Las letras de la fachada

A raíz de esta noticia real:

https://elpais.com/internacional/2026-05-29/un-juez-ordena-retirar-el-nombre-de-trump-del-kennedy-center-el-gran-centro-artistico-de-washington.html?outputType=amp

quería acercaros una conversación imaginaria entre John Fitzgerald Kennedy y Donald Trump. Creo que sería un texto muy interesante para reflexionar en nuestros días.

La noticia tiene un punto de partida casi literario: un juez federal ha ordenado retirar el nombre de Donald Trump del John F. Kennedy Memorial Center for the Performing Arts porque la institución fue creada y bautizada por ley en honor a John F. Kennedy, y el consejo del centro no tenía facultad para cambiar su nombre por decisión propia. La orden llegó además en medio de la polémica por las reformas que Trump pretendía impulsar en el edificio.

Pero detrás de las letras de una fachada hay cuestiones mucho más interesantes: ¿qué ocurre cuando un hombre quiere convertir su nombre en monumento mientras otro hombre, muerto hace más de sesenta años, sigue siendo el nombre de una institución que representa algo muy distinto? ¿Qué significa realmente dejar un legado? ¿Cuál es la diferencia entre tener poder y merecer ser recordado?

No se trata de poner en boca de ellos palabras que nunca pronunciaron, sino de utilizar dos figuras históricas como personajes literarios para confrontar dos maneras de entender el poder, Estados Unidos, la fama, la democracia y, finalmente, la propia idea de dejar una huella.

A partir de ahí, creo que puede salir una conversación bastante más profunda que una simple sátira política. Vosotros me diréis.


El Kennedy Center estaba vacío.

La medianoche había quedado atrás y Washington parecía haber perdido por unas horas su costumbre de fingir que todo estaba bajo control. En las calles quedaban algunos automóviles, luces encendidas en oficinas donde nadie parecía trabajar y el resplandor lejano de la Casa Blanca.

Dentro del gran centro de artes escénicas, sin embargo, reinaba el silencio.

En el vestíbulo, una escalera permanecía iluminada. Sobre una pared, un cartel anunciaba una función que ya había terminado.

Entonces apareció John Fitzgerald Kennedy, con el don de gentes y la elegancia que le recordamos. No entró por ninguna puerta. Simplemente estaba allí dentro, de pie, con las manos en los bolsillos y una expresión entre divertida y melancólica. Miró alrededor.

.- No está mal. —dijo.

.- Podría estar mucho mejor.

Kennedy se volvió.

Donald Trump estaba sentado en una butaca de la primera fila.

.- ¿Desde cuándo está usted ahí?

.- Desde antes que usted.

.- Eso es imposible.

Trump sonrió.

.- Soy bastante bueno haciendo cosas imposibles.

Kennedy bajó lentamente las escaleras del escenario.

.- Eso dicen todos los presidentes.

.- Yo no soy todos los presidentes.

.- No. Eso parece tenerlo bastante claro.

Trump señaló el escenario.

.- Este edificio necesitaba cambios.

.- Los edificios siempre necesitan cambios.

.- Este necesitaba cambios importantes.

.- ¿Y por qué?

Trump se encogió de hombros.

.- Porque yo sé cómo hacer las cosas grandes.

Kennedy miró la enorme sala vacía.

.- ¿Y quién decide qué es grande?

Trump no contestó inmediatamente.

.- La gente.

.- ¿La gente o usted?

Trump levantó una ceja.

.- ¿Hay alguna diferencia?

Kennedy sonrió.

.- Una bastante importante.

Se sentó a su lado.

Durante unos segundos los dos contemplaron el escenario.

.- ¿Sabe qué me resulta curioso? —dijo Kennedy.

.- ¿Qué?

.- Que haya querido poner su nombre aquí.

Trump sonrió.

.- Me parece apropiado.

.- ¿Apropiado?

.- Trump Kennedy Center. Suena bien.

.- También suena bastante largo.

.- El tamaño nunca ha sido un problema para mí.

Kennedy soltó una pequeña carcajada.

.- Eso sí que parece cierto.

Trump se inclinó hacia delante.

