Las Cruzadas de los niños piadosos

Mi nombre es Thomas, hijo de panadero. Tenía doce años cuando partí con Esteban. Nadie me pidió que lo hiciera. Nadie me detuvo. Cloyes era un pueblo tan pequeño que cuando el pastorcito empezó a hablar del mensaje de Jesucristo, hasta los gatos lo seguían. Decía que el mar se abriría para nosotros, que los adultos habían fracasado porque sus espadas eran de hierro, no de fe. Nosotros: niños, pobres, invisibles, seríamos la llave.

Recuerdo la mirada de mi madre, no era de alegría ni de temor. Era una resignación antigua, como si supiera que no había forma de retenerme.

Éramos miles. Caminábamos con los pies descalzos, cantando. Algunos llevaban cruces de madera atadas con sogas. Otros sólo una bolsa con pan duro y una Biblia que no sabían leer. Yo tenía un saquito de tela cosido por mi hermana con dos monedas y una figura de bronce de San Miguel.

No sabíamos nada del mundo. Sólo que estaba roto y que a nosotros nos tocaba repararlo.

El calor nos partía los labios. Las noches eran frías y llenas de espinas. Algunos niños dormían abrazados a burros. Otros se quedaban dormidos en medio del campo y no despertaban.

En Marsella, cuando por fin vimos el mar, todos gritamos. Era más grande que nuestras vidas. Esteban alzó los brazos y dijo:

.- ¡Aquí se abrirán las aguas, como para Moisés! ¡Esperemos en oración!

Esperamos. Un día. Dos. Siete. Nada.

Algunos comenzaron a llorar. Otros a dudar.

.- Tal vez Jesús quiera que esperemos más —decía Esteban.

Yo iba cada mañana con Jean y Eloïse, dos hermanos de Lyon, a mirar el mar.

Eloïse me dijo un día:

.- ¿Y si esto no es una cruzada, sino una trampa?

No supe responder.

Entonces aparecieron dos hombres: Hugo el Hierro y Guillermo el Cerdo. Eran mercaderes. Sonreían como los curas en misa.

.- Nosotros os llevaremos. Por la gloria de Dios. Gratis —dijeron.

Siete barcos. El nuestro se llamaba La Magdalena. Nos embarcamos creyendo que el milagro había venido por mar y no por tierra.

Pero no era un milagro. Era otra cosa.

El mar, ese día, no se abrió. Sólo tragó. Dos barcos se hundieron cerca de Cerdeña. Jean iba en uno. Nunca supe si logró nadar. Yo no sabía nadar. Me aferré al madero como a una cruz.

Fuimos llevados a Argel.

Allí aprendí lo que era el mercado de almas. Uno a uno fuimos vendidos. Éramos “niños francos, limpios, fuertes”. Eso valía. Eloïse fue separada de mí. La última vez que la vi, tenía la mirada clavada en el cielo, como si el Mediterráneo todavía pudiera abrirse.

Trabajé en los campos del gobernador de Egipto durante 16 años. Aprendí el idioma, el sabor del polvo, la forma de caminar sin dejar huellas. Mi fe se convirtió en un silencio profundo. No renegaba, pero tampoco pedía. Ya no.

Algunos de nosotros fueron liberados cuando Federico II firmó la paz con el sultán. Yo no volví a Francia. ¿A qué? Mi padre habría muerto. Mi madre también. Mi hermana ya no me recordaría.

Hoy tengo más de cincuenta años y escribo estas líneas en Alejandría, como escribano. Nadie recuerda ya a Esteban. Dicen que fue un loco. Yo sí lo recuerdo y a Nicolás también. Recuerdo el canto de los niños. Las manos sucias sujetando cruces hechas de ramas. Las noches en que soñábamos con Jerusalén como si fuera el Paraíso.

Me pregunto si fuimos estúpidos o puros.

Si los adultos no nos detuvieron porque creían de verdad, o porque preferían no ver.

Me pregunto si Jesús habló con Esteban.

Y si no lo hizo… ¿quién habló entonces?

He enseñado a mis hijos a leer. A mis nietos les cuento historias. Pero esta no. Esta la guardo en el fondo de mi corazón. Sólo la escribo para que alguien, algún día, recuerde y no se olvide.

No todos los milagros fallidos son fracasos. Algunos son advertencias. Otros son semillas.

Y algunos son preguntas que cruzan el tiempo como barcos sin bandera.


