Los atlantes invisibles

En un rincón perdido del océano, donde las brújulas dejan de funcionar y los mapas se convierten en papel inútil, surca los mares una urca mágica. En 1598 la histórica urca holandesa “El Mundo de Plata”, después de reconocer la costa de Guinea, cruzó el Atlántico y llegó al Río de la Plata. En aquellos tiempos la noticia fue que había caído en manos de los portugueses en la Bahía de Todos los Santos, donde fue completamente saqueada y destruida.

Pero las fake news no son cosa de nuestro tiempo. Y, aunque no con ese mismo nombre, la destrucción de “El mundo de la Plata” ya forma parte de la larga lista de bulos y mentiras que corren por el mundo. Lo cierto es que fue rescatada por unos seres muy especiales y ya sé que es difícil de creer, pero aún sigue navegando.

Su casco de madera reluciente parece tallado con hilos de oro y nácar, pero lo que más llama la atención son sus velas: en lugar de tela, están formadas por mariposas gigantes de colores iridiscentes. Las alas de estas mariposas laten al compás del viento, creando una sinfonía de destellos que pintan el cielo con tonos que ningún ser humano ha visto jamás.

Sobre el barco, un dios hecho de nubes sopla suavemente. Su figura, tan grande como el horizonte, tiene la forma de un anciano barbudo, con ojos como torbellinos y labios que emiten ráfagas de aire con la fuerza exacta para mover al barco sin agitar el mar en calma. Este dios es un vestigio de los tiempos antiguos, protector de los últimos descendientes de la Atlántida, quienes viven ocultos en este mundo de magia y misterio.

En el agua que rodea a la nave, unos seres altos y delgados emergen con movimientos silenciosos. Llevan trajes ajustados que brillan como el ébano bajo la luz del sol, y sus rostros, cubiertos por máscaras de cristal transparente, revelan ojos luminosos que parecen contener constelaciones enteras.

Estos seres son los últimos atlantes, los restos de una civilización que, tras la desaparición de su imperio, evolucionaron para adaptarse a las fuerzas del océano y la magia que aún fluye por el mundo.

Los atlantes han desarrollado una relación única con las fuerzas de la naturaleza. Han descubierto secretos que los humanos solo podrían imaginar: cómo escuchar los susurros de las mareas para predecir tormentas, cómo domar corrientes submarinas para viajar sin ser vistos, y cómo comunicarse con criaturas marinas que actúan como sus aliados y protectores. Pero su mayor logro es “El mundo de la Plata” el velero de las mariposas, una obra de ingeniería mágica que combina la naturaleza con el poder del viento.

El barco no es sólo un barco, es un hogar, un santuario y un símbolo. Cada mariposa que forma sus velas está viva y vinculada a la esencia mágica del océano. Pequeñas mariposas de colores vuelan libres alrededor del navío, acompañándolo como un enjambre danzante que ilumina el aire con chispas de luz.

Los atlantes viven en total aislamiento, escondidos de los humanos a quienes culpan por la caída de su civilización. No necesitan comida en el sentido humano. Han aprendido a extraer la energía vital del océano, absorbiendo su poder a través de los trajes que llevan. Sus días transcurren en un equilibrio entre ciencia y magia. Utilizan herramientas que combinan piedras preciosas encantadas con tecnología avanzada para crear energía, sanar heridas y mantener su invisibilidad ante los humanos.

Su propósito es simple pero profundo: proteger los secretos del océano y de la magia que queda en el mundo. Los atlantes creen que si los humanos descubrieran su existencia, traerían consigo guerras, avaricia y destrucción, como lo hicieron una vez en los tiempos antiguos. Por eso se ocultan, negándose a interferir en el mundo de la superficie, salvo en casos de extrema necesidad.

Un día, mientras el galeón surcaba un mar teñido de oro por la luz del atardecer, algo extraño ocurrió. Desde el horizonte apareció un grupo de barcos humanos, pequeños y toscos en comparación con la elegancia de “El mundo de plata”. No era común que los humanos llegaran tan lejos, pero lo más preocupante era lo que llevaban a bordo: redes enormes y antorchas que chisporroteaban con un brillo anaranjado.

En los barcos humanos, un grupo de hombres, pescadores toscos pobremente ataviados, manejaba las redes con destreza. Sus movimientos eran ágiles, y sus ojos brillaban con una codicia inquietante. No eran marineros ordinarios, no actuaban como pescadores sino como cazadores. Habían escuchado rumores sobre las sorprendentes mariposas del océano y buscaban atraparlas para venderlas como curiosidades, o peor aún, para tratar de extraer su magia.

Los atlantes, que hasta entonces habían permanecido ocultos en el agua, emergieron alrededor del galeón. Aunque no podían comunicarse con palabras, sus movimientos transmitían alarma y determinación. Debían proteger el mágico navío y a las mariposas a toda costa.

Cuando los cazadores se acercaron, las mariposas comenzaron a latir sus alas con más fuerza, llenando el aire con destellos que cegaron a los humanos. Pero los cazadores, acostumbrados a las trampas de la naturaleza, avanzaron con cautela, lanzando sus redes hacia el enjambre de pequeñas mariposas que volaban alrededor del buque.

Fue entonces cuando el dios de las nubes intervino. Desde el cielo, sopló con toda su fuerza, creando un viento tan potente que las redes de los cazadores quedaron hechas trizas entre las olas gigantescas, donde se desintegraron en polvo brillante. El mar se agitó, y una corriente portentosa levantó a los barcos humanos, llevándolos lejos de “El mundo de plata”, hasta dejarlos varados en una isla desierta donde ninguna criatura mágica podría ser lastimada.

Cuando todo terminó, la urca continuó su viaje, pero algo había cambiado. Las pequeñas mariposas que volaban libres comenzaron a multiplicarse, creando un escudo viviente alrededor del galeón. Este enjambre, que parecía un arcoíris en movimiento, se convirtió en el nuevo protector de la nave y su tripulación.

Los atlantes, aunque se sentían tristes por el contacto con los humanos, sabían que la magia del navío y su vínculo con las mariposas había demostrado ser más fuerte que cualquier amenaza. Mientras el dios de las nubes soplaba suavemente para llevarlos a un lugar seguro, los atlantes se comprometieron a seguir cuidando del océano y de sus secretos, esperando el día en que los humanos aprendieran a vivir en armonía con la naturaleza y la magia.

Y así, el velero de las mariposas siguió navegando, un faro de esperanza y misterio en un mundo que aún no estaba listo para comprenderlo.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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