Alguien ha visto el rostro

El desierto del Namib, en el suroeste de África, no perdona ni olvida. Allí donde el viento sopla con voz antigua y el sol raja la tierra como un cuchillo oxidado, todo lo que alguna vez vivió termina por agrietarse, endurecerse… y callar.

Pero hay quienes aún escuchan.

Los bosquimanos del clan ǂNūkwe, descendientes de cazadores milenarios, conocen historias que no deben contarse en voz alta. Cuentan que cuando la luna sangra en el horizonte y las dunas respiran como bestias dormidas, es posible ver un rostro surgir de la tierra seca. Un rostro sin cuerpo. Un rostro que espía.

Y cuando te ve, te busca.

Kuwa era joven, curioso, imprudente. Tenía veinte años y la arrogancia de quien cree que las historias de ancianos son sólo sombras mal interpretadas.

Una tarde, mientras cazaban antílopes, se separó del grupo siguiendo huellas que desaparecían entre los lechos secos del Kuiseb. No hay otro caso en el mundo de una corriente aluvional que mantenga a raya a un campo de dunas. Pero el Kuiseb lo hace.

En Namibia está el desierto de Namib, el que tiene las dunas más altas. Pero en el norte hay un pequeño afluente temporal tan efímero, que son muy pocos los años en los que alcanza el océano. Por lo general, si no es año de lluvias torrenciales, genera lagunas pero no logra alcanzar el Atlántico.

A Kuwa le encantaba esa zona. Caminó durante horas bajo el sol blanco, entre las dunas que crujían bajo sus pies como huesos molidos.

Cuando el viento se levantó, trajo con él un susurro confidencial, parecido al silbido de una serpiente… o de alguien que te llama por tu nombre.

—Kuwa…

Volteó. Pero no había nada.

La arena se arremolinaba, y el horizonte temblaba. En el centro de ese temblor, apareció. El suelo se agrietó muy lentamente, y de entre las grietas, emergió un rostro.

No una calavera ni una máscara, sino un rostro humano, duro como piedra, reseco como la sal del salar de Sossusvlei.

Ojos abiertos.

Boca cerrada, pero sin tensión, como si pudiera hablar si quisiera… si quisiera.

Kuwa cayó de rodillas. Intentó retroceder, pero el suelo bajo él parecía sujetarlo como una trampa. Los labios del rostro se separaron apenas, dejando escapar un soplo, un aliento que olía a muerte y a tiempo detenido.

.- ¿Tú lo recuerdas? —susurró una voz que no venía de la boca, sino del desierto, del aire, de dentro de su cráneo.

.- ¿Si recuerdo qué? —logró decir Kuwa, con la garganta como si hubiera tragado un puñado de arena.

.- El pacto. El hambre. El polvo.

La tierra crujió más. Del rostro comenzaron a brotar grietas que se extendieron en círculos. Algunas serpientes emergieron de los bordes. Una tenía ojos humanos. Otra hablaba con la voz de su madre muerta.

.- Tu clan lo olvidó —dijo el rostro—. Pero yo no.

Entonces, como si el desierto bramara de golpe, todo desapareció.

Tres días después, los cazadores ǂNūkwe encontraron el cuerpo de Kuwa junto a una duna agrietada. Estaba de rodillas, los ojos abiertos, la piel cubierta de polvo reseco. No había señales de lucha. Pero el rostro… el rostro de Kuwa se parecía demasiado al que describían los antiguos mitos.

Esa noche, el chamán del clan habló:

.- No era sólo un rostro. Era un guardián. O quizás un traicionado. Y ahora que alguien lo ha visto… quizá quiera más.

Desde entonces, cuando sopla el viento salado del oeste, algunos bosquimanos dejan ofrendas de sangre en la arena. Cazan menos, recolectan menos. Callan más.

Y cada tanto, entre las grietas del desierto, alguien vuelve a ver el rostro.

Sólo por un segundo.

