¡Cómo te necesitamos!

Querido Alfredo Palacios,

No sé cómo empiezan las cartas dirigidas a alguien que lleva tantas décadas muerto. Quizás no empiecen nunca. Quizás las cartas como ésta se escriban porque uno necesita creer que el tiempo tiene alguna rendija por donde todavía puede pasar una conversación.

No voy a llamarte doctor. Ni senador. Ni diputado. Esos títulos se los quedó la historia, que tiene la mala costumbre de archivar a las personas en cajones perfectamente etiquetados. Yo prefiero llamarte Alfredo. Porque hace mucho que dejaste de pertenecer a las fotografías en blanco y negro para convertirte en uno de esos vecinos que parecen seguir caminando por Buenos Aires cuando cae la tarde.

Buenos Aires…

Siempre he pensado que esta ciudad nunca aprendió a olvidar del todo a quienes la quisieron de verdad. Hay avenidas que se comportan como ríos testarudos y barrios que conservan la memoria mejor que muchos libros. En La Boca todavía parece escucharse el eco de conversaciones antiguas cuando el viento baja desde el Riachuelo. Los conventillos guardan secretos entre las chapas de colores, y las paredes, aunque las pinten una y otra vez, siguen respirando las voces de quienes discutieron allí el precio del pan, la jornada laboral, el alquiler imposible o la esperanza de que los hijos estudiaran para no repetir la misma vida.

Imagino que vos conocías cada uno de esos olores. El carbón. La madera húmeda de los muelles. El vino barato servido en vasos desparejados. La sopa que se enfriaba mientras seguía una discusión política. El humo de los cigarrillos dibujando remolinos sobre una bombilla y un mate que rodaba de mano en mano.

Supongo que nunca necesitaste grandes salones. Bastaba un patio, el patio de un convoy.

¡Qué palabra tan hermosa: convoy! El lunfardo en estilo puro, describiendo el conventillo donde se mezclaban orígenes y lenguas en franca concordia.

El patio del convoy era el Parlamento de los que nunca entrarían en el Parlamento.

Y allí aparecías vos.

No sé cómo serían exactamente tus manos. He buscado fotografías, pero las fotografías sólo enseñan la piel. Yo quiero imaginar las manos. Manos grandes, quizás. O quizás no. Lo importante es que fueran manos acostumbradas a estrechar otras manos. Manos de abogado que sabían pasar páginas y escribir discursos, pero también señalar un horizonte mientras hablaban. Manos incapaces de permanecer inmóviles porque las ideas también necesitan dedos para abrirse paso entre el aire.

Tampoco sé cómo caminabas.

Los libros no cuentan esas cosas.

Pero estoy convencida de que nunca caminabas deprisa. La gente que escucha, sabe que las conversaciones importantes siempre obligan a detenerse dos veces por cada diez pasos. Imagino que avanzabas saludando por el nombre al estibador, al zapatero, al dependiente, a la costurera, a la mujer que barría la vereda mientras fingía no prestar atención al debate.

Y el bigote. Perdona que me detenga en él.

Hay hombres cuyo bigote parece una simple cuestión de peluquería.

El tuyo era otra cosa. Tenía la dignidad de quien no necesitaba disfrazarse de importante.

Y aquella pajarita… He leído que despertaba simpatías, incluso suspiros. No me cuesta creerlo. Algunas personas resultan atractivas porque son hermosas. Otras porque son inteligentes. Pero vos pertenecías a esa especie mucho más rara: la de quienes parecían sinceramente incapaces de fingir.

Hace tiempo que quería escribirte. No para preguntarte por las grandes fechas que llenan los libros de historia, sino por esos pequeños instantes que sólo conservan quienes los vivieron. Me gusta imaginar que esta carta encontrará un camino imposible hasta donde estés, quizás entre el humo de una vieja locomotora, el olor del puerto de Buenos Aires o el murmullo de los conventillos de La Boca.

