El misterio de Cogsworthy

En la brumosa ciudad de Cogsworthy, donde el vapor y la maquinaria se entrelazaban en una danza perpetua, eran bienvenidos los inventores y la gente de gran imaginación. Al estar en un poco accesible lugar de altas montañas y dificultoso acceso, no era mucha la gente que quería ir a perderse de la civilización durante mucho, muchísimo tiempo.

En una ambientación retrofuturista, donde la tecnología con vapor seguía siendo la predominante, las casas y los medios de comunicación eran inspirados por la era victoriana del siglo XIX y por la imaginación más desbordante. Vehículos autopropulsados recorrían las calles de Cogsworthy.

Invenciones futuristas como serían imaginadas por los visionarios del siglo XIX, invadían las calles de la ciudad. Objetos modernos que llegaban, de vez en cuando, eran modificados por artesanos para conferirles un aspecto antiguo y servir de decoración de las originales residencias.

Y en el puente, por donde pasaba todo el mundo para ir de un lado a otro de la ciudad, una edificación singular, una obra de arte de acero y bronce, con engranajes móviles que contenía un reloj en funcionamiento, un reloj que todos consideraban maldito. Dicho reloj, un ingenio de acero, bronce y engranajes complejos, se elevaba en ese punto inicial de la curiosa ciudad, marcando el tiempo de una manera peculiar. Cada noche, cuando las campanadas daban las dos de la madrugada, el reloj avanzaba una hora extra, señalando las 2:84.

¿Cómo sabías que eran las 2:84? Si has estado allí, lo sabes. Y sino, tendrás que ir.

Aquel fenómeno era conocido por todos, pero pocos sabían su origen. Se decía que había sido construido por el gran inventor Horatio Gearwright, un genio excéntrico que desapareció misteriosamente el día que el reloj se completó y comenzó a funcionar. Los rumores hablaban de viajes en el tiempo y portales a otros mundos, pero nadie había encontrado pruebas que confirmaran esas historias.

Un joven relojero llamado Alistair Redneedle, apasionado por los misterios y la mecánica, decidió que él sería quien desentrañara el secreto de las 2:84. Tras años de estudiar los diseños y escritos de Gearwright, Alistair descubrió una pista crucial: una carta oculta entre las páginas de un viejo periódico de la biblioteca, que hablaba de una llave especial.

Esta llave, hecha de plata y cobre, se hallaba disimulada en la intersección entre dos columnas del basamento inferior del reloj. Un lugar al que pocas personas tenían acceso, ya que sólo lo usaban una vez al año para limpiar la parte de debajo de la construcción.

La llave debía insertarse en el mecanismo del reloj exactamente a las 2:84 para activar su verdadero propósito.

Una noche fría y nublada, Alistair se dirigió al puente. La niebla era espesa y los sonidos de la ciudad se amortiguaban por el silbido constante del vapor. En el bote que había pedido prestado, llegó hasta el basamento. Nervioso, con sus manos fue recorriendo cada rincón de la estructura. El frío le entumecía los dedos. 

En un instante, notó la forma buscada, alumbró con su linterna y desenganchó la llave. Todo fue tan rápido, tan fácil, que se quedó inmóvil con la llave en la mano, tiritando. Se dispuso a esperar, entonces, mientras llegaba la hora ansiada.

Las campanadas resonaron por toda Cogsworthy cuando el reloj marcó las 2:00. Alistair ni respiraba, impaciente, observando cómo los engranajes y las manecillas se movían lentamente hacia la hora imposible.

Cuando el reloj finalmente marcó las 2:84, Alistair insertó la llave en una ranura apenas visible en la puerta secreta disimulada. De repente, una serie de engranajes ocultos comenzó a girar y el reloj emitió un zumbido profundo. El puente se llenó de una luz dorada mientras la puerta se abría en el cuerpo del reloj.

Escritorio/Laboratorio de Horatio Gearwright

Alistair, sin vacilar, cruzó el umbral. Se encontró en un escritorio/laboratorio vasto y deslumbrante, lleno de máquinas y dispositivos que nunca había visto. En el centro de la sala, esa sala muchísimo más grande que las dimensiones exteriores de la torre, desde la cual se veían las altas montañas, rodeado de planos y herramientas, estaba Horatio Gearwright en persona, exactamente como lo describían los antiguos relatos, aunque sin haber envejecido un sólo día.

Gearwright le explicó que el reloj era un puente sempiterno mientras se respetaran sus reglas, un portal que conectaba diferentes épocas y dimensiones. La hora 2:84 no era un error, sino una rendija temporal para aquellos valientes y suficientemente curiosos para buscarla.

Lo primero que debía hacer era leer el cuaderno con las reglas que debían ser cumplidas escrupulosamente. El tiempo que tardara en leer, entender y comprometerse a cumplir cada una de ellas, no importaba. Pero no tendría ninguna información ni acceso al portal, hasta que no estuviera preparado.

