Villa Belza, tarjeta postal de Biarritz

Biarritz, un pequeño pueblo en la costa vasca de la provincia de Lapurdi (Francia), uno de los lugares desde donde se avistaban las ballenas, donde la pesca fue durante siglos la actividad del Petit Port y el lugar ideal para ir a hacerse ver. Todo eso es Biarritz. Y además un pueblo idílico donde en 1939 se pensó en desarrollar el Festival Mundial de Cine. El Festival fue suspendido a causa de la 2ª Guerra Mundial y cuando, en 1946 finalmente se realizó la primera edición, se hizo en Cannes.

La acogedora ciudad está dotada de muchas atracciones turísticas: el faro de 73 metros, desde el cual se tiene una vista panorámica maravillosa,  la iglesia ortodoxa con su capilla bizantina y su conocida cúpula de color azul, el Casino municipal un edificio de estilo Art Déco catalogado como Monumento Histórico, los museos, el mercado Les Halles donde comprar es una delicia. Y también se puede pasear por sus callecitas, ir a la playa, practicar surf o simplemente, pasear hacia el norte, hasta la Grande Plage y sentarse en uno de los comedores o en el bar del Hôtel du Palais, construido por la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III como residencia veraniega y actualmente hotel de lujo.

En la zona del Port Vieux está el Port des Pêcheurs, un pequeño puerto que nos recuerda el pasado ballenero de la villa. Las pequeñas casitas del puerto, muy típicas, se llaman “crampottes” y fueron originalmente construidas por los pescadores de ballenas. Actualmente pertenecen al Ayuntamiento, que las alquila. Las numerosas anclas de barcos atestiguan la dificultad de acercarse a la costa con tiempo tormentoso. Y considerando el tamaño de algunas, los barcos más grandes tampoco se salvaban de los naufragios.

Junto al Port Vieux, está el Rocher de la Vierge. Una formación rocosa sobre el mar, con una figura de la Virgen en la punta, a la que se llega tras un paseo por una pasarela sobre las aguas, que te dejará el alma llena de azul. La punta ofrece una vista magnífica tanto hacia el lado del faro y la Grande Plage, como hacia la Villa Belza.

La Villa Belza, verdadera tarjeta postal de Biarritz, marca hacia el sur el comienzo de la playa de la Côte des Basques. Situada en un lugar increíble, la villa es el referente por excelencia de los surfistas. La Côte des Basques, una playa rodeada de acantilados, desde la que se ven las montañas del otro lado de la frontera y que es muy reputada entre los amantes del surf.

Hablemos un poco de la historia de Villa Belza, que comenzó en 1825, cuando un agricultor llamado Dominique Daguerre, y a través de un intercambio con el municipio, se hizo con la propiedad de un campo que se encontraba sobre una rocas en las faldas de la Atalaya. Aquel era un terreno sin valor, salvo por el uso que le daban los habitantes de Biarritz, que acudían a él a pescar desde sus rocas o a pasear. El terreno, conocido como el “campo de los ruiseñores”, fue pasando de propietarios hasta que en 1882 lo adquirió Ange du Fresnay, gerente de la compañía de seguros Phoenix en París.

Villa Belza – Tarjeta postal

Las obras de construcción de la villa se iniciaron en 1889, dirigidas por el arquitecto Alphonse Bertrand, y terminaron en 1895. La casa era un regalo de du Fresnay a su mujer, Belza.

El edificio en sí, si no fuese por su torre, es bastante normal. Lo que lo hace realmente especial es su ubicación sobre las rocas. No sé si este emplazamiento, en su día un tanto alejado del núcleo de la ciudad y que parece adentrarse en el mar, unido con sus miradores de aspecto transilvano y los tejados de pizarra que recuerdan a la mazmorra de un castillo medieval, le dieron a la villa un cierto misterio, lo que unido a su nombre Belza, (en euskera “beltza” significa “negro”), ayudó a crear en torno a ella numerosas leyendas protagonizadas por el misterio que la vinculaban con la brujería e historias de  fantasmas.

Todas estas leyendas se alimentaron posiblemente por los diferentes usos y ocupantes que tuvo la casa a lo largo de su historia, sobre todo a partir del año 1923. En ese año, du Fresnay alquiló la casa a Gregory Beliankine, cuñado de Igor Stravinsky, quién abre en la villa un restaurante ruso, aunque el nombre que le puso no lo pareciese: “el Castillo Vasco”.

El restaurante tenía como principales clientes a los miembros de la realeza y burguesía rusa que veraneaban en Biarritz, pero también a otros miembros de la realeza europea. El lugar pronto se cobró la fama de ser “el último refugio de los juerguistas impenitentes”.

Durante las noches de verano, se celebran lujosas cenas, siempre organizadas en torno a una temática particular: hubo fiestas japonesas, fiestas dedicadas a los dioses Neptuno y Baco; en las llamadas noches africanas, el jardín de la casa se convertía en una selva, en la que no faltaban ni los gorilas.

En 1927 se emprendió una renovación total del edificio que lo transformó en un cabaret ambientado en el siglo XVII, con paredes cubiertas de cortinas rojas, muebles Luis XIII y temática dedicada a los mosqueteros. A pesar del cambio de nombre introducido por Beliankine, que buscaba alejarlo del misterio que acompañaba a la casa, en el pueblo tuvieron más fuerza las leyendas, por lo que el lugar continuó conociéndose como Villa Belza.

Toda esa intensa vida social en la casa se mantuvo hasta 1940, en el que el edificio fue requisado. Pasada la guerra, un nuevo cambio de propietarios llevó a su restauración interior y a la división de la villa en 7 apartamentos. La relación entre los nuevos propietarios estuvo siempre protagonizada por las peleas, las denuncias y los pleitos, lo que llevó a una continua degradación de la casa, que entre 1950 y 1974 sufrió dos incendios. Afortunadamente un nuevo propietario evitó que sufriera un deterioro definitivo. Desde 1997 la villa es propiedad de la ciudad.

Gracias a su fuerza visual, el edificio ha servido de decorado en numerosas películas, catálogos de moda, anuncios…, y hoy en día sigue siendo uno de los mejores fondos posibles en cuanto a lo que a fotografía de surf se refiere.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Villa Belza, tarjeta postal de Biarritz

  1. Muchas veces he estado en Biarritz pero no conoczco ni la villa Belza ni tampoco conocía su curiosa historia. Biarritz era un centro turístico internacional y de aquellos tiempos dorados quizás sólo le queda el lujo del Hotel du Palais. Aunque sigue siendo una pequeña ciudad muy bonita y agradable.

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  2. Si, a mí me encanta recorrer esos pueblos vascos tan coloridos, con un encanto especial y un buen gusto para decorar hasta los rincones. Y los tengo cerca, porque vivo en Zarautz. Siempre me había llamado la atención esta villa tan curiosa, hasta que buscando, encontré datos sobre ella. Me pareció interesante porque creo que no se conoce mucho. ¿Te imaginas esas cenas con temática? ¿Un jardín convertido en selva, con animales y todo? ¡Qué locura!

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