.- Mire, Kennedy. Usted tuvo su momento. Fue presidente. Fue joven. Tenía discursos. La gente le admiraba. Ahora está muerto. Yo sigo aquí.

Kennedy asintió.

.- Esa es una diferencia importante.

.- Exactamente.

.- Aunque hay otra.

.- ¿Cuál?

.- Yo no tuve que poner mi nombre en todas partes para que me recordaran.

Trump lo miró fijamente.

.- Porque tuvo suerte.

.- No. Porque la memoria no funciona como un edificio inmobiliario.

Trump pareció molestarse.

.- La memoria pertenece a quien deja algo.

.- No necesariamente.

.- ¿Entonces a quién?

Kennedy miró hacia el escenario.

.- A quienes vienen después.

Hubo un silencio.

Trump se levantó y caminó unos pasos.

.- Yo he construido cosas.

.- Lo sé.

.- Hoteles. Torres. Campos de golf. Empresas. Una marca.

.- Una marca —repitió Kennedy.

.- Sí.

.- ¿Y también un país?

Trump se volvió.

.- Estoy intentando reconstruirlo.

.- ¿Reconstruirlo de qué?

.- De todo lo que estaba mal.

.- Eso dicen todos los hombres que llegan al poder.

.- Porque suele ser verdad.

Kennedy sonrió.

.- El problema es que algunos llegan diciendo que quieren salvar el país y terminan pensando que el país son ellos.

Trump cruzó los brazos.

.- Yo represento a millones de personas.

.- Eso es una responsabilidad, no una propiedad.

Trump guardó silencio.

Kennedy continuó:

.- El poder tiene una curiosa enfermedad. Al principio uno piensa que lo utiliza. Después empieza a creer que le pertenece. Y finalmente puede llegar a pensar que aquello que posee debe llevar su nombre.

Trump señaló la fachada.

.- ¿Y qué tiene de malo?

.- Que un país no es una colección de monumentos dedicados a sus gobernantes.

.- ¿Y qué es?

Kennedy tardó unos segundos en responder.

.- Una conversación entre los muertos, los vivos y los que todavía no han nacido.

Trump soltó una breve carcajada.

.- Eso suena muy bien.

.- Era la intención.

.- Pero no funciona.

.- ¿Por qué?

.- Porque la gente quiere resultados.

.- Naturalmente.

.- Quiere empleo. Seguridad. Fronteras fuertes. Respeto.

.- También quiere esperanza.

.- La esperanza no paga las facturas.

.- No. Pero un país sin esperanza termina pagando las facturas con resentimiento.

Trump lo observó con atención.

.- Usted habla como un político.

Kennedy sonrió.

.- Lo era.

.- Yo también.

.- Usted habla como un empresario.

.- Porque soy empresario.

.- Y ahí está una de nuestras diferencias.

.- ¿Cuál?

.- Un empresario pregunta: “¿Cuánto vale?”

Trump sonrió.

.- Una buena pregunta.

.- Un presidente debería preguntar además: “¿Qué significa? ¿Qué implica?”

Trump negó con la cabeza.

.- El significado no aparece en las encuestas.

.- A veces aparece mucho después.

Kennedy se levantó.

Caminó hasta el borde del escenario y miró las butacas vacías.

.- ¿Sabe qué ocurre en un teatro?

.- La gente mira.

.- No solamente eso.

Kennedy señaló las butacas.

.- Durante unas horas, miles de personas aceptan creer en algo que no existe.

Trump frunció el ceño.

.- ¿Una mentira?

.- Una ficción.

.- Es prácticamente lo mismo.

.- No.

Kennedy se volvió hacia él.

.- Una mentira intenta engañarte. El arte intenta que comprendas algo que quizás no sabías que sentías.

Trump no respondió.

.- Por eso este edificio es importante .- continuó Kennedy.- . No porque se llame Kennedy. Ni porque se llame Trump. Sino porque aquí la gente escucha música, ve teatro, contempla danza, escucha historias. Y durante unas horas recuerda que existen otras vidas además de la suya.

.- Eso es bastante abstracto.

.- La democracia también.

Trump se quedó quieto.

.- La democracia es votar.

.- No solamente.