Sólo lo suficiente.


En el blog “VadeReto” de Jose Ant. Sánchez, existe este reto literario que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un tema
cada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
En el VadeReto de este mes, tenéis nueve imágenes en la una galería,

con distintas alegorías y posibles temas inspiradores.
Debéis elegir una de ellas (o varias si sois osados o agonías)
y a partir de lo que os sugiera la imagen construir un cuento.
No hay más condiciones. El género literario, el tiempo de la trama, los personajes,

la escenografía… todo corre a cargo de vuestra elección.
¡No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

20 comentarios sobre “Alguien ha visto el rostro

  1. En tu relato, el desierto del Namib se siente como un personaje vivo, con esa descripción del viento “con voz antigua” y el sol que “raja la tierra”. La historia de Kuwa, el joven imprudente que ignora las advertencias de los ancianos, es un clásico que te pone los nervios de punta, porque sabes que algo va a salir mal. La imagen del rostro emergiendo de la arena, con ojos abiertos y esa voz que parece venir de todas partes, es puro terror sutil, de esos que te hacen mirar por encima del hombro. El detalle de las serpientes, una con ojos humanos y otra con la voz de su madre muerta, me dio escalofríos. El final, con Kuwa encontrado sin vida y el chamán advirtiendo sobre un “guardián” o “traicionado”, deja un aire de misterio que te hace querer saber más sobre ese pacto olvidado. Mezcla folclore, miedo y una vibra poética que te deja pensando en el desierto y sus secretos.
    Un abrazo!

    1. Hola Marcos
      ¡Qué bonito lo comentas! El desierto con sus misterios es un tema que siempre me ha llamado la atención. Conozco algunos, aunque no el Namib que me gustaría conocer con su efímero Kuiseb.
      Tienes razón, el cuento del joven no creyente, que desprecia las historias y advertencias de los ancianos es un clásico que me tentó recrear. En estos tiempos en que poco vale el saber ancestral, ha sido suplantado por el saber de las redes, quise, una vez más, recordar que las historias antiguas no son supercherías, que se basan en hechos desconocidos para nosotros, en experiencias de años que nos afanamos en borrar, en secretos que no queremos desvelar. Y los misterios, de vez en cuando, vuelven a aparecer para advertir, para recordar o sólo por el placer de hacernos vibrar con el miedo.
      Muchas gracias por tu comentario, Marcos. Un abrazo fuerte.

  2. Hola, Marlen.
    Un relato con regusto a London, Verne o Stevenson.
    Esta vez nos has hecho viajar hasta el desierto africano, en donde aún, a duras penas, reinan estas tribus, que nos recuerdan de dónde venimos. Con una leyenda que pasa de la fantasía al terror, ahondando en las tradiciones y recordándonos el cuidado del entorno: «Solo cazar, recolectar y hablar lo necesario».
    Como las leyendas ancestrales, cada aviso se cobra una vida, parece ser la única forma en que se entienden los mensajes. Y también nos recuerda que, hasta en las cuencas más solitarias del desierto, los jóvenes deben escuchar a los ancianos, deben aprender de su experiencia, y tienen que respetar las creencias y tradiciones.
    Un cuento rico en descripciones, con un lenguaje sutil y poético, y la sensación de que estamos escuchándolo al calor y la luz de una hoguera, en una de esas noches en dónde el cielo estrellado nos recuerda lo pequeños que somos frente al Universo.
    Felicidades. Muchas gracias por otro regalo para el VadeReto.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      ¿London, Verne, Stevenson?, ni a la arena que pisaban la suela de sus zapatos.
      El desierto, un espacio aparentemente vacío y maravillosamente lleno de sonidos, presencias, roces del viento, leyendas que pasan de un ser a otro murmuradas entre secretos, entre cuentos que no hay que repetir a cualquiera… Allí están los valores y el saber milenario, como en la profundidad de los bosques y selvas o en las extensiones sin límites de la Patagonia, para que los jóvenes no olviden, para que aprendan de la vida y la experiencia de sus mayores, de sus tradiciones y creencias. Para que entiendan el sentido de la vida y de la comunidad a la que pertenecen.
      Me alegro que te hayas sentido a la luz y el olor a hoguera, olor de casa, de familia, de sensación que todo va a estar bien. Te mando un abrazo grandote y repelentes de virus y yeta.

