Todos los viajes comienzan con una interrogación. La respuesta puede estar en el camino o en un libro

“Leer es un viaje” Lo sé, es una expresión popular que habréis escuchado mas de una vez, pero que, no por ser común, deja de ser verdadera. Lo aprendí desde bien pequeña, cuando me pasaba horas leyendo y cerrando los ojos para recorrer los lugares que mi imaginación creaba siguiendo las descripciones de mis aventuras favoritas.

En “Las ciudades invisibles” Ítalo Calvino reúne las supuestas ciudades que Marco Polo le va describiendo día tras día al rey de los tártaros, Kublai Kan, quien parece hechizado por sus cuentos. “No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores”, escribió Calvino, dando a entender que la fuerza de un buen narrador puede incluso doblegar la voluntad del hombre más poderoso del planeta.

En ocasiones, el vínculo entre un escritor y ciertas ciudades se vuelve permanente. Así, es imposible estar en Praga sin pensar en Franz Kafka y su universo o pisar Dublín sin evocar a James Joyce. Este sutil pero férreo enlace también funciona al revés: uno puede sentir que conoce Lisboa luego de leer a Fernando Pessoa o que sabe cosas sobre París por las palabras de Julio Cortázar.

Es un hechizo doble, que nos hace viajar con los libros, pero también viajar a causa de los libros. Son muchos quienes organizan un viaje de descubrimiento de una ciudad o una región, a raíz del interés despertado por una buena lectura. E intentan vivir en carne propia lo que ya vivieron en su mente: el ritmo de la calle, el carisma de la gente y los secretos de los rincones escondidos de las ciudades.

Si hablamos de Buenos Aires, muchos turistas de todo el mundo llegan a la capital porteña pensando en Jorge Luis Borges y su obra, pero muchos estudiosos se opondrían a afirmar que se trata de un vínculo necesariamente positivo. El escritor amaba y odiaba su tierra casi de la misma manera.

Yo, sin embargo, cuando pienso en una obra que me transporta a Buenos Aires, pienso en “Aguafuertes porteñas ” publicada por Roberto Arlt en el periódico El Mundo desde 1928 hasta su muerte, en 1942. Es imposible no recordarlo al pensar en una Buenos Aires tumultuosa, sucia y, sobre todo, muy viva. El cruce de esta marginalidad con una modernidad galopante pero que termina siendo igual de cruel, está en la base de “Los siete locos”, la obra que tiene mucho de la propia experiencia del autor. Y una de sus obras más perfectas, “El fascineroso”, tuvo un inicio real. El mismo Arlt, que trabajaba en el diario Crítica, atendió un llamado telefónico en el que una mujer avisaba que pensaba matarse y que quería que un fotógrafo la retratara muerta, así que daba detalles de su inminente suicidio para que se pudiera cumplir su última voluntad.

Pero no todos los vínculos entre escritores y ciudades necesariamente son con grandes capitales. El argentino Manuel Puig puso a su ciudad natal, General Villegas, una ciudad de la provincia de Buenos Aires de sólo 20 mil habitantes, en el mapa latinoamericano, aunque en sus obras, quizás por pudor, la rebautizó como Coronel Vallejos.

El autor de “El beso de la mujer araña” fue quien mejor nos contó aquello del “pueblo chico, infierno grande”. “La traición de Rita Hayworth” y “Boquitas pintadas” muestran todas las miserias humanas, desde el machismo a los chismes, de la vida secreta de las personas hasta las debilidades de las instituciones, con un ojo compasivo que no impidió que se granjeara el enojo de sus coterráneos. Sin embargo, hoy la ciudad está ligada para siempre a Puig.

El recorrido por los lugares de la novela “La Catedral del mar” de Ildefonso Falcones, permite revivir la historia de la bellísima basílica gótica de Santa María del Mar, ubicada en el barrio del Borney de Barcelona. A través de sus calles se descubren los escenarios que Arnau recorre en la Barcelona del siglo XIV y que 700 años después siguen conservando su esencia, como la Plaza de Santa María del Mar, la Plaça Nova, la plaza Sant Jaume o la calle Argentería.

Y ya que estamos en España, Madrid también tiene sus escritores. Entre todos ellos, Benjamín Prado es el más versátil e inquieto de sus vecinos y el que más inspira a cualquiera a caminar sin rumbo y perderse por Lavapiés, Malasaña o La Latina, los barrios en donde viven y respiran sus personajes. Sus novelas y poemas tienen tapas, cañas y aperitivos en terrazas y azoteas al sol, además de platos de callos a la madrileña o bacalao rebozado. “Las ciudades son el lugar donde uno pone los pies en el suelo. Y en mi caso, Madrid me ha dado sobre todo su luz y su otoño”, aseguró Prado en una entrevista.

Si pensamos en New York, las novelas de Paul Auster son a la literatura lo que las películas de Woody Allen al cine. La ciudad de los rascacielos se magnifica con las palabras y los planos de estos autores. Manhattan, que es un escenario en sí misma, atesora también la New York Public Library, la magnífica librería Book Court y el literario Central Park, escenario de tantas y tantas novelas.

Otra gran capital que tiene un enlace perpetuo con un gran escritor es Tokio. Sus calles, sus recovecos y sus secretos son revelados con maestría por Haruki Murakami. El japonés sorprendió con “Tokio Blues”, contando una historia nostálgica sobre el crecimiento, la rebeldía y la adultez, que tenía a la canción “Norwegian Wood” de Los Beatles como banda sonora. El suceso de la novela fue tal que el escritor recorrió el mundo y abandonó Japón para vivir en Europa y Estados Unidos. Pero en 1995, luego del terremoto de Kobe y del ataque terrorista en el metro de Tokio, decidió volver a instalarse en su tierra para reconectar con el país y su ciudad. A partir de allí, se acrecentó su romance con Tokio, que se volvió protagonista. “After dark” muestra esquinas, habitaciones de hotel y bancos de la metrópolis nipona como una fotografía melancólica de la vida posmoderna.

Y volviendo a Italo Calvino y sus ciudades invisibles, Venecia la ciudad de la que Marco Polo no le habla nunca al sultán, tiene una belleza incomparable. Y de eso deja constancia el agudo, ameno y documentado libro de Jan Morris. A través de las páginas de “Venecia” iniciamos un viaje por una de las ciudades más fascinantes del mundo y por su laguna. Se trata de una obra imprescindible tanto para los admiradores de la ciudad como para los amantes de la buena literatura, que nos permite conocer a los venecianos, los espacios en que viven y se mueven, el glorioso pasado de la capital del Véneto e innumerables anécdotas relacionadas con la localidad.

Pero si hablamos de la “ciudad de los canales”, no puedo dejar de hablar de la escritora de novela policíaca Donna León, que vive en ella y en ella ubica las aventuras de su personaje más popular, el comisario Brunetti, actor principal de la saga que ya lleva más de 30 títulos. Los canales de Venecia, sus calles estrechas, el puente de Rialto y los mercados de alrededor dan color y esencia a sus novelas.

Habría que preguntarse si es el escritor quien elige la ciudad que quiere retratar, o si es la ciudad la que encuentra en el autor su propia voz. Sea como sea, ¿qué mejor que llevar una entretenida novela como acompañante de viaje? Dejarnos guiar por su trama a través de calles, plazas y ferias, escuchar en ella las voces de sus habitantes, aprender curiosidades y desvelar secretos y tradiciones, se convierte en la forma más amena de descubrir los entresijos de su historia.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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