¿Y tú qué prefieres: DST o PST?

La casa estaba llena de vida, decorada con luces parpadeantes que bordeaban las ventanas y un enorme árbol de Navidad en un rincón del salón, adornado con esferas doradas y una estrella brillante en la punta. El aroma de los aperitivos recién preparados se mezclaba con el de las velas aromáticas, creando un ambiente acogedor y festivo. Sobre la gran mesa de madera, cubierta con un mantel blanco, se disponían bandejas con fritos, croquetas, embutidos, patés, y un centro de mesa hecho con piñas, ramas de pino y velas encendidas. En una mesa auxiliar descansaban botellas de vino blanco y tinto, refrescos y una jarra de agua con rodajas de limón y menta.

La familia, grande y ruidosa, iba ocupando sus lugares mientras las mujeres iban y venían de la cocina, cargando bandejas. Los niños correteaban por la sala con sus gorros de Papá Noel, mientras los abuelos, sentados en el sofá, observaban todo con cariño y algo de cansancio.

El abuelo, un hombre de pelo canoso y ojos penetrantes, llevaba un jersey de lana con motivos navideños. La abuela, con su cabello recogido en un moño sencillo, llevaba un delantal encima de su vestido rojo. Ambos eran pilares de la familia, aunque sus opiniones solían chocar con las de las generaciones más jóvenes.

Cuando finalmente todos se sentaron a la mesa, Antonio, el hijo mayor, tomó la palabra con su característico tono didáctico. Antonio era un hombre de cuarenta y tantos, siempre impecable, con gafas rectangulares y una voz que dejaba claro que le encantaba tener la razón.

.- Bueno, antes de que comencemos, quiero plantear algo interesante —dijo mientras llenaba su copa de vino—. El cambio de hora en los solsticios. Creo que es una de las decisiones más acertadas que se han tomado últimamente. La idea de optimizar la luz natural para ahorrar energía y ser más productivos es brillante.

El abuelo frunció el ceño.

.- ¿Brillante? —dijo, con tono sarcástico—. ¡Ah, ya viene Antonio con sus lecciones! A ver, hijo, ilumínanos. Hijo, nosotros hemos vivido más años que tú y nunca tuvimos que andar cambiando la hora como si fuéramos relojes rotos. ¿A qué viene tanto jaleo?

.- El cambio de hora tiene un propósito claro: aprovechar mejor la luz del día. Se implementó hace décadas para ahorrar energía, y aunque algunos crean que ya no es necesario, sigue teniendo beneficios. Menos consumo eléctrico, por ejemplo, y una jornada más alineada con la luz natural.

La abuela, repartiendo servilletas entre los nietos, intervino con su tono calmado pero firme:

.- Antonio, lo que dices suena muy bien en papel, pero en la práctica es un caos. ¿Qué ahorro? Nosotros seguimos gastando lo mismo. Lo único que consigo es estar desorientada durante semanas. 

Estoy con tu abuelo. Cada vez que cambian la hora, mi cuerpo se desajusta. Me despierto demasiado temprano o me cuesta dormir. La hora debería ser una y ya está.

Antonio sonrió, como si hubiera anticipado esa reacción.

.- Entiendo su punto de vista, pero déjenme explicarles. El cambio de hora tiene raíces históricas, ¿sabían? Lo implementaron durante la Primera Guerra Mundial para ahorrar carbón. Ahora, aunque la energía que ahorramos no sea tan significativa, el ajuste sigue ayudando en algunos sectores. Piensen en los agricultores, por ejemplo.

.- ¿Los agricultores? —interrumpió Clara, su hermana menor, una mujer pragmática que apenas había terminado de servirse un poco de ensalada—. ¿Cuántos agricultores conoces, Antonio? La mayoría de nosotros vivimos en ciudades. Yo estoy con los abuelos. Es un lío, sobre todo con los niños. La última vez, Adrián estuvo dos semanas confundido, despertándose a las cinco de la mañana. ¡Es agotador!

Adrián, su hijo de siete años, dejó de mordisquear un panecillo y asintió con entusiasmo.

.- ¡Sí, mami! ¡Me levantaba y estaba oscuro!

Antonio puso su mejor sonrisa condescendiente.

.- Eso es un pequeño precio a pagar por los beneficios globales.

Los adolescentes, sentados en un extremo de la mesa, se miraron entre risas. Uno de ellos, Julia, de dieciséis años, dejó de mirar su móvil y alzó la voz con entusiasmo:

.- A mí me gusta el cambio de hora. Nos da más luz por la tarde, lo que es genial para salir con los amigos.

.- Y para pasar más tiempo en el móvil, seguro —murmuró el abuelo, haciendo que todos rieran.

.- ¿Qué opinas tú, Luis? —preguntó la madre de Julia a su esposo, un hombre de pocas palabras.

.- Mientras no me toque cambiar más de dos veces al año, me da igual —respondió, encogiéndose de hombros, lo que provocó más carcajadas.

Clara tomó la palabra de nuevo, esta vez con un argumento más conciliador:

.- Miren, entiendo ambos puntos. Es cierto que hay beneficios para algunos, pero también es cierto que el impacto no es igual para todos. Quizás deberíamos replantearnos si realmente necesitamos estos cambios.

Antonio suspiró, resignado a que no iba a convencer a la familia.

.- Bueno, parece que este es un tema en el que nunca nos pondremos de acuerdo.

Sin embargo, no estaba dispuesto a dejar que el tema se diluyera en bromas.

.- Es una cuestión de adaptarse al progreso —dijo, con un gesto de la mano—. ¿Queremos ser un país que se queda atrás?