  3. Hola, quiero decirte que este relato me tocó en lo más profundo, como si el desierto del Namib hubiera soplado directamente sobre mis recuerdos. Hay algo en la figura de Kuwa —joven, curioso, incrédulo— que me recuerda a todos los momentos en que ignoramos las voces antiguas por creer que el presente lo sabe todo. Pero el rostro… ese rostro que emerge de la tierra como una memoria traicionada, me hizo pensar en los pactos que hemos roto con la naturaleza, con nuestros ancestros, con nosotros mismos. La voz que no viene de la boca, sino del aire, del cráneo, del tiempo… es una imagen que se queda resonando. Me hizo preguntarme: ¿cuántas veces hemos sido vistos por algo que no comprendemos? ¿Cuántas veces hemos sido advertidos sin saberlo?

    Gracias por compartirlo, ya que no solo narras, sino que invocas. Me quedo con la sensación de que el desierto no olvida, y que hay historias que nos buscan, aunque no queramos encontrarlas. Abrazos virtuales desde Venezuela.

    1. Hola Raquel
      Kuwa es nuestra juventud, con la prepotencia de saberse los dueños del futuro, despreciando los saberes tradicionales, o tal vez no llegando a despreciar sino sintiéndose más joven, más fuerte y con más información que los viejos que nos rodean. El presente lo sabe todo, el presente lo puede todo y nada malo puede pasar en ese desierto que conoce como si fuera el patio de juego de su casa. Pero ese rostro que surge de no se sabe dónde, parece recriminar un pecado. Tal vez un compromiso con lo fundamental, con la naturaleza, madre de todo lo existente. Tal vez un trato con los que ya no vemos, con los fantasmas del ayer. Tal vez un acuerdo no escrito de respeto mutuo entre los hombres y los dioses. Tal vez invocar a los espíritus no era un juego tan inocente. Tal vez…
      Lo cierto es que, creamos o no, todo se premia o se paga en este mundo.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo grandote
      Marlen

  4. Hola Marlen. Es curioso, voy leyendo los relatos y como que esa imagen llamó mucho la atención.
    Tu relato me encanta, tiene un sabor a leyenda primigenia no exento de misterio. Logras imágenes muy interesantes y poderosas que nos hacen imaginar lo que el pobre chico vivió. Hay por supuesto una o varias enseñanzas para leerse entre líneas: una, no menospreciar la sabiduría de los ancianos. Respetar la naturaleza sería la segunda, creo y la tercera, ¡no meterse con los rostros de la arena porque te puede ir muy mal! Lo has narrado de una forma muy amena. Un gran aporte para el VadeReto. Abrazo fuerte.

    1. Hola Ana, acabo de recuperar este comentario tuyo del spam. ¡Cada vez estamos mejor!
      Me alegro que te gustara el cuento. No pensé que esa imagen llamara tanto la atención, pero creo que ha sido la más elegida. Desde luego, cuando la vi, supe sobre cuál iba a escribir en seguida. Y las enseñanzas son muy evidentes.
      En esta época en la que, lo que no ha salido en las redes «no existe». Y lo que no tiene nombre inglés «ha desaparecido», rescatar mitos y saberes antiguos es para mí, una prioridad. Es una lucha, creo que infructuosa, pero que merece mi esfuerzo. Así que seguiré buscando «rostros en la arena» y recordando a quien me quiera oír que no hay que olvidar lo antiguo para dejar paso a lo moderno. Porque, cada tanto, entre las grietas del desierto, alguien vuelve a ver el rostro de lo olvidado.
      Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte para ti también.

