Los pequeños cielos y las pequeñas mierdas de cada día

Esta mañana desayunaba tranquilamente, respirando profundo y dando gracias por todo lo que consideramos normal y habitual, preparándome para un nuevo día. Y algo extraño, insignificante, irrumpió en mi atiborrada mente. Era un ruido molesto y persistente que salía de… ¿de dónde venía ese ruido? ¿del frigorífico? ¿otra cosa más para preocuparme? ¿ya empezamos con los líos desde tan temprano?

Es que las pequeñas mierdas son eso: inconvenientes que no me van a arruinar la vida, pero que están ahí, imperturbables, recordándome que existen en los momentos menos deseados, para jorobarme un pequeño momento de disfrute. Y yo no había sido consciente de eso hasta que me faltó ese alguien con quien compartirlos y darles un plumerazo para espantarlos, los haya resuelto o haya decidido no hacerlo.

Lo mismo que los pequeños cielos, tan insignificantes, tan baladíes… 

Hubo una vez en mi vida en que fui parte del equipo de vóley del colegio y ganamos el campeonato anual. Una pequeña victoria que se transformó en grande por cómo la festejamos y vivimos todas las chicas juntas. El tiempo se encargó de guardar ese recuerdo en el baúl del “Pasado y olvidado”. Pero el sábado pasado estábamos en el caserío de Navarra con mi hermano y su familia y me puse a jugar con mis sobrinos pequeños con una pelota que había llevado. Eso no era vóley, pero tenía un “je ne sais quoi” que abrió el baúl y nos reímos y saboreamos esos instantes fugaces como si se tratara de un final de copa.

Y ahí llego con mis reflexiones. Porque estoy en un momento en el que necesito a quien me pueda y quiera regalar su oído y su compartir pequeñas cosas, esas que no sueles contar porque son tan nimias que molestan al runrún diario. Esas para las que necesitas al ser elegido del otro lado del cable de conexión, esas que también escuchas de este lado del cable, porque el movimiento es de ida y vuelta.

En esos momentos extraño mucho, muchísimo mis charlas con Kurt, tomando algo al atardecer, antes de sentarnos a cenar, con alguna melodía sonando de fondo, como en una película en la que sabes que no vas a ver grandes escenas sino la vida de las pequeñas cosas “significantes”.

Y extraño también la charla diaria con Tonia, mi amiga que, pasara lo que pasase, no se acostaba sin haber hablado por teléfono conmigo y haber hecho funcionar el compartir las triviales pequeñas cosas diarias.

Pero Kurt y Tonia han seguido sus caminos en otra esfera y me he ido cansando, casi sin darme cuenta, de no encontrar otra conexión de ese tipo, por lo cual me he ido alejando de a poco de amigos queridos pero no aptos para enchufes poco trascendentales. Y he encontrado la loca posibilidad de cortar el cable y empalmarlo con la bendita y maldita red, con la quimera de volver a reconectar, con la locura de escribir lo que se me ocurre cuando se me ocurre y escuchar el eco de otras voces, las risas, los miedos, las angustias y los comentarios.

He descubierto también que no es tan fácil. ¡Vaya, ya era hora de darse cuenta!

Cada ser en este maravilloso mundo está destinado, entre otras cosas, a lidiar con sus pequeños cielos y sus pequeñas mierdas de cada día y no tiene tiempo ni ganas de compartirlas ni de escuchar las de los demás. No debería quejarme porque existen seres empáticos a mi alrededor y también doy gracias por ellos. ¡La vida sería muy acojonante si no los tuviera!

Pero ¡hay de mí! Después de haber conocido el cable ideal, ¿quién podría no extrañar su sencilla conexión?

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

6 comentarios sobre “Los pequeños cielos y las pequeñas mierdas de cada día

  1. Qué bonita imagen, la de las amapolas que me llevan a recordar una frase de mi hijo: Las amapolas son las eternas infravaloradas. Pues yo estoy al otro lado de esa línea, de la que hablas y de la que nos podemos disociar. Así que cuando quieras, estoy dispuesta a unir mis pequeñas cosas con las tuyas. Mis problemas del primer mundo con los tuyos. Quién sabe Donosti, Barcelona? A un tiro de piedra.

  2. No voy a decir nada nuevo: somos seres sociales. Y necesitamos esa relación para estar a gusto, por más que tendamos al individualismo. Justo antes de leerte he visto que hoy es el Día de los Amigos. Yo me siento muy afortunada porque siempre tengo a alguien que escuche mis pequeñas (y grandes) mierdas. Y me encanta que me cuenten las suyas. 🙂
    Muy buena reflexión. Un abrazo

    1. Hola Uxue
      ¡Exacto, somos seres sociales! Y, por lo tanto, tener ese tipo de relación de amistad es una necesidad.
      Sí, el 20 de julio, desde hace muchos años, en Argentina es el «Día del amigo». Por eso, dedicado a mis amigos queridos y a mis Amigos especiales, escribí esta entrada. ¡Qué bien que encontraras eco en ella!
      Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo
      Marlen

  3. Hola, Marlen.
    La Soledad buscada y encontrada es un gran tesoro, pero necesitamos de vez en cuando ese oído que nos escuche y esa boca que nos reconforte. A veces, por más que estemos rodeados de gente, nos sentimos demasiado solos por no poder saborear esos pequeños momentos tan necesarios.
    Mucho ánimo y no dejes de escribir, es otra forma de soltar lastre y encontrar almas gemelas. Y, cuando lo necesites, lanza un cable hacia el Sur. 😉
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      Sí, tienes razón: «la soledad buscada y encontrada es un gran tesoro» que no muchos saben apreciar y disfrutar. Y a pesar de ser una gran «disfrutona» de mi soledad (en parte aceptada y en parte buscada), necesito a veces, como bien dices, ese oído que nos escuche las pequeñas cosas poco importantes y esa boca que comparta las nimiedades propias. Pero era esa fecha especial, era 20 de julio, cumpleaños de Kurt. Y la nostalgia me rondaba con ganas de agriar el domingo.
      Muchas gracias por los ánimos y ofrecimientos. En cuanto a dejar de escribir, decía en la entrada que «he encontrado la loca posibilidad de cortar el cable y empalmarlo con la bendita y maldita red, con la quimera de volver a reconectar, con la locura de escribir lo que se me ocurre cuando se me ocurre y escuchar el eco de otras voces, las risas, los miedos, las angustias y los comentarios» Las voces de las almas gemelas Amigas que están pendientes de lo que vamos volcando en nuestros maravillosos blogs. Así que gracias por estar ahí. Un abrazo grandote.

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