.- Por supuesto que también es votar.

.- Es aceptar que después de votar pueden ganar otros.

Trump levantó lentamente la mirada.

.- Eso no siempre significa que tengan razón.

.- Claro que no.

.- Entonces estamos de acuerdo.

.- No exactamente.

Kennedy sonrió.

.- La democracia no consiste en que los demás tengan razón. Consiste en aceptar que tienen derecho a equivocarse.

Trump respiró profundamente.

.- ¿Y si están destruyendo el país?

.- Entonces hay que convencer a los ciudadanos de que están equivocados.

.- ¿Y si no escuchan?

.- Hay que seguir hablando.

.- ¿Y si tampoco?

Kennedy lo miró.

.- Entonces has perdido.

Trump negó con la cabeza.

.- Eso es demasiado ingenuo.

.- Tal vez.

Kennedy se acercó a una de las ventanas.

Washington se extendía ante ellos.

.- Pero hay algo más ingenuo todavía.

.- ¿Qué?

.- Creer que un país puede gobernarse para siempre mediante la victoria.

Trump se quedó pensando.

.- La victoria es importante.

.- Sí.

.- Sin victoria no consigues nada.

.- También es cierto.

Kennedy señaló la ciudad.

.- Pero la historia no recuerda únicamente quién ganó. Recuerda qué hizo con la victoria.

Trump caminó hasta él.

.- ¿Y usted cree que lo hizo todo bien?

Kennedy lo miró.

.- No.

Aquella respuesta pareció sorprenderle.

.- ¿No?

.- No.

.- Entonces admite que cometió errores.

.- Muchos.

.- Eso no lo dicen los políticos.

.- Los muertos tenemos una ventaja sobre los políticos vivos.

.- ¿Cuál?

.- Ya no tenemos elecciones.

Trump sonrió.

Kennedy continuó:

.- Cuando uno muere, deja de poder corregir su biografía. Entonces descubre algo terrible: los demás empiezan a hacerlo por él.

.- Eso es verdad.

.- Y a veces la corrigen demasiado.

.- ¿Usted cree que me recordarán?

Kennedy se volvió.

Por primera vez, Trump parecía formular aquella pregunta sin ironía.

.- Sí.

.- ¿Como un gran presidente?

Kennedy no respondió.

Trump insistió.

.- ¿Como un mal presidente?

Kennedy tampoco respondió.

.- ¿Como qué?

Kennedy se acercó a él.

.- Eso no lo decidirá usted.

Trump bajó la mirada.

.- Quiero que recuerden mi nombre.

.- Lo recordarán

.- Quiero que recuerden lo que hice.

.- Eso también.

.- Quiero que recuerden que cambié Estados Unidos.

Kennedy asintió.

.- Entonces deje de preocuparse tanto por las letras de los edificios.

Trump volvió a mirar la fachada.

.- ¿Y si mi nombre desaparece?

.- Desaparecerá de algunos sitios.

.- ¿Y eso no le parece injusto?

Kennedy sonrió con cierta tristeza.

.- Mi nombre también desaparecerá algún día.

Trump lo miró sorprendido.

.- ¿El suyo?

.- Todos.

.- No lo creo.

.- Los nombres son más frágiles de lo que pensamos.

.- El mío no.

Kennedy se acercó a la ventana.

.- Dentro de cien años, Donald, habrá personas que no sabrán quién fue usted.

Trump pareció ofendido.

.- Imposible.

.- Dentro de mil años, quizás nadie lo sepa.

.- Eso no me gusta.

.- A mí tampoco.

.- ¿Entonces para qué sirve todo esto?

Kennedy señaló el escenario.

.- Para que algo continúe cuando nosotros ya no estemos.

Trump miró las butacas vacías.

.- ¿El arte?

.- El arte. Las ideas. Las preguntas. Las canciones. Las historias.

.- La política también.

.- Sí.

.- Entonces también quiero dejar una idea.

.- ¿Cuál?

Trump tardó en responder.

.- Que Estados Unidos vuelva a ser grande.

Kennedy sonrió.

.- Esa frase tiene un pequeño problema.

.- ¿Cuál?

