El tren avanzaba rápido por las tierras andaluzas, serpenteando entre campos resecos y olivares retorcidos. Miré mi reflejo en la ventana: ojos oscuros, hundidos por las noches de insomnio, el rostro marcado por la fatiga de quien carga con una vida de infortunios.
Me llamo Vanyra, y nací con la certeza de que la mala suerte era un legado familiar, una herencia negra que se remontaba siglos atrás.
Todo comenzó con aquel viejo arcón de madera carcomida que encontré en el desván de mi abuela en París. Entre ropas ajadas y papeles amarillentos, había un pergamino escrito en una lengua que no reconocí. Sólo una frase estaba resaltada, escrita con una caligrafía desgarrada, casi violenta:
“O Del ka del tumen o destin e rat thaj e meripnasko, numaj nisar o pachape”
Mi abuela, al verlo, palideció y apretó el crucifijo entre sus dedos.
.- Es romaní — susurró— Dice: “Dios te dará el destino de la sangre y la muerte, pero nunca la paz.”
Ella, que había aprendido la lengua de mi abuelo, me dijo que se trataba de las fórmulas de un “kris” o juicio romaní, donde para evitar el incumplimiento de una sanción impuesta a un miembro de la comunidad y para asegurar la búsqueda de la verdad, recurrían al uso de un “solax” (juramento): “Te marela man o del te chi motava me o chachimos” (“Que Dios me mate si no digo la verdad”).
Y entonces lo supe. No eran coincidencias.
La miseria de mi padre, el suicidio de mi abuelo, la ruina de mis bisabuelos, todo encajaba. Mi familia estaba maldita, condenada por un conjuro que había atravesado las generaciones como un cuchillo recorre la carne.
Los documentos junto al pergamino hablaban de una casona en las afueras de Ronda, en Andalucía. La última morada de mis antepasados. Allí, tal vez, encontraría la respuesta.

El sol teñía de rojo fuego la mañana cuando llegué a la casona. Se erguía solitaria en medio de un campo abandonado, sus muros agrietados y devorados por la hiedra. La puerta crujió como un lamento al abrirse, y un aire viciado, cargado de polvo y humedad, me envolvió.
Los muebles estaban cubiertos con sábanas ennegrecidas. El suelo, alfombrado de hojas muertas y escombros. Pero lo peor era el silencio. Un silencio tan denso que parecía absorber el sonido de mis propios pasos y mi aliento.
Subí las impresionantes escaleras cuidando de no pisar los agujeros, con la linterna temblando en mi mano. Cada habitación era un fragmento de un tiempo olvidado: retratos de hombres de mirada severa, espejos antiguos de madera tallada con manchas y grietas, marcas del paso del tiempo, una cuna vacía cubierta de telarañas. Hasta que encontré el estudio.
En la pared, en el centro de una estantería semiderruida, un relieve esculpido en madera representaba un tribunal. Figuras humanas de rostros afilados rodeaban una silla de piedra. Sobre el respaldo, estaba grabado mi apellido. Y bajo él, la inscripción:
“Palal o rat le traitorengo, i kris si veśni”
Recurrí a mi iPhone para traducirla. La tecnología moderna venía en mi ayuda. “Por la sangre de los traidores, la sentencia es eterna.”
Un escalofrío me recorrió la espalda. Comprendí que no podría descifrar lo que había pasado si no averiguaba más hablando con gente de la zona. Los papeles del desván de mi abuela no me habían dado muchos detalles. Sólo se hablaba de un juicio, tal vez el que estaba reflejado en el relieve que acababa de encontrar. Y de una maldición, la del pergamino.
Al parecer, un antepasado mío, consumido por el odio, había condenado a toda su descendencia. La maldición no era sólo una superstición. Era real, y yo estaba dentro de la boca de la bestia.
De repente, un crujido.
Me giré. La puerta se cerró de golpe. Un viento helado barrió la habitación, y las velas que había encendido en el viejo candelabro parpadearon con furia. No estaba sola.
Corrí. Bajé las escaleras a trompicones, pero la casa parecía viva, susurrando en una lengua que no entendía. Entonces lo vi: un pasadizo oculto, apenas visible tras un tapiz deshilachado.
Lo abrí con desesperación y descendí. El aire olía a tierra y olvido. Y allí, en el fondo del pasadizo, encontré el altar.
Un cuchillo oxidado. Un cuenco ennegrecido. Y el mismo juramento escrito con rojo sangre en la pared.
