Un país herido, pero también antifascista y revolucionario

¿Qué significa abandonar tu casa, tu ciudad, tu mundo y todas tus pertenencias con una pequeña maleta para no volver nunca más? ¿Cómo se siente alguien que cruza una frontera sin saber si algún día podrá regresar? ¿Es posible comprender una página de la historia caminando por los mismos senderos que recorrieron quienes la vivieron?

Cada verano, 40 jóvenes de distintos puntos de España intentan responder a estas preguntas participando en “Ruta al Exilio” (REX), una iniciativa educativa que transforma la memoria histórica en una experiencia viva. Durante dos semanas recorren a pie algunos de los caminos que siguieron miles de republicanos españoles cuando huyeron del franquismo atravesando Euskadi, Navarra, Catalunya y el sur de Francia.

Pero Ruta al Exilio es mucho más que una excursión o una lección de historia al aire libre. Es una invitación a mirar el pasado desde dentro, a caminar la historia, a aprender con los pies. Es lograr que el exilio deje de ser una fecha y se convierta en una experiencia, en algo que nunca escucharon contar.

En los libros de texto, el exilio suele resumirse en cifras, mapas y fechas. Sin embargo, cuando los participantes avanzan por senderos de montaña, atraviesan collados o visitan antiguos lugares de paso, la historia adquiere otra dimensión.

De pronto, las pendientes dejan de ser simples accidentes geográficos y se convierten en obstáculos reales para quienes huían con niños pequeños, personas mayores o apenas unas pocas pertenencias. El paisaje deja de ser un decorado y se transforma en un testigo silencioso de miles de historias de miedo, pérdida y esperanza.

Los jóvenes descubren que la memoria no se encuentra únicamente en los archivos. También vive en los caminos, en los pueblos, en las canciones, en las recetas familiares y en los recuerdos transmitidos de generación en generación.

Permitirme que os cuente una anécdota que habla de muchas vidas. Entre las historias recogidas por Ruta al Exilio destaca la de la familia Garófalo, emigrada a Argentina en 1940. La abuela de la familia había vivido la Guerra Civil y el exilio. Aunque apenas hablaba de lo sucedido, conservó durante toda su vida una costumbre reveladora: almacenaba comida de forma compulsiva en un pequeño refugio construido junto a su casa.

Aquella necesidad de guardar latas, azúcar o fideos no era una simple manía. Era la huella invisible del hambre, del miedo y de la incertidumbre que había sufrido décadas atrás.

Historias como esta ayudan a comprender que las guerras no terminan cuando callan las armas. Sus consecuencias pueden permanecer durante generaciones, escondidas en gestos cotidianos que parecen insignificantes pero que hablan de heridas profundas.

Cada jornada de la ruta combina caminatas con actividades educativas y creativas. Talleres, arte y memoria. Los participantes realizan talleres de fotografía, arqueología, teatro, medio ambiente o investigación histórica. También desarrollan proyectos artísticos propios que les permiten expresar lo aprendido desde una perspectiva personal.

A lo largo de los años han surgido poemarios, documentales, podcasts, composiciones musicales, bordados sobre fotografías históricas e investigaciones familiares.

Una joven navarra reconstruyó la historia lingüística de las mujeres de su familia para reflexionar sobre la pérdida y recuperación del euskera. Otra participante creó una antología poética dedicada a escritores que vivieron la Guerra Civil. Cada proyecto demuestra que la memoria no consiste únicamente en recordar, sino también en crear.

Este es un viaje que transforma, porque quienes han participado suelen coincidir en algo: vuelven a casa siendo personas distintas.

No porque hayan memorizado más datos históricos, sino porque han aprendido a escuchar. Escuchar a sus compañeros, a los mayores, a las comunidades locales y a quienes ya no pueden contar su propia historia.

Los organizadores explican que muchos jóvenes comienzan a interesarse por la memoria de sus propias familias. Algunos entrevistan a sus abuelos, otros investigan la historia de sus pueblos y otros descubren episodios que nunca se habían contado en casa. La memoria deja entonces de ser un asunto lejano para convertirse en algo personal.

Uno de los jóvenes que participó en una etapa anterior, vecino de San Lorenzo del Escorial, realizó un ensayo sobre lo que supone crecer cerca de un patrimonio memorial incómodo.

¿Por qué son importantes iniciativas como esta?

Vivimos en una época de información instantánea, donde miles de contenidos compiten cada día por nuestra atención. En ese contexto, comprender procesos históricos complejos requiere algo más que leer un titular.

