Ponete la camiseta, no la etiqueta

Un relato sobre ser muchas cosas a la vez… y no pedir disculpas por ninguna

A veces sentía que la gente la miraba como si ya supiera todo de ella sin conocerla. Como si llevar minifalda, pintarse las uñas de rojo cereza y reír fuerte con sus amigas en el recreo fuera una especie de declaración definitiva sobre quién era y qué hacía en su vida.

Se llamaba Nancy, tenía 17 años, y si te quedabas en la superficie, podías pensar que era exactamente lo que parecía: la chica popular, coqueta, sexy, que hablaba de chicos, maquillaje y fiestas. Y sí, le encantaba todo eso. No lo negaba. Le gustaba sentirse linda, deseada, segura. Pero eso no era todo lo que era.

Lo que nadie —salvo tres personas— sabía, era que los domingos, bien temprano, Nancy se trenzaba el pelo, se ponía la camiseta blanca con la franja roja de su club, y se iba con su mejor amigo Juancho a la cancha. Saltaba, gritaba, insultaba al árbitro, se emocionaba hasta las lágrimas si su equipo ganaba.

Le apasionaba el fútbol desde los seis años, cuando por primera vez su padre y su tío la llevaron a la cancha. Pero desde los once, había aprendido a callarlo.

.- No queda lindo en una chica, —le había dicho su madre una vez, al ver una foto suya con la camiseta del club.
.- ¡Qué desperdicio, con esa cara tan linda y metida en ese ambiente masculino! —agregaba con desdén.

Su padre, en cambio, la mimaba, la llenaba de elogios por su belleza, su estilo. La miraba como si siempre estuviera en una pasarela.

La abuela era otra historia. Era la única que la trataba como un alma compleja. La única que no decía “Vos sos así”, sino “Vos podés ser muchas cosas a la vez, todo lo que quieras”.

.- El mundo va a querer encasillarte, mi niña. No dejes que lo haga. Vos no sos una etiqueta, sos un universo.

Nancy no decía nada. Sólo asentía y se refugiaba en su regazo.

Araceli y Graciela, sus dos amigas íntimas, sabían la verdad. Eran las únicas a quienes Nancy les había mostrado su camiseta de fútbol como si fuera un secreto sagrado. No la juzgaban ni se sorprendían, al contrario, la alentaban desde las sombras. Araceli era la más callada, pero le había dicho una vez: 

.- Sos mucho más interesante desde que dejaste de actuar.

Graciela, en cambio, la provocaba:

.- Mostrá tu camiseta, Cyntia, que te queda mejor que el rímel.

Ellas eran su pequeña tribuna privada. Las únicas que aplaudían lo que realmente la hacía vibrar.

Faltaban tres semanas para la fiesta de fin de curso. La noche donde todo el colegio se vestía de gala, bailaba, se tomaban fotos como si fueran estrellas de cine. Sus amigas estaban eufóricas. Habían elegido vestidos, zapatos, iban a hacerse las uñas juntas esa mañana.

Pero el destino, con su sentido del humor particular, puso la final de la “Copa de la Liga”, esa que lleva el nombre del mejor jugador del mundo: “Diego Armando Maradona”, el mismo día y en el mismo horario.

Nancy lo supo en cuanto Juancho, con los ojos brillando, le dijo:
.- Conseguí entradas. Veinte horas en la cola, pero las conseguí. ¡Platea! Es la final, Nancy. La final que soñamos desde chicos.

Ella se quedó en silencio. Su cabeza era un eco de voces.

No podés faltar a la fiesta.
Te estuviste preparando meses.
¿Y qué van a decir las chicas?
¿Y tu vestido?
¿Y si alguien se entera?

Esa noche, no pudo dormir. Al otro día, fue a lo de su abuela. Se sentó a su lado, y sin rodeos, le contó todo. Que se sentía dividida. Que sentía que tenía que elegir entre ser “la Nancy que esperan” o “la Nancy real”.

La abuela no respondió enseguida. Le sirvió té con limón, como a ellas les gustaba. Luego la miró con dulzura y dijo:

.- ¿Y si no tuvieras que elegir? ¿Y si ser vos fuera justamente eso, no encajar del todo en ninguna cajita?

Nancy la miró. Y algo, muy adentro, hizo clic.

Llegó el día.

Las amigas se mandaban fotos con sus vestidos. Juancho la esperaba a la entrada del subte. Su vestido de gala colgaba de la puerta. La camiseta del club, sobre la cama.

En el espejo, se quedó largo rato mirándose.
Dos Nancys se encontraban en el reflejo.
Una no excluía a la otra.
Eran la misma.

Pero no, no voy a contarte qué eligió.

Algunos pueden pensar que fue a la fiesta y volvió con la sonrisa de siempre, pero los ojos un poco más tristes.

Otros estarán seguros que una chica con trenza y gorro del club fue vista llorando de alegría cuando su equipo levantó la copa.

Lo cierto es que, esa noche, Nancy dejó de tener miedo de ser muchas cosas a la vez.

¿Y vos? ¿Cuántas partes de vos estás dejando afuera para encajar en un molde que no te pertenece?

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Ponete la camiseta, no la etiqueta

  1. Hola, Marlen.
    ¡Cuántas historias contadas en este único cuento! Porque muchos niños y adolescentes (también adultos) ocultan esos otros yo que desearían vivir abiertamente y sin excusas.
    Problemas de identidad, género, afición, cultura, religión, lenguaje… Tantas y tantas cosas que nos hace únicos, Pero que, al mismo tiempo, su variedad nos enriquece como humanidad.
    Creo que hemos dado varios pasos atrás en estas «libertades», como en casi todo. Y necesitamos nuevas generaciones más libres, más confiadas, más abiertas, más esos yo que necesitan salir del armario, del baúl, de la casa, de las mentes cerradas y retrógradas de la sociedad.
    Gracias por estos cuentos que nos llevan a tantas reflexiones. Ojalá abriera mentes y cerrara pantallas.
    Abrazo Grande, amiga.

    1. Hola Jose
      ¿Qué les regalamos? ¡Al niño un cochecito y a la niña una muñeca! Los cambios no son tan grandes como uno piensa. Y si bien es cierto que en ciertos ambientes ya se acepta que el género es independiente de los gustos o preferencias, todavía es muchísima la gente que aún no ha podido romper los esquemas establecidos.
      Tenía ganas de reflexionar sobre este tema, los roles asignados por ser hombre o mujer. Porque yo también creo que tú tienes razón en pensar que, por diferentes razones, «hemos dado varios pasos atrás en estas libertades». Una vez más caemos en las redes al culparlas del acoso al que se somete a ciertos adolescentes, por parte de sus propios compañeros. Aunque en el caso de Nancy, quien no entendía el problema era la madre (caso que también se suele dar, pero es menos comentado) por miedo a cómo va a ser tratada, por sobreproteger, por el qué dirán…
      Totalmente de acuerdo contigo en que «necesitamos nuevas generaciones más libres, más confiadas, más abiertas, más seguras de sí mismas», más valientes para defender a quien se muestra tal cual es. Y no es fácil. En la adolescencia cuenta más la palabra de un compañero que la directiva al completo del instituto.
      ¡Ojalá estos cuentos sirvieran para reflexionar! Gracias por tu comentario. Un abrazo grande y buen fin de semana.

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