Siempre me ha intrigado el niño que fuiste antes del político. El muchacho curioso que descubría una Argentina inmensa, llena de promesas y también de injusticias. Pienso en aquella educación que fue modelando un carácter rebelde, incapaz de aceptar que la pobreza fuera un accidente inevitable o que la dignidad dependiera del dinero. Me gusta creer que, incluso antes de estudiar Derecho, ya llevabas dentro esa obstinación que acabaría convirtiéndose en tu auténtica profesión: defender a quienes apenas tenían voz.

A veces tengo un sueño. Siempre ocurre en el mismo lugar. Un patio cualquiera de La Boca, paredes pintadas con colores vivos. Chicos corriendo entre las sillas que los vecinos han ido acercando de sus casas. Algún perro dormido. Un viejo que protesta porque no oye bien. Una mujer que interrumpe para corregirte un dato. Un muchacho inmigrante que escucha sin decir una palabra.

No hay escenario. Sólo vecinos. Muchos vecinos. Basta una caja de madera o un escalón cualquiera.

Y entonces empezás a hablar. Nunca consigo recordar exactamente el discurso, cuando despierto.

Sólo recuerdo la sensación. Hablás despacio en castellano y en italiano, y un improvisado intérprete lo traduce al genovés.

Hablás con esa mezcla de firmeza y cercanía que sólo poseen quienes creen sinceramente en lo que dicen. No gritás para imponerte, elevás la voz para que hasta el último vecino pueda escuchar. Hablás del trabajo, de la jornada laboral, de la educación, de las mujeres, de los niños, de los obreros, de la universidad, de la dignidad. Y la gente responde con aplausos.

No utilizás palabras difíciles para demostrar que sabes más que nadie. Utilizas las palabras para que nadie se quede fuera de la conversación.

Eso es algo que la política de mi tiempo parece haber olvidado. Hoy casi todos hablan para su propia tribu. Vos hablabas para convencer incluso al que desconfiaba de lo que decías.

Cuando terminás, nadie se marcha. Eso también pertenece a otra época.

Hoy los políticos desaparecen detrás de un coche oficial, una pantalla o un equipo de asesores.

En mi sueño ocurre lo contrario. Alguien trae una damajuana. Otro acerca unos vasos. Nos sentamos todos. Vos también.

Y entonces empieza la verdadera política. Ya no hay discursos. Hay preguntas.

Un albañil habla del alquiler. Una madre pregunta por la escuela de sus hijos. Un marinero protesta por las condiciones del puerto. Una muchacha quiere estudiar medicina. Un chico apenas tiene trabajo unos días al mes.

Vos escuchás. Escuchás de verdad. ¡Qué verbo tan olvidado!

Tomás un sorbo de vino, acaricias distraídamente el bigote y respondés sin solemnidad, como quien conversa con viejos amigos.

Mientras tanto cae la tarde sobre Buenos Aires. Las primeras luces empiezan a encenderse. El barrio adquiere ese color entre cobre y melancolía que sólo tienen las ciudades portuarias cuando el día se despide.

Y yo pienso, mientras te miro, que quizás la democracia nació exactamente para esto.

Para sentarse alrededor de una mesa.

No para gritar. No para insultar. No para convertir al adversario en enemigo. No para promover el odio. Sino para escuchar antes de responder.

¿Sabés una cosa, Alfredo? Te echamos de menos.

No sólo a vos. También echamos de menos una forma de hacer política que parece haberse evaporado.

Vivimos rodeados de dirigentes que hablan como publicistas, que cambian de principios con la facilidad con que cambian de corbata y que parecen medir el éxito por el número de seguidores en lugar del número de injusticias que consiguen reparar.

Nos prometen épicas y nos entregan marketing.

Nos venden eslóganes envueltos en luces de neón.

Discuten durante horas sin decir absolutamente nada.

Y entonces uno abre un libro, encuentra aquella placa de tu despacho: «Dr. Alfredo Lorenzo Palacios atiende gratis a los pobres.» …y comprende que toda una biografía puede resumirse en una sola línea.

