El coronel (retirado, pero siempre coronel) Harry García Ahumada tenía 80 años y una certeza inquebrantable: estaba en lo correcto. Siempre. Sobre cualquier cosa. Desde la historia de la Segunda Guerra Mundial hasta la temperatura exacta en que debía servirse el vino tinto. Pasando, claro, por las formas correctas de cortar una milanesa, criar hijos o doblar las servilletas.
Vivía con su esposa, Graciela, en una casona antigua de Palermo que alguna vez supo tener mayordomo y ahora se sostenía a fuerza de goteras disimuladas y rutinas inamovibles. Graciela había aprendido, con los años, a sobrevivir a su marido del único modo posible: dándole la razón. Sin discutir. A veces incluso sin escucharlo del todo.
.- Tenés razón, Harry —decía mientras le servía el mate con una sonrisa neutra.
Y él asentía, como si la lógica misma se rindiera ante su autoridad.
Los domingos eran la gran escena del teatro familiar. Llegaban los tres hijos: Silvia, la mayor, siempre apurada, con cara de “yo no tengo tiempo para esto”, Julián, el del medio, condescendiente, amable, experto en calmar a su padre sin contradecirlo del todo y Mariano, el menor, que no aguantaba una provocación y vivía discutiendo con su padre permanentemente.
Silvia había sufrido mucho por la imperiosa necesidad de su padre de tener siempre la razón, el deseo constante de probar en todo momento que él es el dueño de la verdad. Sobre todo en la adolescencia, cuando comenzó a pensar que esa actitud se debía a que ella era una mujer. Pero de pronto, se dio cuenta que el género no tenía nada que ver, la impresión de tener la verdad absoluta le daba la sensación de poder y seguridad en un mundo que a menudo él percibía como impredecible.
A Julián siempre le había interesado la psicología y analizando a su padre entendió que necesitaba tener la razón porque tiene un ego muy sensible y no tolera la crítica o la posibilidad de equivocarse. El miedo al error, a equivocarse, lo siente como una amenaza para su propia identidad, lo que le lleva a aferrarse a sus propias ideas. Esa debilidad generó en él un sentimiento de querer ayudarlo, protegerlo. Y aunque nunca se permitiría un abrazo, porque incomodaría a su padre esa muestra de afecto, intentaba suavizar las situaciones y razonar con sus hermanos, sobre todo con Mariano.
Porque Mariano siempre fue y es el más combativo de los tres, el más intransigente con esa forma de actuar de Harry que parece admirarse a sí mismo y cree tener la razón incluso con poca evidencia, lo que lo hace más propenso a querer tenerla siempre. Una forma de orgullo mal expresado que a él le parece que está relacionada con el narcisismo, donde la persona se cree superior a los demás y no tolera que se le contradiga. Por eso sus arrebatos de rabia que sólo se calman con la intervención de Cristina, su mujer, que tiene la palabra justa en el momento apropiado para evitar que se generen más discusiones y enfrentamientos.
También venían los nietos, alborotados, adolescentes, indiferentes al patriarca salvo cuando éste estallaba por alguna tontería.
.- ¡Eso no es jazz! —gritó una vez Harry, escuchando la música del celular de su nieto Tomás—. ¡Eso es ruido disfrazado de arte!
.- Pero si ni siquiera lo escuchaste entero… —intentó decir el chico.
.- ¡El jazz murió en el 58, con Miles Davis, antes de esa porquería de fusión que inventaron después!
Todos se callaban, incómodos. Excepto Mariano, claro.
.- ¿Y si te equivocás, papá?
.- Yo no me equivoco, Mariano. Vos sí, todo el tiempo. Por eso estás como estás.
El comentario voló como un cuchillo. Graciela suspiró hondo, puso su mano en el hombro del hijo y le acercó el plato de petit fours como si la comida pudiera contener la batalla.
Harry también discutía con el diariero (“¿Me podés decir cómo ponen una foto así en portada?”), con el carnicero (“El asado se corta así, no como vos hacés”), con la junta de vecinos hartos de sus perpetuas quejas que aparecían en cada reunión de consorcio, con el portero del edificio de enfrente, que ya lo esquivaba. En todos lados había algo que corregir, alguien que no sabía tanto como él. Porque él sabía. Y si alguien sugería que tal vez… sólo tal vez… no tenía razón, era como arrancarle la piel a jirones.
Una vez, la nieta menor, Lucía, de 6 años, lo sorprendió.
.- Abuelo, ¿alguna vez te equivocaste?
Harry la miró. La boca se le endureció, pero en los ojos se encendió algo. Una memoria. Una ternura rara.
.- Una vez. En Malvinas. Con la brújula. Pero nadie lo supo. Salvo yo. Me callé.
Lucía sonrió, con la simpleza de los niños que no saben cuánto pesa el silencio.
Duró poco.
.- ¿Y qué hiciste?
.- Corregí. No soy un idiota —dijo, recuperando su autoridad.
Y se levantó. Se fue al patio.
Esa noche, Graciela lo encontró en el jardín, sentado solo, mirando un limonero.
.- ¿Te acordás de cuando nació Silvia? —le preguntó ella, suave.
.- Claro. Llovía.
.- No llovía, Harry. Era verano y hacía 40 grados.
.- ¡No, llovía! —dijo él, casi con tristeza.
Ella no insistió. No por darle la razón, sino porque supo que en esa lluvia imaginaria había algo que él necesitaba. Una certeza suya que nadie debía tocar.
