Circula por internet y por mail una brillante reflexión sobre los productos desechables y la comparación entre el pasado y el presente respecto a este tema, que se le adjudica al escritor y humanista uruguayo Eduardo Galeano, pero que él ha desmentido en su web desvinculándose del texto.
El autor verdadero es el también escritor uruguayo Marciano Durán. Es un texto incluido en su libro “La cuestión es darse maña y otras incoherencias” de mayo del 2006. “Desechando lo desechable” refleja fielmente la actitud de las últimas décadas de infravaloración de las cosas y del esfuerzo en conseguirlas. Explica con ironía nuestra obsesión por el último modelo de todos los gadgets tecnológicos y cómo vivimos en una cultura hiperactiva e hiper-estimulada en la que todo pasa fugazmente por nuestras vidas sin permitirnos tiempo para la reflexión o el disfrute.
Antes guardábamos todo, si se estropeaba lo arreglábamos y siempre se reutilizaban los objetos. El sistema nos convenció de las maravillas del consumismo excesivo y del usar y tirar sin miramientos, pero ambos son insostenibles en un mundo finito y absolutamente injustos en la economía global.
La crisis está poniendo otra vez el péndulo en su lugar y el decrecimiento, consumir menos y mejor, reutilizar y apreciar lo que tenemos y el tiempo que nos cuesta conseguirlo, son los valores que pueden salvar al planeta.
Estas son las reflexiones de un hombre, Marciano Durán, que ha vivido gran parte del siglo XX. Me identifico totalmente con el texto y, aunque me tilden de vejestorio, sigo arreglando muchas de las cosas que se me rompen, aunque se empeñen en que debo pagar más por el pecado de intentar salvar el planeta de la locura colectiva.
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco. No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. ¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades. ¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos! ¡Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida! ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas de loza. Y resulta que, en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y cambiado de heladera tres veces. ¡Nos están fastidiando! ¡Yo los descubrí! ¡Lo hacen adrede! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica. ¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de las Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros? Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más basura. El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero! ¡Lo juro! ¡Y tengo menos de… años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De “por ahí” vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo”, pasarse al “compre y tire que ya se viene el modelo nuevo”. Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo). Me educaron para guardar todo. ¡Toooodo! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron? En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos… ¡Cómo guardábamos! ¡Tooooodo lo guardaba¡ ¡Guardábamos las chapitas de los refrescos! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares… Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos! ¡Las cosas que usábamos!: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del Corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín. Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡Los diarios! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas, para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de Navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla del Volcán desde la otra que está prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban, aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”. Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo. Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡ni a Walt Disney! Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: “Cómase el helado y después tire la copita”, nosotros dijimos que sí, pero, ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella. Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour. Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la “bruja” como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la “bruja” me gane de mano y sea yo el entregado.

Reciclar productos electrónicos 
Reciclar muebles viejos 
Arreglos de ropa en Donostia 
Reciclar ropa y textiles 
Reciclar muebles de la basura
Creo que también tengo almacenadas algunas toneladas para reutilizar porque vine el mundo en un universo muy, pero que muy lejano. La disculpa quizás sea que, en las grandes ciudades, apenas disponen de espacio. Un abrazo.
Hola Carlos.
Sí, el mundo ha cambiado mucho. De intentar reutilizar todo TODO, a que nada sirve porque ya es viejo o está estropeado. No hay disculpa para eso. Las grandes ciudades no tienen espacio suficiente ¿Y el planeta? ¿Tiene espacio para almacenar todo lo que desechamos? ¿O eso no importa?
Gracias por tu comentario. Un abrazo.
Otra grandísima entrada, Marlen.
Además, nos hermana en nuestros pensamientos, nuestra forma de ver la vida y la manera en que entendemos el consumismo y el respeto por el planeta.
Me he jartao de reír con el texto de este hombre.
Sí, yo también me identifico totalmente con Marciano Durán. No creo que fuéramos súbditos del síndrome de Diógenes, simplemente, apreciábamos lo que costaba conseguir las cosas y las cuidábamos más allá de los primeros días. Eso no pasa desde hace ya algún tiempo.
Lo de reutilizar los vasos desechables o lavar los guantes de látex es muy mío; con el consiguiente mosqueo de mi mujé, no digo ya de mi hijo, que dicen que estoy loco.
Evidentemente, los «arregla-trastos» hace tiempo que pasaron al paro y al mismo desecho que los aparatos. Date cuenta de que yo estudié electrónica porque me encantaba desmontar e intentar volver a montar aparatos y quería aprender a arreglarlos; no me dio tiempo. El avance de la tecnología y la obsolescencia programada hizo que tuviera que tirarme de cabeza a otra profesión, la docencia; que me trajo muchísimas satisfacciones, todo hay que decirlo.
Todo esto me ha recordado también la comida, como siempre, yo soy del que rebaña el plato hasta que se ven los muñequitos del fondo, porque me educaron en el: «niño, cómetelo todo hoy, que mañana no sabremos si habrá para llenar el plato de nuevo».