Parece increíble que, después del hartazgo que acusaban las naciones del Occidente cristiano a principios del siglo XIII, bastase la predicación de un pequeño pastor de doce años para desatar un fanatismo religioso disparatado que animó una empresa completamente absurda. Esteban, un joven de la pequeña ciudad de Cloyes, se presentó en mayo de 1212 en la corte del rey Felipe Augusto de Francia con una carta que, según aseguraba, le había sido entregada por Jesucristo en persona mientras guardaba sus ovejas, con el encargo de predicar la cruzada.

El rey lo envió a casa, pero el pastor cayó en un delirio de fervor místico y anunció que encabezaría una cruzada de niños para la salvación del cristianismo. Y que, así como el mar Rojo se había abierto ante Moisés, el Mediterráneo se abriría para que la cruzada infantil pudiera alcanzar Tierra Santa. En menos de un mes el niño pastor reunió a unos 30.000 niños. En compañía de algunos religiosos salieron de Vendôme en julio de 1212 hacia el sur.

La noticia de la cruzada infantil francesa desencadenó un movimiento parecido en Alemania. Un joven campesino llamado Nicolás inició en Colonia la evangelización y en pocas semanas reunió un ejército de niños que cruzaron los Alpes en dirección a Génova, Ancona y Brindisi.

Es fácil comprender que unos niños, en su ignorancia y afán de aventuras, se dejasen arrastrar a semejante empresa. Lo que resulta difícil de entender son los motivos por los que sus padres les permitieron marcharse y que ningún sacerdote ni obispo interviniera para prohibir la expedición a los Santos Lugares, donde habían fracasado y perecido ejércitos enteros. Acaso fuera precisamente el fracaso de las cruzadas anteriores lo que hizo concebir una última esperanza en las cruzadas infantiles.

De los que habían salido de Colonia, menos de la tercera parte llegó a la ciudad de Génova. El hambre, la sed y las penalidades del paso a pie por los Alpes habían causado numerosas víctimas. También la expedición francesa padeció hambre y sed. Muchos murieron al borde del camino.

Los pocos que lograron alcanzar Marsella o Génova corrieron en seguida a las playas para vivir el milagro del mar abriéndose ante ellos. Al comprobar que no sucedía tal cosa, su decepción fue inmensa. Algunos pensaron que habían sido engañados por Esteban, pero muchos acudían todos los días a la orilla del mar en espera de que se cumpliese el prodigio anunciado.

Un grupo de los miembros de la cruzada alemana encabezada por Nicolás continuaron hasta Brindisi y allí encontraron barcos dispuestos a llevarles a Tierra Santa. Los padres de los niños que habían perecido en el camino, después de haber creído en las promesas celestiales, clamaron venganza terrenal, y el padre de Nicolás fue preso y ahorcado.

En Marsella Esteban aceptó la oferta de dos mercaderes, fletaron siete barcos y zarparon. Pasaron dieciocho años antes de que se volviese a tener noticia de lo que había sucedido a sus pasajeros: dos de los siete barcos se habían estrellado contra las rocas durante una tormenta y todos sus ocupantes se habían ahogado. En cuanto a los niños de los otros cinco barcos, fueron llevados a Argel por los mercaderes y vendidos como esclavos.

Los que no encontraron comprador fueron conducidos a Alejandría. La mayoría fue adquirida por el gobernador egipcio para que trabajasen en sus fincas. Algunos de ellos quedaron libres en el año 1229, cuando el emperador Federico II firmó un tratado con el sultán Malik al-Kamil, pero muchos continuaron siendo esclavos hasta su muerte.

El recuerdo de estas cruzadas se ha conservado en el folklore. Medio siglo después de tan terrible desenlace comenzó a circular la leyenda del músico que encantaba a los niños con su flauta. Años más tarde fue convertido en encantador de ratas. Este es el origen del cuento del “Flautista de Hamelin”.

El flautista de Hamelin sería un lejano recuerdo que las cruzadas infantiles dejaron en el folklore europeo

La primera parte de esta entrada es un cuento de ficción, la segunda es una recopilación de datos sobre las «Cruzadas de Inocentes» que se desarrollaron en el siglo XIII.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Las Cruzadas de los niños piadosos”

  1. Ufff y mega ufff. Conocía sobre las cruzadas infantiles, pero tu relato lo hace más cercano, más vívido. Yo no puedo concebir que les hayan dejado hacer tal cosa. Sin duda eran tiempos de fanatismo extremo pero, ¿en realidad ya no existe eso? Hoy vemos engaños de todo tipo, niño que se inmolan llevando bombas, gobernantes que solo mienten e inflaman la fe ciega que tienen en ellos sus fanáticos. En fin, muy triste lo que pasó con esos chicos, una mancha vergonzosa entre todas las que tiene la historia de la humanidad. Muy bueno Marlen. Saludos.