    1. Es cierto, Jose. Cuando vi la imagen, ya estaba caminando por el desierto.
      Luego surgió la historia y el dueño de la cara. Pero el desierto estaba muy presente para mí.
      Gracias por el comentario. Saludos.

  5. Hola, Marlen, como siempre un relato que tiene regusto a leyenda y a tradición. Cualquiera que lo lea sin ver las fotos del reto de José Antonio, pensaría que de verdad existe esta historia y ese rostro aparece en el desierto cada cierto tiempo. Y es que lo narras tan bien, Marlen, que parece de verdad. El chamán, además, lo ha pronosticado y el guardián tendrá que tener sus ofrendas para que no vuelva a ocurrir.
    Muy bueno. Te felicito.
    Un abrazo. 🙂

    1. Hola Merche
      Muchas gracias por tus palabras. ¡Qué bien que lo hayas sentido como una leyenda existente! Es lo más bonito que podías decirme, que he conseguido darle la veracidad suficiente para que pase por real. Creo que en este mundo en el que estamos viviendo, cada vez se vuelve mas a buscar salidas o explicaciones que nos aplaquen la violencia y los odios. Y se intenta buscar y creer hasta donde no hay. Y no es crítica.
      ¡Necesidades del ser humano!
      Gracias por tu comentario. Un abrazo
      Marlen

  6. Un relato bonito a la vez que inquietante, creo que con las historia que cuentas también planteas el porqué de las ganas de aventuras y sus riesgos. Cuando la experiencia (los ancianos) aconsejan no ir, pero la curiosidad dice «vamos». El asumir riesgos y ser valiente no significa que se va a tener éxito.
    Un saludo

    1. Hola Luferura
      Tienes razón, asumir riesgos no implica necesariamente que el éxito esté asegurado. Muchas veces, es precisamente todo lo contrario.
      Gracias por tu comentario. Un saludo.
      Marlen

  7. Hola Marlen. Fascinante relato lleno de fuertes imágenes que tejen un encuentro con la conciencia. Tu personaje se aventuró y encontró respuestas que quizás no buscaba ni esperaba, pero muchas veces esas respuestas a las dudas internas es el precio que hay que pagar para llegar a la madurez. Me encantó!!! Un fuerte abrazo 🐾

    1. Hola Rosa
      Me alegro que te haya gustado el relato.
      El personaje es nuestra juventud, con la prepotencia de saberse los dueños del futuro, sintiéndose más joven, más fuerte y con más información que los viejos que nos rodean. El presente lo sabe todo, el presente lo puede todo y nada malo puede pasar en ese desierto que conoce como si fuera el patio de juego de su casa. Pero ese rostro que surge de no se sabe dónde, parece recriminar un pecado. Tal vez un compromiso con lo fundamental, con la naturaleza, madre de todo lo existente. Tal vez un trato con los que ya no vemos, con los fantasmas del ayer.
      Kuwa no encontró respuestas, encontró algo que no supo entender. Tal vez si hubiera escuchado a los ancianos… Y el precio que tuvo que pagar fue muy alto.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.

  8. Estupendo relato. Los desierto tienen algo de misterio, no es de extrañar que guarden en sus entrañas leyendas como esta que has contado. Preciosas metáforas y descripciones. Muy buena aportación Marlen , has sabido sacarle partido a esa imagen tan bonita por otro lado. Un abrazo!

    1. Hola lady_p
      ¡Qué bien que te haya gustado el relato! Sí, tienes razón, los desiertos esconden secretos pocas veces descubiertos y Kuwa encontró uno para el que no estaba preparado. Si hubiera escuchado con atención las palabras de los ancianos de la tribu, tal vez hubiera podido ayudar al rostro misterioso que seguirá apareciendo hasta que alguien entienda lo que espera.
      Gracias por tu comentario. Te mando un abrazo fuerte.

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