Cada vez que la recuerdo siento que en esas pocas palabras cabía un programa político entero. No era un eslogan ni una ocurrencia ingeniosa. Era una declaración de principios grabada en metal para que nadie pudiera olvidarla.

Me pregunto cuántas personas cruzaron aquella puerta con vergüenza, convencidas de que no podrían pagar un abogado, y salieron con la sensación de que, por una vez, alguien las había tratado como ciudadanos y no como un problema.

Conociste las derrotas, la cárcel, los golpes de Estado que interrumpieron la voluntad popular como quien rompe una carta antes de leerla. Viste cómo la democracia argentina era expulsada una y otra vez de su propia casa.

Y, sin embargo, siempre volvías. Eso quizás sea lo que más admiro.

No ganar. Sino regresar. Volver a creer cuando resultaba mucho más cómodo dejar de hacerlo.

Siempre regresabas al debate, a la palabra y a las instituciones con la obstinación de quien sabe que la democracia puede perder muchas batallas sin perder necesariamente la razón.

Quizás por eso seguís siendo una figura incómoda para quienes prefieren una historia sencilla. No pertenecías al mundo de los privilegios, pero tampoco al del resentimiento. Defendías reformas profundas sin renunciar al respeto por las instituciones. Eras un hombre culto que nunca utilizó la cultura para sentirse superior a nadie. Podías citar a los clásicos y, al mismo tiempo, escuchar durante horas a un trabajador del puerto sin mirar el reloj.

También intento imaginar el país que veías al salir a la calle. Una Argentina joven, llena de barcos que llegaban cargados de inmigrantes, de idiomas mezclados, de fábricas, sindicatos, cafés donde se discutía de política hasta la madrugada y barrios donde cada familia traía un pedazo distinto de Europa sin dejar de inventar una identidad nueva.

Debía de ser un lugar ruidoso, contradictorio y apasionado. Quizás precisamente por eso comprendiste tan pronto que el progreso no podía medirse sólo por los edificios que crecían, sino por la vida de quienes levantaban esos edificios con sus manos.

Siempre he pensado que vos nunca dejaste de mirar más allá de las fronteras argentinas. Hablabas de América Latina como quien habla de una familia dispersa. Sabías que las desigualdades, las oligarquías y los privilegios no eran patrimonio exclusivo de un país. Había un hilo común que unía a todo el continente, y también una esperanza compartida de construir sociedades más justas. En tiempos en que tantos levantaban fronteras, vos parecías empeñado en tender puentes.

A veces me pregunto qué pensarías de nosotros. De esta generación y de las que vienen detrás.

De estos pibes que viven con un teléfono en la mano, pero con una enorme dificultad para creer en alguien.

De hombres y mujeres cansados de votar casi siempre contra alguien y muy pocas veces a favor de alguien.

Me gustaría presentártelos.

Estoy seguro de que te escucharían. No porque fueras un personaje histórico. Sino porque sabrías mirarlos a los ojos antes de abrir la boca.

Y eso, Alfredo, se ha convertido en un talento extraordinariamente raro.

Si alguna noche vuelvo a ese patio de La Boca, no pienso hacerte preguntas sobre leyes, ni sobre discursos, ni siquiera sobre historia.

Quiero preguntarte algo mucho más sencillo: ¿Cómo conseguiste no endurecerte?

¿Cómo evitaste que el poder te cambiara el corazón?

Y después brindaríamos. Con un vaso de vino cualquiera. Sin fotógrafos. Sin periodistas. Sin asesores.

Sólo con Buenos Aires escuchando desde las ventanas abiertas.

Porque hay ciudades que nunca dejan morir del todo a quienes las ayudaron a ser un poco más decentes.

Y sospecho que Buenos Aires sigue esperando, en algún rincón de La Boca, que un hombre con bigote y pajarita vuelva a subir a un cajón de madera para recordar que la política no consiste en conquistar el poder, sino en merecer la confianza de la gente.

Con un abrazo que ha tardado un siglo en llegar y todo mi respeto y mi cariño.