El viajero debía firmar un juramento de cumplir con todas las reglas y respetar la integridad del tiempo. Había una preparación inicial, con un entrenamiento para comprender las implicaciones de los viajes en el tiempo, los posibles peligros y cómo interactuar con diferentes épocas.

Debía ponerse al tanto de los dispositivos de comunicación, la tecnología para su protección personal, el equipo de emergencia médico y de supervivencia en caso de situaciones imprevistas.

Debía comprometerse a respetar las líneas temporales, evitar cualquier acción que pudiera alterar el futuro, sobre todo de eventos históricos. El principio de no intervención debía ser respetado rigurosamente.

Vestir ropa adecuada para la época y no revelar información del futuro. Mantener un perfil bajo para no atraer atención. Evitar el contacto con versiones pasadas o futuras de uno mismo para prevenir paradojas temporales. No actuar en beneficio propio o de allegados.

Se debía definir el punto y el tiempo de regreso. Cada viaje debía tener una duración predeterminada y cumplir con procedimientos para descontaminarse de posibles patógenos, radiaciones o anomalías temporales al regreso. Asimismo, era imprescindible completar un informe detallado después de cada viaje.

Todos los viajeros debían firmar un consentimiento informado, reconociendo los riesgos y responsabilidades del viaje en el tiempo. Evaluar no solo los impactos temporales, sino también las posibles ramificaciones en diferentes dimensiones y realidades paralelas.

Y, cuando se hubiera logrado un previsible y buscado entorno adecuado para incorporar a la población a este proyecto, lograr la interdisciplinariedad. O sea, involucrar a expertos de múltiples campos (historia, física, biología, ética) en la planificación y supervisión de los viajes.

Esencialmente, todo se limitaba a evitar que la existencia del portal fuera difundida para que no fuera mal utilizado hasta que la sociedad estuviera preparada, respetar el pasado y la seguridad personal y del entorno presente. Estas reglas buscaban equilibrar la emoción y la oportunidad del viaje en el tiempo con la necesidad de seguridad, responsabilidad y preservación de la historia.

Terraza de casa

Alistair aprendió que Gearwright había estado viajando a través del tiempo, recopilando conocimiento y tecnología para salvar a Cogsworthy de un futuro oscuro y mecanizado que él había vislumbrado.

Juntos, Gearwright y Alistair vivieron muchos años trabajando incansablemente para preparar la ciudad y sus habitantes. Usaron los viajes en el tiempo para aprender y resolver conflictos de todo tipo y los recursos del laboratorio para crear dispositivos que mejorarían la vida de las personas sin depender de la opresiva tecnología eléctrica y diesel, que había comenzado a sofocar la creatividad y libertad de Cogsworthy, recuperando la industria del vapor con máquinas extraordinarias, experimentos y descubrimientos increíbles.

Con el conocimiento, las herramientas e innovaciones obtenidas y una decena de personas sabias que fueron incorporando al grupo, fueron transformando la ciudad y evolucionando hacia un futuro más brillante y equilibrado.

Su ideología se fraguaba en un movimiento de crítica a la sociedad consumista y de renovado positivismo hacia el potencial humano,​ basándose para ello en la moda y la tecnología, demostrando que estas no son sólo objeto sin alma, sino que también pueden convertirse en piezas de arte,​ ofreciendo un renovado valor a las creaciones artesanales por encima de aquellas manufacturadas en serie.

Aparte de estos valores, el movimiento también bebía de los ideales nacidos en la época, la recuperación de la educación hoy perdida, la revalorización del conocimiento y la búsqueda del individuo por encima de una sociedad masificada.

Aún no han logrado que el misterio de las 2:84 quede resuelto para todos. Pero saben que la esperanza y el progreso demuestran que incluso los engranajes más pequeños, pueden cambiar el curso de la historia.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “El misterio de Cogsworthy

  1. Hola, Marlen.

    Una historia fantástica y futurista con la esperanza de una ciudad con desarrollo sostenible.

    La «recuperación de la educación, la revalorización del conocimiento y la búsqueda del individuo por encima de una sociedad masificada» son ideales bastante utópicos, pero, por soñar, aunque sea en nuestros cuentos, nada se pierde. 😉

    Lo mismo, si nos vamos a escondidas a Marte, sin que se entere Musk y compañía, usando esas puertas mágicas…

    Precioso cuento y preciosas imágenes. Para soñar con ellas. Felicidades.

    Abrazo grande.

    1. Hola Jose.
      Disfruté mucho con este relato, inventando nombres, detalles, imágenes y creando una ciudad con desarrollo sostenible, que se rige por unos ideales a los cuales me niego a renunciar. No suelo escribir cuentos de futuros, a pesar de mi optimismo, prefiero no tener imágenes de futuros distópicos. Pero si hay un pequeño resquicio para la utopía, me apunto. Y nada de Marte, alguna isla perdida, algún bosque o selva, algún pueblo de la Patagonia. Siempre se puede soñar.
      Un abrazo grandote, Amigo.

Deja un comentario

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo