Entrevista a China Zorrilla

Era una tarde cálida en Buenos Aires, y en la confitería Las Violetas, entre vitrales de colores y mozos de impecable chaleco blanco, yo esperaba a la gran actriz China Zorrilla. Me había citado allí para hablar de su vida, su carrera y, por supuesto, de su padre, el ilustre escultor uruguayo José Luis Zorrilla de San Martín.

Llegó con su característico andar elegante, ese que parecía traído directamente desde una comedia de enredos de los años treinta. Llevaba un chal violeta, unas enormes gafas y una sonrisa tan grande como su historia. Apenas me vio, exclamó:

—¡Ah, qué bueno que me reconociste! A esta edad, una nunca sabe si la gente te saluda porque te quiere o porque te confunde con su tía.

Nos reímos y, sin perder tiempo, pedimos té con limón y medialunas. China no era mujer de formalidades. Apenas se sentó, empezó a contar sin que yo tuviera que hacer la primera pregunta.

—Mirá, mi madre Guma Muñoz del Campo, a la que todo el mundo llamaba “Bimba”, se casó en 1919 con mi padre, José Luis Zorrilla de San Martín, que era todo un personaje. Escultor, poeta, caballero de otra época. Un día, cuando yo tenía seis años, lo vi en su taller, todo serio, cincel en mano, dándole forma a un caballo majestuoso. Me acerqué y le pregunté: «Papá, ¿y qué hacés si te equivocás?» Me miró con gravedad y dijo: «China, los artistas nunca nos equivocamos. Lo que pasa es que, a veces, la piedra no nos entiende». ¡Así era él! ¡Un poeta hasta cuando mentía! Mi familia siempre estimuló mis inquietudes. Con siete años, en el gran salón de la quinta de Montevideo donde vivíamos, mi abuelo materno: Enrique Muñoz organizaba reuniones que a veces coincidían con algún cumpleaños, pero otras veces no. Yo decidía la obra de teatro que íbamos a representar, distribuía los papeles y el vestuario, dirigía y actuaba. Y asistía toda la familia, mis abuelos, tíos y primos, incluidos. Lo llamábamos “El festival de China”. A pesar de que la profesión de actriz tenía muy mala reputación, mis padres y mis abuelos siempre estimularon el arte en mí. 

.- ¿Cómo era tu abuelo paterno?

.- Yo nací en una familia tradicional uruguaya. Juan Zorrilla de San Martín, mi abuelo, era el famoso poeta autor de “La epopeya de Artigas” y de “Tabaré”, esa narración épica que es como el “Martín Fierro” para los argentinos. Fue juez, diputado, periodista, diplomático, docente y autor de un sinfín de poemas y ensayos. Era una familia enorme, mi abuelo se casó dos veces. Con la primera mujer, Elvira Blanco, tuvo seis hijos. Y cuando esta murió, se casó con su hermana Concepción Blanco, mi abuela, con quien tuvo diez hijos ¡Imaginate! A él le gustaba que sus nietos recitáramos de memoria su poema Tabaré, y siempre tenía en sus bolsillos caramelos para premiar a aquel que recordara más estrofas. Yo era siempre la ganadora de esos concursos. “Tú me vas a dar el gusto, que ninguno de mis hijos me dio. Vas a ser actriz”, me solía decir, proféticamente. Él tiempo le dio la razón, aunque él nunca me vio sobre un escenario.

.- Sé que tu nombre es Concepción, ¿por qué te llaman “China”?

.- Yo pasé mi infancia en París porque mi padre ganó el concurso para hacer el “Monumento al gaucho” de Montevideo y quería estudiar con el escultor francés Antoine Bourdelle, uno de los precursores de la escultura monumental del siglo xx. Como yo me llamo “Concepción”, en casa me llamaban “Cochona”, pero en Francia me deformaron el sobrenombre llamándome “cochon”. Como en francés esa palabra significa “cerda”, yo preferí que me dijeran «cochina» porque allí ese no era un insulto. Así que luego abrevié mi apodo, autonombrándome “China”. Y ese fue el apodo que me quedó. Esto no lo sabe mucha gente.

Su padre fue un hombre al que ella admiraba mucho, de una presencia imponente, de esos que parecían haber nacido con un bastón y un sombrero en la mano. Uruguay lo recordaba por sus monumentos, pero China lo recordaba como el padre amoroso que la había criado entre el arte y la bohemia.

.- Papá me decía que nunca debía enamorarme de un hombre que no entendiera el arte. “Si un hombre no puede emocionarse viendo un cuadro, no sirve, China”. Y tenía razón… ¡por eso nunca me casé!

Le dio un sorbo a su té y me miró con picardía.

.- Perdoná la pregunta pero, ¿por qué no te casaste?

.- ¡Cosas de la vida! Quise mucho, pero no se dio. Estuve metida hasta el caracú. ¡Mejor ni hablar! Bueno, tampoco es que no me haya divertido, ¿eh? Los bailes en el Hotel Carrasco, con la típica y la jazz, la orquesta de Juan D»Arienzo y la Santa Paula Serenaders, mis favoritas. ¡Si te contara!

A lo largo de la entrevista, China salpicaba sus recuerdos con anécdotas tan delirantes como encantadoras.

.- Vos tenés fama de ser una gran narradora de anécdotas. Con tu instinto de comediante, aprendiste los secretos de las pausas, los gestos, los tonos de voz y las intensidades que se necesitan para cautivar al oyente. También sos una gran improvisadora y dicen que no te importaba modificar los detalles de una historia con tal de lograr lo que querías: atrapar al público. Contame alguna anécdota de tus actuaciones.

.- Te voy a contar una metedura de pata graciosa. Era una obra en la que yo interpretaba a una marquesa que invitaba al Ministro de Cultura a un gran banquete en mi casa. En un ensayo vinieron del elenco a decirme que no podían decir el texto mientras estaban comiendo porque tenían miedo de atorarse y estropear la escena, así que me fui a la pizzería de la esquina y pedí que me hicieran un fainá gordito que cuando se cortara pareciera un lomito de pescado. En los ensayos salió todo bien, hasta que el día del estreno, en el escenario se oía un vals, los hombres estaban de frac y las mujeres paquetísimas. Entonces, entró el mayordomo con la bandeja y me dijo: “Señora marquesa, ¿quiere un poco de fainá?”. Fue tal la carcajada del elenco y del público, que pedí que bajaran el telón. Nos reímos un rato, nos calmamos y empezamos de nuevo. Cuando llegó el mozo, alguien del público gritó: “¡Llegó el fainá!”. ¡Ja ja ja, colosal!

Mientras hablaba, yo no podía dejar de notar cómo en su voz convivían la nostalgia y la alegría. Amaba a su padre con una devoción infinita, pero no se ataba a la solemnidad. Hablaba de él con admiración, sí, pero siempre con una sonrisa.

.- Papá decía que la vida hay que tomarla con arte. Que si nos ponemos demasiado serios, nos convertimos en estatuas antes de tiempo. Por eso, querida, yo me río siempre. Así, cuando me hagan una escultura, por lo menos, tendré cara de felicidad.

.- Parece que toda tu vida hiciste teatro, desde las obras que organizabas para tu familia, ¿cuándo debutaste en un teatro?

.- Con 21 años, en 1943, fue el debut oficial sobre las tablas con “La Anunciación de María”, de Paul Claudel, en el auditorio del SODRE. La versión uruguaya que presentamos no fue un espectáculo más. Era un canto a la piedad, en medio de la mayor guerra mundial. Y la crítica, la de ambas orillas (Argentina y Uruguay), destacó nuestro trabajo por todo lo alto. En 1946 viajé becada a estudiar teatro en Londres. Sin saber inglés, superé las pruebas para ingresar a la Royal Academy of Dramatic Arts, y en apenas dos meses ya hablaba inglés con desenvoltura. Ese viaje al Londres de la posguerra fue una experiencia que marcó profundamente mi vida. Cuando volví a Montevideo el año siguiente, me integré a la recién fundada “Comedia Nacional”, la compañía oficial de teatro que funcionaba en el Teatro Solís. Y el 2 de octubre de 1947 presentamos nuestra primera obra. Fueron diez años y más de cuarenta obras en las que actué, escribí, dirigí, traduje obras. Pero además años en los que colaboraba toda la familia. Mi padre ayudaba en la escenificación y en el diseño del programa de mano, mi hermana mayor, Guma, colaboró desde la primera hora con vestuarios y ambientación escénica. Yo no era un talento en solitario, el talento actoral me venía de familia. Mi abuelo también era un gran recitador.

.- ¿Y cuándo empezaste a trabajar con Margarita Xirgu?

.- Yo tuve la suerte de estar en el lugar adecuado, a la hora justa. Poco después de llegar a la “Comedia Nacional”, Margarita Xirgu se hizo cargo de la dirección de la compañía. Ella me eligió para los grandes roles: fui Melibea cuando Xirgu era la Celestina, fui Julieta, la Chispa en “El alcalde de Zalamea”, la novia de “Bodas de Sangre” de Federico García Lorca, la madre de “Madre Coraje” de Bertold Brecht, Titania de “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare, Doña María de “Las de Barranco” y muchos clásicos más. Hasta que descubrí en Noel Coward la gracia de la comedia moderna, su sarcasmo y su potencia para expresar nuestro carácter propio. En esa época también me di el gusto de ser regisseur del SODRE, dirigiendo las óperas “La Bohème” de Giacomo Puccini, y “Un ballo in maschera” de Giuseppe Verdi.

.- ¿Y luego te fuiste a New York?

.- Siempre tuve gran intuición para saber cuándo irme. Me fui a New York cuando Montevideo vivía años difíciles. Allí logré dejar huella en Broadway, a través de un cándido espectáculo musical “Canciones para mirar”, que mezclaba lo infantil, el español y el inglés, junto con Carlos Perciavalle y con María Elena Walsh en el texto. A principios de los años setenta, acerté también al irme de Uruguay, no solamente por la dictadura que se venía, sino por la caída general de la plaza teatral montevideana. Y Buenos Aires me recibió con los brazos abiertos. Pero para esa época yo ya había transitado el mundo del unipersonal, un género que primero hice con textos de Cocteau y otros autores, y luego con textos propios, tomados de mi propia vida. Siempre he pensado que contando mi vida desde el escenario, me brindé como realmente soy. Esa que convertía una platea para 700 espectadores en una conversación de un té entre amigas.

.- ¿Te quedó algo que hubieras querido hacer y no pudiste?

.- ¡No, si hice de todo! En Argentina me volqué al cine, la televisión y el teatro, aunque me fui alejando cada vez más de los papeles dramáticos más intensos. Me gustó actuar en la película “Las mariposas son libres”, junto a Susana Giménez y Rodolfo Bebán, y protagonizar algunos episodios del ciclo de unitarios “Alta Comedia”, que se emitía por el Canal 9 de Buenos Aires.

.- ¿Es cierto que “Esperando la carroza” nació en ese ciclo televisivo?

.- Sí, comenzó como una producción del programa “Alta Comedia” y luego fue adaptada al cine en 1985. Pero yo casi no hago el papel de Elvira.

.- ¿Cómo fue eso?

.- El director Alejandro Doria le dijo al guionista uruguayo y creador de “La Carroza”, Jacobo Langnser, que iba a llevar su idea a la TV. “Tengo todo el reparto hecho, me falta sólo la actriz principal, Elvira”, le explicó. Entonces Jacobo, que era un gran amigo, me recomendó. “No, ni me la nombres a esa mujer. Es muy dramática, muy seria”, contestó cortante. Nos habíamos conocido en un velorio, es la única explicación, se ríe divertida. No quería que yo lo hiciera. Pero finalmente Jacobo le dijo que lo iba a hacer yo. Doria me dijo que se filmaba la Carroza y que el papel era mío. Pero pensé que se había vuelto completamente loco cuando me dijo que Gasalla iba a hacer a Mamá Cora. ¿Cómo vas a poner a un travesti en una novela costumbrista de gente de barrio? Lo cierto es que fue un éxito impresionante del que todavía mucha gente se acuerda.

.- El teatro fue siempre tu vida, ¿y la televisión?

.- La televisión me dio la oportunidad de presentar al mundo sus miserias, con la cara más amable. En especial sobre el trato y la intolerancia que existe hacia los adultos mayores. En “Esperando la carroza” con los hijos disputando el supuesto cuerpo muerto de una Mamá Cora que sólo era un estorbo en vida; en “Elsa & Fred” mostrando los prejuicios del amor a los 80 y en “Besos en la frente” la posibilidad de un romance con 50 años de diferencia entre una mujer de 70 y un Leonardo Sbaraglia de 20. En esta época en la que es común la discriminación por edad, iluminamos la pantalla con personajes deseables y deseantes. Roles en los que no están al cuidado de los nietitos, sino que buscan amar y ser amados.

Nos quedamos un rato en silencio, disfrutando del murmullo de la confitería, de las medialunas y del sol que se filtraba por los ventanales. Sabía que esa era una entrevista que no iba a olvidar. Y que, en algún lugar, José Luis Zorrilla de San Martín estaría sonriendo, orgulloso de su hija, la mujer que convirtió la vida en arte y la risa en su mayor legado.


Esta es una entrevista ficticia a China Zorrilla, creada con charlas a lo largo de los años. China, un personaje de las artes del Río de la Plata, a quien conocí a través de mi marido Kurt Sturm Jüngling, ya que él hizo un cuadro en sepia de su padre, Luis Zorrilla de San Martín, en una de las muchas visitas a su taller de Montevideo, un fantasmal depósito lleno de esculturas, bustos y efigies, donde se codeaban próceres rioplatenses de colores políticos variopintos (Aparicio Saravia, José Artigas, Julio Argentino Roca), con caciques charrúas, guerreros romanos… En una sala, pinturas y retratos de diferentes generaciones de la familia. En un rincón había una foto de China con sus cuatro hermanas, Guma, Inés, Teresa y María Elvira.

Kurt le regaló el retrato a China. Ella quedó muy agradecida y solíamos vernos cuando estrenaba alguna obra en Buenos Aires.

Siempre la admiré como actriz, directora y regisseur en la compañía del SODRE de Montevideo. Pero además como una personalidad fascinante y arrolladora, de un humor que me fascinaba.

2014 Escultor José Luis Zorrilla de San Martín Obra en sepia de Kurt Sturm Jüngling

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Entrevista a China Zorrilla

  1. Hola Daniel
    Me gustó en todos sus trabajos como actriz, aunque era de esas actrices y actores que siempre hacen de ellos mismos. Pero me gustó más todavía como persona, directa, franca, con las ideas muy claras. Como bien dices: «una mujer extraordinaria».
    Gracias por tu comentario. Un abrazo
    Marlen

  2. Hola, Marlen.
    Una entrevista muy interesante y de la que se pueden sacar jugosas reflexiones y lecciones de vida; aunque sea ficticia, lo que también dice mucho de tu arte y saber.
    No sé si ya no existen «Grandes Personajes» como este o es que todo está desvirtualizado. Pero veo cada elemento que ejerce de mito y ejemplo para jóvenes y niños, que… tela del telón. Por eso son tan importantes nuestros ancianos. Tienen tanto que enseñarnos.
    Muchas gracias. Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      Creo que siguen existiendo personajes auténticos en todos los ámbitos de la vida actual, pero es tanto el ruido y la prisa que sufrimos, que nos estamos perdiendo conocer personas muy interesantes que deberían ser ejemplo de las nuevas generaciones. Y eso lo vamos a pagar indudablemente. Hemos pasado de los deportistas a los influencers. Si preguntas a cualquier chico o chica desde niños hasta veinteañeros, te dirán sin dudar el nombre de su «creador de contenido» preferido. Con millones de seguidores en las redes (no es exageración), promocionando marcas internacionales de renombre, marcando los gustos y las conversaciones y cobrando por colaborar con ellos tarifas que se expresan en k€ (la nueva moneda: miles de euros) y van hasta los 300k€ o 400k€, son los ídolos actuales. Te recomendaría que escucharas alguno para hacerte una idea, pero no me atrevo.
      Tienes razón, los ancianos tienen mucho que enseñarnos, pero han perdido (perdón, quería decir «hemos» perdido) toda relación con la vida actual. Tal vez esta sea sólo la visión de un país donde la vida (por el momento y en general) es fácil y cómoda. No sé qué estará pasando en otros países y mucho menos si hablamos de países en crisis o en guerra, que no son pocos.
      Así que, desde este, mi txoko, mi pequeño rincón, seguiré mostrando un mundo y personajes que se van muriendo en el silencio del olvido. Y seguiré agradeciendo que locos de la misma especie como tú, se acerquen a leer y a comentar. ¡¡Muchas gracias Amigo!! Un abrazo grandote.

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