La foto que encabeza esta entrada nos trae el momento en el que prisioneros del campo de concentración de Mauthausen saludan a la 11.ª División Acorazada de los EE. UU. por su liberación, bajo una pancarta escrita en español por los prisioneros republicanos españoles sobre sábanas castrenses: “LOS ESPAÑOLES ANTIFASCISTAS SALUDAN A LAS FUERZAS LIBERADORAS”. (Esta imagen es obra de algún funcionario de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos o del Departamento de Defensa, tomada por empleados de éstas durante su servicio oficial. Por ello, es un trabajo del gobierno federal de los Estados Unidos, y ha sido liberada al dominio público.)


El campo de concentración de Mauthausen fue establecido poco después de que Alemania se anexionara Austria en marzo de 1938. Se construyó cerca de una cantera abandonada, junto al río Danubio, a unos 5 km de la ciudad de Mauthausen, en el norte de Austria. La construcción comenzó en julio de 1938 con un grupo de 300 prisioneros transferidos desde el campo de concentración de Dachau.
La carencia de mano de obra en el III Reich, junto al incremento forzado de la producción bélica, llevó a que los presos de los campos de concentración fueran empleados en número cada vez mayor para la industria de la guerra. Así se irán creando hasta 40 subcampos como Gusen, destinados principalmente a la industria de armamento.


En diciembre de 1939, este número había aumentado a 2.772, principalmente criminales, asociales, opositores políticos y objetores religiosos, incluyendo los Testigos de Jehová. Posteriormente, también comenzaron a ingresar opositores antinazis de los países ocupados, así como militares británicos y americanos. Los nazis calificaron a Mauthausen como el único campo de categoría III, la categoría reservada a los campos con el régimen más duro.
Los internos eran sometidos a condiciones inhumanas, consistiendo la más infame en forzarles a subir pesados bloques de piedra por los 186 escalones de la mina del campo. Estos escalones eran conocidos como «escalera de la muerte». Aquellos prisioneros a quienes los nazis juzgaban demasiado débiles o enfermos para trabajar eran separados de los demás y asesinados en la cámara de gas.
Hasta mediados de 1944 hubo relativamente pocos judíos en Mauthausen, pero entonces comenzaron a llegar en gran número desde Hungría y Auschwitz, así como transferidos desde otros campos.

Cuando la Guerra Civil terminó en 1939 con la victoria de Franco, aproximadamente 500,000 republicanos españoles escaparon a Francia, donde muchos fueron colocados en campos de prisioneros en el sur, como Argèles sur Mer, Gurs, St. Cyprien y Les Milles. Después de la derrota alemana de Francia en la primavera de 1940, las autoridades nazis reclutaron a los republicanos españoles para realizar trabajos forzados y deportaron a más de 30.000 a Alemania, donde aproximadamente la mitad de ellos terminó en campos de concentración. Según los números, 7.249 exiliados españoles fueron deportados a Mauthausen entre agosto de 1940 y mayo de 1945, de los cuales 4.747 murieron en el campo.


El 5 de mayo de 1945, las tropas aliadas liberaron el campo de concentración de Mauthausen. Desde entonces, este nombre ha quedado grabado en la historia de Europa. Pero no sólo Mauthausen. También Gusen, Treblinka, Auschwitz-Birkenau, Dachau, Buchenwald, Ravensbrück… Allí, miles de republicanos españoles fueron deportados después de haber perdido una guerra, cruzado una frontera y descubierto que el exilio no siempre conduce a la libertad. Muchos de ellos habían combatido primero contra el fascismo en España y después contra el nazismo en Europa. La historia les reservó una doble derrota: la del país que tuvieron que abandonar y la de una Europa que tampoco supo protegerlos.
La masacre de los deportados republicanos enviados al campo de concentración nazi de Mauthausen y a campos de trabajo y exterminio limítrofes constituye uno de los episodios más vergonzosos y trágicos en la historia contemporánea de España.El 29 de abril de 2019 el Consejo de Ministros español aprobó instaurar el 5 de mayo como Día de Homenaje a los españoles y españolas deportados y fallecidos en Mauthausen y en otros campos, y a todas las víctimas del nazismo de España. Esta fecha no sólo recuerda la liberación de un campo. Recuerda también una deuda democrática. Después de cuarenta años de franquismo y de unos cuantos más de democracia, España aún tiene una deuda con quienes fueron expulsados de su patria, encerrados en campos franceses y entregados al sistema concentracionario nazi. Todos ellos, o la gran mayoría, fueron condenados al olvido.

Este año, coincidiendo con el 81º aniversario de la liberación de Mauthausen, el ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, presidió el homenaje a las víctimas españolas del nazismo. En su intervención, el ministro recordó el «enorme sacrificio» de aquellos españoles y españolas que «iban en busca de la libertad» y encontraron, al otro lado de los Pirineos, «encierro, tortura, hambre, enfermedades, crueldad y muerte». Su apelación fue clara: debemos mirar al pasado con rigor, honrar a quienes lo dieron todo y evitar que su lucha «caiga en saco roto».
El 20 de junio de 1947, la autoridad de ocupación soviética entregó el antiguo campo de concentración de Mauthausen a la República de Austria, con la condición de erigir un Memorial.
La memoria democrática necesita actos institucionales, pero no sólo actos. No sólo con discursos y recepciones se expía el error de la desmemoria. Un homenaje anual tiene sentido si no se convierte en un gesto rutinario, en el acto que toca cada 5 de mayo. Uno más. No. Así vamos mal.
La memoria democrática no puede quedar reducida a una corona de flores, una fotografía oficial o una frase solemne. La memoria, para ser verdaderamente democrática, debe ser también conocimiento, transmisión y responsabilidad cívica. Debemos explicar bien qué recordamos, cómo lo recordamos y, sobre todo, para qué lo recordamos.