  2. Hola Ana
    Yo tenía una idea sobre este tema de las cruzadas infantiles, pero no sabía mucho. Cuando empecé a investigar, aluciné pensando en todos esos niños a los que entusiasmaron con la aprobación de sus padres y familias. Ese calvario de años me parece inimaginable. Por eso las reflexiones finales de Thomas, por eso su decisión de no volver a estar con su familia. Y no quise poner la última pregunta: Si mi familia no fue capaz de salvarme de esa tortura, ¿para qué volver a verlos, para reprocharles que no fueran capaces de salvarme de esa salvajada? ¿Era más importante la religión que la vida de su hijo?
    Nos quejamos de lo que vivimos en esta época de la civilización, y con razón. Pero ¿y si hubiera vivido en aquella época? ¿Y si no hubiera podido convencer a la iglesia y al pueblo y a lo mejor, hasta a mi marido de que el niño debía quedarse en casa? ¡Qué tristeza!
    Gracias por tu comentario. Un abrazo.

  3. Hola, Marlen.
    Otra grandísima entrada que, por un lado, nos ilustra sobre un acontecimiento histórico del que no había oído nada. ¿Cómo es posible? Supongo que hay historias que prefieren mantenerse en el olvido o alejarlas de los oídos de la tristeza de la memoria. Por supuesto, nunca se escuchó en los colegios religiosos a los que fui.
    Por otro lado, enriqueces el hecho con uno de tus preciosos y reflexivos cuentos. Este nos hace llegar la historia con mucha más cercanía y emotividad.
    Ante la pregunta que brota del texto, y que se hace Ana, creo que no es un hecho asilado y fruto de la historia y el momento. Se repite y repetirá hasta la saciedad, sin remordimiento ni compasión. Hoy, más que nunca, es demasiado fácil «convencer» a la gente de que hechos salvajes, brutales, injustificables, sean aceptados y hasta defendidos con razones estúpidas. Y los niños, los más débiles y manipulables, siempre serán objetivo certero de esas mentes perversas, incluso, con la bendición de sus familias.
    Ya sabes lo que opino de la religión, de la política y de esta estúpida sociedad que se esconde detrás de las pantallas. Es demasiado fácil engañar impunemente y convencer a la falta de neuronas.
    Para conocer la calidad del corazón de una persona solo hace falta ver la forma en que mira las imágenes de los niños de Gaza. No hay color, religión, política ni leches que justifique eso.
    Gracias por el cuento, amiga. Siempre es bueno recordar estas cosas. Tal vez, quizás, a lo mejor, puede que, con un poco de suerte… Los corazones blancos lo leerán, conocerán, entenderán y otro mundo sea posible.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      Yo tenía una idea de algo leído hace muchísimo tiempo. Hubo una época en la que iba a una biblioteca de Buenos Aires a consultar las revistas de National Geographic. Y cuando hace unos días, recordé el tema, pensé que lo había soñado y no podía ser verdad. Pero empecé a investigar y ¡Oh sorpresa, era cierto! las cruzadas eran campañas militares y religiosas, impulsadas por la Iglesia Católica, entre los siglos XI y XIII, con el objetivo de recuperar Tierra Santa, especialmente Jerusalén, del control musulmán. Hasta ahí, todo claro. Pero también existieron estas cruzadas con el mismo propósito???? realizadas por niños (franceses y alemanes). No sólo nunca se escuchó en los colegios religiosos a los que fuiste, tampoco lo aprendí yo en la escuela pública laica a la que asistí. Se ve que no había mucho interés en remover la historia.
      Así que, bastante alucinada, empecé escribiendo lo que se sabe y luego me inventé el cuento por si sirve para no volver a organizar aventuras como estas. Ya que, visto lo que estamos viendo, no me sorprendería enterarme de una cruzada para recuperar territorio cristiano en manos de infieles
      Creo que tú ya sabes también mi parecer en cuanto a la religión, a la política y a los políticos en general, aunque no generalicemos. Pero también tengo la optimista idea (aunque a veces creo que es estúpida más que optimista) de que no debo quejarme si, por lo menos, no intento hacer reflexionar a las nuevas generaciones. Lo sé, ¡no es fácil ir por la vida de optimista! Mi empeño es seguir recordando, seguir gritando lo que me subleva y seguir aplaudiendo lo que me da alas para seguir creyendo.
      Como tú dices: «Tal vez, quizás, a lo mejor, puede que, con un poco de suerte…» esto llegue hasta quien debe llegar.
      Entretanto, gracias por tus comentarios. Un abrazo grande.

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