.- ¿Progreso? —replicó la abuela, indignada—. ¿Llamas progreso a que estemos todos desorientados cada seis meses? A mí no me engañan, esto es sólo un capricho de los políticos.

La conversación siguió animándose. Los platos principales llegaron a la mesa, pero el debate seguía dividiendo a la familia. Algunos hijos trataban de mediar, mientras los abuelos y Antonio se enzarzaban en argumentos cada vez más apasionados. La abuela, con un brillo travieso en los ojos, concluyó:

.- Pues mira, Antonio, cuando seas abuelo y tus nietos te digan que cambiar la hora es una tontería, espero que te acuerdes de esta cena.

El abuelo levantó su copa, con una sonrisa de triunfo.

.- Por los relojes que no se mueven —brindó.

Todos rieron y brindaron, mientras los niños volvían a corretear por la sala y las mujeres traían el pavo. A pesar de las diferencias de opinión, el espíritu navideño llenaba la casa.


Los cambios de hora fueron establecidos principalmente por razones de aprovechamiento energético y con la lógica de maximizar la luz solar durante las horas en las que hay más actividad humana.

En el año 1996 se estableció de forma unificada en la Unión Europea que a medida que los días se acortan, retrasar el reloj una hora el último domingo de octubre, permite que las mañanas tengan más luz, ayudando a las personas a comenzar sus actividades diarias con mayor claridad. Entramos en el horario de invierno.

Por el contrario, en marzo los días comienzan a ser más largos, y adelantar el reloj una hora el último domingo de marzo permite que las personas tengan más luz natural al final del día. Es el horario de verano.

El debate sobre los beneficios de cambiar los relojes reaparece todos los años “como un reloj”. Hay dos conceptos contrapuestos relacionados con el manejo del tiempo y los horarios en diferentes regiones del mundo.

El DST (Daylight Saving Time), conocido como “Horario de verano” es un ajuste temporal del reloj que adelanta una hora respecto al horario estándar durante una parte del año. Sus ventajas: el ahorro energético (aunque se cuestiona en la actualidad) y más horas de luz para actividades recreativas. Sus desventajas: alteraciones en los ritmos circadianos, lo que puede afectar la salud, confusión en sistemas de transporte y horarios internacionales y ahorros de energía mínimos o inexistentes con el uso moderno de tecnologías más eficientes.

 El PST (Permanent Standard Time) “Horario estándar permanente” es un sistema en el que un país o región decide mantener su hora estándar durante todo el año, sin hacer ajustes estacionales como en el horario de verano. O sea que no hay cambio de hora en primavera ni otoño.

Algunos países como Argentina, China, Islandia, Rusia y algunos más han eliminado el DST y mantienen actualmente el PST. Las motivaciones para volver a usar el PST son: evitar los impactos negativos en la salud relacionados con los cambios horarios, como trastornos del sueño y estrés; evitar confusiones en transporte, comercio y sistemas internacionales y algunos estudios sugieren que mantener el “horario estándar permanente” es más saludable para el reloj biológico humano.

En los últimos años, el llamado a adoptar nuevamente el PST ha ganado un impulso considerable. El ritual, que una vez prometió ahorros de energía y un mejor uso de la luz del día, se ha convertido en una reliquia de una época pasada. ¿Deberíamos retirar esta práctica obsoleta para siempre?

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “¿Y tú qué prefieres: DST o PST?

  1. Hola, Marlen.
    Un relato muy simpático que refleja, totalmente, las discordancias familiares en las reuniones, aunque, mientras sean con el buen rollito de tu historia, no hay problemas.
    Yo estoy con el abuelo, me gusta más el PST, Pasar la Siesta a Tiempo, digoooo, el dejar tranquilos a los relojes. No veas la pechá de ajustar la hora de todos los electrodomésticos, que ahora tiene reloj hasta la shangüichera. 😉
    A mí, como al peque, me afecta últimamente los cambios horarios, se ve que soy un oso ivernícola. Si ya de por sí estoy abonao al insomnio, con eso de a las tres son las dos, o a las dos son las tres, sumando dan cinco, y por ahí te las dan hasta las tantas. XD
    Pero bueno, al final siempre nos van a faltar horas para lo güeno y sobrar para lo malo.
    Abrazo Grande, amiga.

    1. Hola Jose
      Sí, ya estamos en el nuevo horario y ya escuchamos, una vez más, a los defensores de uno y otro modo de encarar el dilema. No sé si tendrá que ver con la edad como piensa el hijo mayor Antonio, pero a mí, como a los abuelos, como a ti (Je Je, no te estoy llamando «viejo»), nos gusta muchísimo más el «PST» «Pasar la Siesta a Tiempo» (¡me encantó!). Eso de andar preocupada durante bastantes días, por si ya la resté o todavía no ¡ME JOROBA MUUUCHO! ¡Y que conste que estoy siendo muy amable!
      Pero esta mañana me preguntaba qué hacía despertándome cuando todavía era de noche cerrada, recién sacaba el cálculo de qué hora será en este momento en Argentina para hacer una transferencia en el banco y todavía tengo parado el reloj del salón que es de péndulo y vive muy lejos de las modernidades de autocambiarse solito. ¡Odio este cambio! Y no me vale tener más horas de luz a la tarde… metida en mis faenas, ¡ni me doy cuenta!
      O sea que no sé si te ha quedado claro con quién me alío en mi protesta. Aunque mi alianza es con tu última frase, que es la mejor.
      Un abrazo grandotote, Amigo.

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