                   Marlen

Ariel Ramírez y Alfredo Palacios Embajador en Uruguay, Montevideo 1956
Alfredo Palacios defiende la ley de trata y prostitución infantil



Hoy recordamos al líder socialista, legislador, escritor, abogado y primer diputado socialista de Argentina, en el 148° aniversario de su nacimiento.

Alfredo Lorenzo Palacios nació en Buenos Aires el 10 de agosto de 1878. Fue uno de los 19 hijos de Aurelio José Florencio Palacios Bustamante, un político uruguayo de renombre. Sin embargo, fue a su madre, Ana Ramón Beltrán, a quien Palacios reconocía como mentora de las ideas socialistas que madurarían en él años después.

A lo largo de su vida trabajó en pos de sus principios: garantizar los derechos civiles y políticos de los más humildes en una época en la que estos aún no estaban consagrados.

En 1902 fue electo para la legislatura de Buenos Aires. Dos años después se transformaba en el primer diputado socialista para el Congreso Nacional, por la Capital Federal.

Como un innato animal político, Alfredo L. Palacios estuvo involucrado en todos los episodios clave que sucedieron en el país: apoyó la reforma universitaria de 1918, se pronunció con firmeza frente a la intromisión estadounidense en América Latina, bregó por la soberanía de las Islas Malvinas. Denunció la malversación de fondos públicos en la construcción del Congreso de la Nación y en la compra de tierras de El Palomar para el ejército.

Leyes e iniciativas promovidas por Alfredo L. Palacios:

*Reglamentación del trabajo de las mujeres y los menores: el 14 de octubre de 1907 se sancionó la Ley N° 5291 que planteó la protección del trabajo de las mujeres y los niños, contemplando por primera vez la situación laboral de miles de chicos y mujeres que eran explotados en las fábricas.

*Voto femenino: fue el autor, en 1913, del primer proyecto de ley que intentó conseguir el derecho de voto de las mujeres por medio de la modificación del Código Civil. En ese momento la iniciativa no consiguió respaldo. En 1915, Palacios volvió a insistir con el proyecto, pero otra vez tropezó con el rechazo de sus pares. La Ley 13.010, que garantizó el derecho al voto de las mujeres, fue sancionada por unanimidad en la Cámara de Diputados el 9 de septiembre de 1947, durante la presidencia de Juan Domingo Perón. Cuatro años después, el 11 de noviembre de 1951, por primera vez en la historia argentina, más de 3.500.000 mujeres ejercían su derecho al sufragio en elecciones nacionales.

*Trata de personas: en 1907 presentó un proyecto sobre la represión del delito de la «trata de blancas». En ese momento no consiguió el respaldo de los miembros de la Cámara Baja. Sin embargo, insistió con su iniciativa hasta que en 1913 logró que la mayoría de sus colegas diputados votasen a favor. La Ley N° 9143 amplió las penas a la explotación sexual en el país (que diez años antes había establecido la Ley N° 4189) a los proxenetas que explotaran a personas mayores de edad, y extendió las penas de hasta 15 años de prisión para las personas que explotaran sexualmente a menores de 12 años. El proyecto, que finalmente se convirtió en ley, se constituyó en la primera legislación en el mundo que protege a las víctimas de explotación sexual y penaliza a los responsables.

*Divorcio vincular: en 1907, por medio de la modificación de la Ley del Matrimonio Civil, planteó el establecimiento del divorcio vincular. En primera instancia, la iniciativa no consiguió la adhesión de los diputados y recién varias décadas después, en 1954, el divorcio vincular entraría en vigencia en el país con la sanción de la Ley N° 14.394, que lo incluyó en su artículo 31, pero sólo por dos años, ya que fue derogado por el golpe de Estado de 1955. En el año 1987, con la sanción de la Ley N° 23.515, la Cámara de Diputados de la Nación restituyó este derecho.

*Descanso dominical: la Ley N° 4661 fue promulgada en septiembre de 1905, y estableció que, en Capital Federal, el descanso de los trabajadores se debía aplicar el día domingo.