En este sentido, es especialmente valiosa una acción como la del “Amical de Mauthausen” que cada año organiza un viaje institucional y pedagógico. Como resultado de un proyecto didáctico trabajado en los institutos, un grupo de chicos y chicas, acompañados de sus maestros y familiares de algunas de las víctimas que allí murieron, participan de los actos de memoria oficiales. No se trata únicamente de llevarlos de excursión a un lugar marcado por el horror, sino de acompañarlos para que comprendan, sobre el terreno, hasta dónde puede llegar la barbarie cuando se rompe el dique de la dignidad humana. Muchos de ellos han investigado sobre los deportados de sus pueblos y culminan este proyecto pisando aquellos campos de exterminio. Esa es una de las formas más poderosas de la pedagogía democrática: convertir la historia general en una historia concreta. Poner cara, nombre y biografía a quienes el nazismo quiso reducir a un número. De la gran barbarie, al abuelo del vecino que cada día te cruzas para ir al instituto.

En esta línea, otra de las grandes iniciativas con implicación directa de las generaciones jóvenes son las “stolpersteine”, que en alemán significa «piedra que te hace tropezar». En 1996 el artista alemán Gunter Demnig las creó para recordar a los deportados del nazismo. Pequeños adoquines o «piedras de memoria» que se instalan en los domicilios de las víctimas que murieron en los campos de concentración.
Muchos chicos y chicas enlazan sus proyectos de instituto con esta iniciativa de memoria histórica y se convierten en una pieza más de esta cadena. En 2026, la Generalitat de Catalunya, de la mano del Memorial Democràtic, tiene previsto instalar 113 nuevas, hasta alcanzar las 872 stolpersteine en más de 126 municipios. Hoy existen más de 117.500 en 31 países europeos, lo que convierte este proyecto en la iniciativa de memoria descentralizada más extensa del mundo.Hay algo profundamente democrático en esas piedras. No imponen un monumento grandilocuente ni reclaman una plaza solemne. Se colocan a ras de suelo, en la calle, allí donde transcurre la vida cotidiana. Obligan a detenerse, a bajar la mirada, a leer un nombre. Y, al hacerlo, nos recuerdan que la historia no ocurrió en abstracto. Ocurrió a personas concretas, nacidas en pueblos concretos, con familias concretas, con esperanzas concretas. La memoria democrática empieza muchas veces ahí: en un nombre recuperado del silencio.

Estos días he intentado ver, aunque sin éxito, un documental que desconocía y que expresa muy bien esa dimensión íntima de la memoria: “Carretera a Gusen”. El film, de 2023, narra el viaje en bicicleta que el bombero terrassense (de Terrassa, Barcelona) Àlex Cirera Izquierdo realizó durante veinte días hasta el campo nazi de Mauthausen-Gusen para rendir homenaje a su abuelo, Félix Izquierdo, nacido en Jorcas, Teruel, y asesinado en Gusen en 1941.
El viaje reconstruye el itinerario del exilio: Argelès sur Mer en 1939, Gusen en 1941, y entre ambos, una sucesión de derrotas, desplazamientos y silencios. El documental combina la historia familiar con el horror que vivió uno de los miles de españoles que acabaron deportados allí.
Pero el valor del film es, sobre todo, el descubrimiento de una barbarie que nunca fue explicada en casa. El silencio como paradigma del olvido. El no contar nada a hijos y a nietos. Correr un tupido velo al pasado oscuro para que no sufrieran su dolor.“Carretera a Gusen” no es sólo el esfuerzo físico de atravesar Europa en bicicleta, sino la voluntad de recorrer una herida. Porque muchas familias españolas han sabido tarde, mal o fragmentariamente qué ocurrió con sus deportados. Durante décadas, la historia de los republicanos españoles en los campos nazis fue una memoria partida: demasiado incómoda para el franquismo, demasiado periférica para la Europa de posguerra y demasiado dolorosa para muchas familias que habían aprendido a sobrevivir callando.

Recordar Mauthausen no significa vivir prisioneros del pasado. Significa todo lo contrario: impedir que el pasado quede impune en nuestra conciencia colectiva. Significa educar contra la indiferencia. Significa advertir que ninguna democracia está definitivamente vacunada contra el odio, la deshumanización o el autoritarismo. Las víctimas españolas del nazismo no nos piden compasión retrospectiva. Nos exigen lucidez.
La memoria democrática debe seguir siendo una forma de rigor. No una trinchera, sino una brújula. No un ejercicio de nostalgia, sino una pedagogía de la libertad y dignidad humana. Cada estudiante que viaja a Mauthausen, cada piedra de memoria colocada en una calle, cada familia que recupera el nombre de un abuelo deportado, cada acto institucional que evita el olvido, contribuye a sostener una verdad sencilla y necesaria: la democracia también se defiende recordando. Porque el silencio fue durante demasiado tiempo una segunda condena. Y porque, como nos recuerda cada 5 de mayo la memoria de Mauthausen, olvidar no es neutral: olvidar siempre favorece a quienes quisieron borrar.
Fuentes: Público – Historiadora Mireia Capdevila Candell
Conversación sobre la historia – Lo que nos enseñan los prisioneros españoles de Mauthausen