La última escena había ocurrido el domingo anterior. Discutía con Mariano sobre si la calle Borges era antes o después de Serrano.
.- ¡Vivís acá hace más de 50 años, papá!
.- ¡Y por eso sé! ¡No me vengas a explicar vos!
Mariano se levantó, furioso. Todos callaron. Harry, por un segundo, pareció encogerse.
Después, sólo dijo:
.- Ya nadie quiere escuchar.
Y ahí, por un instante, fue otro.
No más grande. No más sabio. Sólo un hombre viejo que tenía miedo. Miedo al mundo que cambiaba, a su cuerpo que se negaba a rendirse, al espejo que ya no devolvía al militar rígido, sino a un anciano rodeado de miradas cansadas.
No pidió perdón. No sabía cómo. Pero esa noche, cuando el nieto Tomás se despidió, él le tocó el hombro y le dijo bajito:
.- Tal vez tengas razón con eso del jazz moderno.
Tomás se rió. Y ese pequeño gesto —ínfimo, accidental— fue una grieta en la muralla.
A veces, no se trata de tener la razón. Se trata de aprender a perderla sin perder el amor.
El tiempo, al final nos insufla un soplo de humildad, aunque tarde toda una vida.
Actitudes que en alguien con mucho poder pueden hacer mucho daño.
El reconocer que nos podemos equivocar lo relacionamos con debilidad, cuando es la mayor de las sabidurías. Un cordial saludo.
Hola Oscar
Es cierto, actitudes como las de este coronel pueden hacer mucho daño a los seres queridos que tiene alrededor. Algunos intentan entender, pero para otros serán cicatrices que recordarán y les afectarán el resto de sus vidas. ¡Una pena porque afectan mucho las relaciones!
Y también estoy de acuerdo contigo en que el reconocer que no somos perfectos, que nos podemos equivocar, tiene muy mala prensa. Y es muy tonta esa postura porque es todo lo contrario, es un acto de madurez y sabiduría que nos permite aprender, crecer y mejorar. Es importante aceptar la responsabilidad de nuestras acciones y utilizarlas como oportunidades de aprender. Pero bueno, a quien tiene o ha tenido un puesto de mando, muchas veces, le cuesta hacerlo.
Gracias por tu comentario. Un abrazo
Marlen
¡Qué bonito relato Marlen! Siempre debemos actuar desde el amor hacia el otro, incluso para corregir, o para defender nuestra posición. Es algo que no se aprende fácil. Para mucha gente pedir perdón o reconocer un error es impensable, es como dices en el relato, es como un ataque a su identidad. Me gusta el arco de Harry, porque al final, logra darse cuenta que tener la razón siempre no lo es todo, y tampoco es normal. Imponer nuestra visión a todos solo nos aleja de ellos. Un cuento muy humano Marlen. Enhorabuena.
Tienes razón Ana. Siempre debemos actuar desde el amor hacia el otro, sobre todo si ese otro es un ser querido, pero hay veces que es más fuerte la necesidad de tener razón. Y suele darse en aquellos que como el «coronel» han tenido poder y ya no lo pueden ejercer. ¡Difícil amoldarse! Normalmente, la reacción ante una persona así es una de las tres que simbolizan a los 3 hijos.
No siempre existe ese momento que me permití regalarle a Harry: el momento en que se da cuenta que lo que está perdiendo es mucho más importante que lo que gana con su actitud.
Muchas gracias por tu comentario, Ana. Un abrazo bien fuerte.
Un relato precioso y muy ilustrativo, Marlen.
A veces, la edad no es seguridad de sabiduría, aunque sí de experiencia. Si la persona es inteligente, compresiva y empática, terminará entendiendo que la perfección no existe y que es natural equivocarse. Solo comprendiendo eso se puede aprender y evolucionar.
Gracias por el cuento-reflexión.
Abrazo Grande.
¡Ay Jose! Esas reflexiones que atacan en horas intempestivas y no me dejan dormir hasta que me levanto, escribo y luego duermo como un angelito (o diablito, todo depende). Es cierto lo que dices: «la edad no es seguridad de sabiduría». A veces, con la edad todo se sobredimensiona, lo bueno y lo malo. Y yo creo que es lo que le pasa a Harry. Él, sabelotodo desde su tierna juventud, ejerció su mando sobre los demás en un trabajo que le venía al dedillo. Pero se tuvo que jubilar, estoy segura de que se resistió a ello, pero no le quedó más remedio. Y, más que nunca, necesita demostrar que todavía sirve, todavía tiene la verdad y toda la verdad. Deja la inteligencia, la comprensión y la empatía de lado para decirle a los demás y a la vida que sigue fuerte e igual que siempre. El mundo se le hace cada vez más impredecible, las nuevas tecnologías le abruman y, para colmo, a pesar de estar físicamente bien, los años no llegan en vano. Así que aferrarse a la verdad absoluta que él estaba seguro de poseer es su forma de seguir viviendo. La mujer ya estaba acostumbrada y los hijos también. Pero los nietos, a veces, tocan puntos desconocidos, hacen preguntas incómodas o no se callan cuando debieran. Y en ese momento asumió el paso del tiempo, las grietas en la muralla que siempre mantenía intacta. No sé si está aprendiendo, evolucionando. Pero sí sé que mi pizca optimista me pedía un pequeño gesto.
Muchas gracias, como siempre, por tus comentarios. Un abrazo grandote.