Soy de pensar que esta sociedad ha implantado el mismo modelo de uso con las personas que con las cosas; los que pasamos de cierta edad somos tan desechables como los electrodomésticos, los platos y vasos de plástico o cualquier otro utensilio que se empeñen en darle actualización temporal (nosotros no la tenemos, por mucho que intentemos reciclarnos profesional o intelectualmente).
Y con lo de guardar, de vez en cuanto, destapo alguna caja que lleva tiempo cogiendo polvo y dentro me encuentro auténticas reliquias (para mí, claro, para cualquiera podrá significar simplemente basura). Por desgracia, después del tiempo, lo más preciado es el espacio, y nuestras casas (al menos la mía) carece bastante de él. Así que, toca hacer limpieza de cosas «absurdas», inútiles, nostálgicas o simplemente desechos de una vida que se va haciendo demasiado vieja.
Esta entrada y el texto de Marciano Durán debería leerse en todos los colegios y centros de educación, aunque, me temo, que se tomaría como un relato de Ciencia Ficción o Fantasía. Hoy en día nadie se cree las cosas que nosotros, los considerados viejos, más por nuestra forma de pensar que por nuestras canas, éramos capaces de hacer en nuestra vida cotidiana.
Yo me deslomo tres veces por semana para llevar kilos de plástico, algo menos de papel, hasta los contenedores de reciclaje, que me queda bastante lejos. Me rio, por no llorar, cuando me miran por la calle, al verme pasar, con cara de sorpresa, como si contemplaran a un extraterrestre. Somos pocos los que reciclamos, pero cuando nos vemos junto a los contenedores, una sonrisa cómplice y de satisfacción resume nuestros pensamientos y nos hace seguir creyendo en lo que hacemos.
Muchas gracias por esta entrada que pienso compartir entre todos los de mi entorno, que somos así de extraterrestres.
Un abrazo reciclado y carente de plásticos y materiales no biodegradables (se dice así, ¿no? XD).
Hola Jose.
Creo que con humor, Marciano Durán nos va desgranando lo absurdo del consumismo masivo y de la falta de aprovechamiento de todo lo que con alegría vamos comprando. Sí, nuestros pensamientos nos hermanan, porque nos criamos en familias donde costaba mucho lo que se conseguía y, por lo tanto, se valoraba. ¿Qué valor le das a algo que no te ha costado esfuerzo y sabes que, en cualquier momento, lo vas a cambiar o tirar a la basura?
En mi móvil tengo una funda de esas que protegen el aparato de las caídas. El otro día, en la plaza, un niño discutía con una mujer mayor (su abuela o tía). Esta le regañaba porque al crío se le había caído el móvil al suelo y se le había rajado la pantalla. ¿Por qué le quitaste el protector que te regalé? ¡Bah, es lo mismo! Claro, es lo mismo, porque mañana tendrás uno nuevo. (Esto no lo dijo ella, esto lo pensé yo).
Y eso se mama desde pequeño. Tú dices que reutilizas los vasos desechables. Ayer me sorprendió mi sobrina porque estaba lavando una lata de Coca Cola que yo había tomado. Y al preguntarle qué hacía, me dijo que la llenaba de agua del grifo y la ponía en el frigorífico para que estuviera fresquita. Que era mucho mejor porque no se rompía como los vasos de vidrio. ¡Tendrías que haber visto mis lágrimas! ¡Ja 😂 Ja😂 Ja😂!
Cuando compro algo, me tomo mi tiempo y suelo comprar la mejor calidad que me permita mi presupuesto. Porque compro para que dure. Y me esfuerzo en que dure. Y termino con tecnología archivieja, que ya no tiene repuestos, pero sigue funcionando. Pero, desde luego, somos lamentablemente unos incomprendidos. El mayor problema, para mí también, es el espacio. El día que me decida a hacer limpieza en el trastero, creo que contrato a una persona y me mudo por unos días a la Cochinchina.
En cuanto al reciclaje, tengo mi propio dilema moral. Hace muchos años, cuando se implantaron los contenedores diferenciados en las calles, me compré para mi cocina, un mueble muy práctico con 4 compartimentos en los que uso las bolsas de plástico (que siguen repartiendo en supermercados y tiendas), para separar plástico, vidrio, papel y orgánico. Saco las bolsas, las vacío en los contenedores respectivos y dejo las bolsas en el de plásticos. Hasta ahí, todo bien. Mi dilema empieza en ese momento ¿Estoy segura de que lo reciclado realmente se recicla? Si fuera así ¿no vería muchas más botellas de vidrio reciclado y objetos de plástico reciclado? Te juro que intento convencerme de que es así como se hace, que todo ese material va a ser reciclado, pero no sé yo… En este caso, prefiero ser creyente. Tal vez, si se gastara algo del dinero público en mostrarnos la realidad, habría más reciclaje… Tal vez no conviene mostrar la realidad. ¡Por Dios, no me hagas pensar!
Un abrazo esperanzado de extraterrestre a extraterrestre.