Jon .- ¿Qué lees abuelo?
Abuelo .- Un epitafio lleno de ironía. ¿Sabes lo que es eso?
Jon.- ¿Que si sé lo que es un epitafio o la ironía? Ninguno de los dos.
Abuelo .- Pues ven, ven tú también Txaro. Os voy a contar una historia que pasó hace mucho, muchísimo tiempo.
Jon.- ¿Antes de que tú nacieras?
Abuelo .- Sí, mucho antes. El 25 de junio de 1218 lucía el sol en el bellísimo azul del cielo, los árboles se erguían desafiantes y los trigales susurraban su canción mecidos por un viento inquieto, ajeno a la batalla. Pero Simón IV de Montfort no volvería a ver el azul, el dorado ni el verde de este mundo, ni a oír el viento ni a oler el bosque. Sus ojos se cerraron para siempre en el fragor del combate, cuando una piedra le aplastó el cráneo y acabó con su vida.
Txaro .- ¡Qué brutos!
Abuelo .- Espera, espera, no te adelantes. Antes debéis conocer quién era Simón IV de Montford. El caudillo de la cruzada contra los cátaros, un soldado tan eficiente y brutal como piadoso, y digo esto porque acababa de recibir la comunión, murió por el disparo de una máquina manejada por mujeres e instalada en las murallas de Tolosa, la ciudad que asediaba desde hacía ocho meses.
Era un final inesperado para el hombre que había sometido Occitania a sangre y fuego, y también un final celebrado por sus víctimas, los seguidores de una fe distinta a la suya. De una herejía.
Jon .- ¿De una qué?
Abuelo .- Una herejía es una creencia que está en contra de las costumbres y creencias de una religión, generalmente la católica.
Jon .- ¿Y quiénes eran los herejes?
Abuelo .- Simón IV de Montfort era un noble francés, guerrero y líder militar al servicio del papa y del rey en una de las campañas más brutales de la Edad Media que transcurrió entre los años 1209 y 1229. Una matanza disfrazada de fe. Una página muy negra, aunque muy pocos la recuerden. La Iglesia Católica organizó una campaña militar, con apoyo del rey de Francia, para erradicar a los cátaros que vivían principalmente en el sur de Francia, en la región del Languedoc. Los cátaros eran muy distintos a la iglesia oficial. Ellos no reconocían la autoridad del papa.
Jon .- ¿Pero los cátaros eran cristianos o no?
Abuelo .- Sí. Los cátaros eran cristianos. Pero tenían sus propias ideas: rechazaban los lujos y la riqueza, rechazaban la hipocresía del clero y la adquisición por parte de la Iglesia de tierras y riqueza, no cobraban impuestos, creían que el mundo material era malo, que la Iglesia estaba corrompida y consideraban a hombres y mujeres como iguales. No querían obispos, ni sacerdotes, ni iglesias con oro. Sólo vivir como Jesús.
Txaro .- ¿Y eso molestaba?
Abuelo .- Mucho. A los poderosos no les gusta que les digan que están equivocados. Así que el papa Inocencio III pidió una cruzada contra ellos, como si fueran enemigos de Cristo. Imaginaros: cristianos mandando un ejército… contra otros cristianos.
Jon .- ¿Pero pelearon en batallas?
Abuelo .- Al principio sí. Pero después fue una masacre. Simón IV de Montfort, que era el jefe, condujo asedios y masacres en ciudades como Béziers, Carcassonne, Minerve y Toulouse. En Béziers, por ejemplo, los cruzados rodearon la ciudad. Murieron más de 20.000 personas, sin distinción entre herejes y católicos. Se cuenta que, en un momento dado, alguien preguntó cómo distinguir a los cátaros de los católicos. Y él dijo la infame frase: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos.”
Txaro .- ¡No te creo que dijera eso! ¿A los niños también los mataban?
Abuelo .- Pues sí. Hombres, mujeres, niños, ancianos. A fuego y espada. Y después decían que era por la fe. Se quedó con las tierras de los señores locales derrotados. Fue nombrado conde de Toulouse, lo que le dio gran poder en el sur de Francia. Para la gente de su época, fue un campeón de la fe. Pero para los pueblos del sur de Francia y para la historia crítica moderna, fue un conquistador despiadado, que usó la religión como excusa para ampliar su poder. Siguió conquistando castillos, quemando a los “herejes”. Se hizo señor de toda la región. Pero no era querido. Lo odiaban incluso sus aliados.
Jon .- ¿Y cómo terminó?
Txaro .- ¡Con una piedra que le aplastó el cráneo!
Abuelo .- Pues sí, como os contaba antes, el 25 de junio de 1218, en el asedio de Toulouse, una piedra de catapulta manejada por mujeres le cayó en la cabeza y lo mató. Lo celebraron como si fuera el fin del infierno. Ellos, sus víctimas habían sido los “bons homes” y las “bones dones” (buenos hombres y buenas mujeres), los miembros de la Iglesia Cátara perseguidos con saña junto con sus familias. ¿Por creer y hacer qué?
Jon .- ¿Y los cátaros?
Abuelo .- Los persiguieron muchos años más. El último gran bastión, Montségur, cayó en 1244. Más de 200 fueron quemados vivos. Después de eso, desaparecieron.
Jon .- ¿Y todo eso por pensar distinto?
Abuelo .- Por pensar, Jon. Y por no querer someterse.
Txaro .- Y ahora? ¿Todavía pasa eso?
El abuelo la miró, serio.
Abuelo .- No con espadas. Pero a veces sí con palabras, leyes, burlas. Cuando alguien cree que tiene toda la verdad… empieza el peligro. Por eso hay que leer, dudar, escuchar, reflexionar. Y nunca, nunca pensar que callar al otro es una victoria.
Los niños asintieron en silencio.
Abuelo .- Y cuando habéis venido, estaba leyendo estos versos interesantes, escritos por un desconocido poeta occitano al leer el epitafio del guerrero difunto Simón IV de Montfort. Debo aclararos que un epitafio, es una oración escrita para homenaje del que acaba de morir. Y os daréis cuenta de por qué me refería a los versos del poeta desconocido, como llenos de plena ironía porque una ironía es una burla disimulada, diciendo lo contrario de lo que se quiere decir.
Ahora que conocéis al personaje en cuestión, pensad en lo que os he contado y escuchad los versos irónicos:
“Se dice en el epitafio para quien sepa leerlo,
que es santo y mártir, y que debe resucitar [...].
Y a mis oídos ha llegado que así debe suceder
si por matar hombres y verter sangre,
por haber perdido almas y consentido matanzas,
por dar crédito a malos consejos y provocar incendios [...],
por haber atizado el mal y sofocado el bien,
por haber quitado la vida a mujeres y niños,
un hombre en este siglo puede conquistar Jesucristo,
y entonces debe llevar la corona y el cielo resplandecer”.