Ruta al Exilio propone precisamente lo contrario de la prisa: caminar, observar, preguntar y reflexionar.

Además, fomenta valores especialmente necesarios entre la juventud actual: la convivencia, el respeto, el pensamiento crítico, la empatía y la capacidad de dialogar con personas de orígenes muy distintos.

La historia deja de ser un relato cerrado para convertirse en una conversación abierta entre pasado y presente.

Una invitación a participar, a buscar en la memoria de su propia familia y personas cercanas, a investigar, a sacar a la luz recuerdos no contados.Ruta al Exilio demuestra que la memoria histórica no tiene por qué estudiarse únicamente entre las paredes de un aula. También puede recorrerse a pie, compartirse alrededor de una mesa o descubrirse en una conversación al final de una jornada de marcha.

Para quienes participan, el viaje comienza siguiendo las huellas de quienes se vieron obligados a marcharse. Sin embargo, termina convirtiéndose en una exploración de preguntas muy actuales: quiénes somos, de dónde venimos y qué responsabilidad tenemos hacia las generaciones futuras.

Quizás por eso tantos jóvenes regresan con la sensación de haber encontrado algo más que una experiencia educativa.

Regresan con una historia que ya sienten también como propia.

Este año de 2026 el viaje se inició en abril. Bajo el lema «Besar el pan», los jóvenes rescataron historias y tradiciones que giran alrededor de la mesa y dialogan con la trinchera, la revolución y la posguerra.

Mi abuela Meme me enseñó que cuando un trozo de pan se te caía al suelo, lo recogías, lo besabas y lo comías sin desperdiciar nada. Ella también tuvo que escapar de su amada ciudad de San Sebastián. Pasó hambre, miedo y el trauma de haber perdido todo y tener un miedo horrible porque buscaban a la familia, a ella, su marido y sus hijos y el terror de que los encontraran era paralizante. 

En torno a esa hambre y a la herida que se hereda, transcurrió la séptima edición de Ruta al Exilio (REX). Durante 15 días, estos chicos de 16 y 17 años recorrieron las principales sendas del exilio republicano.

Anna Pastor, la coordinadora pedagógica, presume de que, en estos más de cinco años de recorrido, ya han podido disfrutar de la iniciativa más de 200 chavales. «La juventud merece conocer genealogías de lucha. En España hemos heredado un país herido, pero también un país que fue pionero, antifascista y revolucionario. Un país que mataron antes de tiempo pero que está vivo en nosotros. Merecemos conocer este legado para actuar desde el presente en consecuencia», reivindica.

Esta actividad formativa fue impulsada en 2021 por el Instituto de la Juventud, el Observatorio Europeo de Memorias y “Be Wild Be Proud”. Su objetivo es hacer frente al desconocimiento y la banalización del franquismo y la Guerra Civil. «Es un desafío permanente, que abordamos con humildad, pasión y desde la pedagogía crítica», asegura Pastor.

Para ellos es tan importante transmitir los conocimientos, como trabajar el respeto y el compañerismo entre chavales de todo tipo de familias y territorios de España.

Cada jornada visitan un espacio de memoria diferente o realizan alguna actividad relacionada. Una de las expediciones recorre la cuarta etapa de la GR-225 sobre la fuga de los presos de Ezkaba, que va desde Gaztelu-Donamaria hasta la fosa exhumada de la Sima Legarrea.

Otro de los días ascienden desde el pintoresco pueblo medieval de Beget hasta el Collado de Malrem (en la frontera entre España y Francia, uniendo la comarca catalana del Ripollès en la provincia de Girona, con la región histórica del Vallespir en el lado francés), por donde pasaron exiliados en 1939 y entró el maquis en 1944.

Cada edición cuenta con una temática algo diferente. Este año se han propuesto «entrar en las cocinas» para debatir sobre la resistencia cotidiana al hambre y abrir la puerta a reflexionar sobre la forma de producción de alimentos que se dio durante la Guerra Civil.

«La gestión de alimentos deviene algo profundamente comunitario y político. Nos habla de un país que no dejó de resistir», insiste Anna Pastor, que cree que es una oportunidad para conectar con el presente.

«Besar el pan también busca que nos preguntemos qué ha cambiado en nuestra hambre y cómo el pan es un arma de guerra en otros territorios devastados por un conflicto armado».

Para la pedagoga, que acompaña al grupo en este proceso, una de las cosas más gratificantes es poder mantener el contacto con el paso de los años. «Nosotros como equipo regamos una semilla que en realidad ya estaba ahí, les damos lo mejor de nosotros mismos y ellos nos lo devuelven multiplicado», asegura.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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