.- Que todos los presidentes creen que Estados Unidos necesita volver a ser grande.

.- ¿Y qué debería decir?

Kennedy pensó un instante.

.- Quizás: “Que Estados Unidos sea digno de ser grande”.

Trump lo miró.

.- Eso no cabe en un cartel.

.- Las mejores ideas rara vez caben.

Otra pausa.

Desde algún lugar del edificio llegó el sonido de un piano.

Una sola nota.

Después otra.

Trump miró hacia el escenario.

.- ¿Quién está tocando?

Kennedy sonrió.

.- No lo sé.

.- ¿No debería saberlo?

.- No.

.- ¿Y eso no le molesta?

.- Al contrario.

El piano siguió sonando.

Trump se acercó a la primera fila y se sentó.

Kennedy permaneció de pie.

.- ¿Sabe qué es lo curioso de este lugar? —dijo.

.- ¿Qué?

.- Que mañana volverán los artistas.

.- Y los políticos.

.- Sí.

.- Y los espectadores.

.- Sí.

.- Y quizás mi nombre ya no esté.

Kennedy asintió.

.- Quizás.

Trump miró hacia la fachada.

.- ¿Y el suyo seguirá?

Kennedy sonrió.

.- Eso tampoco depende de mí.

.- Entonces, ¿de quién depende?

Kennedy señaló el escenario.

.- De quienes entren por esa puerta mañana.

El piano dejó de sonar.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Después Trump preguntó:

.- Kennedy.

.- ¿Sí?

.- ¿Cree que fui un buen presidente?

Kennedy lo miró.

Esta vez no sonrió.

.- Creo que todavía está escribiendo la respuesta.

Trump frunció el ceño.

.- ¿Y usted?

Kennedy bajó la mirada.

.- Yo también.

La luz del escenario se apagó.

Cuando volvió a encenderse, Trump estaba solo.

En la fachada, las letras habían cambiado.

Ya no decía nada sobre Donald Trump.

Sólo quedaba un nombre.

KENNEDY.

Y, debajo, casi invisible desde la distancia, una frase que nadie había colocado allí:

THE BEST WAY TO LEAVE YOUR NAME IS TO LEAVE SOMETHING BEHIND. 1

La ciudad continuó despierta.

Como siempre.

Y quizás esa era la última lección: que los hombres pasan, los edificios cambian de dueño, las placas se colocan y se retiran, las estatuas envejecen y los nombres terminan siendo polvo.

Pero una idea que ha conseguido entrar en la cabeza de otro ser humano puede sobrevivir mucho más tiempo que cualquier apellido escrito en piedra.

Y hay una última ironía preciosa en el asunto real: Trump quería que su nombre permaneciera en un edificio dedicado a Kennedy, pero el propio litigio terminó recordándonos precisamente a Kennedy. La batalla por borrar un nombre consiguió volver a poner en primer plano al hombre cuyo nombre estaba destinado a permanecer.

La historia siempre acaba teniendo la última palabra, aunque los presidentes se empeñen en escribirla ellos mismos.

1 LA MEJOR MANERA DE DEJAR TU NOMBRE ES DEJAR ALGO ATRÁS.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Las letras de la fachada”

  1. Es paradójico, que personas con poder, zafias y poco humildes, puedan gracias al poder que ostentan cosechar todo tipo de galardones. Todo el mundo en su presente sabe que no se lo merecen y que son impropios. Pero, el futuro, con su perdida de memoria, puede dar por buenos todos esos premios. Esperemos que el presente, como en este caso, corrija estas desviaciones antes de que se pierda la memoria, y la rutina se convierta en honor. Saludos.

    1. Hola Oscar. Es precisamente por ese motivo que elegí esta noticia para hablar sobre ella. Porque en medio de tanta publicidad (porque no son noticias sino propaganda encubierta o medios de propagar el miedo), la corrección de una necedad, estupidez, tozudez, ignorancia, me pareció importante de destacar. Y creo que la mejor forma de hacerlo era esta que elegí, sin insultos ni malos modos, «antes de que se pierda la memoria y la rutina se convierta en honor» como muy bien dices.
      Gracias por tus palabras. Un abrazo.

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