*Jornada laboral de 8 horas: en 1906, Palacios presentó ante la Cámara Baja un proyecto de ley que pretendió conquistar la jornada laboral de 8 horas. Esta reglamentación recién entraría en vigencia en el país el 12 de septiembre de 1929 con la sanción de la Ley N° 11.544.

*La ley de la silla: en 1907 se sancionó la Ley N° 12.205, que obligaba a los empleadores a disponer de una silla para el descanso de los empleados de comercio. Esta ley se constituyó en una ley pionera en el país en materia de derechos laborales.

*Ley de Residencia: durante su primer mandato como diputado, en 1904 presentó un proyecto de ley para la derogación de la Ley de Residencia N° 4144 que permitía la expulsión, sin juicio previo, de los extranjeros que perturbaran el orden público, la deportación y el encarcelamiento de líderes sociales y obreros. Tras un largo proceso, finalmente en 1915 se derogó.

*Abolición de la pena de muerte: si bien el proyecto fue presentado en 1906, esta iniciativa recién conseguiría el respaldo del Congreso en 1922, cuando se deroga el Código Penal de 1883. Las últimas ejecuciones realizadas en el país ocurrieron en Buenos Aires el 22 de julio de 1916.

*Indemnización: en 1908 impulsó ante la Cámara un proyecto que establecía el derecho de indemnización de los trabajadores en el caso de sufrir accidentes laborales. La Ley N° 9688 fue sancionada en octubre de 1915.

*Jubilación docente: en 1912 se sancionó la Ley N° 9051, que fijó el sueldo y consagró el derecho a la jubilación del magisterio.

*Embargo salarial: siendo diputado, en 1914 promovió la Ley N° 9511 sobre la inembargabilidad de sueldos, jubilaciones y pensiones. 

*Salario vital mínimo: durante su último mandato como senador de la Nación, en 1963 presentó un proyecto ejemplo que se convirtió en la Ley N° 16.459 el 10 de junio de 1964. Allí estableció que debía regir «en todo el territorio de la República, para todos los empleados y los obreros públicos, de la industria, el comercio, la agricultura, la ganadería, el servicio doméstico y toda forma de trabajo subordinado». Además, estipuló que el salario vital mínimo debía garantizar al trabajador y a su familia la alimentación adecuada, una vivienda higiénica, vestido digno, asistencia sanitaria, educación, esparcimiento, seguro y previsión.

*Prohibición de despidos: durante su segundo mandato como senador, en 1937 elaboró un proyecto que prohibió el despido de las empleadas de las empresas concesionarias de servicios públicos, en el momento que contrajeran matrimonio.

*Derechos a licencias antes y después del parto: en 1938 presentó un proyecto con el que se obtuvo el derecho de licencia de las empleadas y las obreras del Estado antes y después del parto.

*Fondos de Desocupación: en 1932 logró la creación de una Comisión de Fondos de Desocupación. Además, presentó un plan para establecer la adecuación de la legislación argentina sobre el trabajo a las disposiciones de las Convenciones de Washington y Génova.

Durante ese período como senador también impulsó la creación del Departamento Nacional de Maternidad e Higiene Infantil; la habilitación de una Caja de Fomento a la Natalidad; la construcción de escuelas primarias en zonas rurales del país; la creación de una Caja de Protección a la Familia Argentina; la habilitación de la Dirección Nacional de Salud Pública y Asistencia Social; la creación del Instituto Nacional de la Vivienda y el establecimiento de pensiones a la vejez.

Entre 1963 y 1965, Alfredo Palacios ocupó por última vez una banca como diputado nacional por la Capital Federal. Su último proyecto presentado fue la creación del Instituto Nacional de Investigaciones Pediátricas. Esta iniciativa parlamentaria se convirtió en ley en diciembre de 1964.

Murió el 20 de abril de 1965, sin poseer ninguna propiedad privada a su nombre y diez días antes de terminar su mandato como legislador, tarea que ejerció durante sesenta años.

Texto extractado de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación Argentina

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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