“O Del ka del tumen o destin e rat thaj e meripnasko, numaj nisar o pachape”
Recordé otra frase en romaní que había encontrado en los papeles y había copiado en mi libreta negra:
“Dav tut armaia, ćhavo mîră pesko, cei le Beelzebubeski, tut hai saoră ciaven che ciave, saoro drom hai saoră. O infernalno them na ka mukhel tut te trajis ando pachape zhi kana jekh shejori anda tiro rat na ka sakrifikuil pes thaj ka anel pesko trajo palpale ki dzivdipe.”
Y su traducción: “Yo te maldigo, fruto de mi vientre, hija de Belzebú, a ti y a toda tu descendencia, por los siglos de los siglos. El reino infernal no te permitirá vivir en paz hasta que una hija de tu sangre se sacrifique y devuelva su vida a la vida.”
El viento rugió dentro de la casa. La luz de mi linterna parpadeó. Lo entendí todo. Si la maldición se había forjado con sangre, sólo con sangre podía deshacerse.
Me arrodillé temblando. Tomé el cuchillo con manos temblorosas y cerré los ojos.
.- Dame paz —susurré— y devuélvele la justicia a los muertos.
El frío se intensificó. Las sombras parecieron moverse. El aire se volvió pesado, sofocante. Y entonces, el susurro, un aliento helado en mi oído:
.- No puedes escapar de la sangre.
La linterna se apagó.
Y la oscuridad me tragó.

No sé cuánto tiempo pasó. Me desperté al amanecer, tendida en el suelo de la casona. El altar había desaparecido. Las inscripciones en la pared también.
Salí tambaleándome, con el cuchillo aún en la mano. La brisa del campo era suave, como una caricia lejana. Algo había cambiado. ¿La maldición se había roto? ¿O sólo me había permitido seguir con vida, para descubrirlo más tarde?
El sol descendía en el horizonte, pero en mi pecho aún anidaba la sombra.
Y con ella, el eco de aquella voz.
“No puedes escapar de la sangre.”
Con aquel viejo arcón de madera carcomida descubierto en casa de su abuela en París comenzó todo… No pueden decirse más cosas sugerentes en una sola frase. En la frase: «Víctima de un conjuro que había atravesado generaciones como un cuchillo recorre la carne», recreas de forma estremecedora una imagen muy cruda. La casona en las afueras de Ronda es tan evocadora que te ves allí metido en un instante. Muros agrietados y devorados por la hiedra, el aire viciado en la casa solitaria, lleno de polvo y humedad, en un campo abandonado… La atmósfera que recreas es un pilar sobre el que se apoya todo el relato.
“Un silencio tan denso que parecía absorber el sonido de mis propios pasos y mi aliento”, utilizas el lenguaje para convertirlo en algo delicioso de leer.
Que “cada habitación fuera un fragmento de un tiempo olvidado” remata ese sentimiento evocador que está presente en todo el relato. Retratos de hombres de mirada severa, el relieve en la pared con el tribunal de figuras humanas de rostros afilados rodeando una silla de piedra, te hace ver algo nuevo y distinto en la trama. Un juicio añadido a la maldición del pergamino. Estás dentro de la boca de la bestia.
El pasadizo oculto tras el tapiz deshilachado es total. Crea una expectación que añade dinamismo a la situación de la protagonista.
En ciernes, un sacrificio humano. La duda sobre si la maldición ha desaparecido o ha quedado pospuesta es terrible.
Genial historia, Trujaman.
¡Ay Marcos qué bonitos comentarios escribes! Vives mis relatos como si te metieras en ellos y ese es el mayor halago que uno puede recibir. Ya formas parte de ellos y los recorres con mucha minuciosidad. Eso de que «utilizas el lenguaje para convertirlo en algo delicioso de leer» me ha llegado al alma y te agradezco mucho tus palabras.
Me gustó mucho meterme en el mundo de los gitanos y sus antiguas costumbres. Conocemos muy poco de esa cultura y siempre es interesante, sobre todo porque aún está vigente.
Sí, la duda sobre si la maldición se ha quebrado con el ritual hecho por Vanyra o si aún permanece inalterable, os la dejo como regalo a los lectores. Vosotros tenéis que decidir el futuro de ella y su familia. A mí, como lectora, me gusta que me dejen participar de lo que estoy leyendo, espero que a ti también.
Gracias nuevamente y un abrazo grande.
Marlen