Hace muchos años, un pintor orillero del Riachuelo porteño, movido por su fanatismo cromático, nos regaló un mundo de colores puros, muy saturados, que él aprendió a usar y a amar, guiado por el ejemplo del instinto certero de los inmigrantes “xeneises”, cuyas casas de chapas onduladas lucían mil y un colores.
Quinquela Martín hizo algo más: envió un mensaje de alegría al resto de la ciudad, alarmando cromáticamente a los tranquilos y tristes barrios del Norte, cuyas fachadas presentan unos grises que van desde el gris piedra hasta el gris pizarra de las mansardas.
En aquel tiempo, los puristas del buen diseño prefirieron el plateado uniforme de la “Corporación de Transporte” a los estridentes anaranjados, rojos, amarillos y verdes de Quinquela.
Él también transformó (pincel mediante) las viejas grúas de la «Vuelta de Rocha» en esculturas urbanas que voceaban colores vivos en cada engranaje, en cada tornillo, en cada manija. No hubo ningún crítico de arte que alabara esta obra (que fue a la pintura lo que los Beatles a la música), pero hubo miles de paseantes que gozaron con este gesto vanguardista, sin sospechar su audacia. Muy cerca de las grúas, la calle “Caminito” sigue dándonos una lección con sus colores desprejuiciados, apostando a la vida, contra la seriedad adusta y empacada.
Buenos Aires no se caracteriza por un color definido, como París por su dorado, Roma por el rojo sanguina, Lisboa por los rosados y celestes de sus azulejos. En todo caso, podríamos hablar de una ciudad abigarrada. La arquitectura porteña no desdeña el color, aunque no lo usa mucho que digamos. Buenos Aires no está acostumbrada a estos estruendos visuales. Su tradición fue, primero, ocre (cuando lo colonial era de adobe); más tarde, blanca (cuando lo colonial, en su apogeo, resplandecía en las paredes enjalbegadas); y finalmente gris (cuando el progreso, la generación del ochenta y los inmigrantes prefirieron el revoque símil piedra).
O, tal vez debamos decir que no «usaba» el color. Porque, desde hace unos años, y siguiendo la corriente arquitectónica de revivir las ciudades con fachadas coloridas, algunos edificios (públicos y privados) de la ciudad se han vestido de colores.
El “Centro Cultural de la Ciudad de Buenos Aires” lucía, junto al blanco ribeteado de amarillo de El Pilar, su gris acerado y su rojo-sangre calabrés. Pero desde 2019 los colores y las grandes figuras han asaltado su fachada.


Hay ejemplos en todos los barrios de la ciudad. Pero, aparte del barrio de La Boca, donde los colores quedan restringidos a la calle Caminito y algunas adyacentes, es el viejo barrio de San Telmo el que ha sufrido la invasión multicolor.

Gestos alegres, irreverentes y pintorescos, que apelan a la sensibilidad pictórica, donde las paredes se cubren con imágenes inspiradas en motivos distantes entre sí, desde ángeles, figuras prerrafaelistas, personajes de cómics, hasta elefantes de un hipotético friso hindú.
La calle se alegra. De golpe nos encontramos con una sonrisa en la boca, regalo de tan inusitada cosmética. Y se demuestra cuánto valor pueden tener los colores en la mejora de nuestro paisaje urbano.
Aprendido o espontáneo, el manejo del color requiere maestría, vale la pena (por la alegría que el color implica) tratar de conseguirla.
Buenos Aires espera de sus arquitectos el encuentro con el color perdido.
Setenta veces siete fachadas hay en la ciudad. A sus habitantes, Señor, ¿qué les pasa?…
















Buenos días, Marlen.
Aunque me encantan las fotografías, los dibujos, los comics, las imágenes en blanco y negro, el color le da otro sentido y significado a las cosas.
Cádiz y su provincia, se caracteriza por el blanco solemne de la cal que pinta todas sus casas, sobre todo las de la Sierra. Sin embargo, esto refiere a épocas pasadas, en donde se aprovechaba ese color para reflejar la luz del sol e iluminar bien los pueblos hasta el anochecer.
Recuerdo un alcalde nuestro, hace ya bastantes añitos, que decidió pintar nuestras casas del Campo del Sur con colores, justo las que se podrían ver desde la bahía. Imaginarás las duras críticas que recibió por tamaña osadía. Con el tiempo, todas las casas visten colores, le dan vida a la ciudad y de alguna forma, las hacen lucir sus propias galas. Romper con lo «tradicional» siempre es complicado.
Me encantaron las fotos. Si además de darles color, las ilustran con bellas imágenes, gracias a talentosos pintores, ¿dónde está el problema? Una pared puede decir muchas cosas y es un lienzo perfecto para expresar sentimientos. A veces, somos demasiado cortitos.
¡Gritémosles a las paredes para sacarles los colores! 😅😜
Un abrazo, amiga.
Buenos días, Jose.
Pues si, a mí también me encantan las imágenes en blanco y negro. Cuando empecé con la fotografía e hice el curso de revelado, me entusiasmaban los claroscuros, las sombras, los tonos brillantes y contrastados. Esperaba ansiosa que apareciera la imagen. Luego fui descubriendo el poder del color y ya no pude parar. Me encanta salir a cazar colores.
Me imagino las críticas al pobre alcalde. Una vez más, volvemos a los tabúes. Podría ser un bonito cuento: El alcalde que amaba el color.
Una sugerencia: en lugar de gritarles a las paredes para sacarles los colores, digámosles piropos para que se ruboricen y surjan colores empastelados.
Un abrazo para ti también, amigo.
Me refería a ese tipo de gritos. 😉❤️
Las de mis pasillos sí están acostumbradas a otros, sobre todo, cuando se mueven y me endiñan en los codos. 🤣🤣🤣
¡¡¡Pobrecitas!!!