendencias ciegamente, sacrificando tiempo y dinero por llevar lo último!

Y mucho menos el de un advenedizo que actuaba en el negocio del espectáculo. No, simplemente eras brillante, inteligente y extraordinario. 

Siempre hablamos de cómo nos influyen las revistas de moda, de cómo nos inspiran las celebridades, pero todo esto es irrisorio frente al poder de un transeúnte en la calle, un pasajero en el metro, el autobús, el tren. Porque es realmente cuando se nos presenta ese ser especial, cuando descubrimos “el glamour” en estado puro.

Y allí estabas tú, sosteniendo un libro con una naturalidad insultante, como si no supieras que el resto del vagón estaba atrapado en pantallas y bostezos existenciales.

Intenté adivinar quién eras. ¿Un escritor? ¿Un arquitecto? ¿Un hombre misterioso que sólo aparece en días grises para devolver la fe a desconocidas aburridas?

El metro avanzaba bajo las entrañas de París como un pensamiento pesado. Pasamos por estaciones cuyos nombres parecían más interesantes que nuestras vidas: Saint-Germain-des-Prés, Odéon… nombres que prometían cafés con conversaciones profundas, pero que en realidad sólo ofrecían gente con prisa y croissants fríos.

Tú, en cambio, eras una contradicción deliciosa: perfectamente fuera de lugar y, al mismo tiempo, absolutamente integrado en la escena. Como una nota de jazz en medio de una canción pop.

Decidí observarte con la discreción de una espía… lo cual, debo admitir, me convirtió más bien en una turista evidente mirando fijamente a un monumento humano.

Cuando levantaste la vista y nuestras miradas se cruzaron, no ocurrió nada extraordinario. No hubo música, ni revelación, ni siquiera una sonrisa cinematográfica.

Y, sin embargo, algo cambió.

Porque en ese instante comprendí algo incómodo: tú no eras extraordinario.

O, mejor dicho, no más que cualquier otro.

El glamour no estaba en ti.

Estaba en cómo te miraba yo.

Salí del metro en Montmartre con esa idea dándome vueltas en la cabeza. Las calles empedradas, los artistas improvisados, los turistas comprando caricaturas horribles… todo seguía igual. Pero no.

Había glamour en la señora que discutía con el panadero.

En el camarero que equilibraba tres cafés como si fuera un número de circo.

Incluso en el perro diminuto con abrigo ridículamente elegante.

Decidí sentarme en una terraza cerca del Sacre-Cœur, pedí un café (demasiado caro, por supuesto, es París), y abrí mi libreta.

Iba a escribirte una carta.

Esta carta.

Porque tú, querido extraño, me habías recordado algo importante: el glamour verdadero no se compra, no se aprende en revistas, no se copia de celebridades. Es una especie de magia involuntaria que aparece cuando alguien —o algo— nos despierta la mirada.

Sonreí, satisfecha con mi revelación filosófica, y levanté la vista.

Y entonces te vi.

Estabas allí.

A dos mesas de distancia.

Pero ya no eras misterioso, ni brillante, ni extraordinario.

Estabas intentando, con una torpeza absolutamente humana, cortar una baguette tan dura que parecía haber sido diseñada para defensa personal.

La baguette salió disparada.

Aterrizó en el regazo de una señora.

El camarero gritó algo en francés muy poco glamuroso.

Y tú, rojo como un tomate, pedías disculpas mientras recogías migas del suelo.

Te miré… y me reí.

Y ahí lo entendí todo del todo.

El glamour verdadero no desaparece cuando alguien hace el ridículo.

Se transforma.

Y, en tu caso, querido extraño… se volvió infinitamente más interesante.


«Sous le ciel de Paris» – Edith Piaf

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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